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lunes, 14 de abril de 2025

A través de los ojos. Andrés Suárez. Aguilar. 2021. Reseña

 




    El cantautor de Pantín Andrés Suárez (1983) escribió A través de tus ojos durante los peores meses de la pandemia. Pero no, no se trata de un diario de pandemia. La casualidad quiso que el covid-19 irrumpiera en nuestras vidas justo cuando el bueno de Andrés había comenzado a escribir este libro de recuerdos, estampas y pequeñas historias. Reconoce en sus primeras páginas que no entraba en mis planes, pero nos asoló un tsunami y alguna referencia habela haila. La cuestión es que pasó lo que pasó y admite que no se me ocurre mejor motivo que publicarlos (los textos) a modo de lacónico homenaje de vida. Y es cierto. Porque, aunque el desamor ocupa buena parte de las letras de sus canciones y también de estos escritos, la pasión que le pone a todo lo que hace -componer, cantar, interpretar y escribir- convierte a su obra en un canto a la vida. En toda su expresión: amistad, solidaridad, infancia, inocencia, naturaleza, animales domésticos, plantas y flores. Andrés ama. Y amar es vida. Pura y dura.

    Tras el enorme éxito de sus más recientes discos, sus conciertos multitudinarios -llenando varias veces recintos como el Wizink Center madrileño- y la publicación de su anterior libro, Más allá de mis canciones (2017), también reseñado en este mismo blog, A través de los ojos (2021) supuso un paso más en ese abrirse en canal ante sus fans y ante él mismo. A lo largo de sus páginas reconoce algunos de sus errores del pasado. Por ejemplo, no haberse cuidado mucho durante su etapa universitaria en Santiago, haberse comportado como un cabrón con una de sus ex de aquella época o haberse enamorado de quien no debía. Andrés se sincera. Y la sinceridad se aprecia cada vez más en un mundo cada vez más falso e hipócrita. Algo de lo que él mismo se queja constantemente a través de estos escritos. Unos escritos en los que critica, con mayor o menor dureza pero siempre desde la empatía y a veces desde la mirada de otros, determinados aspectos de una sociedad que parece no entender. 

    Sus orígenes rurales, campestres y costeros -y a mucha honra- salpican las letras de sus canciones y también estos textos. Pese a que confiesa amar Madrid y estar cada vez más a gusto en Torrelodones, son constantes las referencias a Pantín y su playa -de allí son las fotos de las portadas de Más allá de mis canciones y de Todavía más allá de mis canciones, su nuevo libro, recién salido del horno editorial-, Cedeira, Baleo, Santiago y Ferrol. Ya sabemos que los gallegos que no viven en Galicia padecen una enfermedad crónica llamada morriña. Andrés es uno de ellos, por supuesto. Y lo demuestra en todo lo que hace. Nunca dejes de cantarle a los rosales ni a las mujeres que te lo pidan, recuerda que le dijo su abuelo. Así lo hice, abuelo. Vaya si lo hice, pues no me fío de un alma que no atiende a sus rosales antes que a cualquier otra cosa. Algo que ya cantó, entre emocionados susurros, en su magnífico tema Rosa y Manuel. 

    Como lector, me gustan los libros de escritores valientes -Vilas, Landero, Aramburu- que se desnudan en las páginas de sus libros. Puedes conocer aspectos de sus vidas. Y, algo más interesante todavía, los orígenes de sus obras. En el caso de Suárez, de sus canciones. Ocurre con sus tres libros. También en este. Y es que al lector no le cuesta mucho reconocer en algunos escritos referencias -a veces más veladas, otras menos- a sus canciones. Sin embargo, en A través de los ojos, va un paso más allá. Nos cuenta lo que supone hacerse mayor. Cada vez se muere más gente y ya no sé si es que me hago mayor o si es que hice algo mal. Como cuando habla de la que fue la persona más importante de mi infancia y a la que tanto, tanto quise, un neno que conocí donde y cuando se conoce a los amigos: en verano, en la playa. Un niño que ya debe ser adulto, como él, y del que no ha vuelto a saber nada en treinta años. Eso es hacerse mayor: perder, de unas maneras u otras, a las personas queridas.    

    En las páginas de A través de los ojos encontramos la nostalgia de una infancia y una juventud ya dejadas atrás ante la adultez; la melancolía hacia esa Galicia tan querida a la que no puede retornar a causa del covid -mi patria es un folio en blanco con el nombre de mis padres, mis abuelos, mis hermanos, mis amigos-; la constante pérdida de seres queridos -su abuelo y algunos amigos de juventud y un Aute del que ya no habrá una nueva canción-; la incertidumbre vivida en un monótono mes de abril ante una pandemia que no se sabía cómo iba a acabar -pido perdón a quien corresponda si en algún momento de lo que conocimos como antigua realidad le herí. Puede que este sea el final, quién sabe. Debo irme en paz-; la extrema soledad -la del artista tras bajarse del escenario después de cada concierto y la de la persona que debe pasar una pandemia en solitario-, y el agradecimiento -me ha tocado pasarlo solo y resulta que las tres Marías (a saber, la educación física, la música y la religión) de la educación me están salvando el cuerpo y la mente-. Pero no solo eso.

    Además, aparecen también la nobleza animal de sus perros, Bala y Boss; constantes referencias a sus antiguos amores -como Nina y Rúa Xelmírez (¡hay que tener valor para citarlas por su nombre y hasta su apellido!)-; y críticas a quienes causan las guerras, a la hipocresía de quienes están en contra de la llegada de pateras y al acogimiento de los MENAS, a la frágil memoria y a la desmemoria, a la maldad y la cobardía en las redes sociales, a la envidia de quien deja de hablarle a uno porque ha alcanzado el éxito -haciéndole pagar el IRE: impuesto revolucionario de la envidia-, a la pérdida o ruptura de las viejas amistades a causa de discusiones políticas -esa maldita puerta que no debería abrirse jamás-, a ese asqueroso patriotismo basado únicamente en banderas de España por doquier, y a una sociedad que aplaude a los sanitarios pero que se muestra egoísta y antisocial pensando solo en una libertad basada en SUS vacaciones, SU puente, SU dinero, SUS planes frustrados y SU vida. 

    Con una mirada siempre lúcida, Andrés nos escribe, en relación a lo anterior, que tengo una horrible sensación: la de que no hayamos aprendido nada con esto. No es que me rinda, nunca lo he hecho, pero no estoy seguro de si realmente vamos a ser mejores personas después de esto. Escucho a pocos hablar de cómo podemos ayudar entre todos, del agotamiento de los sanitarios, de en qué hemos fallado. Ni en esto estamos juntos, así que tal vez salgamos distanciados, divididos. Es horrible. No obstante, cuando acaba uno de leer A través de los ojos no puede evitar sentirse mínimamente optimista. Quizá sean precisamente esa tres Marías de la educación las que, con ayuda de ciertos personajes públicos valientes, más si cabe si son gentes de cultura, como el propio Andrés -desde luego, no creo que sean nuestros nada desinteresados políticos-, puedan volver a unirnos como sociedad. Por eso son necesarios los libros como este. Libros en los que el autor no solo se desnuda a sí mismo, sino que también desnuda al lector. Un lector que no tiene más remedio que reaccionar ante lo que le muestra el espejo que aparece reflejado a través de sus ojos. Por eso: mil gracias, Andrés.                       

  

viernes, 31 de diciembre de 2021

Canción de Navidad. Charles Dickens. Servilibro Ediciones. Reseña

 




    La novela corta Canción de Navidad o Cuento de Navidad --según las traducciones--, de Charles Dickens, fue publicada días antes de las navidades de 1843 por la editorial londinense Chapman & Hall, cuando el autor ya era de sobra conocido por obras como Los papeles póstumos del Club Pickwick, Oliver Twist o Almacén de antigüedades. Como en muchas de estas novelas y de las que la siguieron en el tiempo, Dickens reflejó con gran maestría el agudo contraste social entre la riqueza más absoluta y la pobreza más mísera que se daba en el Londres de su época. Y salió en defensa de las personas desvalidas, humildes e indefensas, que soportaban miserables condiciones de vida y trabajo en las grandes ciudades como consecuencia de la Revolución Industrial del siglo XIX. Unas condiciones que muy a menudo acababan con esas personas mendigando y siendo explotadas por una emergente y cruel burguesía.

    El protagonista de la novela es el prestamista Ebenezer Scrooge, un hombre avaro, egoísta y sin escrúpulos que odia la Navidad --a la que califica como paparruchas o pamplinas--, a los niños y a cualquier cosa que pueda hacer felices a los demás. Dickens lo describe así: un viejo pecador que extorsionaba, tergiversaba, usurpaba, rebañaba y apresaba. La frialdad que tenía dentro había congelado sus viejas facciones y afilaba su nariz puntiaguda, acartonaba sus mejillas, daba rigidez a su porte; había enrojecido sus ojos, azulado sus finos labios; esa frialdad se percibía claramente en su voz raspante. Había escarcha canosa en su cabeza, cejas y tenso mentón. Es de la opinión de que el hecho de que muera gente pobre solo hace que disminuir el incipiente y peligroso exceso de población --idea que sigue a las del demógrafo y economista Thomas Malthus--. Cuestión esta que se repite varias veces a lo largo de la novela como crítica del autor al referido economista.

    El día de Nochebuena, justo siete años después de la muerte de su socio, Jacob Marley, el fantasma de este se le aparece para dar a Scrooge una última oportunidad de encauzar su vida e impedir que acabe como su antiguo socio, quien deambula arrastrando las pesadas cadenas de sus pecados mortales. Para ello, Scrooge deberá recibir a tres espíritus --el de las navidades pasadas, el de la Navidad presente y el de las navidades futuras--, los cuales harán que afronte sus propios fantasmas. Los tres espíritus lo transportan a hechos del pasado: el abandono que sufrió de joven tras morir su madre en su parto, lo cual provocó que su padre lo internase en un colegio; el gran amor que sintieron él y su hermana, Fan, también fallecida en el parto de su hijo, sobrino de Scrooge, a quien pidió que cuidara de ahí en adelante; algo que hizo hasta que este se casó con una mujer de familia humilde en contra de sus deseos.

    Scrooge también asiste de nuevo al momento en el que Alice, el amor de su vida, lo abandona tras observar el drástico cambio de su prometido, quien ha encontrado un nuevo ídolo dorado, el dinero; o al de la muerte de Marley, de quien heredó todos sus bienes, puesto que tampoco aquél tenía mujer ni hijos; o a uno especialmente aborrecible, justo cuando afirmó que la posible futura muerte de Tim, el hijo de su empleado Bob Cratchit, aliviaría el exceso de población; y se estremece al comprobar que su amada Alice se ha convertido en una solterona que trabaja para la beneficencia, justo lo que él siempre critica con asquerosa pasión --¿Ya no hay cárceles? ¿Y los asilos?, ¿siguen en activo? ¿Está en pleno vigor la Ley de Pobres?, argumenta para no tener que dar limosna a los pobres--. Dichas preguntas y argumentaciones provienen del filósofo escocés Thomas Carlyle, a quien también critica Dickens de forma directa. 

    A través de todas estas visiones a Scrooge le van entrando unas cada vez mayores ganas de ver a Cratchit, a su gravemente enfermo hijo Tim, a su sobrino, a su esposa, a todas las personas vivas --las ya fallecidas, por desgracia, no cuentan-- a las que ha desagraviado con su comportamiento durante todos esos años. Las ve celebrar la Navidad junto a sus familias --algo de lo que él carece por completo-- pese a su extremada pobreza y observa lo poco que necesitan para ser felices, aunque sea solo por unas horas al año. Las ve brindar por él a pesar de todo. Y las ve burlarse y compadecerse de él. Me da lástima. No podría enfadarme con él ni aunque quisiera. El perjudicado por sus manías retorcidas siempre es él mismo. El hecho de que no le caigamos bien y no quiera celebrar nada con nosotros hace que pierda la oportunidad de pasar buenos ratos. Pienso invitarlo todos los años, tanto si le gusta como si no, comenta su sobrino a su familia.  

    La posible muerte en soledad de Scrooge, sin nadie que lo vele ni acuda a su entierro, lo hace recapacitar finalmente, no sin antes debatir en su interior sobre si todavía es posible a su edad enmendar sus errores del pasado o al menos corregirlos de cara al futuro. El rumbo que lleva un hombre presagia un final determinado al que se verá conducido si persevera en su conducta. Pero si se aparta de ese rumbo, el final cambiará. ¡Dime que eso es lo que ocurre con lo que me muestras! Respóndeme: ¿lo que me muestras es lo que va a pasar y ya no puedo evitarlo o lo que podría pasar si continúo comportándome así?, le implora al espíritu de las navidades futuras. Honraré la Navidad en mi corazón y procuraré mantener vivo su espíritu durante todo el año. Viviré en el pasado, en el presente y en el futuro; los espíritus de los tres estarán vivos en mi interior y no caerán en saco roto las lecciones que me han enseñado, acaba prometiendo.

    Desde muy pronto Canción o Cuento de Navidad se convirtió en un clásico de las fechas navideñas que trascendió el mundo de la literatura adulta y pasó a la infantil y acabó representada también en emisiones de radio, obras de teatro, incluidos algunos musicales, y, finalmente, en televisiones y cines. Algunas de estas obras se ciñen concretamente a la obra de Dickens; otras se basan en ella pero tratan otras temáticas. Sobre todo en el caso de los cuentos infantiles propiamente dichos. Así, hay cuentos de Navidad protagonizados por personajes de Disney, como los Looney Tunes o Mickey Mouse, además de por los Pitufos, los Picapiedra y hasta por los Teleñecos. E incluso inspiró otras películas aparentemente diferentes pero cuyas raíces si se alimentan de la obra de Dickens. Por ejemplo, la maravillosa ¡Qué bello es vivir! de Frank Capra (1946), protagonizada por un James Stewart inconmensurable, que precisamente acaba de cumplir 75 años de existencia. 


miércoles, 13 de mayo de 2020

Almacén de antigüedades. Charles Dickens. Club Internacional del Libro. 1993. Reseña




   


     Tal y como había hecho un año antes con Barnaby Rudge. Relato de los disturbios del año ochenta, entre finales de 1840 y comienzos de 1841 el semanario Master Humphrey´s Clock publicó Almacén de antigüedades, de Charles Dickens (1812-1870). Como es habitual, al terminar las entregas, la obra entera fue publicada en un solo volumen. El novelista inglés más conocido de la época victoriana ya había escrito anteriormente Aventuras de Pickwick y Oliver Twist, dos novelas de juventud que sorprendieron a propios y extraños en los años finales de la década de 1830. ¿Cómo un joven sin apenas formación podía haber escrito antes de cumplir los treinta años de edad dos novelas tan formidables? La única respuesta válida para responder a esta pregunta es simplemente una palabra: Dickens fue un gran autodidacta.

     Almacén de antigüedades es una narración repleta de crítica social basada en la muerte de su cuñada, Mary Hogarth, a quien el autor adoraba, a la corta edad de diecisiete años. En la novela asistimos a la caída económica y física de la pequeña Nelly y de su abuelo, propietario de un almacén de antigüedades que conoció tiempos mucho mejores. Nelly es lo único que el anciano tiene en este mundo, y su única obsesión es dejarle a su nieta una herencia bien jugosa. Consciente de que a través de su negocio no va a conseguir su único propósito vital, solo se le ocurre ir a jugarse sus cada vez más exiguas monedas a las cartas. Pese a que siempre pierde, vuelve una y otra noche a las mesas de juego. Hasta que pierde hasta su almacén y su contigua vivienda. Así, humillados y avergonzados, nieta y abuelo huyen de Londres e inician un duro vagabundeo por la campiña inglesa.

     Con el peculiar estilo dickensiano, mezcla de sátira, aventura, ironía, crítica y comicidad, se nos desgranan los hechos constituyentes de la vida de cada uno de los personajes de la trama. Aunque Nelly y su abuelo son los protagonistas principales --y se nos cuentan con todo lujo de detalles y descripciones sus mil y una peripecias por la campiña inglesa a lo largo de sus semanas de huida de la capital--, el lector siente la creciente necesidad de saber qué va a ser de Kit, el amigo íntimamente enamorado de la pequeña y servidor de su abuelo, un joven trabajador y honrado que se gana la vida como buenamente puede pero siempre de forma honrada y legal; o el malvado Daniel Quilp, un enano y deforme prestamista que no conoce los escrúpulos ni con su propia esposa y que no duda en utilizar lo que tenga a mano en cada momento para salirse siempre con la suya al precio que sea.

     Dick Swiveller es quizás el personaje más cambiante a lo largo de la novela. Al principio colabora con Quilp para tratar de averiguar el paradero de Nelly y de su abuelo. Quilp le convence de que el viejo es rico y le promete hacer lo imposible para casarlo con la pequeña en caso de encontrarla al fin. El joven se involucra de inmediato, pensando que de esa manera obtendrá un fácil botín. El devenir de los hechos, a partir de ahí, harán que Swiveller vaya evolucionando hasta posiciones mucho más moralizantes. Se enamorará de la Marquesa, otra casi niña que sirve en la casa en la que Quilp le ha colocado como escribiente. Los procuradores, los hermanos Brass, son otros personajes siniestros que intentan sacar ventaja de las situaciones que se les van presentando en su día a día. Pero hay protagonistas bondadosos también.

     El mayor de todos, sin duda, el maestro de escuela. No solo aloja a Nelly y a su abuelo en un primer momento en su propia casa, sino que finalmente les consigue un hogar para ellos solos en Shropshire, el pueblo al que llegan ambos ya con su salud muy deteriorada tras varias semanas de peregrinación y miseria. Además, el maestro logra emplear a la pequeña en la iglesia y en el cementerio del pueblo. Un trabajo no demasiado arduo ni tampoco muy bien pagado, aunque suficiente para que nieta y abuelo puedan dejar de deambular por los campos y tengan siempre un cobijo y algo que echarse a la boca cada día. Pese a su timidez, Nelly se ganará muy pronto a la gente del pueblo gracias a su buen hacer en sus tareas y a sus atenciones hacia cada uno de los ciudadanos. Abuelo y nieta, por fin, se sienten como en casa y se juran que jamás abandonarán Shropshire. 

     El final de la novela --el cual no desvelaré, obviamente-- resultó polémico en su época. A algunos, su alta carga dramática y sentimental los maravilló, cautivó y emocionó --se dice que el líder irlandés Daniel O´Connell, conocido como El libertador, tiró el libro por la ventana nada más terminar de leerlo--; a otros, los no tan románticos, les resultó empalagoso --ojo: no, el final no es lo que aquí parece--. Así, Oscar Wilde afirmó haberse muerto de la risa durante la lectura de las últimas páginas de la novela. Además, como curiosidad, parece real que antes de la última entrega en los EE. UU., los fans de la novela gritaban a los barcos ingleses que encontraban para preguntar por el puerto si la pequeña Nelly seguía con vida todavía. Algo que habla muy bien de la trama, que mantuvo en vilo a mucha gente durante meses a la otra orilla del Atlántico.

     Uno de los fuertes de Dickens fueron siempre las descripciones. Cada personaje es retratado como si de una pintura se tratara. Tanto física como psicológicamente. Lo cual hace que el lector sienta lástima o pena por algunos de ellos y aversión y asco por otros. La evolución de algunos de ellos a lo largo de la obra --hemos citado el caso de Swiveller en esta reseña-- es otro de los aspectos a destacar en la literatura dickensiana. Lo mismo que hemos citado respecto a los personajes ocurre con los ambientes, paisajes y lugares. Así, la misma ciudad de Londres se convierte en una de las grandes protagonistas de sus novelas. Sus calles, sus suelos, sus edificios, tiendas y casas se levantan de las páginas de tal manera que nos parece estar paseando por ese Londres decimonónico victoriano. Y qué decir del salvaje campo, repleto de payasos, saltimbanquis, viajeros, mentirosos y ladronzuelos.

     Aunque a lo largo de la novela hay diversos pasajes dignos de reseñar, me voy a detener, para acabar, en tres de ellos: 

- Sobre Quilp, su esposa y las costumbres de la época: es natural que, estando reunidas tantas señoras, la conversación recayera sobre la propensión del sexo fuerte a dominar y tiranizar al débil, y acerca del deber que tenía éste de resistir y volver por sus derechos y dignidad. Era natural por cuatro razones: primera, porque siendo joven la señora Quilp y sufriendo las brutalidades de su marido, era de esperar que se rebelara; segunda, porque era conocida la inclinación de su madre a resistir la autoridad masculina; tercera, porque cada una de las concurrentes creía manifestar así la superioridad de su sexo, y de ella misma entre las demás; y cuarta, porque, estando acostumbradas las allí reunidas a criticarse unas a otras, una vez reunidas en íntima amistad no podían hallar asunto mejor que atacar al enemigo común. 

- Sobre Nelly y su relación con el abuelo y con el maestro: la bondadosa franqueza del buen maestro, su afectuosa seriedad y la sinceridad que había en sus palabras, inspiraron confianza a la niña, que le contó toda su historia, toda su vida. No tenían parientes ni amigos, ella había huido con su abuelo para librarle de una casa de locos y de todas las desgracias que tanto temía, aún entonces huía otra vez para librarle de sí mismo, buscando un asilo en algún lugar remoto y primitivo, donde no pudiera caer otra vez en aquella tentación (el juego) tan temida. 

- Sobre Nelly, su trabajo en el cementerio y el recuerdo de los muertos --de nuevo, en conversación con el maestro--: pero, ¿tú crees que una tumba abandonada, que una planta seca o una flor mustia indican descuido y olvido? ¿Crees que no hay acciones, hechos, que recuerdan mejor a los muertos queridos que todo esto que nos rodea? Hay mucha gente en el mundo que ahora mismo está trabajando pero cuyo pensamiento está al lado de esas tumbas, por muy olvidadas que parezcan estar... No hay nada bueno que desaparezca; todo el bien permanece; no se olvida del todo. Un muerto querido permanece siempre en la mente y en el corazón de los que le amaron en vida. No se suma un ángel más a las huestes celestiales sin que su memoria viva en los que le amaron eternamente. 
                

         

miércoles, 24 de mayo de 2017

Cáscara de nuez. Ian McEwan. Anagrama. 2017. Reseña





     Que Ian McEwan es uno de los autores más originales, creativos y arriesgados del panorama literario actual ofrece pocas dudas. Para quien todavía no lo tenga del todo claro: que lea su última novela. Porque Cáscara de nuez cuenta con un narrador inaudito: un feto ya colocado boca abajo, en el vientre materno, a pocos días de conocer, por fin, el mundo de afuera, el de los adultos. Una pirueta creativa que McEwan supera con una brillante audacia, fruto de su habilidad para conmocionarnos, atraparnos y deslumbrarnos. Algo solo al alcance de un escritor genial y superdotado. Y con un amplio bagaje literario trabajado desde hace tantos años.

     McEwan camina sobre la cuerda floja durante toda la obra. Pero no titubea en ningún momento. Sabe que llegará hasta el final, y que lo hará para crear una novela redonda en la que no falta de nada. Así, encontramos sus ya características reflexiones en voz alta sobre el mundo y las más profundas interioridades de las personas, un ritmo a modo de thriller salpicado de notas de su peculiar humor británico, una trama absolutamente genial --especialmente en su desenlace, impactante donde los haya-- y un magnífico despliegue de todas las dotes narrativas aprendidas durante su ya larga trayectoria literaria.

     El feto narrador de la historia se siente impotente, desesperado, atónito. Su madre, Trudy, y su tío, Claude, mantienen una relación de infidelidad hacia su padre, John, al cual planean asesinar para quedarse con su casa, una mansión valorada en varios millones de libras esterlinas que el hermano del futuro asesino heredó hace ya años. Los personajes están caracterizados con precisión milimétrica. John es un poeta y editor que triunfa menos de lo que merece, lo cual lo hace sentir desgraciado. Eso sí, tiene un público escaso pero fiel. Trudy, a punto de dar a luz, cree que ha dejado de quererlo hace ya tiempo y se entretiene con Claude. El hermano del futuro asesinado siempre ha sentido celos de su hermano mayor, al que solo supera a la hora de saber ganar dinero. Es inmobiliario. Y estúpido. Muy estúpido.

     La falta de éxito de John impide que este disfrute de su patrimonio. Sin embargo, lo que amenaza con consumirlo por completo es saber que está perdiendo a Trudy, el gran amor de su vida, a quien no va a renunciar así como así por muchas dificultades que los separen. Y su hermano Claude, pese a ganarse la vida con su trabajo, tampoco consigue disfrutar de la vida por culpa de los celos y su enorme complejo de inferioridad. Así, convence a Trudy para acabar con la vida de su esposo y hacerse con la mansión que han convertido en su particular nidito de amor.    

     El maquiavélico plan de la pareja infiel se completa con la asquerosa intención de colocar al bebé en algún lugar. Hecho que provoca la angustia y la indignación del feto, del que desconocemos su nombre y hasta su sexo. Así, ama y odia a la vez a su madre. Adúltera, y futura asesina y abandonadora de su propio hijo, provoca en su feto multitud de sensaciones contradictorias. Algo acrecentado por el hecho de ser una irresponsable que consume bebidas alcohólicas en los últimos días de su embarazo. Lógico cuando no te importa en absoluto el futuro de la criatura que llevas en tus entrañas. 

     Sin embargo, es Claude, su tío, el personaje más aborrecido por el feto. Así, narra lo siguiente: Él le presiona los hombros, ella se arrodilla, se rebaja y "se lo mete en la boca", tal como les he oído decir. Yo no me imagino deseando algo así. Pero tener a Claude satisfecho, a muchos clementes centímetros de mí, me quita un peso de encima. Me molesta el hecho de que lo que ella traga me llegue en forma de nutriente y me haga parecerme un poco a él. ¿Por qué, si no, los caníbales evitaban comerse a los imbéciles? En efecto, la relación entre Claude y Trudy parece sostenerse únicamente en el sexo. 

     Y la tensión entre ellos crece mientras llevan a cabo su macabro plan de asesinato. En relación a este hecho, añade el narrador: Hasta yo sé que el amor no se guía por la lógica ni el poder se distribuye equitativamente. Los enamorados llegan a sus primeros besos con tantas cicatrices como anhelos. No siempre buscan beneficios. Algunos necesitan un refugio, otros solo quieren la hiperrealidad del éxtasis, por lo cual dirán mentiras vergonzosas o harán sacrificios irracionales. Pero rara vez se preguntan a sí mismos qué necesitan o qué desean. Es débil el recuerdo de fracasos anteriores. Las disensiones y el enfrentamiento entre Trudy y Claude son uno de los puntos fuertes de la novela.   

     El feto manifiesta una honda impotencia durante toda su narración. No solo por no poder impedir el asesinato de su padre. También por ver insatisfecho su ansia de volver a unirlos. Y, sobre todo, por el demostrado egoísmo de sus padres, para quienes no parece tener ninguna importancia su inminente llegada a este mundo. Todo ello le llevará por momentos a sentirse culpable e incluso responsable de lo ocurrido. No obstante, se muestra lúcido en casi todas las escenas. Incluso, llega a pensar en qué le conviene más en el futuro: ser adoptado pero libre o quedarse con su madre y criarse entre las paredes de la cárcel. 

     Y, como no podía ser de otra manera, también están presentes en la mente del narrador la crítica a la sociedad británica, a la desunión de Europa, al capitalismo salvaje, a la actuación de la comunidad internacional respecto al cambio climático o la tragedia siria y una serie de interrogantes en forma de escueta enumeración de peligros futuros que nos devuelven de repente a la cruda realidad que nos rodea: ¿se librarán de una contienda nuclear sus nueve mil millones de héroes?, ¿persistirá en su frenesí Oriente Medio?, ¿lo verterá en Europa y la cambiará para siempre?, ¿concedería Israel un centímetro o dos de desierto a aquellos a quienes desplazó del mismo?, ¿será apacible el declive de los Estados Unidos?, ¿tomará China conciencia, lo hará Rusia?, ¿lo harán las finanzas y las corporaciones globales?             


miércoles, 2 de noviembre de 2016

El guardián entre el centeno. J. D. Salinger. Edhasa. 2007. Reseña





     Algunos autores no necesitan más que una obra para alcanzar la inmortalidad literaria. Ejemplos hay muchos a lo largo de la historia. El estadounidense J. D. Salinger es uno de ellos. El guardián entre el centeno fue su única novela publicada (se rumorea que existen más obras que nunca han sido plasmadas en libros físicos), hecho que no ha impedido que sea mundialmente conocido. La historia de Holden Caulfield vio la luz en 1951, aunque no se tradujo al castellano hasta diez años después, con el título de El cazador oculto. Una nueva traducción, esta de 1978, fijó el título definitivo por todos conocido.

     Desde el mismo momento de su publicación resultó polémica. Multitud de jóvenes y algunos críticos de la sociedad norteamericana de la época la acogieron de inmediato, convirtiéndola en popular. Sin embargo, otros vieron en su lenguaje provocativo y sus continuas alusiones al tabaco, el alcohol y la prostitución algo ofensivo e instigador de masas. La puritana sociedad de los EE. UU. de los años cincuenta no estaba preparada para una historia tan realista, protagonizada por un joven inadaptado de diecisiete años. Esos casos, obviamente, debían ser escondidos, sepultados, olvidados. Ese fue el tremendo error (por fortuna, solo para algunos) de Salinger.

     Como el tiempo todo lo cura, el paso de los años ha convertido a El guardián entre el centeno en una de las diez obras más leídas en su país de origen, donde además es lectura obligatoria en los institutos. Se han vendido más de sesenta millones de ejemplares en todo el mundo y su influencia en la cultura popular es innegable. Para bien y para mal. En el primer caso, ha influido en la música --Billy Joel compuso su célebre tema We didn´t start the fire tras leerla y grupos como Guns N Roses, Offspring, Green Day o Chemichal Brothers también se han inspirado en la obra para componer algunas de sus canciones más conocidas-- y, pese a que ni Salinger ni su protagonista amaban precisamente el cine --por eso nunca dejó que se adaptara a la gran pantalla--, encontramos referencias más o menos directas en las películas Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), Annie Hall (Woody Allen, 1977), El resplandor (Stanley Kubrick, 1980 (siguiendo el libro de Stephen King, escritor también influenciado por Salinger, al igual que Philip Roth, John Updike o Lemony Snickett)), Conspiración (Richard Donner, 1997) o The good girl (Miguel Arteta, 2002).

     Para mal, ha influido también a varios asesinos famosos que declararon ser fans o estar obsesionados con la novela: John Hinckley Jr. (quien trató de asesinar al presidente Ronald Reagan en 1981), Mark David Chapman (quien, tras matar a la puerta de su casa a John Lennon, esperó tranquilamente a que la policía lo detuviera leyendo un ejemplar de este libro) o Robert John Bardo (que también llevaba una copia de la misma en su bolsillo el día que mató a la actriz Rebecca Schaeffer). Tanto es así que se rumorea que las librerías de los EE. UU. tienen hilo directo con el FBI y la CIA, que conocen al momento la identidad de los compradores de la novela.

     Realidades o mitos al margen, está claro que estamos ante una de esas novelas que no dejan a nadie indiferente. Pero, ¿qué tiene la obra para cautivar tanto a defensores como a detractores e influir de esa manera a creadores y asesinos por igual? La clave la encontramos en su protagonista y narrador. Holden Caulfield (¿probable alter ego del propio Salinger?) tiene diecisiete años, es alto y tiene cabello gris en la parte derecha de su cabeza, lo cual lo hace parecer mayor de edad, posibilitando su acceso a lugares y vicios no permitidos a los jóvenes de la época. Su edad explica su lenguaje a la hora de narrar su historia. Su mirada, ingenua pero cruda, y su inteligencia y capacidad para detectar los aspectos más ridículos de las personas --narcisismo, superficialidad, hipocresía o escasas luces-- le permiten criticar sin ton ni son a todo el que lo rodea.

     Holden no encaja en ningún colegio. Pese a ser extremadamente inteligente para algunas cosas, no logra aprobar sus asignaturas por evidente falta de interés. No encuentra su camino en la vida y se dedica a dar tumbos por la ciudad de Nueva York. Se fuga de Pencey, el colegio en el que está interno, tres días antes de su expulsión del centro. Una de tantas. Es una alienado, un paria, un excluido, un indolente, un extranjero al más puro estilo Camus (¿quizá influyó en él la obra del autor francés?). En su periplo de cuarenta y ocho horas por la ciudad, visitará hoteles, lugares de ocio nocturno y teatros, donde conocerá o se reencontrará con conocidos que encarnarán lo peor de la sociedad neoyorkina de la época.

     El protagonista está alienado incluso de su propia familia, con la que ni siquiera convive al estar recluido siempre en colegios internos. Se lleva mal con sus padres, especialmente con su padre; considera que su hermano mayor, D. B., es un vendido a Hollywood por escribir guiones en lugar de novelas; su hermano Allie había muerto un par de años antes y lo echa de menos; y su hermana pequeña, Phoebe, es la única que parece entenderlo pese a su escasa edad. Vive una vida económicamente privilegiada aunque vacía. Y cuestiona casi intransigentemente los valores de la sociedad hasta el punto de convertirse en un rebelde sin causa.

     El joven Caulfield nos presenta página a página, capítulo a capítulo los defectos de su sociedad y también los propios. Nos hace reír con esa crítica feroz de sus hipócritas y ridículos compañeros de andanzas y nos conmueve según nos lleva de la mano hacia su tragedia personal. Es un personaje lúcido para algunos aspectos, ignorante para otros, desconfiado para todos ellos y, sin duda, trágico. Hasta la médula. No lleva buen camino. Va a descarrilar y vemos que se acerca el momento. Sin embargo, nos deja frases para enmarcar y tratar de seguir en nuestras vidas. Como la que cierra la novela: Tiene gracia. No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo. ¿Quizás sea ese el motivo de que no conozcamos más obras de este genial novelista?                      

       

martes, 3 de noviembre de 2015

Diario del levantamiento de Varsovia. Miron Bialoszewski. Alba Editorial. 2011. Reseña





     Miron Bialoszewski tenía diecisiete años cuando los alemanes invadieron Varsovia. Y veintidós cuando, en 1944, los grupos de insurgentes de la capital polaca se levantaron contra la opresión nazi. Escribió sus memorias contando los acontecimientos relacionados con dicho levantamiento a los cuarenta y cinco años, es decir, más de veinte años después. Ese fue el tiempo que le costó terminar de asimilar todo lo ocurrido, ordenar sus notas y reunirse con familiares, amigos y conocidos para subsanar pequeños errores de memoria. El resultado, como cabía esperar, valió la pena.

     Bialoszewski relata los sucesos con un lenguaje llano, plenamente comprensible para todo el mundo y con bastante frialdad, algo que provocó que le llovieran críticas desde diversos sectores de la opinión pública polaca, que lo acusaron de vulgarizar y desdramatizar la guerra. Él, en cambio, explicó que no se adentró demasiado en su interior porque no pudo hacerlo de otro modo: en realidad, lo vivíamos así. Y aquellas vivencias solo pueden transmitirse de forma natural, sin artificios. Estuve más de veinte años sin poder escribir sobre lo que pasó. A pesar de que quería hacerlo. Y de que hablaba de ello.

     Como era de esperar, nos encontramos un relato descorazonador. Y es que los varsovianos que vivieron aquel triste episodio lo hicieron básicamente bajo tierra: escondidos en canales, sótanos y refugios. Todo ello, ante la constante presencia de morteros, artificieros, bombarderos, ametralladoras, artillería y lanzallamas. Porque los nazis se propusieron destruir la ciudad por entero. De hecho, según diversos estudios, se ha demostrado que casi el ochenta por cien de la ciudad conocida en 1939 desapareció durante la guerra. Pocos fueron los edificios que no sufrieron ningún desperfecto. La visión común en las calles de la ciudad era varios metros de escombros, muerte y destrucción.

     El levantamiento se dio el uno de agosto de 1944, cuando los rusos estaban al otro lado del Vístula y los alemanes comenzaban su retirada. Una retirada, eso sí, muy lenta y con un objetivo claro: no dejar piedra sobre piedra en Varsovia. Los insurgentes se sublevaron porque, pese a entender que el dominio nazi estaba a punto de acabar, los rusos estaban apostados cómodamente a la espera de entrar en la capital y hacerse con lo poco que dejaran sus enemigos. Obviamente, lo último que deseaban los polacos era que un poder sustituyera al otro. De modo que el levantamiento fue la única salida ante una situación límite.

     Bialoszewski narra cómo lograba pasar de unos sótanos a otros más seguros cuando los anteriores eran destruidos o descubiertos por los alemanes. Y transmite a la perfección el agobio y la agonía de unos ciudadanos que no tenían momentos de tregua. El levantamiento duró 63 días, hasta que sucumbió ante el poder nazi, debilitado pero no tanto como para no poder terminar con una resistencia tenaz pero muy débil. Cabe destacar las distintas reacciones de las personas ante situaciones tan complicadas. Así, mientras que algunos compartían lo que poco que tenían - la mayoría, para sorpresa del lector -, otros actuaban de forma egoísta, tratando de mantenerse con vida al precio que fuera.

     El diario desgrana cómo los insurgentes van ganando y perdiendo terreno según avanzan los días. Cualquier triunfo, por pequeño y poco duradero que fuera, era acogido con entusiasmo por los cada vez menos supervivientes. Familias separadas - en el mejor de los casos -; amigos perdidos y, en pocas ocasiones, recuperados; desconocidos bondadosos y piadosos; valientes jóvenes; y otros derrotados y sin ganas casi de vivir componen un mural de sentimientos tales que cuesta no meterse de lleno en su piel. Y sufrir con ellos. 

     Aspectos tan fundamentales y fáciles de conseguir para la totalidad de los mortales como hacer sus necesidades con tranquilidad, ir a recoger agua de dondequiera que brotara, encontrar algo de comida entre las ruinas, el polvo y los incendios o limpiarse, dormir y asearse se convirtieron para esta especie de cavernícolas modernos en toda una odisea, a veces imposible de alcanzar. La vergüenza y el sentido del pudor hubieron de desaparecer para dejar paso a la única preocupación: calcular el agua y la comida necesarias para seguir con vida, aunque fuera solo un día más.

     En uno de los fragmentos escribe Bialoszewski: Porque te preocupabas por los tuyos. Por los que estaban al lado pero un poco más lejos te preocupabas menos, aunque algo. Por los que estaban aún más lejos pero en el mismo edificio, te preocupabas aún menos pero seguías preocupándote. ¿Y por el edificio vecino? ¿Y por los de enfrente? No es que nos preocupáramos mucho. En una situación tan dramática: ¿quién no narraría lo ocurrido con frialdad? Cuando lo que está en juego es la propia supervivencia la sangre fría debe primar. ¿Quién culparía a una madre que le dice a su hijo: No llores más, vas a morir de todos modos?
       
             

jueves, 22 de octubre de 2015

Chesil Beach. Ian McEwan. Anagrama. 2008. Reseña





     Chesil Beach nos presenta una Inglaterra culta pero timorata y provinciana. Contextualizada en 1962, narra, desde el presente, la peripecia vital de Edward y Florence en su noche de bodas. Una noche que ya desde las primeras páginas se presenta poco pasional y dramática, muy dramática. Su autor, Ian McEwan - más conocido por obras como Amsterdam (1998) o Expiación (2001), además de por la actualmente exitosa La ley del menor (2015)  -, construye una historia de gran emotividad y equilibrio.

     Florence y Edward tienen veintidós años y se casan después de un año de relación. Ella, porque le toca. Él, porque la desea y sabe que únicamente podrá poseerla previo paso por la vicaría. Mal inicio, vamos. Ambos temen por igual lo que pueda ocurrir esa noche. Faltos de experiencia, constatan que la incomunicación solo puede traer aspectos negativos. En el caso de Edward el anhelo sexual le puede al nerviosismo. En el de Florence la cuestión se complica más si cabe, pues siente verdadera repulsión, casi psicótica, hacia el sexo. Tanto que es incapaz hasta de besar con lengua. 

     Estamos ante un drama verídico - ¡todavía en pleno siglo XXI se dan casos como el descrito! - que nos hace reflexionar y analizar cada situación, cada pasaje de la acción. McEwan aprovecha para realizar una fuerte crítica social de una sociedad, la inglesa de postguerra, que impedía la intimidad de los enamorados. Porque, problemas al margen, Edward y Florence se quieren. Lástima que el amor por sí mismo no sea capaz de mantener una relación.

     Los problemas de Florence son dignos de terapia psicoanalítica, algo que ella misma llega a insinuar en la parte final de la novela. ¿Quizás esa repulsión sexual y esa frigidez tengan su causa en esas excursiones en barca y en esos viajes por Europa con su padre, un rico negociante? McEwan pasa de puntillas sobre el tema, dejando simplemente la puerta abierta para que el lector opine lo que considere oportuno. La madre de Edward es una perturbada mental a la que la familia entera sigue la corriente siempre. ¿Puede que sea ese el motivo de su falta de comunicación con las mujeres? El autor tampoco aclara esta cuestión, aunque probablemente así sea.

     El contexto en el que se desarrolla la acción contribuye a que los dos protagonistas sean como son y actúen como actúan. Finalizada la II G.M. y en plena Guerra Fría, el Imperio británico ha ido perdiendo colonias y posesiones, algo que no todos los ciudadanos - y, lo que es más grave, los políticos - asimilan. Ese ambiente de pérdida de grandeza ahonda en la psicología de una sociedad a la que le cuesta reconocerse a sí misma. Lo cual influye sobremanera en los ciudadanos. Buena prueba de ello son las familias de Edward y Florence. Y huelga decir lo que una familia influye, a su vez, en sus miembros, sobre todo en los menores.

     La novela se divide en cinco partes, a saber: una primera en la que se presenta el ambiente y a la pareja de protagonistas, con sus temores, anhelos y preocupaciones; una segunda en la que el narrador se centra en los pasados individuales y familiares de cada uno de ellos; en la tercera los grandes problemas de la insinceridad y la frustración personal y sexual estalla; en la cuarta, volvemos al pasado para saber cómo, cuándo y dónde se conocieron Edward y Florence; y en la quinta llegan el desenlace y esos fogonazos finales que describen los años y las décadas siguientes a esa fatídica noche de bodas.

     A lo largo de sus 180 páginas Chesil Beach nos presenta varias contraposiciones: la ascendencia de la familia rica de Florence choca con la pobreza de la de Edward; la música clásica, la verdadera vida y pasión de ella, con el emergente rock británico que tanto ama él; la vida moderna en la ciudad de Londres con el atraso y anquilosamiento de Oxford; el auge de la democracia europea occidental de la posguerra con las ideas del comunismo en la parte oriental del continente.

     McEwan describe con perfección casi milimétrica la psicología de ambos personajes. Sus ambiciones, sobre todo en el caso de Florence; sus diferentes anhelos; sus temores - no dar la talla en el caso de él; la fobia al sexo en el de ella -; la falta de sinceridad y de comunicación de ambos. Y, como conclusión, podríamos decir que la historia nos demuestra que una relación no puede sostenerse únicamente con amor. Sin duda, es la parte más importante, pero acabará siempre sucumbiendo ante la falta de comunicación, de sinceridad, de empatía y de sexo. En 1962 y en la actualidad.  


lunes, 2 de febrero de 2015

Opiniones de un payaso. Heinrich Böll. Seix Barral. 2000. Reseña





     Heinrich Böll, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1972 por, según la Academia Sueca, contribuir a la renovación de la literatura alemana por su combinación de una amplia perspectiva sobre su tiempo y una habilidad sensible en la caracterización, fue el máximo exponente de lo que se conoció en la Alemania de su tiempo, en plena posguerra, como literatura de escombros. Böll nació en 1917, cuando la Gran Guerra giró de curso gracias a la retirada del conflicto del imperio soviético y la entrada en el mismo de los USA. Vivió las posguerras de las dos grandes conflagraciones mundiales y retrató la situación en que quedó Alemania tras el desmoronamiento del III Reich.

     En 1963 escribió Opiniones de un payaso, novela escrita en primera persona que analiza el estado de una Alemania dividida por el muro de Berlín y en plena Guerra Fría. El narrador de la historia es Hans Schnier, un payaso de solo 29 años que, pese a su edad, vive en una penumbra que se antoja definitiva. Ateo empedernido, siente que la felicidad le ha sido vetada por completo por tres hechos diferentes pero coincidentes en el tiempo que amenazan con acabar con él para siempre: su abandono por parte de Marie, su compañera sentimental desde la adolescencia, para casarse con un católico; su ruina física y económica; y las críticas de los más conocidos críticos artísticos, que le dan prácticamente por acabado.

     Schnier llega a su piso de Bonn en plena crisis personal y se refugia en su piso, desde donde analiza su delicada situación y busca posibles alternativas: pedir dinero a su familia o a alguna de sus amistades y preparar la revancha, incluso en forma de asesinato, respecto a quienes le han traicionado. Böll, católico declarado, realiza, en boca del payaso, una exacerbada crítica de la sociedad alemana de posguerra, sobre todo en el tema religioso, donde no deja títere con cabeza. Ni en el bando protestante ni en el católico. Además, el autor hace varios guiños al dialecto renano en comparación con el alemán.

     Böll y Schnier se unen en las páginas del libro para criticar la hipocresía de una Alemania que afirma arrepentirse del nazismo y de unos demócrata-cristianos que buscan la fórmula perfecta para conservar una importante parcela en el poder político del país germano. Aunque, en mi opinión, lo verdaderamente importante en la novela es la afirmación de que el mundo de la política sí se inmiscuye en la vida personal de los ciudadanos. Un payaso que solo quiere ensayar y trabajar y ser amado por su esposa - porque, pese a no estar casados, la considera como tal - habrá de rendirse a la evidencia de que todo aquello que sucede a su alrededor - política, economía y sociedad - le aboca a cambiar sus números cómicos para no ofender a nadie. Y, además, verá cómo su compañera cede a las presiones de un grupo de activistas católicos y acaba dejándolo por uno de sus más afamados miembros.

     Parte importante de esa crítica a la doctrina católica imperante es el tema de la concupiscencia carnal. Böll critica la manera en que los católicos vulgarizan el instinto sexual hasta llegar a sublimarlo, impidiendo que las personas vivan el sexo como algo normal e inherente al género humano. Se refiere a la cuestión como hacer la cosa, hasta ridiculizar la hipocresía demo-cristiana. La elección de un payaso como protagonista le da a la obra un mayor dramatismo. Porque, ¿qué puede haber peor que un payaso desencantado que ha perdido la sonrisa con que hacer feliz a la gente?

     Sin duda, el objetivo de Böll al escribir Opiniones de un payaso fue devolver al catolicismo la conciencia de su espiritualidad y de sus deberes con las personas. Y, viendo el notable éxito y las ventas del libro en la época en que fue publicado, cabe pensar que sus demandas eran compartidas por millones de alemanes que vieron en esta historia una manera perfecta de hacer reflexionar seriamente a la sociedad alemana sobre el camino a seguir en la reconstrucción nacional. Y todo ello lo consigue Böll mediante una ironía capaz de conmover y hacer carcajear a la vez.

     El ejemplo de cómo estaba la Alemania de la posguerra lo tenemos en el círculo del propio Schnier. El payaso tiene un hermano seminarista, una hermana muerta en la II Guerra Mundial, una madre rígida e inmóvil, un padre prácticamente ausente, una ex-mujer convertida al catolicismo más bárbaro y un agente artístico que parece ajeno a la realidad de su representado. Su vida, como la de Alemania en general, se caracteriza por la división, la hipocresía, el arrepentimiento, la culpa y la lucha por mantener el poder a toda costa.

     Con todo, lo que más me ha llamado la atención de esta novela es la evolución del propio protagonista. Comienza clamando venganza contra las traiciones recibidas y pensando en pedir dinero a sus conocidos para poder salir adelante. Más tarde, sintiéndose incapaz de sobrevivir y viendo que nadie está realmente dispuesto a ayudarle, llega a verse en el espejo como un futuro suicida. Y, finalmente, decide tomar las riendas de lo que le queda de su vida y hace lo único que en verdad puede y debe hacer para salir del embrollo en que está metido: tira de sus propios recursos y comienza a actuar a las puertas de la estación de tren de Bonn. Un bonito final en el que la esperanza de un futuro todavía posible hace ver algo de luz al final de un túnel realmente muy sombrío.           

         

lunes, 5 de mayo de 2014

Lo que encontré bajo el sofá. Eloy Moreno. Espasa. 2013. Reseña





     La venden como la novela indignada de Eloy Moreno. Ciertamente, lo es. La segunda novela del joven autor castellonense confirma lo que ya se vio en El bolígrafo de gel verde - también reseñada en este mismo blog hace un par de años -, es decir, que este creador de historias debe ser seguido muy de cerca ya que, al margen de sus grandes dotes para contar varias historias encadenadas en las mismas páginas, se está erigiendo en un agitador (en el buen sentido de la palabra) de conciencias.

     Durante buena parte de las páginas de esta novela Moreno critica la sociedad en la que vivimos. Y lo hace con crudeza y sencillez a la vez, no dejando títere con cabeza ni siquiera entre los propios ciudadanos, los primeros que tratamos de ahorrarnos unos eurillos fotocopiando cosas particulares en nuestros lugares de trabajo, sustrayendo cartuchos de impresora o paquetes de folios de nuestras oficinas, o estafando - aunque sea en menor medida - a esa Hacienda que se supone que somos todos aunque se libran siempre unos cuantos (generalmente, los mismos).

     En efecto, tras la lectura de la obra uno llega a ver con total claridad que si los políticos son unos corruptos y unos ladrones es debido a que el pueblo también lo es: que cada cual roba en la medida de sus posibilidades. Lógicamente, esto no exime en absoluto a unos políticos que deberían buscar el bien común y no el particular. En el libro encontramos un compendio de los grandes males de nuestra sociedad. Prácticas ilícitas, recortes injustificados, corruptelas y amiguismos entre (se supone) enemigos políticos a ultranza, pasotismo (y hasta colaboracionismo, más o menos pasivo) ciudadano, indignación, etc.

     Subyace, además, la cada vez más extendida idea de que todo esto debe cambiar y que, por desgracia (o quizás por fortuna, que nunca se sabe), puede que sea de manera violenta. Y es que la clase política vive amparada por una policía entre la que también es probable encontrar a personas - que lo son, aunque a veces se nos olvide - igual de indignadas que nosotros los ciudadanos. Sin duda, no estamos ante una novela pesimista, ni mucho menos. Más bien al contrario: se dejan ver recovecos para la esperanza de un futuro mejor para este país.

     El referido contexto de la obra sirve para presentarnos a unos personajes que dudan hasta de sí mismos. Unos personajes que viven de la mejor manera posible pese a los acontecimientos a los que deben hacer frente. Unos personajes que aman, que sufren, que toman decisiones o que se dejan llevar por los sucesos que acontecen a su alrededor. Todos ellos forman una serie de historias cotidianas, de las que a cualquiera de nosotros les podría ocurrir, lo que crea una empatía que atrapa al lector de principio a fin. 

     Las relaciones son complejas. La distancia entre amor y desamor en ocasiones es tan corta que cuesta dilucidar en qué momento de nuestra existencia dejó de hacernos reír nuestra pareja. Una ausencia de risas que desemboca, antes o después, en el aburrimiento, el tedio, la dejadez y el alejamiento de la persona que tenemos al lado. ¿Qué ocurre si aparece, de la noche a la mañana, una persona que nos vuelve a hacer reír, que nos hace volver a sentir, que nos vuelve a enamorar? De ello trata también Lo que encontré bajo el sofá: de todos esos secretos que casi todo el mundo guarda bajo su cerebro, junto a su corazón...o debajo del sofá.

     Dentro de las evidentes diferencias existentes entre los protagonistas de la novela sí hay algo que todos comparten sin saberlo si quiera: todos ellos guardan secretos que condicionan el resto de sus vidas. En ocasiones, para bien; en otras, para mal. Cada persona reacciona de forma diferente ante un mismo hecho. Y ello es debido a que no hay dos personas iguales. Y también a que la realidad - si es que existe la realidad absoluta - se puede analizar desde tantos puntos de vista, más o menos interesados, que cuesta demasiado hacerse un juicio objetivo sobre ella. De esto trata también la segunda novela de Eloy Moreno.

     El qué dirán y los convencionalismos sociales nos llevan a actuar en numerosas ocasiones - muchas más de las deseables - de manera diferente a como nuestro corazón nos indica. Este hecho ocupa determinados pasajes de las historias que componen esta gran obra. Como con El bolígrafo de gel verde, en Lo que encontré bajo el sofá Eloy Moreno nos invita a reflexionar sobre nuestras propias vidas, sobre nuestras relaciones y sobre lo fácil (y, por supuesto, absurdo e injusto) que nos resulta a los humanos enjuiciar los actos de los demás para sentirnos mejor con nosotros mismos.

     ¿Sobre el argumento? Prefiero no entrar. Sólo es sugiero que os hagáis de inmediato con un ejemplar de esta novela. Os indignaréis, sí, pero también reflexionaréis y hasta disfrutaréis de una de las mejores narrativas actuales en el panorama nacional. ¡Ah! Y comprobaréis el embrujo de Toledo, sobre todo cuando el sol se pone y los fantasmas salen a pasear por la ciudad... 
                   

lunes, 3 de marzo de 2014

El síndrome del delfín. Ramón Cerdá. El fantasma de los sueños. 2013. Reseña





     Ramón Cerdá define su nueva novela como "la más negra que he escrito hasta la fecha". Detalle que se observa ya desde la propia portada. Tal y como explica el autor en la novela, no existe una definición de "síndrome del delfín". No obstante, el título define a la perfección la patología del personaje principal de la historia, un insomne total, puesto que los delfines son los únicos animales que no duermen absolutamente nada ya que siempre tienen un ojo abierto y medio cerebro activo ya que necesitan respirar. Su respiración no es automática, por lo que, de dormirse por completo, se ahogarían.

     Hilario, un viudo solitario que casi no sale de casa ni se relaciona con los demás vecinos, lleva seis semanas sin dormir, lo cual afecta a su vida cotidiana, provocándole pérdidas de memoria y momentos de desesperación extrema ante la falta de descanso. Presiente que a raíz de sus problemas con el sueño es capaz de ver y entender los pensamientos de los demás. Pero, ¿es eso cierto...o es que se está volviendo loco de remate?

     Las alucinaciones, de todo tipo, que sufre le provocan sensaciones de irrealidad realmente angustiosas. Tanto que, después de probar toda clase de remedios para inducir el sueño y ver cómo todos ellos fracasan, llega a la conclusión de que su problema de insomnio no tiene cura, por lo que incluso piensa en quitarse la vida para acabar de una vez con una situación tan horrible.

     Una serie de asesinatos ocurridos a su alrededor por esas fechas, sobre todo el de su vecina Edurne, le hace pensar que tal vez él mismo tenga relación con ellos. Pero no recuerda haberlos cometido y jamás se había visto a sí mismo como un asesino. Está hecho un lío y no sabe qué hacer. Además, un comisario de policía que parece haberla tomado con él ya desde años atrás (en un par de antiguos casos de fraude Pablo ya había tenido la sensación de que Hilario se le había escapado por los pelos) está decidido a demostrar que sí es el asesino en serie responsable de todos los crímenes. 

     Con el lenguaje accesible, reflexivo y directo de siempre, Cerdá define y caracteriza a los personajes de una manera sublime, presentándonoslos como reales en todos los sentidos, con sus contradicciones y sus dudas, humanizándolos de manera que nos sumergimos en sus vidas haciéndolas nuestras. Incluso vivimos sus problemas como si fueran nuestros. Deseamos que todo se solucione de la mejor manera posible. Y eso es todo un logro por parte del autor.

     Las historias de cada personaje se entremezclan entre sí, tejiendo un puzzle que parece imposible de ordenar. Sin embargo, Ramón consigue hacerlo de forma admirable. El lector - por lo menos a mí me ha ocurrido así - no puede dejar de leer porque está ansioso por saber qué ocurre. Es uno de esos libros que engancha, quizás no desde la primera página (el único pero que se le observa a la novela es un arranque un poco lento, recreándose demasiado en la enfermedad que sufre Hilario) pero sí desde que la acción comienza a desarrollarse unas pocas páginas más adelante.

     Otro aspecto de la obra a destacar es la crítica social que subyace de ella: recortes de todo tipo, incluso en los bancos (Hilario es un pre-jubilado con 55 años de una entidad bancaria donde predominan más los cajeros automáticos que los humanos, para variar) y un sistema policial falto de los recursos económicos y humanos necesarios para asegurar las vidas de los ciudadanos a los cuales debe proteger. Esta contextualización nos aproxima todavía más a la acción descrita en la novela. Incluso, nos adentra en temas como el couchsurfing y la hipnosis policial.

     De las cinco o seis obras del autor que he leído hasta la fecha El síndrome del delfín me parece la mejor escrita y cuidada. Sin duda, ha sido todo un placer (y también una angustia, aunque esto último únicamente por la temática y desarrollo propios de la historia) leerla. Por ello, debo felicitar a Ramón Cerdá y recomendar su lectura a cualquier lector de esta reseña. Nadie se arrepentirá.