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lunes, 5 de octubre de 2026

Descalzo sobre la tierra roja. Vida del obispo Pere Casaldáliga. Francesc Escribano. Ediciones Península. 2000. Reseña




 

    En 1968, con cuarenta años de edad, Pere Casaldáliga, un hombre de aspecto débil y frágil pero con una fuerza y una determinación fuera de lo normal, cumplió su sueño de convertirse en misionero. Claretiano y ligado a la teología de la liberación -corriente nacida en América Latina durante la década de 1960, basada en la idea de que el Evangelio exige la opción preferencial por los pobres, y que fue considerada pro marxista, sufriendo por ello continuos ataques de buena parte de la jerarquía vaticana-, sintió la vocación sacerdotal desde muy temprano, decidiendo dedicar su vida a ello con solo diecisiete años. Nacido en Balsareny (Barcelona) en 1928, fue ordenado sacerdote en 1952, a los veinticuatro años. Tardó otros dieciséis años más en alcanzar su gran deseo: ser misionero y servir a los más necesitados. Cuando llegó, en julio de 1968, a Sao Félix do Araguaia, en el estado del Mato Grosso, en la Amazonía brasileña, para fundar una misión, encontró kilómetros de verde, agua y tierra roja en los que la injusticia social lo obligó a ponerse del lado de los campesinos y en contra de los latifundistas.

    Procedente de una familia catalana acomodada y de derechas no tardó en convertirse en todo un símbolo revolucionario. No solo en Sao Félix, sino, poco a poco, en toda América Latina. Para él, resultaba imposible separar la religión y la política. Y su compromiso con los campesinos lo llevó a vestir sus clásicas chanclas y a adoptar para su misión la denominada iglesia de los pobres. Escribió un artículo, Esclavitud y feudalismo en el norte del Mato Grosso, en el que criticó duramente un sistema casi medieval, lo que conllevó la admiración y la veneración de unos -el pueblo raso y desfavorecido y otros renovadores y reformadores de la Iglesia- y la crítica y la persecución de otros -los latifundistas y las altas jerarquías eclesiásticas-. Acusado de marxista, ironizó sobre el tema mediante la siguiente reflexión: pasé de ser perseguido por los comunistas en plena Guerra Civil Española a ser perseguido por comunista en el Brasil de los años setenta y ochenta. Hombre de acción, renunció a la mitra y el báculo tras ser nombrado obispo, contra su voluntad, en 1971. Solo lucía un sombrero de paja.

    Ese mismo año escribió una pastoral-denuncia titulada Una iglesia de la Amazonía en conflicto con el latifundio y la marginación social. Las amenazas de muerte lo acompañarían desde entonces, y durante muchos años. Con vocación de poeta, filósofo y periodista, además de cura y misionero, escribió durante toda su vida multitud de libros, reflexiones, artículos y sobre todo poesías. Algunos de estos textos son recogidos por Francesc Escribano en el libro que nos ocupa. El periodista viajó en dos ocasiones hasta Sao Félix para conocer en persona al obispo. Fruto de esos dos viajes y de la lectura y estudio de sus textos surgió este libro que no solo nos habla de la figura de Dom Pedro o del Che Guevara, como también conocían los más desfavorecidos a Pere Casaldáliga, sino también de religión, filosofía, sociedad e historia más reciente de una parte muy importante de América Latina. Una América Latina que poco a poco prosperó gracias al esfuerzo conjunto de muchos personajes que enarbolaron la bandera de la justicia social y que, con fe de guerrilleros, no confundieron jamás la no violencia con la pasividad.

    Casaldáliga no regresó jamás a España ni a Cataluña. Solo viajó a Europa en 1988 para reunirse con el Papa Juan Pablo II y con el todavía cardenal Joseph Ratzinger, tratando de limar ciertas asperezas surgidas a causa de sus actuaciones en la Amazonía brasileña y en otros lugares de América Latina. Lo que trataron de hacer desde el Vaticano fue silenciarlo, obligarlo a dejar de escribir y pronunciarse sobre determinados problemas sociales. Y es que el obispo, que siempre apostó por la interculturalidad como idea y modo de convivencia, ayudó a crear el CIMI -Consejo Indígena Misionero- y la CPT -Comisión Pastoral de la Tierra-, permitiendo la unidad, el consenso y la toma de decisiones de los sectores más desfavorecidos de la sociedad de su zona de arraigo. Porque Casaldáliga arraigó de tal manera que hizo de la Amazonía brasileña su lugar en este mundo. Un lugar en donde la violencia, la muerte y la impunidad estaban a la orden del día. Un lugar ideal para un hombre como él. Tanto que hasta llegó a escribir la letra del Himno de Serra Nova. 

    El libro de Francesc Escribano -autor de otras obras reconocidas, como El maestro que prometió el mar, ya reseñada en este mismo blog, o Cuenta atrás: la historia de Salvador Puig Antich- incluye fragmentos de conversaciones reales entre el autor y el protagonista. Algunas de las frases de Casaldáliga son dignas de mención. Por ejemplo, estas: debemos aprender a morir la vida para aprender a vivir la muerte -frase pronunciada a raíz del asesinato de varios de sus colaboradores y amigos-, mis causas valen más que mi vida -en respuesta a las continuas amenazas de muerte sufridas- o lo contrario de la fe no es la duda, es el miedo -en referencia a la llamada a capítulo por parte del Papado-. Con Pablo VI, en cambio, sí que tuvo nuestro protagonista una mejor relación. Bajo su Papado fue nombrado obispo de Sao Félix. Y fue él precisamente quien evitó su expulsión de tierras brasileñas cuando el gobierno brasileño y la propia Iglesia brasileña buscaron quitárselo de en medio fuera como fuera. 

    Vivir de propina, morir de pie o jubilación con los pobres son otras de las reflexiones del obispo que aparecen en el libro. Un libro que no se ciñe únicamente a las acciones de su protagonista en la Amazonía brasileña -donde llegó a provocar grandes disensiones dentro de la Iglesia- sino que va mucho más allá. En uno de los capítulos finales, Francesc Escribano aborda con detalle los viajes de Casaldáliga a distintos lugares de la denominada Patria Grande -concepto político e histórico que propone la unión y la integración de los países de Hispanoamérica y el Caribe hispanohablante en una sola nación o bloque solidario-. Así, en Descalzo sobre la tierra roja. Vida del obispo Pere Casaldáliga se recogen sus estancias en Nicaragua -donde apoyó la causa sandinista y escribió Nicaragua, combate y profecía-, El Salvador -en donde visitó a Monseñor Romero- y Cuba -donde pudo conocer y charlar durante días con Fidel Castro-. Como consecuencia de todo ello llegaron sus enfrentamientos con el Vaticano ya reseñados más arriba.

    En definitiva, la obra de Escribano nos presenta a un hombre de fuertes convicciones y altos valores morales. Un hombre capaz de enfrentarse a las élites jerárquicas tanto de Brasil como del Vaticano con tal de defender la justicia social. Un hombre que consagró su vida a los más desfavorecidos e indefensos. A pesar de posibles expulsiones. A pesar de recibir amenazas de muerte. A pesar de haber de enterrar a compañeros y amigos asesinados. Un hombre, en fin, que hizo de América Latina su razón de ser en este mundo. Alguien a quien admirar se sea o no creyente, católico o practicante. Además de este magnífico libro, recomiendo la visión de la mini serie, de mismo título, dirigida por Oriol Ferrer, guionizada por María Jaén y Marcos Bernstein -en base a este libro- e interpretada de forma magistral por Eduard Fernández. Libro y mini serie nos colocan ante un hombre único e irrepetible. Un hombre que no recibió el Premio Nobel de la Paz en 1992 pero que se alegró de que se le concediera a la activista guatemalteca Rigoberta Menchú.               

   

lunes, 27 de mayo de 2019

Carta abierta a mis compañer@s de Els Verds de Gandia





     Compañeros y compañeras:

     Anoche fue una noche dura. Muy dura. Durísima. Como veis, hoy ha vuelto a salir el sol. Y, aunque me he despertado como si me hubiera pasado por encima un tráiler, quiero dirigiros unas palabras que creo que pueden venirnos muy bien a tod@s. 

     Estábamos muy esperanzados ante la ocasión de devolver a Els Verds al ayuntamiento de nuestra ciudad. Soñábamos con hacer concejal a Joan Francesc. Incluso a Rosa. Hemos trabajado mucho estos últimos meses y estas últimas semanas con toda la ilusión del mundo. Nos han puesto zancadillas, nos han gastado algunas putadas y han dicho cosas de nosotros que todos sabemos y no hace falta repetir. Hemos hecho frente a todo ello y hemos seguido nuestro único camino: el de nuestras convicciones progresistas, ecologistas y animalistas. 

     Finalmente no ha sido posible entrar en el ayuntamiento. Pero sí hemos logrado algunos triunfos. Más allá de las valoraciones meramente políticas, sabemos que hemos conseguido el mejor resultado histórico en Gandia. Hay 1075 personas que confían en nosotr@s. Con tres carteles en toda la ciudad, y no muy visibles, por cierto. Con una sola pancarta. Sin coches con megáfonos, ni pantallas gigantes, ni carpas, ni globitos, ni menciones en la mayoría de medios de comunicación de la ciudad. Solo con nuestro díptico, nuestras camisetas y nuestra honestidad.

     Simplemente por presentar nuestra candidatura y reivindicar y exigir que la recogida de animales debía volver a la protectora comarcal hemos conseguido que el gobierno rectifique y anuncie que así va a ser. Una de nuestras grandes reivindicaciones ha sido conseguida sin ni quiera lograr entrar en el ayuntamiento. Sé que puede parecer poco. Pero no lo es. Demuestra que haciendo bien las cosas se puede conseguir mucho. Desde dentro es más fácil, obviamente. Pero, aunque cueste mucho más, se puede hacer también desde fuera.

     Anoche, en la sede, mientras íbamos conociendo los resultados --cada uno de nosotros era consciente de ellos ya mientras ejercíamos como apoderados en las respectivas mesas asignadas--, estábamos muy apenados, afectados y hasta cabreados. No voy a entrar en detalles, porque lo que allí ocurrió y se dijo solo nos atañe a nosotros y allí debe quedar. Es lógico sentirse así. Por supuesto que sí. Cuando uno trabaja y no se le reconoce su esfuerzo se indigna. Faltaría más. Y es absolutamente lícito plantearse dejarlo todo y salir corriendo. Claro que sí. Pero no hay nada que un sueño reparador no cure.   

     Cada uno de nosotr@s tiene su propia historia. No os quiero cansar con la mía, pero ahí van unas pocas pinceladas. No tengo librería, pero soy librero. Vendo libros en mercados y rastros. Muchas veces acabo los mercados con ganas de prender fuego a todo: a los libros, a las mesas, a la furgoneta y hasta al mundo entero. A menudo pierdo el tiempo --mañanas o tardes-- en mercados en los que no logro vender casi nada. Nunca me voy de vacío, cierto, pero muchas veces quedarme en casa me saldría más barato. ¿Me frustra? Por supuesto. Pero me gustan los libros. Y hablar de literatura con esos clientes que me voy encontrando y por los que sí vale la pena salir cada día a la intemperie. Aunque pase frío o calor. A pesar del viento o la lluvia, que me impiden trabajar y ganarme la vida más veces de las que desearía.

     A veces siento que mi parada es invisible. La gente pasa de largo sin ni siquiera mirar, o mira y pone cara extraña. ¿Una parada de libros? ¿Quién va a comprar libros? ¿Quién va a leer algo? ¿Está loco ese tío? Me gustaría saber lo que piensan de mí, aunque me lo puedo imaginar. La cuestión es que sé que estoy haciendo una pequeña-gran labor social. Estoy vendiendo cultura. La mía propia --los libros que yo mismo escribo-- y la del resto de escritores del mundo entero. Y, además, a precios modestos, pues son libros seminuevos y/o de segunda mano.

     Acabo con mi historia personal con otros datos muy rápidos (repito que no os quiero cansar): nunca he votado al PP ni al PSOE, sino a partidos progresistas o que yo entendía como tales; no soy ni del Madrid ni del Barça, sino del Atleti, del Estudiantes y del Bàsquet Gandia, que ganan algo solo de uvas a peras; no soy de escuchar la música de moda ni de ver las películas más premiadas que todo el mundo quiere ver. Voy contra corriente. Lo cual implica recibir hostias como panes muy a menudo. A veces casi a diario. Como la que recibimos tod@s anoche. 

     ¿Adónde quiero llegar con todo esto?, os estaréis preguntando. Pues a algo mucho más sencillo de lo que pueda parecer a priori. A que hay cosas que son necesarias y por las que hay que luchar. Aunque sea contra corriente. Aunque implique que has de recibir mil y una hostia. Porque todos nosotr@s, progresistas, ecologistas y animalistas, debemos seguir luchando por lo que consideramos justo. Porque si es justo es también necesario. Y debemos hacerlo por nosotros mismos y también por esa mayoría de gente que no entiende la problemática de un mundo y una sociedad criticables por muchísimos aspectos. 

     Incluso debemos hacerlo por quienes nos ponen la zancadilla y nos ningunean, pobres almas de cántaro, que no entienden que también luchamos por ellos. Y no me refiero a los políticos, que esos sí saben lo que hacen, el porqué lo hacen y cómo lo hacen, sino por sus votantes. Esos votantes ciegos, autómatas, cuya conciencia hay que despertar. Porque, si no lo hacemos nosotr@s, nadie lo hará. Alguien me ha dicho hace un rato que "sois necesarios". Y tiene toda la razón. Somos necesarios. Por eso, pese a esas mil y una hostia que todos nosotr@s podamos recibir, debemos seguir. Por un mundo progresista, ecologista y animalista que luche contra el cambio climático y la injusticia social.

     Nos queda el consuelo de ver los resultados de Los Verdes en Europa. Es un partido de futuro que está en pleno auge (segunda fuerza en Alemania y Francia y cuarta en la Eurocámara). Sabemos que a España, desde siempre, todo llega con retraso. Sobre todo lo realmente necesario. Pero en un momento no tan lejano Los Verdes será un gran partido. Pero, antes, debemos seguir recibiendo hostias. Y, por supuesto, levantándonos. Algún día la gente despertará --la habremos despertado nosotr@s-- y hará caso de nuestro lema de campaña: #PONLOSVERDES. Un abrazo a tod@s. ¡Es un placer haberos conocido y compartir con vosotr@s esta inolvidable campaña!