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martes, 1 de febrero de 2022

A prueba de fuego. Javier Moro. Espasa. 2020. Reseña

 




    A finales de 2020 Javier Moro --Madrid, 1955, autor de, entre otras, Pasión india (2005), El sari rojo (2008) y El imperio eres tú (Premio Planeta 2011)-- publicó su última novela. Una obra en la que pasó revista a la aventura norteamericana del arquitecto valenciano Rafael Guastavino y uno de sus hijos, Rafael Guastavino Jr.. Llegados a Nueva York en 1881 junto a Paulina Roig y sus otras dos hijas, que hubieron de regresar a España tan solo unos meses después a causa de los problemas económicos familiares, los Guastavino comenzaron a cimentar poco a poco una larga y muy fructífera carrera arquitectónica en la costa este de los EE. UU.. Sobre todo desde que en 1885 fue patentado el sistema Guastavino, consistente en una técnica constructiva de arcos y bóvedas autoportantes de baldosas de terracota adheridas con capas de mortero siguiendo la curvatura de la cubierta. Un sistema, también denominado de bóveda tabicada, que conseguía gran cohesión, resistencia y abaratamiento de costes. 

    Para narrar la historia Javier Moro utiliza la voz, en primera persona, de Rafael Guastavino Jr., quien nos cuenta, apoyándose en cartas y documentos que de su padre y otros personajes todavía conserva, los entresijos de sus vidas, tanto a nivel laboral como familiar. Así, poco a poco nos va informando de los orígenes de ambos. De la niñez de su padre, criado en torno a la Catedral y a la Lonja de la Seda de Valencia, edificios que siempre despertaron su pasión por la construcción. En efecto, Guastavino trabajó como aprendiz en Valencia y más tarde se trasladó a la escuela de maestros de obra de Barcelona, donde construyó la famosa fábrica Batlló y el Teatro de la Massa (en Vilasar de Dalt). No obstante, problemas conyugales y económicos lo obligaron a abandonar para siempre --y el misterio acerca del motivo acompañará a su hijo durante casi toda su vida-- la ciudad condal y España para comenzar desde cero en Nueva York, lugar destinado a ser el centro de la nueva arquitectura mundial.

    Si Guastavino, considerado el arquitecto de Nueva York --su participación se puede todavía disfrutar en numerosos edificios emblemáticos de la ciudad (la Grand Central Terminal, diversas estaciones de metro, el hall de Ellis Island, el puente de Queensboro, la catedral de San Juan el Divino, el Carnegie Hall, el Museo Americano de Historia Nacional, el City Hall, el Hospital Monte Sinaí o la iglesia de San Bartholomé, entre otros)--, no triunfó más todavía pese a ser un absoluto genio arquitectónico fue debido a la coexistencia de dos grandes factores que se lo impidieron de forma sucesiva. En primer lugar, su tormentosa relación con las mujeres. Y, antes que ello incluso, que estaba más enamorado de su trabajo y de la belleza que de él florecía que de cualquier otra cosa o persona en el mundo. Y Guastavino Jr. nos ilustra con varios ejemplos de ambos aspectos a lo largo de una narración que supera las cuatrocientas páginas. 

    ¿Cómo era posible que alguien tan volcado en su trabajo como él, tan estudioso, tan meticuloso con sus diseños, tan serio en sus compromisos, fuese incapaz de controlar sus impulsos más básicos? ¿Cómo es posible que, estando en el cenit de su fulgurante carrera, disfrutando de éxito social insólito y de estabilidad familiar, se arriesgase tanto a perderlo todo?, se pregunta su vástago al tratar de explicarse cómo pudo su padre engañar a su esposa con su madre. Hijo, a veces cuesta mucho controlar el arrebato. La llama de la pasión con Pilar se había extinguido, y tu madre era distinta, era cariñosa y de buen ver..., le responde finalmente su padre tratando de justificarse. Y, sin embargo, años después, en un escenario diferente y con protagonistas diferentes, demuestra que no ha aprendido, haciendo bueno aquello de que el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Y, claro, los hijos suelen tomar como modelos a sus padres.  

    El otro problema que le impidió aportar más si cabe al mundo de la arquitectura fue su amor por la belleza, ejemplificado en estas palabras: Rafael, tus presupuestos son incumplibles. Siempre los haces por debajo de su valor. No calculas bien los costes. El problema es que estás enamorado de lo que haces. Y esa es tu perdición. Lo llevas en la frente, todos lo ven y se aprovechan de ti, saben que ahí te tienen agarrado. Tienes que hacer un esfuerzo y ser más realista. O nunca saldrás de la ruina. Y, ¿cuál es su respuesta ante ello? Nunca tengo tiempo de verificar los precios de los materiales. No puedo estar sin construir. Y, claro, esa impulsiva forma de hacer las cosas llega a arruinarle varias veces a lo largo de su vida. Eso sí, siempre sabe recomponerse, comenzar desde cero, ganar nuevos concursos, conseguir nuevos proyectos y volver a renacer desde sus cenizas para continuar con su actividad y seguir enseñando a su hijo.

    El gran logro de los Guastavino fue crear la Guastavino Fireproof Construction Company, cuyas bóvedas, a prueba de fuego --de ahí el título de la novela--, permitieron construir en las grandes ciudades con mayor fiabilidad tras los desastrosos incendios de Chicago y Boston en 1871 y 1872 respectivamente. Porque sus actividades no solo se centraron en Nueva York. También dejaron su sello en Boston (Biblioteca Pública), Washington (Museo Nacional de Historia Nacional y Corte Suprema de EE. UU.), Chicago y otras grandes ciudades de la costa este del país. Incluso en Black Mountain, un pequeño pueblo de Carolina del Norte que Guastavino Senior eligió como retiro junto a su gran amor, la mexicana Francisca, donde construyó, sin escatimar en gastos, tal cual fue siempre él, una gran propiedad de nombre Rhododendron, lugar donde finalmente falleció en 1908, justo un mes antes de cumplir los 66 años de edad.

    Dejando de lado la Historia pura y dura, lo que más me ha llamado la atención es cómo van evolucionando los personajes a lo largo de los años. Especialmente Guastavino Jr., que comienza siendo un niño de nueve años y termina por convertirse en un hombre hecho y derecho; William Blodgett, quien entra en la Compañía como el economista que debe poner en vereda a su jefe y acaba convirtiéndose en su socio de máxima confianza; y Francisca, que debe aprender a lidiar con el torito bravo español que resulta ser Guastavino. Pero, por encima de todo, resalta la evolución de la relación entre padre e hijo. Desde la lógica total supeditación del hijo respecto del padre hasta la continuación de la labor de este más allá de su muerte, pasando por los primeros proyectos del hijo, la cooperación, la lucha por la independencia y los tira y afloja respecto a la finalización de los trabajos y la forma de llevar la Compañía.

    Y de entre los sentimientos que refleja en la narración Guastavino Jr. me quedo sin duda con este: la relación entre nosotros nunca se había enfriado tanto. Si pudiera ir atrás en el tiempo y aprovechar esos meses en los que no quise verle para decirle lo mucho que ahora lo siento... Cuánto cambiarían las relaciones entre la gente si tuviésemos clara y bien presente la inevitabilidad de la muerte. Los Guastavino fueron, sobre todo el padre, unos románticos de su trabajo. Y este fragmento lo pone de manifiesto: mi padre acertó a prever el Modernismo y sus líneas onduladas, porque fue la extensión de lo que había puesto en marcha. En cambio, no compartía mi opinión sobre lo que yo veía para después, el funcionalismo. Mi padre se rebelaba contra esa arquitectura sin alma. Romper con el pasado es de ignorantes. No se puede anteponer la originalidad a la belleza, sentenciaba siempre ante su hijo y ante cualquier joven estudiante que le hiciera referencia al tema.

    A prueba de fuego, de Javier Moro, es una bonita biografía de una de las grandes familias de la Historia de la arquitectura contemporánea. Y solo ha sido posible gracias a un enorme trabajo de documentación e investigación por parte de un autor al que desde aquí solo cabe felicitar. El resultado bien vale la pena.      


lunes, 3 de mayo de 2021

Desayuno en Tiffany´s. Truman Capote. Anagrama. 1990. Reseña

 




    En 1958, con tan solo 34 años de edad, Truman Capote publicó en EE. UU. su novela Desayuno en Tiffany´s. Quienes pudieron tener el privilegio de leer aquella edición de Random House durante los tres años siguientes se imaginaron una Holly Golightly diferente de todos aquellos que la hemos ido leyendo después. Y es que en 1961 el director Blake Edwards rodó la película, cuyo título se tradujo en España como Desayuno con diamantes, interpretada por Audrey Hepburn. Y desde entonces resulta imposible ya leerla sin ver el rostro de la actriz cada vez que aparece en escena el personaje de Holly. Lógico, porque hablamos de una de las mejores y más bellas actrices que ha dado Hollywood a lo largo de toda su historia. Razón por la cual la desdichada Holly Golightly adquiere una nueva dimensión. La censura de la época, además, privó al film de las aficiones de la protagonista (fumar marihuana), su forma de ganarse la vida (mediante la prostitución), su bisexualidad y su anterior aborto. 


    Ciñámonos a la novela, que es lo que aquí nos ocupa, puesto que tampoco la mayoría de acciones de la película tienen mucho que ver con ella. La Holly Golightly de Truman Capote oculta un pasado sombrío que antes o después será descubierto por el narrador y el lector. Por eso mismo, jamás habla de su pasado ni de nada que tenga que ver con ella directamente. Es una escort o chica de compañía que vive una vida extravagante. Por ejemplo, tiene por costumbre desayunar frente a la mítica joyería Tiffany´s. Porque me calma de golpe, ese silencio, esa atmósfera tan arrogante; en un sitio así no podría ocurrirte nada malo, sería imposible, en medio de todos esos hombres con los trajes tan elegantes, y ese encantador aroma a plata y a billetero de cocodrilo. Si encontrase un lugar de la vida real en donde me sintiera como se siento allí, me compraría unos cuantos muebles y le pondría nombre al gato. En el fondo, en efecto, Holly es una desarraigada y una farsante. Una desgraciada. 


    Y, además, en el pasado más reciente ha rechazado un papel para la película de Hollywood The Story of Dr. Wassell. ¡De David O. Selznick, ni más ni menos! ¿Por qué abandona Los Ángeles y la posibilidad de ser una actriz rica y famosa y se establece finalmente en Nueva York para ejercer una profesión tan humillante? Así se lo explica ella misma al narrador de la historia, un escritor de poca monta del que desconocemos hasta el nombre: ser una estrella de cine es demasiado esfuerzo, hay que ser tremendamente narcisista. No quiero decir que el ser rica y famosa fuera a fastidiarme. Ésas son cosas que ocupan un lugar importante en mis planes, y algún día trataré de conseguirlas; pero, si las consigo, querría seguir gustándome a mí misma. Quiero seguir siendo yo cuando una mañana, al despertar, recuerde que tengo que desayunar en Tiffany´s. Pero, bajo ese halo de seguridad en sí misma se oculta la verdadera Holly. Una mujer que solo busca, sin encontrarlo, un camino que seguir en la vida.


    La verdad es que la protagonista vive en un edificio medio destartalado del Upper East Side de Manhattan y tiene como vecinos al escritor narrador de la historia, a Mr. Yunioshi y a la temible Madame Spanella, vieja que critica sus comportamientos y sus fiestas nocturnas y que siempre la amenaza con denunciarla a la policía. Bebe a menudo en el bar de Joe Bell, es la protegida de O. J. Berman, hombre de cine que sigue queriendo introducirla en Hollywood pese a sus demostradas reticencias, sale con el millonario Rusty Trawler, que quiere prometerse con ella a toda costa, y acaba compartiendo su piso con Mag Wilwood, una chica altísima que ansía marido. Además, a través de Mr. Shaughnessy, se gana un dinero extra visitando en la cárcel a un mafioso de nombre Sally Potato, de quien afirma ser su sobrina. En realidad, sin saberlo --o quizás sí lo sabe--, pasa el parte meteorológico antes de cobrar. Un parte y unas visitas que acabarán complicándole mucho la vida en cualquier momento. Más pronto que tarde, además.


    Holly enamora de forma irremediable a todos los hombres que pasan por su vida. Entre ellos, al narrador, a Joe Bell, a Mr. Yunioshi, a O. J. Berman y a Rusty Trawler. Y no solo lo hace por su belleza. También porque, pese a su modo de vida, es una buena chica. Una buena chica que huye de unos problemas mientras se mete en otros incluso más graves. Una buena chica que no quiere cambiar de vida o que simplemente ya no puede hacerlo porque es algo imposible para ella. Una buena chica capaz de regalar una preciosa jaula de tres cientos cincuenta dólares para hacer prometer al nuevo dueño de la misma que jamás meterá en ella a ningún ser vivo. Una buena chica que, no obstante, también va partiendo los corazones de todos esos hombres que forman parte de su vida de una u otra manera. Algo que, según se irá viendo con el discurrir de su historia, viene ya de lejos. De su vida anterior. De esa que quiere mantener oculta. De esa que acabará por explotar ante sus ojos en cualquier momento.


    Sobre la bisexualidad y la libertad sexual, temas que rehúye la película, hay una frase en la novela que lo dice todo. Su amiga y compañera de piso, Mag, afirma que me conformaría también con la Garbo. ¿Por qué no? Tendríamos que poder casarnos con hombres o mujeres o... Mira, si me dijeras que pensabas liarte con un buque de guerra, yo respetaría tus sentimientos. No, hablo en serio. Habría que permitir toda clase de amor. Arriesgada frase para una novela de los años cincuenta del siglo pasado, la verdad. Y Holly opina igual. Porque, aunque es una farsante, es una farsante que siente. Una farsante auténtica. Solo alguien como ella diría que tu país es aquel en donde te sientes a gusto. Y aún estoy buscándolo. Solo alguien como ella añadiría que no estoy dispuesta a dar testimonio contra un amigo. Trato a las personas como ellas me tratan a mí, y el viejo Sally, de acuerdo, no fue del todo sincero conmigo, digamos que se aprovechó un poco de mí, pero de todos modos sigue siendo un buen tipo, y prefiero que esa policía gorda me secuestre antes que ayudar a que esos leguleyos fastidien a Sally.


    No obstante, la gran frase de la novela, la que resume el pasado de Holly, y también quizá lo que está todavía por venir, es esta que le dice a Joe Bell: No se enamore nunca de ninguna criatura salvaje. No hay que entregarles nunca el corazón a los seres salvajes: cuanto más se lo entregas, más fuertes se hacen. Hasta que se sienten lo suficientemente fuertes como para huir al bosque. O subirse volando a un árbol. Y luego a otro árbol más alto. Y luego al cielo. Así terminará usted si se entrega a alguna criatura salvaje. Terminará con la mirada fija en el cielo. Pero créeme, es mejor quedarse mirando al cielo que vivir allí arriba. Es un sitio tremendamente vacío. No es más que el país por donde corre el trueno y todo desaparece. Es cierto. A veces, caminar con el peso a cuestas de tu pasado es algo muy complicado. Se hace difícil seguir caminando de esa manera. Y a Holly se la ve cansada, además de desarraigada. Y piensa en una huida hacia adelante.


    Desayuno en Tiffany´s es una magnífica novela corta que se acompaña --en esta edición de Anagrama-- de tres relatos breves, titulados Una casa de flores, Una guitarra de diamantes y Un recuerdo navideño, en los que queda de manifiesto la gran capacidad de Truman Capote a la hora de combinar un tono mundano, un bello lirismo y un mundo repleto de sentimientos a flor de piel. Tanto la novela como los relatos demuestran que no hace falta alargar las historias sin motivo y que la belleza literaria no está formada por páginas sino por palabras. Las justas y necesarias. Así, apenas cien páginas pueden consagrar a un autor para siempre. Y este Desayuno en Tiffany´s es un buen exponente de lo afirmado.           


          

martes, 13 de octubre de 2020

Al oeste del Edén. Jean Stein. Anagrama. 2020. Reseña





    Jean Stein trabajó durante más de dos décadas para convertir en realidad este libro sobre los orígenes de Hollywood. Lo consiguió, por fin, en 2016. Un año después, a sus ochenta y tres años de edad, se lanzó al vacío desde su apartamento en un rascacielos de Manhattan. Muy lejos, en el tiempo y en el espacio, de ese lugar de los Estados Unidos que inspiró su gran obra. Una obra por la que desfilan muchos de los grandes personajes del Hollywood de los años centrales del siglo XX, es decir, desde 1920 hasta 1970. Lujo, glamour, poder, mansiones, palacetes y castillos, excesos, drogas, sexo, luchas y enfrentamientos intestinos, asesinatos, suicidios y toda clase de intrigas se detallan en las trescientas ochenta páginas que componen un texto que, escrito a base de testimonios directos recogidos durante esos veinte años de labor de investigación, resulta finalmente tan atractivo como desgarrador.


    El dinero y el poder no dan la felicidad. Esa es una de las conclusiones que puede extraer cualquier lector de este conjunto de textos. La mayoría de sus protagonistas fueron famosos, ricos, ostentaron gran poder e influencia, incluso a nivel político, pero basta con leer entre líneas para observar que una de las características que compartieron casi todos ellos fue la infelicidad. Lo cual hace bueno aquello de que cuanto más se tiene, más se desea poseer. Y es que, aunque nos pueda parecer mentira, la fábrica de sueños más potente del mundo destruyó los de muchos de sus propios integrantes y protagonistas. Secretos de alcoba, extravagancias, tensiones que explotan, todo tiene cabida en las páginas de Al oeste del Edén. En un lugar de Estados Unidos. Por muy emblemática que resulte una familia, nadie escapa a los pecados de la humanidad. Buena prueba de ello es este libro.


    La primera de las cinco sagas familiares tratadas en estas páginas es la de los Doheny, cuyo patriarca, Edward L. Doheny, inspiró la novela Petróleo!, de Upton Sinclair (1927), y la película Pozos de ambición, de Paul Thomas Anderson (2007). Doheny creó la industria petrolífera de Los Ángeles, que producía, en los años veinte, el veinte por cien del petróleo mundial. Antes había hecho negocios en México. Su amistad con Porfirio Díaz y los sobornos a funcionarios le habían hecho rico ya. Utilizó todo tipo de artimañas para salirse siempre con la suya e incrementar sus riquezas. Unos extraños asesinatos de los que salió indemne, un par de suicidios en el seno de la familia y las tensiones manifiestas entre varios de los miembros del clan demuestran que no es oro todo lo que reluce. Aunque dentro de una mansión encontremos una casa de muñecas más grande que la mayoría de hogares medios. Los Doheny siguen presentes en Los Ángeles. Lo más asombroso es que, para conservar su poder y su posición, Doheny acabó sacrificando a su propia familia, afirma un testigo de la época. El escritor Raymond Chandler afirmó, en relación a él, que la ley vale lo que pagas por ella y está en el lugar donde la compras. Para el famoso escritor, los Doheny son el paradigma del corazón podrido del paraíso.


    Los famosos hermanos Warner --Sam, Harry y Jack--, que crearon la mayor manifestación cultural del mundo en palabras de Arthur Miller, acabaron enfrentándose entre sí por ver quién controlaba los famosos estudios tras la prematura muerte de Sam. Vanidosos y vulgares, intrigaron contra su propia sangre mientras se reían de las producciones de la competencia, a los que llegaron a acusar de comunistas, y tiranizaban al gremio del cine, luchando contra unas huelgas justas y necesarias para el sector. Se codearon con los presidentes Roosevelt y Nixon, se enfrentaron a Walt Disney, no tenían amigos sino subordinados y aduladores, las tensiones le provocaron un derrame cerebral y la muerte a Harry y Jack se quedó al fin como año y señor de los estudios. Pero Jack, que tenía relaciones sexuales extra matrimoniales donde y cuando se le antojaba --temía perder la mitad de las acciones de sus estudios si se divorciaba, por lo que su esposa y él eran matrimonio solo sobre el papel, declara una de sus amantes--, tampoco tenía buena relación con su hijo, Jack Warner Jr.. Así, la historia de los conocidos Warner Bros ejemplifica perfectamente en qué consisten un fracaso (familiar y emocional) y un éxito (económico y empresarial) colectivo. 


    Los Garland ocupan el espacio central del libro de Jean Stein. William Garland era un rico industrial ferroviario metido de lleno en el mundo del cine y dueño de muchas propiedades en Los Ángeles. Se casó con un bombón llamado Grace Garland, que quería ser actriz y había sido Miss Cleveland, y tuvieron una hija: Jane. Viuda ya Grace, se centró en la salud de su hija, que padecía una extraña clase de esquizofrenia. Contrató a cuidadores para ella, evitando así una indeseada hospitalización. Llevaba una vida aparentemente normal, aunque siempre acompañada de un cuidador. La pérdida de la figura paterna, los acosos de una niñera, las drogas y su coqueteo con una secta pusieron a la joven al borde del precipicio. Poco a poco, la familia fue gastando el dinero de la herencia del industrial. Hasta que solo quedó el de su hija. Y Grace, acostumbrada a un tren de vida demasiado relajado, sucumbió al hecho de que tenía toda aquella pasta al alcance de la mano y no podía echarle las zarpas. Otro ejemplo más de infelicidad manifiesta.                      


    La oscarizada Jennifer Jones (La canción de Bernardette, 1944) se divorció de su marido, David Walker, para casarse con el productor David Selznick. Terminó por arrepentirse años después. Como declara uno de sus hijos, Selznick tenía las llaves del reino cuando papá ni siquiera sabía dónde estaban. Madre era joven, fresca, recién llegada, buscaba nuevas aventuras, y, desde su punto de vista, papá probablemente fuera un hombre limitado. Ni mamá ni papá eran personas de mundo. Selznick, en cambio, vivía y respiraba el glamour de Hollywood y los reyes y las reinas de Hollywood le besaban los pies. Después de Lo que el viento se llevó, no había nadie con más poder en la industria del cine. Su ex esposo se convirtió en alcohólico y murió a los treinta y dos años. Pocos años después, su hija Mary Jennifer, con la que tenía muy mala relación, se suicidó, mientras que su hijo Michael también se echó en brazos del alcohol. Otra familia rota. Tras la muerte de Selznick, Jennifer se casó con el multi millonario Norton Simon, un magnate desaprensivo al más puro estilo de los mismísimos Rockefeller o Carnegie que poseía una gran colección de arte. De nuevo, los lujos no fueron capaces de mitigar las consecuencias de una existencia vacía y depresiva.


    El último de los capítulos del libro lo dedica Stein a su propia familia. Su abuelo, Jules Stein, reconocido médico oftalmólogo que acabó dejando su vocación para representar a grupos y bandas musicales y finalmente fundar la MCA (Music Corporation of America), construyó todo un emporio desde la nada. Su asesor y futuro presidente de la MCA, Lew Wasserman, recuerda que Stein fue el creador de las giras, que en aquellos tiempos no existían. Fue un visionario en lo relativo a los bolos de bandas de música, las llevó por pueblos y ciudades. El propio Stein, en una autobiografía, recuerda que quise diversificar el negocio y empecé con la representación de cantantes, grupos y otros talentos del gusto del público. La radio se estaba convirtiendo en un elemento importante dentro del sector del espectáculo, así que empezamos a representar a los artistas también en ese medio. Se codeó con Al Capone en el Chicago de los años 40 y trabó una gran amistad con el presidente Truman y con el por entonces actor y también futuro presidente Ronald Reagan. Jean Stein, por su parte, fue capaz de lograr una estrecha amistad con el escritor Gore Vidal. Se hizo editora y escritora y vivió hasta los ochenta y tres años.             

    La obra, escrita a través de los testimonios orales de muchos protagonistas y testigos de la colocación de los pilares sobre los que se asentó la fundación del Hollywood actual, nos presenta la ciudad con todas sus luces y también con todas sus sombras. Nos muestra cómo se vivieron el Gran Sueño Americano, la Gran Depresión, la preponderancia de la Mafia, el Comité de Actividades Antiamericanas --o Caza de Brujas--, etc. En definitiva, Al oeste del Edén, es un fresco de la historia de buena parte del siglo XX norteamericano, más concretamente, de Los Ángeles y Hollywood. Una obra para los amantes del cine, pero también para quienes pretenden ser emprendedores en plena época de pandemia. Nada mejor que inspirarse en los creadores de Hollywood para buscar la supervivencia en una época de crisis económica y de valores como la que vivimos en la actualidad.  



miércoles, 2 de noviembre de 2016

El guardián entre el centeno. J. D. Salinger. Edhasa. 2007. Reseña





     Algunos autores no necesitan más que una obra para alcanzar la inmortalidad literaria. Ejemplos hay muchos a lo largo de la historia. El estadounidense J. D. Salinger es uno de ellos. El guardián entre el centeno fue su única novela publicada (se rumorea que existen más obras que nunca han sido plasmadas en libros físicos), hecho que no ha impedido que sea mundialmente conocido. La historia de Holden Caulfield vio la luz en 1951, aunque no se tradujo al castellano hasta diez años después, con el título de El cazador oculto. Una nueva traducción, esta de 1978, fijó el título definitivo por todos conocido.

     Desde el mismo momento de su publicación resultó polémica. Multitud de jóvenes y algunos críticos de la sociedad norteamericana de la época la acogieron de inmediato, convirtiéndola en popular. Sin embargo, otros vieron en su lenguaje provocativo y sus continuas alusiones al tabaco, el alcohol y la prostitución algo ofensivo e instigador de masas. La puritana sociedad de los EE. UU. de los años cincuenta no estaba preparada para una historia tan realista, protagonizada por un joven inadaptado de diecisiete años. Esos casos, obviamente, debían ser escondidos, sepultados, olvidados. Ese fue el tremendo error (por fortuna, solo para algunos) de Salinger.

     Como el tiempo todo lo cura, el paso de los años ha convertido a El guardián entre el centeno en una de las diez obras más leídas en su país de origen, donde además es lectura obligatoria en los institutos. Se han vendido más de sesenta millones de ejemplares en todo el mundo y su influencia en la cultura popular es innegable. Para bien y para mal. En el primer caso, ha influido en la música --Billy Joel compuso su célebre tema We didn´t start the fire tras leerla y grupos como Guns N Roses, Offspring, Green Day o Chemichal Brothers también se han inspirado en la obra para componer algunas de sus canciones más conocidas-- y, pese a que ni Salinger ni su protagonista amaban precisamente el cine --por eso nunca dejó que se adaptara a la gran pantalla--, encontramos referencias más o menos directas en las películas Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), Annie Hall (Woody Allen, 1977), El resplandor (Stanley Kubrick, 1980 (siguiendo el libro de Stephen King, escritor también influenciado por Salinger, al igual que Philip Roth, John Updike o Lemony Snickett)), Conspiración (Richard Donner, 1997) o The good girl (Miguel Arteta, 2002).

     Para mal, ha influido también a varios asesinos famosos que declararon ser fans o estar obsesionados con la novela: John Hinckley Jr. (quien trató de asesinar al presidente Ronald Reagan en 1981), Mark David Chapman (quien, tras matar a la puerta de su casa a John Lennon, esperó tranquilamente a que la policía lo detuviera leyendo un ejemplar de este libro) o Robert John Bardo (que también llevaba una copia de la misma en su bolsillo el día que mató a la actriz Rebecca Schaeffer). Tanto es así que se rumorea que las librerías de los EE. UU. tienen hilo directo con el FBI y la CIA, que conocen al momento la identidad de los compradores de la novela.

     Realidades o mitos al margen, está claro que estamos ante una de esas novelas que no dejan a nadie indiferente. Pero, ¿qué tiene la obra para cautivar tanto a defensores como a detractores e influir de esa manera a creadores y asesinos por igual? La clave la encontramos en su protagonista y narrador. Holden Caulfield (¿probable alter ego del propio Salinger?) tiene diecisiete años, es alto y tiene cabello gris en la parte derecha de su cabeza, lo cual lo hace parecer mayor de edad, posibilitando su acceso a lugares y vicios no permitidos a los jóvenes de la época. Su edad explica su lenguaje a la hora de narrar su historia. Su mirada, ingenua pero cruda, y su inteligencia y capacidad para detectar los aspectos más ridículos de las personas --narcisismo, superficialidad, hipocresía o escasas luces-- le permiten criticar sin ton ni son a todo el que lo rodea.

     Holden no encaja en ningún colegio. Pese a ser extremadamente inteligente para algunas cosas, no logra aprobar sus asignaturas por evidente falta de interés. No encuentra su camino en la vida y se dedica a dar tumbos por la ciudad de Nueva York. Se fuga de Pencey, el colegio en el que está interno, tres días antes de su expulsión del centro. Una de tantas. Es una alienado, un paria, un excluido, un indolente, un extranjero al más puro estilo Camus (¿quizá influyó en él la obra del autor francés?). En su periplo de cuarenta y ocho horas por la ciudad, visitará hoteles, lugares de ocio nocturno y teatros, donde conocerá o se reencontrará con conocidos que encarnarán lo peor de la sociedad neoyorkina de la época.

     El protagonista está alienado incluso de su propia familia, con la que ni siquiera convive al estar recluido siempre en colegios internos. Se lleva mal con sus padres, especialmente con su padre; considera que su hermano mayor, D. B., es un vendido a Hollywood por escribir guiones en lugar de novelas; su hermano Allie había muerto un par de años antes y lo echa de menos; y su hermana pequeña, Phoebe, es la única que parece entenderlo pese a su escasa edad. Vive una vida económicamente privilegiada aunque vacía. Y cuestiona casi intransigentemente los valores de la sociedad hasta el punto de convertirse en un rebelde sin causa.

     El joven Caulfield nos presenta página a página, capítulo a capítulo los defectos de su sociedad y también los propios. Nos hace reír con esa crítica feroz de sus hipócritas y ridículos compañeros de andanzas y nos conmueve según nos lleva de la mano hacia su tragedia personal. Es un personaje lúcido para algunos aspectos, ignorante para otros, desconfiado para todos ellos y, sin duda, trágico. Hasta la médula. No lleva buen camino. Va a descarrilar y vemos que se acerca el momento. Sin embargo, nos deja frases para enmarcar y tratar de seguir en nuestras vidas. Como la que cierra la novela: Tiene gracia. No cuenten nunca nada a nadie. En el momento en que uno cuenta cualquier cosa, empieza a echar de menos a todo el mundo. ¿Quizás sea ese el motivo de que no conozcamos más obras de este genial novelista?                      

       

lunes, 1 de febrero de 2016

Spotlight. Thomas McCarthy. 2015. Crítica





     En 2002 un pequeño equipo de periodistas de investigación del Boston Globe, denominado Spotlight, publicó una serie de artículos en los que destaparon los escandalosos casos de pederastia cometidos durante décadas en el estado de Massachussets por parte de decenas de párrocos católicos, así como los intentos de silenciar los hechos por parte de la archidiócesis de Boston, a cuya cabeza estaba el cardenal Bernard Law. La investigación, que duró casi tres años, vio finalmente la luz, sacudiendo la opinión pública estadounidense. Y el Boston Globe fue premiado con el Premio Pulitzer en 2003 por su gran labor divulgativa y denunciante de una realidad que mucha gente no quiso reconocer.

     Los periodistas hubieron de hacer frente a numerosos obstáculos para poder desempeñar su trabajo: rastrear archivos, entrevistar a testigos y víctimas de los abusos, contrastar sus testimonios y, sobre todo, vencer el secretismo de una Iglesia Católica que seguía encubriendo a sus párrocos pedófilos y que no dudó en utilizar cualquier tipo de argucia, legal o ilegal, que pusiera en jaque las investigaciones de los cuatro integrantes de Spotlight. Sobre esta realidad, probada y demostrada, trata una película que debería ser premiada con varias estatuillas en los próximos Oscars.

     Thomas McCarthy (The Visitor y Con la magia en los zapatos), también co-guionista de la cinta, dirige en Spotlight a un amplio elenco de grandes actores que otorgan una mayor credibilidad a la historia: Mark Ruffalo (En carne viva, A ciegas, Shutter island), Rachel McAdams (Morning glory, Midnight in Paris, El hombre más buscado), Michael Keaton (Birdman, Batman returns, White noise), John Slattery (Banderas de nuestros padres, Destino oculto), Stanley Tucci (El quinto poder, The lovely bones) y Liev Schreiber (Salt, Resistencia, El velo pintado). Todos y cada uno de ellos están inconmensurables en sus papeles, como principales y como secundarios.

     Con seis nominaciones a los Oscars y otras tres a los BAFTA y a los Globos de Oro, Spotlight es una película que homenajea a los periodistas que destaparon los escándalos y también a los abogados que, llevando la ética como bandera, denunciaron a la Iglesia Católica y a sus párrocos pederastas para dar a conocer al mundo la magnitud de lo que estaba sucediendo durante las últimas décadas. Y la verdad es que uno no puede evitar sentirse inquietado y hasta enojado ante un problema que, visto lo visto en la cinta, alcanza unas dimensiones mucho más perversas de lo que ya cabía suponer de antemano.

     Si los artículos del Boston Globe de 2002 ya animaron a multitud de supervivientes (como se les califica en el film, pues no todos tuvieron la misma suerte y no fueron pocos los que acabaron suicidándose --otro dato estremecedor más a tener en cuenta--) a dar a conocer sus historias personales, parece apropiado pensar que en la actualidad sucederá lo mismo a raíz de esta película, por lo que esta puede ser vista como un puente de esperanza para las víctimas de estos aberrantes abusos sexuales que, más allá de los daños físicos y psíquicos, conlleva también los espirituales. Porque, como señala una de las víctimas, se trata de un proceso por el cual a uno se le arranca la fe. 

     La película constituye un serio golpe a la cuestión del celibato en la Iglesia Católica. Cuestión de triste actualidad, incluso en nuestro país --véase la polémica del caso del clan de los Romanones en Granada--, pero también en el resto del mundo. Porque, quizás lo que más llega a inquietar de este film, es que todo lo que en él se relata es solo la punta del iceberg de una situación que, de no mediar la propia Iglesia Católica con urgencia, amenaza con socavar sus pilares centrales. Y es que, como se aprecia en la cinta, no estamos ante unas pocas manzanas podridas sino que el problema es mucho más grave. Y, todo ello, con el conocimiento de las altas jerarquías eclesiásticas, mucho más preocupadas por que no trasciendan las informaciones que por acabar con una cuestión que amenaza con no tener ya solución.

     En Spotlight se nos describen las mil y una argucias empleadas por la Iglesia Católica para acallar las voces de los niños y jóvenes víctimas de los abusos. Desde prometer apartar de la práctica religiosa a los abusadores --en la práctica, simplemente se les daba un destino nuevo, alejado del lugar de los hechos, donde seguían con nuevos abusos-- hasta pagar a sus víctimas a través de abogados escasos de ética que mediaban entre abusador y abusado a cambio de una pequeña gratificación o comisión. Y, en mi opinión, lo mejor de la película es que todo está contado con todo lujo de detalles, pero simplemente a modo informativo y carente por completo de morbosidad y de detalles poco agradables para el estómago del espectador, que ya sufre bastante, por cierto, con lo que tiene ante sus ojos.

     Spotlight es una película que debería ver todo el mundo. Desde los periodistas --especialmente los de investigación-- hasta los abogados --sobre todo los que tocan temas eclesiásticos y de abusos sexuales a menores--; desde las personas ávidas de conocer las injusticias --quiero creer que todas-- hasta las que en el cine simplemente buscan entretenerse --que también las hay--; desde los no católicos --cada día más-- hasta los católicos --cada día menos--. Pero, especialmente, estos últimos. Porque no querer ver la realidad --no hay más ciego que el que no quiere ver-- no solo no impide que esta siga sucediendo sino que convierte en cómplice a quien mira hacia otro lado y niega la más clara evidencia...




             

martes, 25 de junio de 2013

Stoner. John Williams. 1965. Baile del Sol (2012). Reseña





     Comienzo a escribir esta reseña con cierto temor, algo muy poco común en mí. Cuando un libro me gusta y decido reseñarlo en mi blog suelo tener bien claro lo que quiero decir sobre él. En este caso no es así. ¿Por qué? Pues muy sencillo: veo tremendamente complicado escribir todo lo que la lectura de esta novela me ha hecho sentir. Es una obra que toca tantos temas que se hace difícil expresar con palabras los sentimientos que de ella emergen en cada una de sus páginas. Y de todo ello surge en mi mente una pregunta: ¿cómo es posible que haya pasado desapercibida durante tantos años una novela que debería ser considerada un clásico de la literatura estadounidense (y mundial) del siglo XX?
 
     Lo primero que llama la atención en "Stoner" es su estilo narrativo. Se trata de una prosa elegante que crea una gran empatía con su protagonista principal. Williams demuestra tener una fuerza brutal para narrar historias cotidianas, quizás con la emoción contenida de quien ha amado y sufrido a partes iguales en su vida. La novela está escrita con sencillez, sin aspavientos ni alardes literarios, pero con una honestidad devastadora, cercana, reconocible y que sumerge al lector en un maremagnum de sentimientos y emociones que lo sobrecogen por su gran realismo.
 
     "Stoner" está escrita con el mejor estilo literario que pueda existir: la razón. Y su sencillez contribuye a crear una narración vibrante y genial que nos atrapa. Estamos, sin duda, ante una novela bien contada, bien escrita, conmovedora y fascinante que quita el aliento en muchos momentos de su desarrollo. Una obra de arte que debería ser más conocida (y reconocida). Un perfume exquisito: ese que sólo utilizamos en las ocasiones más especiales y que tratamos que nunca llegue a su final. 
 
     Cuando terminé de leer la novela de Williams lo hice con una doble pena: primero por el simple hecho de acabarla, lo cual puso fin a unas horas de enorme disfrute literario; y en segundo lugar por haber leído la historia de una vida intensa pero no suficientemente aprovechada y disfrutada. Y es que William Stoner es un personaje tímido, inocente, delicado, estoico y casi indolente que a lo largo de su vida va renunciando a vivir la vida en plenitud. Su estoicismo e indolencia nos deja perplejos en muchas de las escenas, viendo cómo acepta, con la máxima dignidad, eso sí, las miserias, las decepciones y los problemas que van apareciendo en su vida cotidiana.
 
     Y, sin embargo, pese a su imperfección, nos transmite una firme sensación de paz, quietud, equilibrio y reconfortante lucidez. Es un personaje muy intenso, inolvidable, entregado a los libros, al saber y a su trabajo que constituye un retrato magistral de un hombre válido, virtuoso y, como ya he dicho anteriormente, lleno de imperfecciones. Stoner es un personaje público (por ser profesor de la Universidad de Misouri) pero anónimo a la vez que tiene un calado excepcional.
 
     Uno de los puntos fuertes de la obra de Williams es la indudable fuerza de los personajes que la componen. Todos están retratados a la perfección, también con sencillez y honestidad, lo que hace que el lector los ame o los odie, involucrándose en la historia sin poder evitar sentir lo mismo que cada uno de ellos.   
    
     Archer Sloane, el profesor de literatura inglesa de Stoner, cambiará la vida de nuestro protagonista para siempre al transmitirle su amor por la literatura, algo que llevará a que Will decida no regresar a la granja de sus padres para dedicarse a estudiar literatura e introducirse en el mundo de la docencia. Este será uno de los pocos actos de rebeldía de Stoner durante toda su vida.
 
     El puzzle de "Stoner" se compone a base de historias corrientes: una esposa odiosa, una hija que se distancia de sus padres, un amor tan intenso como imposible, una amistad poco cercana pero siempre presente, corruptelas universitarias y la intromisión de la Universidad en la vida privada de sus profesores. No obstante, además, es un viaje a los EE. UU. de la primera mitad del siglo XX, con sus dos guerras mundiales y la crisis del ´29 como telón de fondo. Una crisis que pone de manifiesto una gran diferencia entre el pasdo siglo y el actual: en los EE. UU. del ´29 eran los banqueros quienes ponían fin a sus vidas debido a su mala gestión empresarial. Qué diferente a la actual situación, ¿verdad?
 
     John Williams nos presenta una Universidad de la América profunda del siglo pasado. Y lo hace de forma magistral, con todo lo bueno y lo malo que allí hubo, a través de un personaje que quizás sea un alter ego de su propia persona, pues la novela tiene un trasfondo autobiográfico bastante indudable: tanto Williams como su personaje Stoner fueron profesores de literatura inglesa en la Universidad de Misouri.
 
     Resulta increíble que una novela que pasó desapercibida durante tanto tiempo haya conseguido hacerse un hueco en el mundo literario muchos años después del fallecimiento de su autor. Un reflejo de que el futuro de una obra no siempre está ligado al éxito que tenga en los primeros meses después de ser publicada, algo de lo cual me alegro enormemente. 48 años después de su publicación "Stoner" está de plena actualidad en nuestro país gracias a una pequeña editorial tinerfeña llamada "Baile del Sol" que ha apostado por una joya costumbrista que ha de guardarse en un lugar bien especial.   
 
 

lunes, 21 de marzo de 2011

Mi humilde visión de lo que está ocurriendo en Libia


     Ocho años después, y seguimos en las mismas. España entra en una guerra injusta impuesta por los EE.UU.. Evidentemente, muchas cosas han cambiado...pero para llegar de nuevo al punto de partida. En 2003 Bush, republicano, convenció a Aznar, del PP, para invadir Irak con el pretexto de impedir a Saddam Hussein que utilizase unas armas de destrucción masiva que no existían. En 2011 Obama, demócrata, ha hecho lo mismo con Zapatero, del PSOE, para impedir un genocidio en Libia. Qué coincidencia: los mismos signos políticos en ambos casos: derechas en 2003 e izquierdas en 2011. En ambos casos, partiendo de pretextos diferentes, se llega a un mismo interés común: el petróleo. Porque la pela es la pela. Y de eso los políticos entienden, y mucho.

     España está interviniendo militarmente en Libia junto a EE. UU., Gran Bretaña, Francia y el resto de salvadores de la libertad y la democracia mundiales. En teoría, dicen, buscan acabar con un dictador que está masacrando a la población civil de su país. Porque Gadafi ahora es el malo de la película. Eso interesa. Después de 43 años en el poder y de relaciones "comerciales" con Occidente, intercambiando petróleo por armamento (el mismo, por cierto, con el que dicen ahora que está aniquilando a sus propios paisanos, ¡fíjate tú!), la situación ha cambiado. ¿Qué más dará que en estos 43 años haya asesinado, hecho desaparecer y detenido injustamente a sus compatriotas? Qué más dará que haya promovido atentados terroristas en el extranjero o que haya sufragado a las guerrilas de media África, con Sierra Leona o Liberia a la cabeza, solo por poner un par de ejemplos? Todo eso tiene disculpa, ¿verdad? Aunque lo haya hecho con ayuda de Occidente en forma de armas y de mirar para otro lado... Todo eso daba igual, hasta ahora. El quince por cien del petróleo que importa España proviene de Libia, uno de los países que más armamento compra, a su vez, al gobierno español. ¡Qué curioso, verdad!   

     ¿A quién está masacrando Gadafi? A los civiles, dicen desde Occidente. En realidad, se refieren al grupo rebelde de Bengasi, milicianos que disponen de carros de combate y antiaéreos capaces de derribar aviones. Sin duda, nada que se pueda comparar a los rebeldes pacíficos que consiguieron los triunfos revolucionarios de Egipto o de Túnez hace un mes escaso solo manifestándose. ¿Quiénes son estos rebeldes "civiles" en realidad? En este artículo de Ramón Lobo en el blog del diario "EL PAÍS" queda claro. Se trata de una lectura muy recomendable. Pero para quien no tenga ganas o tiempo de leer mucho más aparte de este artículo se lo puedo resumir fácilmente: son uno de los contingentes más numerosos que se ofrecieron voluntarios para invadir Irak hace ocho años. Y además, antigadafistas. Es decir, que se les debía una, para entendernos.
    
     De todo ello podemos afirmar de forma categórica que lo que está pasando en Libia no es una revuelta islámica más, como parecía en un principio, sino una guerra civil en toda regla entre los partidarios de Gadafi y los opositores de su régimen. Los aliados occidentales intervienen allí cumpliendo una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, algo que los que apoyan la intervención en Libia tratan de enarbolar como una bandera de justificación que suponga una diferenciación bien clara respecto a lo ocurrido en Irak hace ocho años, cuando se invadió aquel país sin el apoyo de esta lúgubre institución internacional. Como si la ONU no estuviera desligitimada y falta de sentido por estar, precisamente, en manos de EE. UU. y sus países amiguetes.

     ¿A esos civiles armados hasta las cejas es a quienes pretende salvar la coalición democrática occidental? Desde Libia, Leonor Massanet, una psicóloga y farmacéutica española residente allí, nos está contando estos días una realidad bien distinta a la que nos están mostrando-bombardeando desde el gobierno y los medios de comunicación de este país. Su blog personal es altamente recomendable en un momento como este.

     Gobierno y medios de comunicación están "vendiéndonos la moto" una vez más, como ya pasara en 2003 durante la guerra de Irak. Gadafi, evidentemente, es un dictador aniquilador de su país. Pero también hay dos verdades igual de ciertas: ha contado con el beneplácito internacional durante estos 43 años y los rebeldes tampoco son santos precisamente. Y lo peor de todo, entre el mandamás, los rebeldes "civiles" y la coalición internacional, ¿qué quedará de Libia finalmente? Lo de siempre, destrucción y penuria para "poca ropa".

     Y, por cierto, para acabar con el plano internacional: esos "civiles" rebeldes antigadafistas también son antiamericanistas, lo cual les convierte en una compañía de guerra muy dudosamente recomendable. Como comenta en su artículo Ramón Lobo, la apuesta occidental es muy arriesgada y puede conllevar todavía mayor sufrimiento al pueblo libio en forma de una guerra mucho más larga y sangrienta de lo que habría sido como una guerra civil interna. Otro tanto más que apuntar a esta injusta guerra en la que España vuelve a participar.

     Para acabar, una última reflexión a nivel de nuestro país. Gadafi ha amenzado con emprender acciones en intereses mediterráneos. ¿Qué pasará si España vuelve a ser azotada por el terrorismo islámico y ocurre una desgracia como la que hubo en la estación de Atocha hace ahora siete años? Ciertamente, la posibilidad de que ello ocurra es muy limitada. Pero, ¿y si ocurriera? ¿Qué haríamos? ¿Votar al PP pata castigar al PSOE, repitiendo errores del pasado? Pues no, porque el PP ha apoyado al gobierno de Zapatero en su decisión de tomar parte en la acción contra Gadafi.

      El partido liderado por Rajoy vuelve a equivocarse de nuevo, sin duda. Pero al menos muestra una cierta coherencia en sus decisiones. Apoyaron la guerra de Irak y lo vuelven a hacer en Libia. Igual sucede con Izquierda Unida. Fueron los más críticos con la decisión de Aznar en 2003 y vuelven a serlo hoy contra las medidas de Zapatero.   

     Sin embargo, el PSOE ha cambiado radicalmente de opinión en estos ocho años. Las guerras antes más injustas le parecen ahora las más dignas y humanitarias. Lo mismo cabe decir de "los de la ceja". Han olvidado aquel famoso y magnífico discurso del "NO A LA GUERRA" del 2003. ¿Esperáis grandes manifestaciones esta vez? ¡Pues apañados váis! En fin, una pena que en pleno siglo XXI valga más un barril de petróleo manchado de sangre que todo un país, muerto y destruído...