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miércoles, 29 de abril de 2026

Los siguientes. Pedro Simón. Espasa. 2024. Reseña

 




    Las relaciones familiares constituyen el punto central de las novelas de Pedro Simón. Las historias de sus trabajos literarios parten siempre de un núcleo familiar que acaba siendo diseccionado a base de cortes de un bisturí profesional que nos muestra con crudeza el interior de cada uno de los miembros de la familia en cuestión. Así fue en Los ingratos (2021) y Los incomprendidos (2022), ambas novelas ya reseñadas en este mismo blog, y así es también en Los siguientes (2024) y en Lo inesperado (que sale a la venta justamente hoy). En Los siguientes, novela que nos ocupa en estas líneas, Simón trata de un tema por el que casi todos hemos pasado o pasaremos: cómo afrontan los distintos miembros de un núcleo la inevitable decadencia y muerte de sus mayores. Carmen, Darío y Gabriel tratan de sobrevivir a la muerte de su madre, Olivia, y al deterioro de su padre, Antonio, cuyas constantes vitales galopan hacia abajo y sin freno. Asumir la futura y próxima orfandad no es fácil nunca. Menos todavía si existen viejas rencillas que quitan la paz.

    La novela explora las relaciones entre los miembros de la familia Prieto. Relaciones enturbiadas desde que, ocho años atrás, Antonio tropezara y cayera por las escaleras de la casa de Gabriel con su nieto Hernán, recién nacido, en brazos. En ese mismo momento la familia se resquebrajó. Hernán no falleció, pero nunca sería ya un niño y un hombre normal. Así, en esa caída, Gabriel perdió a lo que iba a ser su hijo para pasar a tener uno muy diferente. Y Antonio perdió también a su hijo, Gabriel, que siempre lo culpó de lo ocurrido y cortó prácticamente su relación con él.  A partir de ahí, la culpa, la envidia y la venganza, disfrazada de frialdad y crueldad, fueron distanciando a una familia que ya no fue ni será la misma. Máxime cuando Olivia, la madre, el pegamento universal que todo lo unía, muere de un infarto de corazón pocos meses después. Un corazón que no aguantó ni la explosión ni la onda expansiva de aquella maldita caída a los infiernos de Antonio, Gabriel, Hernán y el resto de la familia.

    Gabriel es el hijo mayor del matrimonio formado por Antonio y Olivia. Ingeniero, rico, influyente, pero desgraciado, descubre que todo el dinero del mundo no le va a devolver a su hijo. Siempre de viaje, entre Múnich, Miami y Madrid, deja a Hernán al servicio de una asistente filipina. Divorciado tras lo acaecido ocho años atrás, tiene una novia quince años menor que él que trata de recomponer sus pedazos. Quemado, desquiciado y desesperado, impone un silencio espeso, un desapego furibundo y una rabia mortal hacia su padre. Clama venganza de forma interna, algo que todos notan desde fuera. Cuando Antonio va decayendo, Gabriel trata de llevarlo a una residencia. Carmen y Darío se oponen. Deciden que pase dos meses en casa de cada uno de los hijos. Acepta a regañadientes. Su sola presencia lo amarga. Viaja sin parar para pasar el menor tiempo posible en casa cuando su padre está allí. Un padre ambulante y desamparado que siente el rechazo de su hijo y no puede con su vida.

    Darío es el hijo mediano. Guardia jurado no por vocación sino porque hay que ganarse la vida de alguna manera, no tiene estudios ni oficio ni beneficio y es un auténtico desastre: mujeriego, irresponsable y fiestero. Sin embargo, está a gusto con su padre. Y su padre con él. Tienen unas complicidades que Antonio no tiene con sus otros hijos. Los dos son unos guasones y les encanta charlar y beber juntos. Darío le permite a su padre lo que Gabriel y Carmen le niegan. Gabriel, por pasotismo y venganza, Carmen por deformación profesional -es auxiliar de enfermería-. Darío lo aficiona a ir al centro de mayores, donde juega a las cartas y baila con algunas mujeres también viudas. Darío se esfuerza todo lo que puede por brindarle a su padre el máximo posible de comodidades. Incluso le compra un sillón con motor para que esté cómodo y pueda levantarse y acostarse solo. Una vecina dominicana lo ayuda con Antonio cuando este se hace encima sus necesidades.

    Carmen es la hija menor. Y la única mujer. Y auxiliar de enfermería. Siente que la mayor parte del peso del cuidado de su padre pasa por ella. Por ser mujer y por dedicarse a lo que se dedica. Está divorciada desde hace unos años y tiene un hijo, Hugo, primo de Hernán. A pesar de su oficio, siente miedo, vergüenza y asco al limpiarle el culo a su padre. No es lo mismo que limpiárselo a un hijo. Tampoco que limpiárselo a un desconocido en la residencia en la que trabaja. Es la que mejor parece llevar el deterioro de su padre. Un padre convertido en niño. Y ella, una hija convertida en madre. Sobrelleva como puede el dominó de desastres familiares que se les ha venido encima durante los últimos años, cuando más felices parecían ser todos. Lo del accidente, el estado de Hernán, la muerte de su madre, su divorcio, el de su hermano Gabriel, el distanciamiento, la soledad y, ahora, la decadencia de su padre. Y la proximidad de su muerte y, por ende, el sentimiento de orfandad. Demasiado equipaje para una sola maleta.

    Antonio tiene 88 años de edad. Ocho décadas más que sus nietos. Es viudo desde hace ocho años. Vivió ochenta años de una vida familiar dura y con dificultades económicas que fueron venciendo a base de trabajo y más trabajo entre él y su esposa Olivia. Ambos llegaron años después de casarse a Madrid desde un pueblecito de provincias. Ella con sus costuras y él con sus diferentes trabajos consiguieron poder pagar un piso que se fue quedando pequeño según fueron llegando sus tres hijos. Al conseguir por fin un trabajo estable, como autobusero, como conductor de la EMT, pudo comprar una pequeña parcela en el campo, en los alrededores de la capital, donde vivieron distintas aventuras él, su esposa y sus hijos. Tiempos duros pero felices. Una felicidad completa con la llegada de sus dos nietos. Sin embargo, desde el accidente, ocho años atrás, se siente acabado. Como un autobús ya retirado que solo puede esperar su desguace.                           

    En Los siguientes, cada uno de los protagonistas nos cuenta, en primera persona -algo también común en todas las obras de Simón-, sus historias personales y familiares. Historias que, según los casos, complementan, clarifican o contradicen las del resto de sus familiares. Historias que conforman un complejo puzzle cuyas piezas corresponde colocar en su sitio correcto al lector. Un lector que se emociona, empatiza y conmueve con cada historia. Que hace suyas las reflexiones de cada uno. Que trata de entender -y casi siempre lo consigue- sus planteamientos. Unos planteamientos procedentes de lo más interior e íntimo de los corazones de los narradores. Y es que cuando algo procede de lo más profundo del corazón humano resulta imposible no empatizar. A pesar de las contradicciones. De las dudas. De los miedos. Porque todo eso es precisamente lo que nos convierte en humanos y no en máquinas. Y de humanos y de relaciones Simón sabe muchísimo. Y es una delicia leerlo. Siempre. Con el corazón en la mano y a flor de piel. Sí, leer a Simón lo hace a uno más y mejor humano.   


lunes, 22 de diciembre de 2014

Treinta doblones de oro. Jesús Sánchez Adalid. Ediciones B. 2013. Reseña





     El extremeño Jesús Sánchez Adalid, sin duda el gran dominador de la novela histórica en nuestro país durante los últimos años merced a sus numerosos relatos sobre la libertad y la convivencia entre los distintos credos y razas durante la Edad Media y Moderna, narra en Treinta doblones de oro la historia de Cayetano Almendro Calleja, joven escribano y contable de una familia arruinada de la también venida a menos Sevilla de 1680. El ganador de varios premios de novela histórica por trabajos como Alcazaba, El alma de la ciudad, La sublime puerta o El mozárabe, utiliza la técnica del relato omnisciente en primera persona para que sea el propio protagonista de la historia, Cayetano, quien nos cuente de primera mano sus desventuras por la Sevilla de fines del siglo XVII.

     Treinta doblones de oro es, como siempre sucede en las novelas de Adalid, un fiel relato de la España de la época tratada. Un cuadro realista de los sucesos que en nuestras tierras acontecieron en un pasado que nunca conviene olvidar. En este caso, nos lleva a una decadente Sevilla, desplazada de su pretérita preponderancia por Cádiz, cuyo puerto sustituyó al sevillano como centro de operaciones desde mediado el siglo XVII. De esa Sevilla deben salir él, su amada Fernanda, su ama, doña Matilda, viuda de don Manuel de Paredes y Mexía, y el administrador de la casa, don Raimundo, para hacerse cargo en la isla de La Palma de una herencia en forma de finca que debe ser el comienzo de una nueva vida para todos ellos tras ser desahuciados de la que había sido su hogar durante los últimos tiempos.

     La extrema ruina económica tanto de la familia como de todo el país, cuya situación recordará al lector la España actual de tal manera que quedará perplejo, les obliga a navegar hacia Canarias vía norte de África, acompañados por dos frailes trinitarios que deben hacerse cargo del puesto que ha quedado vacante en La Mamora, una población-fortaleza española de apenas tres cientos habitantes cristianos que viven aislados de los árabes, que los rodean y sitian de vez en cuando en busca de cautivos. Su forma de vida. 

     La desgracia querrá que justo durante la que iba a ser breve estancia en la fortaleza se produzca el mayor de todos los ataques, que pondrá fin de forma dramática a la dominación española del enclave norte-africano. Las tropas del sultán Mulay Ismail los apresarán y los llevarán a Mequinez, la capital de su sultanato. Allí deberán subsistir de la mejor manera posible en espera del pago de su rescate por los frailes trinitarios que, según se dice, viajan ya hasta tierras africanas para hacer efectivo el pago que los redima.

     La exacerbada religiosidad de los cristianos de fines del siglo XVII se hace patente a lo largo de toda la novela. Pese a las cada vez mayores dificultades y situaciones límite a las que se ven sometidos los protagonistas, siempre aparecen la fe y la esperanza para iluminar el camino hacia un futuro mejor para todos. La imagen del Jesús Nazareno de La Mamora emergerá en cada ocasión para mantener los ánimos cristianos en territorio beréber. 

     Y es que, en medio de tanta pobreza, corrupción y ruina - tanto moral como económica -, el siglo XVII vio nacer lo que se conoce como Siglo de Oro de las letras y las artes españolas, destacando figuras como las de Góngora, Quevedo, Cervantes, Lope de Vega o Calderón de la Barca; y también las de Juan Martínez Montañés y Juan de Mesa, máximos exponentes de la imaginería barroca española y autores de varias de las más importantes imágenes de Cristos y Nazarenos. Otro fiel retablo de las creencias de los españoles de la época.

     Estamos ante una novela muy bien escrita, que utiliza la narración en primera persona y presenta el vocabulario de la época de manera precisa. Una narración amena, descriptiva, reflexiva y hasta apasionada en diversos momentos de la trama. Con unos personajes que resultan cercanos y totalmente creíbles. Y que muestra con pelos y señales las vivencias de un país para el que cualquier tiempo pasado fue, sin duda, mejor. Mucho mejor.

     Además, como anexo, el autor incluye unas notas históricas que harán las delicias de los lectores más ávidos en dicha materia y que, en caso contrario, tampoco aburrirá, al explicar y hacer entender mejor todo aquello leído en la novela. Todo ello para ilustrar mejor si cabe las desventuras de Cayetano, Fernanda, etc, y hacer bueno aquel manido dicho español que afirma que Dios aprieta pero no ahoga. Que este botón sirva de muestra...