LIBROS

LIBROS
Mostrando entradas con la etiqueta Destino. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Destino. Mostrar todas las entradas

viernes, 23 de enero de 2026

El tiempo de las fieras. Víctor del Árbol. Destino. 2024. Reseña

 




    El sicario mexicano sin nombre regresa en El tiempo de las fieras, la segunda parte de su trilogía, que comenzó con Nadie en esta tierra (2023) y finaliza ya mismo con Las buenas intenciones (2026), para acabar un trabajo que dejó deliberadamente pendiente tres años atrás en Barcelona. El Oso Dávila, una especie de mentor de sicarios pero sobre todo un temible malnacido sin escrúpulos, lo tiene cogido por donde más le duele -lo poco que queda de su familia- y lo obliga a regresar a España, esta vez a Lanzarote, para cumplir con un encargo que ineludiblemente deberá ser finiquitado con éxito. Sí o sí. La casualidad -o no- hará que vuelva a reencontrarse con varios de los protagonistas de Nadie en esta tierra. Algunos de los cuales ya no son los mismos que fueron tres años antes. Y es que con el tiempo, las circunstancias de la vida y las necesidades particulares las personas cambiamos. Unas más que otras, eso también es cierto. 

    El mexicano, que vuelve a narrar varias partes de la novela en primera persona, contándonos cómo se hizo sicario -o, más bien, cómo lo obligaron a hacerse sicario-, se vuelve a encontrar con Julián Leal, quien vive sus últimos meses de vida consumido por un cáncer que paradójicamente lo sacó de la cárcel. Ansía acabar sus días bebiendo cerveza y escuchando la discografía completa del Boss, pero no va a poder ser. El gordo Soria acudirá a él una vez más -la última ya- por el que debe ser su último trabajo. Después de lo ocurrido tres años atrás Soria ha sido desterrado a Lanzarote, un lugar tranquilo en el que casi retirarse de la profesión de su vida. Un lugar tranquilo hasta que, de la noche a la mañana, sus tierras aparecen sembradas de cadáveres. El brutal atropello -¿accidental?- de una joven bosnia será el punto de partida de otro trepidante thriller de Víctor del Árbol que cumple con el esquema habitual de todas sus novelas.

    Una vez más, en El tiempo de las fieras nos encontramos a un ser cuya infancia fue robada de forma cruel. Dos, más bien, porque el sicario-narrador también nos cuenta su particular travesía adolescente por el desierto de las desgracias y el dolor. Y, además, está Vesna, la joven atropellada en las primeras páginas de la novela, que escapó de milagro de una auténtica cacería humana cuando apenas tenía seis años de edad. Vio morir a sus padres y a su hermano a mano de unas auténticas fieras -de ahí (en parte) el título de la novela- y solo vive por y para la venganza. Ha dedicado su vida entera a dos cosas: a esconderse de quienes la dejaron con vida y siguen buscándola para acabar con ella y a buscar la mejor manera para vengarse de ellos. Para hacerles pagar por lo que le hicieron a su familia y a ella misma. Una joven que vive de la forma más anónima posible, pero que se convierte en la sombra de aquellos que quieren matarla. Que hace de ello la única razón de su existencia.

    De nuevo, como es habitual en del Árbol, el escritor se convierte en hilador. Un hilador que enlaza historias diferentes ocurridas en un pasado que parece justificar los sucesos del presente. Un pasado que carga a los protagonistas de sus historias con mochilas más o menos pesadas pero siempre dolorosas. Un dolor que motiva en muy buena parte todo lo que ocurrirá en el futuro, que es el presente de la narración. Y es que otra de las características de las obras de este autor es que los personajes son seres sufrientes. De distintas épocas, lugares y circunstancias, además. Y es la forma en la que todos esos pasados convergen en un presente común lo que hace grandes las historias de Víctor del Árbol. Unas historias en las que se nos va dando la información, tanto del pasado como del presente, de forma que toca al lector establecer las distintas conexiones entre todas ellas. Eso sí, siempre de la mano de una narración que puede resultar caótica por momentos pero que al final siempre acaba encajando con una perfección casi matemática.      

    En El tiempo de las fieras resulta impactante cómo lo que parece ser un simple caso de atropello con fuga acaba convertido en una más que compleja trama humana (inhumana en demasiadas ocasiones), empresarial y política que afecta a distintas personalidades de varios países. Uno de esos casos de corrupción que de tanto en tanto -de forma cada vez más habitual, por cierto- explotan, se hacen públicos y escandalizan a una población que progresivamente va aceptando que cosas tan horribles ocurran con mayor asiduidad. Porque, como la realidad siempre supera a la ficción, vivimos en un mundo en el que, por desgracia, son más los empresarios sin escrúpulos y los políticos vendidos y corruptos que campan a sus anchas. Y está bien que, aunque sea en la ficción de una novela, cada cual reciba su merecido. De una u otra forma. Aunque una isla tan bonita como Lanzarote acabe teñida de sangre inocente.

    Y no, nuestro protagonista -el sicario sin nombre- no es el responsable de la mayoría de estas muertes. La isla se llena de asesinos pagados por sus amos para acabar de raíz con cualquier mínimo atisbo de prueba que pueda implicarlos. Y, paradójicamente, es ese afán de borrar del mapa a todas esas personas que pueden dinamitar, de una u otra forma, la supervivencia de los corruptos el que pone al gordo Soria en el camino del esclarecimiento de un caso que para nada le va a suponer un retiro tranquilo en su exilio canario. Un caso que va a poner de manifiesto cómo y cuánto pueden cambiar las personas en solo tres años. Incluso él mismo, capaz de hacer algo que durante los últimos treinta años jamás pensó que pudiera hacer. Y es que nadie conoce en realidad a nadie. Ni siquiera a sí mismo. Que se lo digan al gordo Soria, pero también a Virginia, antigua compañera suya y de Julián Leal, que ahora comparte el liderazgo de las empresas de su padre, Armando Ortiz. 

    Lo cual nos lleva a otra parte importante de las novelas de Víctor del Árbol: las luchas internas de sus personajes, quienes han de lidiar con dilemas morales, sopesando lo que hacen con lo que deberían hacer. ¿Todos los actos se justifican según su finalidad? No siempre, claro. Y el resultado final de esas distintas luchas internas debería convertir a sus protagonistas en buenos o malos. Si fuera posible clasificarlos de esa manera. Porque los malos pueden hacer cosas buenas y los buenos pueden hacer cosas malas. Lo que queda claro en el conjunto de la obra de del Árbol es que el mal existe en sí mismo. Por sí mismo. Y es que no siempre la maldad tiene su origen en algún acontecimiento pasado que lo acaba justificando. No, no es así de sencillo y simple. A veces la maldad surge porque sí. Y quien la practica puede ser perfectamente calificado como una fiera. Dando la razón a Hobbes en su más célebre cita. 

  

lunes, 24 de marzo de 2025

El mejor libro del mundo. Manuel Vilas. Destino. 2024. Reseña

 




    Pocos autores se exponen tanto en sus novelas como lo hace Manuel Vilas. Quienes hemos leído sus novelas, especialmente desde su celebérrima e inolvidable Ordesa, podemos afirmar que lo conocemos bastante bien. Aunque jamás hayamos estado ni siquiera cerca de él. Sus escritos son sinceros, humanos, a veces depresivos pero siempre mordaces, locuaces y alejados de la hipocresía. En una palabra, es un escritor valiente. Muy valiente. Si leer es un placer, leer a escritores como Vilas supone un placer doble. Porque sabe, como pocos, abrirse en canal para mostrarnos, sin adornos ni medias tintas, todo lo que lleva dentro. Lo bueno, por supuesto, pero también lo no tan bueno. Cuestión esta que hace que el lector empatice con él -y con sus obras- de principio a fin. Quizá sea esta la clave de su éxito literario. Bueno, esta y, claro está, su manera de plasmar sobre el papel sus formas de sentir, pensar y vivir la vida. Buena prueba de ello es su última novela, El mejor libro del mundo

    Vilas comenzó a escribir este libro en el momento de cumplir los sesenta. Edad en la que hay más certeza de pasado que de futuro. El paso del tiempo, la incertidumbre respecto al futuro, la muerte y la necesidad de perpetuarse -por ejemplo, escribiendo el mejor libro del mundo- son temas recurrentes a lo largo de una obra que podríamos calificar como claramente existencialista. Con continuas alusiones a autores que podríamos enmarcar dentro de esta corriente filosófica -e incluso en la denominada literatura del absurdo- como Kafka, Kierkegaard, Nietzsche, Camus o Sartre, explora, hasta sus últimas consecuencias, los recovecos del alma humana. Social y colectivamente y a nivel individual. Así, nos presenta a Mendigo Enamorado y a Carmelita Descalzo, dos supuestos antepasados suyos a través de los cuales explora el hambre. No solo un hambre físico sino también uno más emocional: soy el hambre de todos cuantos estuvieron en mi árbol genealógico, solo soy hambre dando vueltas por el mundo.

    En sus libros el autor se nos presenta como un eterno buscador de la belleza. En todos sus sentidos y en todos sus campos posibles: en la música, en el cine, en el arte, en la naturaleza, en la gastronomía o en los hoteles. El mejor libro del mundo está salpicado de gotas referentes a la permanente búsqueda de la belleza por parte de personajes conocidos -Lou Reed, The Who, The Rolling Stones, Édith Piaf, Sixto Rodríguez (el músico de origen mexicano que no consiguió el éxito que merecía: ser más grande incluso que Dylan o Springsteen), Sergio Leone, Jonathan Demme, Billy Wilder, Henry Fonda, Francis Ford Coppola o Luis Buñuel- de todo el mundo. Porque la belleza puede encontrarse en cualquier lugar. Puede mostrarse de diferentes maneras. Tanto que igual puede conmovernos como desgarrarnos. No en vano, incluso una dura derrota puede ser bella. Por supuesto, la belleza se manifiesta también a través de la literatura, especialmente en el caso de la poesía (Manrique, Góngora, Neruda, Lorca).    

    El libro desentraña la figura del escritor. Y lo hace desde lugares hasta ahora no tratados. Las delgadas líneas que separan el éxito del fracaso, el dinero del hambre o el horror del placer de tratar de escribir el mejor libro del mundo se dibujan a lo largo de las casi seiscientas páginas que lo componen. Todo un ejercicio literario contra la hipocresía y la falsedad que nos muestra la fragilidad, la vulnerabilidad, la volatilidad y el goce o el terror que sienten los escritores a la hora de escribir sus libros, presentarlos, acudir a ferias y demás actos promocionales y, en suma, de vender sus productos. Así, Vilas confiesa el deseo de suicidarse que siente cuando sus libros no venden, cuando acude poca gente a sus actos y firmas o cuando visita una librería y no encuentra sus obras bien expuestas. Y es que los escritores nos convertimos en inspectores de nuestros libros. Somos mendigos de nuestros libros, en ellos van nuestro honor y el significado de nuestras vidas.

    El único sentido de la vida de un escritor es escribir el mejor libro no del mundo sino del universo. Esta verdad inconfesable la llevan todos los escritores en el corazón, como una espina lacerante; todos mentirán, todos dirán que están contentos con sus lectores y sus libros, pero es mentira si no han escrito el mejor libro del mundo. Y para colmo de mi desgracia el mejor libro del mundo no existe. La locura de todos los días está allí: no se puede escribir el mejor libro del mundo porque la vida es el mejor libro del mundo, pero me da igual, yo sé que puedo lograrlo, puedo escribir el mejor libro del mundo esta misma noche. Esta afirmación encierra una gran y terrorífica verdad: la que lleva a muchos a sufrir el denominado síndrome del impostor, es decir, sentirse un escritor -o lo que sea- sin capacidades en comparación con los demás. Por ejemplo, cuando la cola de firma de libros de otro escritor es más larga que la de uno o cuando este o aquel venden más libros. ¡Qué angustia vivir así, verdad! En el fondo, ¡los escritores dan hasta pena!        

    Las comparaciones, los celos, la envidia o la lucha de egos forman parte de la comedia. La comedia de la vida. Porque, pese a todo lo anterior, Vilas prefiere ver la vida como una comedia y no como un drama. Quizá porque, tal y como confiesa, es adicto a las drogas baratas que consigue a través de la Seguridad Social en cualquier farmacia. No en vano, durante algunas páginas del libro -no pocas- al lector le parece estar leyendo fragmentos del vademécum, lo que parece corroborar que el autor sabe de lo que habla. Ciertos vicios y manías de Vilas -algunas de ellas, inconfesables para casi todo el mundo- lo acompañan desde hace varias décadas. O tal vez no. Porque -y ahí radica la magia de la literatura- estamos ante una novela y no ante unas memorias. Así que, pese a su carácter autobiográfico, cometería un grave error cualquier lector que diera por cierto absolutamente todo lo escrito por el autor del libro. De este y de cualquier otro. Realidad y ficción, bien mezcladas, pueden producir unos efectos extraordinarios.

    Afirma Vilas que jamás escribirá una novela histórica. ¿Por qué razón? Pues porque le parece ser incapaz de acometer el lento, tedioso e ingente trabajo de documentarse sobre el tema en cuestión. Y es que cada escritor tiene un método. El del de Barbastro se basa en escribir lo que se le va ocurriendo en cada momento. Por eso escribe tan a menudo sobre su vida y la de sus familiares, inventando diversos aspectos -es de suponer- sobre la marcha. Vamos, algo parecido a la conocida como lluvia de ideas. Reconocer esto no supone ninguna humillación. En absoluto. Para el autor, la mayor humillación de la vida es morirse. Y la mayor de las libertades, quitarse la vida. ¡Vaya paradoja! Y sin embargo, para hacer algo así -suicidarse- se necesita ser muy valiente. La vida y la muerte, el sentido de la vida. Temas que han dado y darán para largos y a veces acalorados debates filosóficos. La filosofía de Vilas se basa, pues, en la belleza, la comedia y la verdad: la única verdad del mundo es el adiós. La ceremonia del adiós, qué gran título para el mejor libro del mundo.

    Sin embargo, si damos por cierto que el mejor libro del mundo no existe, la única manera de escribirlo es en el título. Así que, la gran verdad de todo esto es que, sin ninguna duda, El mejor libro del mundo es obra de Manuel Vilas, autor al que le deseo una larga vida, ya que, como él mismo afirma, el mayor éxito de la vida es la longevidad y la mayor humillación la muerte.    

        

martes, 18 de abril de 2023

Nosotros. Manuel Vilas. Destino. 2023. Reseña

 




    Qué mal visto ha estado siempre el placer, siempre perseguido por todas las civilizaciones, condenado por todas las religiones, y sin embargo protegido por la naturaleza y la vida, cómo explicar semejante hipocresía, reflexiona el narrador de Nosotros en las últimas páginas de la novela ganadora del Premio Nadal 2023. Una novela existencialista desgarradora de principio a fin. Especialmente en sus últimas páginas. Una últimas páginas que, sin embargo, son de una belleza sin igual. Como prácticamente todo lo que lleva escribiendo Manuel Vilas durante estos últimos años de una carrera literaria ya envidiable. Una carrera literaria repleta de historias y personajes en los que dominan la tristeza, la melancolía, la profundidad de las almas humanas y, paradójicamente, también  el placer, la belleza y la alegría de vivir. De estar vivo pese a todo. Como le ocurre a Irene, la mujer de cuarenta y muchos años que protagoniza Nosotros. Un ángel mortal y corriente, de una vulgaridad excepcional, pero que da belleza a este planeta

    Nosotros recorre la vida en común de Irene y su difunto marido Marce. Ambos, junto al característico narrador omnisciente, van desgranando, a tres voces, como los tres tenores, los veinte años de matrimonio de la pareja, así como la vida ya en solitario de la viuda. Una mujer adicta a la intensidad y nada estoica que no entiende la hipocresía a la que hice referencia al inicio de esta reseña, que no reconoce que su marido ha fallecido, que no sabe lo que es la paciencia -que lo que quiere lo quiere ya- y que, caprichosa como la que más, por donde pasa solo busca la belleza, el placer, el reencuentro con su marido a través del sexo con desconocidos y desconocidas. El ejemplo perfecto de la hedonía pura y dura como actitud vital. Una mujer que, cuando no se sale con la suya, puede llegar a ser muy cruel. Capaz de lanzar por la ventana los zapatos de su amante ocasional. O de abofetearlo y humillarlo antes de echarlo de su habitación. Una mujer que puede resultar tan deseable como repulsiva. Una mujer especial. Para lo bueno y para lo malo.

    A lo largo de la historia narrada en la novela Irene mantiene relaciones sexuales con diversos hombres y mujeres. ¿Su finalidad? Al llegar al orgasmo descubre una escalera. Y al final de esta, aparece la figura de su difunto Marce, quien la sonríe y la saluda con la mano, siempre en silencio, durante unos segundos antes de ser consumido por las llamas. Irene, desahogada económicamente, viaja de ciudad en ciudad y de hotel en hotel, siempre de lujo y con ventanas al Mediterráneo -desde Málaga hasta Alguer-, para rememorar momentos vividos junto a su esposo. Compara a sus amantes con él y lo imagina tomando el cuerpo de cada uno de ellos. Goza, los hace gozar, los enamora, los vuelve locos por completo -porque Irene es un seductor bellezón desvergonzado que, por ambos motivos, provoca adicción- y luego huye y los olvida para siempre, sin atender sus numerosos mensajes. A Irene le gusta sentir que sus amantes piensan en abandonar sus vidas, sus mujeres e hijos para irse con ella y comenzar de nuevo. De no huir llegaría a ser, en suma, una mujer peligrosa.

    Irene es de esa clase de mujeres que no dan ninguna importancia al dinero porque lo tienen. Gasta casi compulsivamente -su tarjeta VISA echa humo- y mide a las personas por las marcas de sus relojes. Lo sabe todo sobre los relojes. Los materiales, la fabricación, el funcionamiento, la forma y los costes de cada uno de ellos. Pero, ¿por qué tiene tanto dinero? Pues porque ha vendido un lujoso piso en el centro de Madrid en el que convivió esos veinte años de matrimonio junto a Marce y ha traspasado la tienda de muebles antiguos y de lujo que este regentaba. Así, se dedica a gastar y a buscar a Marce en cada uno de sus amantes. Sin embargo, en su narración encontramos algunas lagunas que nos hacen dudar. ¿Es posible que una tienda de muebles de lujo funcione tan bien como para que el matrimonio viva a cuerpo de rey en plena época de crisis económica y de auge de los muebles baratos de Ikea? ¿Por qué Irene no puede recordar la fecha de la muerte de su esposo? ¿Por qué no encuentra el reloj de lujo que le regaló a su marido?

    Las incongruencias, las lagunas, las incertezas de la narración de la historia por parte de Irene y del narrador omnisciente son tales que en algún momento el lector llega a pensar que Vilas se ha vuelto loco. Que el autor ha escrito la novela tan rápidamente, sin tomar notas, sin orden ni concierto, que ha perdido el hilo de su propia historia. Nada más alejado de la realidad. Las piezas del puzzle caen en su sitio. Y no poco a poco, sino de golpe. Y, entonces, de repente, Vilas ya no parece un loco sino un genio. De un plumazo se ha cargado toda incongruencia, todo desatino, y nos ha dado un golpe de realidad en todo el rostro. Y nos quedamos perplejos, noqueados, sin capacidad de reacción. Y tenemos que dejar el libro por un momento para recobrar el pulso antes de seguir leyendo. Y lo hacemos de forma también compulsiva. Porque, siendo una novela existencialista, Nosotros se convierte también en una especie de novela de intriga que nos deja consternados con un final antológico que en ningún momento podíamos esperar. Que nos deja K.O..

    En todas las novelas de Vilas el componente psicológico, casi filosófico, juega un papel primordial. Quizá en esta más que en ninguna otra. El alma humana se nos muestra tan diseccionada en Nosotros que casi podemos verla, tocarla, olerla. Irene es un personaje de manual. Psicológico, por descontado, y también filosófico -por esa forma de afrontar la vida, de celebrarla, a pesar del sentimiento de soledad que la hace actuar de esa manera tan hedonista, caprichosa, cruel, peligrosa-. Una soledad que va imponiendo su ley, su desgarro, su monstruosidad. Una soledad insoportable, sin duda muy diferente a la que Marce y ella habían elegido durante veinte años de matrimonio, entregados el uno al otro -como si cada día fuera el primero-, aislados de la sociedad, viviendo por completo ajenos a ella. De una sociedad dominada por una televisión que ellos detestaban porque estaba controlada por los seres abominables. Unos seres que querían hacer que todos vivieran la vida de la misma manera. Algo que puede entroncar también a la novela con la rebeldía propia de las historias más utópicas. Incluso distópicas, si me apuran.

    Pero, sin duda, la gran característica que rige todas las obras de Vilas es la poesía. También sus obras de narrativa. Y Nosotros no podía ser la excepción. Un nosotros referido a Irene y Marce, los grandes protagonistas de la historia. Un nosotros sustentado en uno de los sonetos más celebrados de la historia de las letras castellanas, Amor constante, más allá de la muerte, de Francisco de Quevedo. Un poema-declaración de amor en toda regla, en el que el autor anuncia a su amada que, aunque muera, él continuará amándola. Dios salve a Quevedo, afirma Irene en un momento de la narración. La novela entera no solo justifica la referida poesía, sino que la explica de manera clara. En muchas de sus páginas aparecen referencias y transcripciones de los versos que componen el soneto. De tal forma que, una vez explicada con tanta exhaustividad, la poesía se entiende mucho, muchísimo mejor. Irene la hace suya, la considera mágica, casi sobrehumana. Porque le sirve para seguir viendo a Marce, su querido Marce.              

     Odiosa y adorable, Irene nos descoloca, nos irrita, nos indigna, nos produce rechazo y repulsa, pero también nos enamora, nos seduce, nos pone -el erotismo es otra de las características de la literatura de Vilas-. Mujer irresistible para quien la conoce -sea hombre o mujer-, no sabe lo que son la paciencia ni el estoicismo. Sin embargo, nadie ha de explicarle qué son la naturaleza, la vida, lo salvaje, lo bárbaro. Vive a su manera, busca el placer y, en realidad, no hace daño a nadie más que a sí misma. Un personaje que no deja a nadie indiferente. Un personaje para la historia de la literatura contemporánea española. ¿Y Vilas? Pues uno de los mejores escritores españoles actuales. Un autor del que, como se suele decir, apetece leer hasta su lista de la compra. Un autor que parecía haber alcanzado su techo con las magníficas Ordesa y Alegría, pero que con Los besos y Nosotros se ha superado. ¿Nos saludará con el brazo, en silencio, como Marce, antes de ser devorado por las llamas cuando llegue al último peldaño de la escalera, a la cima de su literatura? Esperemos que no. No seamos tan crueles como Irene. Lo que sí quiero es aprovechar esta última línea para declararle, al más puro estilo de Quevedo, mi amor eterno a su obra.


lunes, 20 de marzo de 2023

Nadie en esta tierra. Víctor del Árbol. Destino. 2023. Reseña

 





    Cuando todo está perdido solo quedan dos caminos: hacer el bien o hacer el mal. Intentar irse con la cabeza alta y la conciencia tranquila o arrasar con todo y con todos. Este es uno de los puntos de partida de la nueva novela de Víctor del Árbol. Una novela policiaca de las que atrapan al lector hasta introducirlo en sus páginas y no dejarlo marchar hasta terminada la última de sus frases. Con personajes de los que a uno lo marcan. Como el protagonista principal, Julián Leal, un inspector de policía que se debate entre la vida y la muerte a causa de un cáncer que no parece tener ya solución y que acaba de ser expedientado por dar una paliza casi mortal a un miembro de la alta sociedad barcelonesa. Y, por si todo ello fuera poco, tras una breve visita a su pueblo natal de la costa de Galicia comienzan a aparecer cadáveres de personas que tuvieron mucho que ver con él treinta años atrás. Y, claro, el principal sospechoso de los crímenes es él. Todos los dedos lo señalan y ya ni su compañera Virginia parece fiarse de él.

    Casi todo el mundo piensa que Julián ha elegido la segunda opción en la disyuntiva inicial, es decir, hacer el mal y arrasar con todo y con todos antes de irse de este mundo. Casi todos, menos el verdadero asesino, un sicario mexicano que se dirige en primera persona tanto al lector como a los personajes de la novela. Un sicario convertido en otro narrador más de la historia. Un narrador siempre con las palabras justas y las justificaciones apropiadas. Hecho este que hace que si la forma de narrar de Víctor del Árbol siempre ha sido fresca y original, en este caso lo sea más si cabe. Porque al lector le impacta que de vez en cuando el narrador sea ese asesino implacable y metódico que parece estar siempre en los lugares y momentos adecuados. Un criminal de vocación que actúa por encargo y que parece invisible, sobre todo porque nadie lo mira. Nada como aprovechar que los ojos estén puestos en otra persona que nada debe. Porque, como suele suceder en ocasiones, las cosas no siempre son lo que parecen.

    El caso es que Julián debe hacer de tripas corazón y, sobreponiéndose a su cada vez más deteriorado estado de salud y a un sentimiento de soledad realmente descorazonador, trata de rendir cuentas con su pasado y su presente. Gracias a sus acciones, al narrador omnisciente y a ese otro narrador ocasional con forma de asesino las piezas de los puzles de las historias pasada -la de la Galicia de hace treinta años- y presente -la de la Barcelona actual- comienzan a ir encajando de manera pausada, sin prisa pero sin pausa. De una manera precisa, como si de un prestidigitador se tratara. Porque así son las novelas de del Árbol: puzles de mil y una piezas que van encajando de forma admirable hasta mostrarnos unas historias que resulta imposible no admirar. Historias cuyos pasados y presentes se explican entre sí, se justifican, se necesitan. Todo ello para mantener en vilo a un lector ávido de saber qué pasó, qué está pasando y qué pasará.

    Uno de los temas recurrentes en los libros de Víctor del Árbol es el de las infancias robadas. A nada ni a nadie parece aborrecer más este autor que a los ladrones de infancias. Y, por desgracia, hay demasiadas maneras de robarle la infancia a un niño. Que se lo digan a varios de los protagonistas de las anteriores novelas de del Árbol. Que se lo digan también, por ejemplo, a Julián Leal. Y a un niño que aparece en esta novela y cuya historia personal está detrás de las últimas acciones del protagonista principal de Nadie en esta tierra. Un protagonista que, aunque cada vez menos lo crean, ha elegido la primera opción, o sea, hacer el bien e irse con la conciencia tranquila y la cabeza alta. Por él, por su padre, por ese niño del que acabo de hablar y de su compañera Virginia. No en vano, Julián no solo lucha por salvar su vida y demostrar su inocencia. También debe tratar de salvar a quienes más quiere. Demasiadas cosas como para no luchar hasta la extenuación para no sucumbir en el intento.

    Antes he aludido a los personajes de Nadie en esta tierra. Uno de los puntos fuertes de las novelas de Víctor es la caracterización psicológica de cada uno de ellos. El autor conoce a la perfección a cada uno de sus personajes. Y nos los describe de igual manera. Son personajes profundos, con sus grietas y sus fortalezas. Con sus mochilas -siempre pesadas- del pasado. Con sus ansias, sus desvelos, sus sueños cumplidos o rotos -como en este caso, en ocasiones incluso convertidos en pesadillas-. Así, resulta imposible no empatizar con Virginia, compañera de Julián, casada con uno de los mejores amigos de este, que lo está pasando mal en su matrimonio. O con Clara, amiga reciente de Julián y periodista de investigación que sin querer se mete en un lío del que es muy difícil que salga indemne. O con Francisco, su padre, quien, como Julián, también elige la primera opción a la hora de abandonar esta tierra. O con Chinchilla, que se hace el fuerte y el valiente cuando en realidad tiene motivos para ser todo lo contrario.

    La vieja dicotomía campo-ciudad también está presente en Nadie en esta tierra. El pueblecito de la costa gallega, con un único bar, una única iglesia y una aparente única ocupación -agricultura y ganadería- en el que todo el mundo se conoce y parece tener viejas rencillas por dilucidar se contrapone a la gran ciudad que es la capital catalana. Una Barcelona que, aparte de la bonita fachada que todos conocemos, también contiene otra ciudad, casi subterránea, que mejor no conocer pero que, sin embargo, existe. Unos bajos fondos repletos de corrupción, economía sumergida, infancias robadas, oscuros deseos y pocos escrúpulos -aspectos de los que tampoco se libran en el pueblo gallego, por cierto-. Porque, más allá del escenario, de la situación, de las circunstancias, la condición humana es la que es. Y, por suerte, siempre habrá gente de bien que se enfrente a aquella que solo piensa en sus intereses personales, sean más o menos espurios.
          
    Durante buena parte de las páginas de la novela el sentimiento predominante en el lector es el de la impotencia. Ante los hechos del pasado de la vida de Julián Leal y ante la sucesión de desgracias, asesinatos y demás sucesos que van complicando también el presente y el poco futuro que parece quedarle al protagonista. Además, también permanece la inquietud ante ese otro narrador, el asesino, quien se nos presenta así: no tengo un nombre que vosotros podáis conocer y eso debería tranquilizaros; lo que no se nombra no existe y, a fin de cuentas, una voz sin nombre es un eco sin presencia, de modo que podéis decidir que soy fruto de la imaginación o algo parecido a un fantasma, alguien que estuvo y ya no está. Probablemente algunos sintáis la tentación de convertirme en un monstruo de cuento, uno de esos personajes que utilizáis para asustar a vuestros hijos y hacer que os obedezcan cuando los mandáis a dormir, el hombre del saco. Pero lo cierto es que no soy un monstruo que vive en el bosque ni soy una presencia en la niebla de vuestras pesadillas; soy humano, lo atestiguan mis cicatrices, y vivo entre vosotros. Sencillamente, las personas como yo existen y aunque cerréis los ojos y os tapéis los oídos, no voy a desaparecer. Será mejor que lo aceptéis.

    Pero, con todo, lo peor no es que existan seres como este asesino a sueldo que asegura tener sentimientos pero otro punto de vista diferente al común de los mortales. Lo peor, como digo, es que existen otros seres mucho más peligrosos, lobos con piel de corderos, criminales con apariencia de personas importantes incapaces de cometer según qué delitos atroces. Por ejemplo, los ladrones de infancias de los que ya he escrito más arriba. Sin duda, uno de los puntos más fuertes de las novelas de Víctor del Árbol es la gran capacidad que tiene el autor para mezclar realidad y ficción para mostrarnos el mundo tal cual es. Con sus partes más bonitas y también con aquello que de tan oscuro que es preferimos dejar de lado para poder seguir viviendo nuestras vidas. Y, sin embargo, como en el caso del asesino de Nadie en esta tierra, no por dejarlas de lado estas dejan de existir. La novela, además de original, imprevisible e inquietante, es también adictiva. De esas que cuesta cerrar al llegar a la última página.          
 

lunes, 6 de septiembre de 2021

El hijo del padre. Víctor del Árbol. Destino. 2021. Reseña

 




    La maldad, la desgracia y las maldiciones juegan un papel muy importante en la trama de la última novela de Víctor del Árbol. Como comenta, en varias ocasiones además, Alma Virtudes a lo largo del transcurso de las acciones que componen la historia de El hijo del padre, los hombres de su familia están infectados con el virus de la infelicidad y la autodestrucción. No importaba la generación, ni el momento, al final esa maldición se manifestaba y era una lengua de fuego que abrasaba cuanto tenía alrededor. Justos y pecadores. Todos acababan pagando esa rabia insensata, esa ira contra una vida que nunca era como debería ser. Y Diego Martín, el protagonista principal de la novela, reconoce que su abuela tenía toda la razón. Él, que durante años había tratado de ser diferente a sus progenitores, que había levantado puentes levadizos para que la infelicidad no le alcanzase, vislumbra al fin, apesadumbrado, que era como su padre, como su abuelo. De los que se marchaban, de los que huían.


     El conjunto de historias familiares con las que el escritor catalán teje la trama de su nueva novela arranca en el presente de 2010. Diego ha secuestrado a Martin Pearce, el enfermero de su hermana Liria, ingresada en un psiquiátrico desde hace varios años, lo ha metido en el maletero de su coche y ha conducido más de mil kilómetros hasta la Casa Grande, donde lo ha torturado durante tres días y finalmente  lo ha matado disparándole dos veces en la cabeza. Ahora, él mismo está también ingresado, como su hermana, en una unidad de psiquiatría. Muchas preguntas inquietan al lector desde las primeras páginas. ¿Quién es Martin Pearce y qué ha hecho para que Diego haya acabado de esa manera tan maquiavélica con su vida? ¿Por qué ha conducido más de mil kilómetros? ¿Qué es la Casa Grande y por qué es allí donde mata al enfermero? ¿Por qué está encerrada en un psiquiátrico su hermana Liria? ¿Cómo un padre de familia, esposo y respetado profesor universitario como Diego ha sido capaz de cometer semejante crimen?


    Como en todas las novelas de Víctor del Árbol el autor nos hace recorrer intrincados círculos concéntricos repletos de píldoras informativas, enormes puzzles casi imposibles de resolver y escondidos rincones de las memorias de sus personajes para ir rellenando poco a poco los huecos que nos permiten ir vislumbrando la resolución de cada uno de los enigmas que nos propone desde las primeras páginas. Y lo hace de forma paulatina, contando partes inconexas de las historias, situándonos en lugares tan diferentes como la Siberia de los gulags estalinistas, el norte de África español de época franquista, la Barcelona de la primera década del siglo XX o el Pueblo. Un pueblo sin nombre, situado en la provincia de Badajoz, dominado desde tiempos inmemoriales por la familia Patriota. Asentados en la Casa Grande, los Patriota se erigirán en los archi enemigos de los Martín, la familia de Simón, Antonio y Diego. Tres hombres, abuelo, hijo y nieto, que no podrán ya huir de la desgracia.


    Y si el presente de la historia nos sitúa en la Barcelona y el Pueblo de 2010, el pasado más remoto nos hace retroceder en el tiempo hasta el Pueblo de 1936, justo al momento del golpe militar y del inicio de la Guerra Civil. Las diferencias políticas y económicas y un acercamiento amoroso entre un miembro de cada una de las familias reseñadas desembocará en el comienzo de la desgracia de la familia menos poderosa, la de los Martín. Simón, abuelo de Diego, deberá huir de España y acabará en el frente ruso durante la Segunda Guerra Mundial. Y terminará, por rocambolescas vicisitudes de la vida y de la mala suerte, en un gulag de Siberia. Desde 1936 la vida familiar de los Martín ya no será la misma. Ni siquiera dos generaciones después. Tampoco en el otro extremo del país. Porque el lugar no es lo más importante. Nunca. Sobre todo cuando uno tiene cuentas pendientes con demasiada gente. Incluso con uno mismo.


    El miedo --un hombre sin miedo dejaría de ser humano, escribe el propio Diego en su diario durante su estancia en el psiquiátrico--, los traumas y las huidas hacia adelante --de Simón, de su hijo Antonio y de su nieto Diego--, las malas decisiones --¡quien esté libre de pecado que tire la primera piedra!--, el sentimiento de culpabilidad --¡qué difícil resulta a veces perdonarse a uno mismo!-- y la maldad --propia y ajena--, son los principales ejes sobre los que giran las numerosas sub tramas de El hijo del padre. También la desesperanza y la imposibilidad de seguir haciendo frente a la vida debiendo sostener el insoportable peso de la mochila del pasado --el pasado vive en ti pero tú no perteneces al pasado, escribe no obstante Diego en el mismo diario--. Frase lapidaria escrita para el futuro familiar que quizás debería haberse aplicado a sí mismo con mucha anterioridad. Y es que a veces se necesita toda una vida (o incluso varias) para aprender ciertas cosas.


    Las cuatrocientas páginas de que consta la novela se dividen en cuatro partes y en cuarenta y seis capítulos más una introducción y un epílogo. Las cuatro partes --Tierra de barro, Kalinka, Hasta que llueva en el desierto y Liria-- hacen referencia a aspectos y lugares importantes de las diferentes historias como son el Pueblo, Siberia, el Sáhara Oriental y Liria, la hermana enferma de Diego. En efecto, pese a que los distintos capítulos se centran en lugares y épocas diferentes las distintas partes hacen referencia más concreta a esos momentos exactos de la trama. Una forma de ordenar los sucesos más acorde a la cronología lineal con que tuvieron lugar. La parte más extensa es la que hace referencia a las desventuras de Simón en la Siberia de la Segunda Guerra Mundial, mientras que la más corta nos explica la historia que tiene que ver con los años pasados por Antonio en África durante la ocupación española del Sáhara. Tierra de barro hace referencia al Pueblo, básicamente en los hechos acaecidos en él durante el siglo XX, y Liria se ocupa a grandes rasgos de los hechos más actuales en el tiempo.


    El hijo del padre nos habla de cómo a menudo nuestras vidas nos llevan a acercarnos a aquello que odiamos, a aquello que quisiéramos dejar atrás para siempre. O quizás de cómo precisamente somos nosotros mismos los causantes directos de que ello suceda así y no de otra manera. Porque en realidad la línea que divide ambos conceptos --causa y efecto-- es mucho más delgada de lo que quisiéramos. También de que a veces las cosas y las personas no son o somos como parecen o parecemos. Y de que puede darse la situación de descubrir la verdad --si es que esta en realidad existe-- de la peor manera posible. Y, por supuesto, de que llega un momento de nuestra vida en que debemos dejar de ver los sucesos de nuestra niñez con la mirada del niño que fuimos para verla con nuevos ojos, los de la adultez de aquellos que fueron nuestros progenitores. Pero, sobre todo, nos habla de que escondernos en nuestras propias mentiras --o en las de los demás-- no suele tener consecuencias positivas. Ni para nosotros ni para quienes nos rodean.


    Víctor del Árbol posee muchas cualidades literarias. La mayor de ellas, en mi opinión, es la gran capacidad que tiene para transmitir los pensamientos, las frustraciones, las luchas internas y el dolor que sienten sus personajes. Desde esa abuela impotente ante tanta tragedia como es Alma Virtudes hasta la progresiva transformación de Diego en un criminal sin escrúpulos. Resulta tan dramático (a nivel de trama) como admirable (literariamente hablando) observar cómo un hijo de la emigración, un hombre que se ha hecho a sí mismo renunciando a sus orígenes y familiares va sucumbiendo a esa incapacidad de liberarse de un pasado que le persigue en el tiempo y en el espacio. Lo que pasó entre él y su padre, entre su familia y la Patriota nos es mostrado sin prisa pero sin pausa de una manera tal que el lector cree vivir in situ las diversas situaciones narradas. Y sufre. Y disfruta. ¿Cómo se puede calificar un libro que hace sentir a los lectores sentimientos tan enfrentados a la vez? ¿Qué tienen esos libros que al ser terminados de leer dejan al lector en silencio durante minutos? Es difícil de explicar, la verdad. Así que mejor leed El hijo del padre y comprobadlo por vosotros mismos.


miércoles, 5 de junio de 2019

Antes de los años terribles. Víctor del Árbol. Destino. 2019. Reseña





     Para contar la verdad hay que tener coraje. Mucho coraje. Sobre todo cuando la verdad que se cuenta atenta directamente contra la forma de vida de toda una civilización. Y es que en la nuestra cuenta mucho más el valor de un producto que la forma en la que éste ha sido producido. Nos importa bien poco cómo se confeccionan las camisetas o las zapatillas de tal marca o cómo se extraen los minerales que se alojan en las baterías de nuestros teléfonos móviles. Pero, por si esto fuera poco, tampoco nos importan los genocidios, asesinatos y demás atrocidades perpetradas en el mundo. Sobre todo si todas estas acciones se llevan a cabo en otro mundo. Uno tan lejano como, por ejemplo, África. Por eso, ante el silencio cómplice general, debemos poner en valor la valentía de algunas personas a la hora de dar a conocer historias como las que nos cuenta Víctor del Árbol en su última novela, Antes de los años terribles. Porque, como él mismo dice, podemos aprender mucho sobre nosotros mismos.

     El horror, la oscuridad, las tinieblas están muy presentes en esta novela. Una especie de homenaje a (o de revisitación de) la obra cumbre de Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas, en el que el personaje de Isaías Yoweri, absoluto protagonista de la acción que él mismo narra en todo momento en primera persona, rinde tributo a Marlow mientras que el temible Christian MF hace lo propio con Kurtz. Así, como Marlow respecto a Kurtz, también Isaías siente hacia el Sueco admiración y repulsión como anverso y reverso de la misma moneda, miedo y excitación al estar cerca de una potencia de la naturaleza que lo ciega. Como Lawino se siente atraída por Joseph Kony, lo cual impide que la protagonista femenina de esta historia pueda seguir los pasos de su amigo Isaías a la hora de tratar de huir de ese horror. Un horror que te desafía, conoce lo que eres, lo saca a flote. Para destruirte o encumbrarte, para hacerte gusano o Dios.

     Isaías Yoweri tiene solo doce años y ama a su poblado, a su casa, a sus padres, a su hermana mayor Rebeca, a su hermano pequeño Joel, a su abuela Ng´o y a su jardín, al profesor Nelson, a su inseparable y querida Lawino y a la vida en todo su esplendor. Pero su feliz infancia queda rota cuando es secuestrado por el LRA (Ejército de Resistencia del Señor) de Joseph Kony, un señor de la guerra que se dedica a robar la infancia de unos niños que acaban convertidos en asesinos de sus familiares y demás compatriotas ugandeses. Christian MF, uno de sus lugartenientes, se hace cargo del niño y trata de hacer de él un cazador de albinos. El fundamentalismo, la magia y la brujería, los sacrificios de albinos, los asesinatos de los rebeldes fieles al gobierno de Museveni y el fin del mundo tal y como era conocido por Isaías constituyen el eje de la nueva vida del protagonista. Un rebelde que tardará cinco años en conseguir huir y llegar hasta Barcelona, donde rehace su vida en torno a las bicicletas.

     Yoweri defiende en todo instante lo bueno que queda de esa infancia robada por los golpistas. Los recuerdos de su vida antes de la llegada de esos tiempos terribles a los que hace referencia el título de la novela. Los momentos en los que fue arrancado de su infancia para ser trasplantado en la edad adulta sin tener las herramientas necesarias para defenderse de los peligros de una edad todavía (lógicamente) desconocida por él. Sin embargo, el gran drama de esta historia es que no solo Isaías fue secuestrado, pues se calcula que fueron unos treinta mil los niños y niñas obligados a enrolarse en el LRA y a prostituirse y convertirse en mujeres de Kony y sus lugartenientes y en madres de futuros líderes del movimiento. Y, evidentemente, no todos reaccionaron de igual manera. Así, en las páginas de esta novela, Víctor del Árbol nos hace asistir a la desgracia de Lawino y el hermano pequeño de Isaís, Joel, quienes acaban por sucumbir a los encantos del Ejército de Resistencia del Señor. 

     Probablemente, el mayor éxito del protagonista principal sea el hecho de haber sido capaz de no caer, de no rendirse, de seguir luchando siempre. Así, rehace su vida en un lugar tan apartado del que lo vio nacer y crecer. Joseph Kony no consigue abducirlo para su causa. Pero no solo eso: tampoco deja en él un poso de odio ni de sed de venganza. Por eso regresa a Uganda más de dos décadas después. Por eso, y por su curiosidad sobre cuál habrá sido el destino de Lawino y de Samuel Abu, un niño albino al que salvó la vida justo antes de huir de su país. Unas jornadas sobre la reconciliación histórica en Uganda servirán para satisfacer esa curiosidad. Y, de paso, para demostrar que otras personas sí ansían la venganza. Unas ansias que a veces convierten a las personas en monstruos capaces de hacer cualquier cosa con tal de rendir cuentas con el pasado. Sobre todo, en personas acostumbradas a vivir con el horror.

     Sobre este tema, hay algo que no debemos olvidar nunca: para que esos monstruos pervivan en el tiempo --y Joseph Kony sigue vivo, en pleno 2019, ya ni siquiera es buscado por sus crímenes contra la humanidad, y la mayoría de sus más de ochenta hijos siguen su camino (por ejemplo, vinculados a los terroristas de Boko Haram)-- solo se necesita a gente débil que le siga hasta la muerte y a gente cobarde que se mienta a sí misma y a los demás y haga de la indiferencia su bandera, interiorizando que aquello que ocurre tan lejos de nosotros no nos afecta y nos debe traer completamente sin cuidado. Ocurrió y sigue ocurriendo en Uganda, pero también en lugares tan distantes e inconexos como Guatemala, Siria, la antigua Yugoslavia, Ruanda o Palestina. Defender los derechos humanos de todos nos atañe a todos. Y, si hablamos de crímenes, no los hay peores que aquellos que atentan contra los más tiernos e indefensos: los niños.    

     Asegura el autor que el noventa por ciento de lo que cuenta en Antes de los años terribles es cierto. La soledad, el desarraigo, la necesidad de un abrazo, la inseguridad de todos esos niños queda encarnada en un personaje que, siendo ficticio, da vida a todos ellos para conseguir empatizar con cada lector. Y es que las novelas de del Árbol se caracterizan por este elemento: el desarrollo psicológico de los personajes, que se hacen entendibles --amados u odiados-- por quienes los leen. Sus libros se sufren y se disfrutan por igual. Se sufren por sus temáticas, que atacan a todo tipo de corazones, y se disfrutan porque están escritos de manera impecable. Por explicarlo con una sola frase, podría decirse que Víctor del Árbol es un escritor de historias de satanases narradas por ángeles. Historias duras narradas desde la dignidad de sus personajes y desde la honestidad de un escritor que se supera novela a novela y cuyo límite parece estar todavía lejano de alcanzar. 

     Antes de los años terribles es un dignísimo homenaje a la obra de Conrad y, en mi opinión, la mejor novela del autor barcelonés. Y eso ya es mucho decir, habida cuenta de las magníficas historias con las que nos ha deleitado hasta la fecha --El peso de los muertos (Premio Tiflos, 2006), La tristeza del samurái (2011), Respirar por la herida (2013), Un millón de gotas (2014), La víspera de casi todo (Premio Nadal, 2016) o Por encima de la lluvia (Premio Valencia Negra, 2017)--, amén de la todavía inédita El abismo de los sueños (finalista del Premio Fernando Lara, 2008). Una obra de siete novelas publicadas --todas ellas reseñadas en este blog-- que no deja indiferente a nadie y que cada vez es recomendada por más lectores. Esperando ya la próxima...               

     

miércoles, 27 de febrero de 2019

La familia de Pascual Duarte. Camilo José Cela. Destino. 1942. Reseña





     De forma consciente o simplemente casual, cuando Camilo José Cela publicó, en 1942, La familia de Pascual Duarte, dio el pistoletazo de salida a una técnica literaria narrativa que hoy conocemos con el nombre de tremendismo. Técnica que se puso de moda a partir de entonces y que se caracterizó por la cruda presentación de la trama, que recurre a hechos violentos muy a menudo, el particular tratamiento de los personajes, seres marginados de la sociedad (criminales, prostitutas, personas con defectos psíquicos o físicos, etc) y el uso de un lenguaje desgarrado, duro, realista al detalle. La relación entre esta tendencia y el contexto histórico --pos guerra civil española-- es clara, habida cuenta de las duras experiencias que los autores de la época hubieron de sufrir durante la contienda.

     Los personajes viven, pues, en ambientes marginales y atenazados por la incultura, el dolor y la angustia vital. Lo grotesco y lo repulsivo juegan un papel central en la narración, por lo que el lector asiste a ella impactado. Nada mejor si lo que se pretende con ello es precisamente realizar una honda crítica social. Y, sin duda, La familia de Pascual Duarte, lo es. Porque Pascual Duarte, su protagonista, vivió entre fines del siglo XIX y 1937, años en los que la inestabilidad política, social y económica provocaron que la violencia, a falta de cultura, se extendiera por la sociedad cómo único recurso para solucionar los problemas. Así, Duarte se convierte en criminal. Y, como todo criminal, antes o después habrá de pagar por sus actos.      

     Gracias a esta obra, la literatura española volvió al mundo popular y campesino, poblado por seres primitivos y elementales en cuyos instintos primarios y pasiones salvajes retornamos a la barbarie ancestral de una tierra marcada por el odio y la violencia. Y lo hace de forma audaz y original, a través de varios narradores --el principal de ellos, el propio Duarte, quien narra en primera persona los hechos de su vida, haciendo especial hincapié en aquellos en los que actuó movido por sus graves accesos de ira y rabia, los cuales lo han llevado a esperar en una celda extremeña el momento de su ejecución--, y recurriendo a menudo al refranero español cuando estos no encuentran las palabras necesarias para expresar sus sentimientos o pensamientos.

     Se llevaban mal mis padres, afirma Pascual Duarte, aludiendo a su poca educación, a su escasez de virtudes y a que se cuidaran bien poco de refrenar los instintos, añadiendo que solían llegar a las manos en sus discusiones. Además, explica que mi instrucción escolar poco tiempo duró. Habla del carácter autoritario y violento de su padre y de que su madre se metía con él a la mínima ocasión. Y recuerda el nacimiento de su hermana pequeña, Rosario, quien si bien tardó algo más de lo corriente en aprender a andar, rompió a hablar con tal soltura que a todos nos tenía como embobados con sus gracias. De todo ello se desprende que su hermana fue, en realidad, la única persona a la que Duarte amó de verdad a lo largo de su azarosa vida.

     La muerte de su padre, a causa de la mordedura de un perro rabioso, y sobre todo la de su hermano pequeño, Mario, marcó su infancia. Y su odio hacia su madre se acrecentó. De ella dice que no lloró la muerte de su hijo y que, por ello, tal odio llegué a cobrar a mi madre, y tan deprisa había de crecerme, que llegué a tener miedo de mí mismo. Y, así, a mi madre llegué a perderle la respeto, primero, y el cariño y las formas al andar de los años. Dejó de ser una madre en mi corazón y llegó a convertírseme en un enemigo rabioso que me gastó toda la bilis. El futuro crimen comienza a tomar forma en la cabeza del protagonista. Antes de él, sin embargo, hubo más. Concretamente, los de Lola, su primera esposa, que lo engaña con el Estirao, y el del propio el Estirao, que ha deshonrado tanto a su esposa como a su hermana Rosario.

     A lo largo de su relato, Duarte se lamenta de su mala suerte y de su desgracia. ¡Quién sabe si no sería Dios que me castigaba por lo mucho que había pecado y por lo mucho que había de pecar todavía! ¡Quién sabe si no sería que estaba escrito en la divina memoria que la desgracia había de ser mi único camino, la única senda por la que mis tristes días habían de discurrir! Porque a los malos tratos recibidos por parte de sus padres y la muerte de su hermano pequeño a corta edad habría que añadir la muerte de su propio hijo y la deshonra de su hermana, que llega a ejercer la prostitución de la mano de el Estirao. Y en pleno subidón de ira, reflexiona sobre que si los hombres del campo tuviéramos las mismas tragaderas de los de las poblaciones, los presidios estarían deshabitados como islas.

     Pero, como todo es susceptible de empeorar, Lola llega a decirle, justo antes de morir, que la sangre parece como el abono de tu vida, palabras que, añade Duarte, como con fuegos grabadas conmigo morirán. Y, tras cumplir condena por los asesinatos de Lola y el Estirao, es liberado. Por contra, el sentimiento de Duarte respecto a su libertad resulta muy significativo por cuanto anticipa lo que está por venir todavía: creyendo que me hacían un favor, me hundieron para siempre. Así narra su vuelta al pueblo: un poco más adelante estaba el cementerio. El cementerio donde descansaba mi padre de su furia; Mario, de su inocencia; mi mujer, su abandono; el Estirao, su mucha chulería. El cementerio donde se pudrían los restos de mis dos hijos, del abortado y de Pascualillo, que en los once meses de vida que alcanzó fuera talmente un sol...

     Al reunirse de nuevo con su hermana, la única persona a la que puede acudir tras haber cumplido su condena, la Rosario se sonreía con su sonrisa de siempre, esa sonrisa triste y como abatida que tienen todos los desgraciados de buen fondo. Su hermana le ha buscado hasta novia: Esperanza, enamorada de él desde antes de su primer matrimonio con Lola, quien le ha esperado para ser su segunda esposa. La mala relación de su madre con su esposa, sumada al odio de siempre y los deseos incumplidos, truncados de poder comenzar una nueva vida desde cero, precipita los acontecimientos definitivamente. Frustrado y desesperado, Duarte piensa que hay ocasiones en las que más vale borrarse como un muerto, desaparecer de repente como tragado por la tierra, deshilarse en el aire como el copo de humo. Todas estas reflexiones en voz alta constituyen buena parte de lo mejor de la novela de don Camilo.

                                


lunes, 11 de febrero de 2019

Réquiem por un campesino español. Ramón J. Sender. Destino. 2003. Reseña





     Escrita en 1950 y publicada por primera vez en México en 1953 bajo el título Mosén Millán, la novela corta del escritor español en el exilio Ramón J. Sender tomó el título definitivo de Réquiem por un campesino español en 1960. La historia de su huida de la persecución franquista, el fusilamiento de su esposa y su posterior exilio en Francia primero y en EE. UU. después tras pasar por un campo de concentración galo es tan rocambolesca como apasionante. Llegó a Nueva York en 1939 y terminó por establecerse de forma definitiva en San Diego, donde vivió junto a sus hijos hasta su muerte, acaecida en 1982. A día de hoy sigue siendo considerado como uno de los grandes escritores españoles de la posguerra.

     Antes de escribir la novela que nos ocupa Ramón J. Sender ya había alcanzado una gran fama gracias, sobre todo, a los primeros volúmenes de la serie Crónica del Alba, una trilogía de trilogías --o enealogía-- autobiográficas de su infancia, adolescencia y compromiso político, que se fueron publicando sucesivamente hasta 1966. Además, en 1935 ya había recibido el Premio Nacional de Literatura por su obra Mr. Witt en el Cantón. En su exilio estadounidense se dedicó a escribir y a dar clases de literatura en diversas universidades del país. Entre sus numerosos alumnos y alumnas cabe mencionar a Lucía Berlin, autora de reconocido prestigio en la actualidad gracias a la reciente publicación de sus obras en castellano. Más vale tarde que nunca.

     Réquiem por un campesino español recoge los recuerdos del cura del lugar, Mosén Millán, respecto a la vida y muerte del campesino Paco el del Molino. El párroco se dispone a oficiar la misa en sufragio del alma de un joven al que quiso casi como a un hijo. Mientras espera la llegada a la iglesia de los asistentes al réquiem, reconstruye los hechos que llevaron al conocido Paco a la muerte. Un relato sobrio, casi frío, pero a la vez estremecedor que profundiza en la naturaleza humana. La narración aterra por su enorme realismo. También por el hecho de que tanto el párroco como el lector ven llegar una tragedia sin poder hacer nada por evitarla. La impotencia y el horror ante los hechos narrados constituyen una de las claves de que esta novela corta llegue directa al corazón del lector.

     La historia se ubica cronológicamente en los momentos inmediatamente anteriores y posteriores a la decisión del rey Alfonso XIII de abandonar España en abril de 1931 tras el triunfo electoral de los republicanos. Triunfo cimentado en las grandes ciudades, pero no en los pueblos pequeños. Es allí, en un pequeño pueblo aragonés, donde se desarrolla la reacción de determinadas fuerzas monárquicas que se resisten a dejar el poder sobre los lugareños. El propio Sender describió este episodio como el esquema de toda la guerra civil nuestra, donde unas gentes que se consideraban revolucionarias lo único que hicieron fue defender los derechos feudales de una tradición ya periclitada en el resto del mundo.

     Paco el del Molino, joven idealista, puro y sincero se convierte en el líder de la lucha del pueblo. Y Mosén Millán trata de justificarse pese a ser consciente de ser en parte el culpable de la captura y posterior asesinato del joven. Sus reflexiones nos muestran un cuadro de oscuros colores que representan el pensamiento de la época. La maestría de Ramón J. Sender a la hora de mostrarnos cada detalle, por sutil que este sea, es digna de mención. Porque la historia de Paco se nos antoja una excusa para trasladarnos de primera mano el ambiente social del momento, la verdadera historia, y el compromiso del autor ante el choque entre dos ideologías diametralmente opuestas. En torno a ellas, la ya clásica hipocresía española. Que parece que viene desde muy atrás en el tiempo.

     La antítesis entre comunismo y fascismo se muestra con total claridad en las páginas del relato. Por un lado, Don Valeriano, Don Gumersindo y Don Cástulo, los señoritos del pueblo. Por otro, Paco el del Molino, su padre y familia, y algunos otros personajes. Y en el centro, la iglesia, es decir, Mosén Millán. El cura representa el papel que jugó en la preguerra, en la guerra y en la pos guerra la iglesia católica española. Inacción, falta de compromiso y hasta cobardía. Para él, todo es cuestión de resignación, de aceptación y de poner la otra mejilla. En suma, el autor da un serio correctivo no solo al párroco sino a la iglesia católica en su conjunto. Y es que historias parecidas a la aquí narrada hubo demasiadas en esa etapa histórica de nuestro país.

     Para terminar, transcribo algunos de los fragmentos que más me han llamado la atención y que muestran las acciones de unos --los republicanos-- y las reacciones de los otros --los fascistas--: Hubo que repetir la elección en la alcaldea porque había habido incidentes que, a juicio de Don Valeriano, la hicieron ilegal. En la segunda elección el padre de Paco cedió el puesto a su hijo. El muchacho fue elegido... En Madrid suprimieron los bienes de señorío, de origen medieval, y los incorporaron a los municipios. Aunque el duque alegaba que sus montes no entraban en aquella clasificación, las cinco aldeas acordaron, por iniciativa de Paco, no pagar mientras los tribunales decidían... La respuesta telegráfica del duque fue la siguiente: doy orden a mis guardas de que vigilen mis montes, y disparen sobre cualquier animal o persona que entre en ellos. El municipio debe hacerlo pregonar para evitar la pérdida de bienes o de vidas humanas... Había oído decir que aquellos señoritos iban a matar a todos los que habían votado contra el rey..Nadie sabía cuándo mataban a la gente. Es decir, lo sabían, pero nadie los veía. Lo hacían por la noche, y durante el día el pueblo parecía en calma... Al día siguiente hubo una reunión en el ayuntamiento, y los forasteros hicieron discursos y dieron grandes voces. Luego quemaron la bandera tricolor y obligaron a acudir a todos los vecinos del pueblo y a saludar levantando el brazo cuando lo mandaba el centurión... Ahora yo digo en sufragio de su alma esta misa de réquiem, que sus enemigos quieren pagar.

     La novela está considerada, por méritos propios, una de las grandes obras sobre la Guerra Civil Española. Y leerla bien vale la pena. Además de entretener, enseña historia contemporánea de nuestro país. Por todo ello, es altamente recomendable.
                                       

      

lunes, 9 de marzo de 2015

Cinco horas con Mario. Miguel Delibes. Destino. 1966. Reseña





     Cinco horas con Mario es una de las novelas más conocidas de Delibes. Publicada hace casi medio siglo, no ha perdido vigencia, ni literaria ni humanamente. Es lógico que el país haya cambiado mucho desde entonces. También la mentalidad de sus ciudadanos. Sin embargo, los sentimientos de los personajes, salvando las distancias, sí permanecen. Y, desde luego, el monólogo interior que cada uno de nosotros mantiene en las horas y días posteriores a la pérdida de un ser querido existe de forma innegable. ¿Quién no ha hablado con un muerto, sobre todo en esas primeras horas sin él, aunque todavía con su cuerpo visible y con algo de calor en su interior? ¿Quién no le ha agradecido lo bueno y reprochado (en menor medida, pues parece que la muerte casi todo lo perdona) lo malo?

      La novela comienza con la impresión de la esquela aparecida en los periódicos de marzo de 1966, fecha del extraño y desde luego inesperado fallecimiento de Mario Díez Collado, a la temprana edad de 49 años. Además de informar de la muerte de Mario, la esquela nos sirve para conocer a su familia: su esposa Carmen, sus hijos Mario, María del Carmen, Álvaro, Borja y María Aránzazu y hermanas, cuñadas, etc. Esto es importante, pues todos los personajes citados en la esquela, y algunos más, irán apareciendo en el monólogo de Carmen ante el féretro de su esposo.


     El monólogo, de 27 capítulos, va precedido de una introducción y seguido de un epílogo o desenlace en el que aparecen los signos y gestos más o menos típicos de momentos tan desagradables como el que la novela trata. Los besos, los pésames, los apretones de manos, los golpecitos en la espalda, las frases que vienen (o no) a cuento en esos instantes, los reconocimientos, los susurros, las alabanzas, las críticas, el recogimiento de unos, la entereza de otros, los aspavientos de los más exagerados, etc. Todo ello, para realzar, más si cabe, la parte central de la obra, esa especie de diálogo entre Carmen y su esposo ya fallecido.

     Lo primero que llama la atención de la novela es la forma en que la esposa se dirige a Mario. Le habla como si aquel todavía estuviera vivo y, por tanto, pudiera escucharla. Algo que se mantiene hasta la última línea del monólogo, que conmueve y sobrecoge a la vez. Algo que indica que Carmen se resiste a la idea de que su marido, con sus mil y un defectos, no volverá ya a la vida. La impotencia que siente al ver que él no le responde irá creciendo a lo largo de novela, hasta un final que no desvelaré (por si alguien todavía no la ha leído).

     Del monólogo, por no demorarme demasiado - pues daría para muchos párrafos -, me centraré en la presentación de las dificultades y momentos tensos del matrimonio, que los ha habido, desde luego; y en la crítica social que Delibes hace de la sociedad de la época: hipócrita, fingida y vivida de la cara a los demás. Carmen es presentada como una mujer conservadora, estricta, intransigente, defensora a ultranza de su familia y de la moral y los valores cristianos y criticona de todo lo que atente contra lo anteriormente expuesto. Por contra, Mario representa el polo opuesto: luchador, comprometido, inconformista, intelectual, moderno y no expuesto a la norma de la época. Las discusiones entre ambos, pues, serán la norma durante el casi cuarto de siglo de convivencia en común.

     La novela aborda temas tan importantes e interesantes como la falta de comunicación en el matrimonio, la necesidad de compartir aspectos básicos sobre la educación de los hijos, el machismo (visto desde ambas perspectivas, la femenina y la masculina), el conflicto de las "dos Españas" - recordemos que la época abordada por la novela es 1966, en pleno franquismo - y hasta la lucha de clases. El lenguaje coloquial de la época, el desorden temporal en la exposición de los hechos y las repeticiones de los más importantes (para Carmen) otorgan a la novela mayor verosimilitud, agobio y también carácter cómico.

     Los largos párrafos de cada capítulo - todos ellos comienzan con introducciones sacadas de la Biblia que Mario leía a menudo y que descansaba en su mesita de noche, con algunos pasajes subrayados -, con muchas comas pero pocos puntos, imprimen una velocidad a la lectura y a los pensamientos que en ocasiones llegan a provocar vértigo. Un vértigo que es, precisamente, el que debe sentir la propia Carmen al pronunciar su soliloquio. Una amalgama de hechos, acciones y sentimientos que amenazan con desprenderse de su boca y perderse para siempre. De ahí esa urgencia en sacarlos a toda velocidad antes de que sea demasiado tarde.

     Con todo, pese a que Carmen es presentada de forma que caiga mal al lector - sobre todo de género masculino -, tampoco Mario sale bien parado en algunos temas: desatención de su esposa y de sus hijos, falta de ímpetu en las tareas domésticas, incomprensión hacia su mujer, depresión, etc. Y es que cuando un matrimonio fracasa - y lo hace con mayor facilidad de la mostrada por el número de divorcios -, aunque una de las partes tenga más responsabilidad que la otra, ambas son copartícipes del mismo. Eso sí, como bien demuestra Carmen a lo largo de las cinco horas que pasa a solas con su esposo, siempre quedan los "te quiero", los "cariño" y los "amor". Sobre todo cuando uno siente la pérdida...     

           

miércoles, 1 de octubre de 2014

Un millón de gotas. Víctor del Árbol. Destino. 2014. Reseña





     ¿Puede un inocente niño de seis años morir a causa de unos trágicos sucesos acaecidos setenta años antes? ¿Cómo es posible que suceda algo así en pleno siglo XXI? ¿Qué o quién se esconde detrás de un acto tan salvaje e inhumano? Tras los éxitos de La tristeza del samurái y Respirar por la herida el ex-mosso de esquadra Víctor del Árbol nos sumerge en una trama de las que atrapan al lector de principio a fin. Una novela que quien os escribe ha devorado en muy pocas sesiones pese a su nada desdeñable longitud. 

      El nuevo libro de este barcelonés de 46 años de edad cumple a la perfección con lo que toda buena novela debe ofrecer al lector, a saber: entretenimiento, reflexión, sufrimiento, disfrute y enseñanzas. De la mano de este libro podremos conocer mejor (o ampliar nuestros conocimientos previos) el estado policial en que se convirtió el régimen estalinista de los planes quinquenales, las purgas y los envíos masivos a los gulags siberianos; las luchas intestinas en la España previa y posterior a la Guerra Civil; diversos aspectos referentes a la II Guerra Mundial; las relaciones internacionales (y personales) en plena Guerra Fría; y la implantación, desarrollo y actuaciones de las mafias rusas (redes pederastas, extorsiones, asesinatos y relaciones con los distintos poderes extra-gubernamentales incluidas) en nuestro país.

     Estamos ante una novela estrictamente realista sobre personas comunes con traumas del pasado que influyen en sus vidas y en las de quienes les rodean y que luchan, externa e internamente, y se debaten entre quiénes son en realidad y quiénes han querido (o siguen queriendo) ser. Personas que guardan las apariencias y juzgan a los demás como jamás quisieran ser juzgados. Gente que se traiciona a sí misma y a los demás. Gente que pasa del amor al odio en un abrir y cerrar de ojos. Personas que, víctimas de sus errores del pasado, buscan una especie de redención que les deje seguir con sus vidas a pesar de los pesares.

     Una novela que hace hincapié en cómo las personas inventamos la memoria que desconocemos o que simplemente nos conviene cambiar para salir de ella mejor parados; que desentraña la enorme complejidad de las relaciones entre padres e hijos, entre hombres y mujeres, en definitiva, entre seres humanos. Unos seres humanos que, en situaciones límite, pueden reaccionar de manera insospechada (incluso por ellos mismos), pasando de héroes a villanos o viceversa según las circunstancias que deben enfrentar. 

     Una historia, o más bien conjunto de historias, que buscan despertar la voluntad de los ciudadanos para ayudarles a ser críticos, libres y responsables. Para que, entre todos, gota a gota, construyan un océano que configure un mundo mejor para todos. Un mundo en el que tengan mayor importancia valores como la amistad, la lealtad y los ideales, que en la actualidad parecen (casi) inalcanzables. Una humanidad que no permita que nadie robe la infancia y los sueños de niños como los personajes de la novela: Roberto, Siaka, Gonzalo o Laura. Que no cause daños irreparables en la psicología de aquellos que en el futuro han de ser hombres y mujeres de bien.

     La acción se desarrolla entre la Barcelona de principios de siglo XXI y la URSS de entre los años 30 y 50, si bien el acontecimiento que nos intriga de principio a fin acontece en un lago cercano a la capital barcelonesa en el año 1967. La violencia, las muertes y los asesinatos narrados por el autor del libro están conectados entre sí pese a ocurrir en diversos escenarios y diferentes épocas. Esas conexiones son uno de los puntos fuertes de una novela en la que nada sucede por suceder, en la que todo tiene un por qué. Elías Gil, ingeniero comunista de Mieres que llega al Moscú de 1932 para ayudar a construir una gran URSS, e Ígor Stern, otro de esos niños que deben crecer rápido y en condiciones extremas, haciéndose a sí mismos y sobreviviendo a toda costa, son los personajes responsables de todos los sucesos acontecidos a lo largo de la novela. Su odio a ultranza irá destruyendo todo y a todos.

     Elías vivirá situaciones dantescas en Názino, el primer gran gulag construido por Stalin y sus secuaces en la estepa siberiana; Argèles, el inhumano campo de concentración del sur de Francia, al cual llega tras huir de la España franquista; la defensa y posterior reconquista de Stalingrado frente a los nazis; y la toma definitiva de Berlín en 1945. Pese a ello, luchará siempre (o casi) por sus ideales comunistas, enfrentando la decepción sufrida al comprobar la esclavitud del pueblo soviético a manos de unos líderes inhumanos y los hechos que marcarán para siempre su vida futura: la estancia y huida de la abominable isla siberiana.

     Setenta años después, Laura y Gonzalo, hijos de Elías, deberán enfrentarse a una red mafiosa rusa, denominada Matrioshka, que pondrá en jaque a sus respectivas familias. O a lo que queda de ellas. Y es que esos errores del pasado siempre influyen en nuestro futuro. Un futuro que, pese a todo, se puede volver a cambiar. Aunque para ello haga falta la voluntad de unir un millón de gotas para construir un océano mejor para todos. Novela altamente recomendable.

lunes, 21 de octubre de 2013

El príncipe destronado. Miguel Delibes. Destino. 1973. Reseña





     De vez en cuando es conveniente y necesario recuperar viejas obras de los grandes clásicos de la literatura española. Miguel Delibes estuvo cincuenta años publicando un sinfín de obras. La que me dispongo a reseñar fue escrita en 1973, justo hace cuarenta años. El genio de Valladolid escribió su undécima novela poco después de ingresar en la Real Academia Española de la Lengua, en el momento de su mayor apogeo literario.
 
     En ella cabe destacar, entre otros, dos aspectos que caracterizan también la mayoría de sus narraciones: el estricto realismo de cada una de sus páginas y el estudio milimétrico de la psicología de los personajes. Las 186 páginas que la componen narran un día en la vida de Quico y su familia, concretamente, el tres de diciembre de 1963. Salvo en un par de escenas (una en una tienda de la misma calle y otra en el médico) el escenario donde se desarrolla la acción se circunscribe a la casa familiar.
 
     La ambientación es formidable, destacando el mobiliario de la cocina, con el calentador de agua como gran estrella; diversos objetos, como el tocadiscos alrededor del cual los hermanos mayores de Quico bailan el twist; el lenguaje de los personajes; la manera en que los mayores guardan las apariencias; y la religiosidad imperante en la casa.
 
     Delibes nos cuenta los hechos acaecidos durante la jornada mediante un narrador externo en tercera persona. Este se centra en la figura de Quico, el gran protagonista de la acción. La familia es una de las acomodadas de la ciudad, llegando a contar hasta con tres asistentas (la Vítora, la Domi y la Seve). Quico tiene cuatro hermanos mayores y una menor (Cristina), la cual centra las atenciones de los mayores. De ahí el título, sin duda. Quizás la única crítica que le haría a Delibes respecto a esta novela es la excesiva madurez de su protagonista. Se nos dice que tiene tres años de edad, algo bastante difícil de entender por los diálogos, los pensamientos y las acciones del mismo.
 
     Básicamente, dividiría la obra en dos partes bien diferenciadas: mañana y tarde. La hora de comer marca el paso de una a otra. La pelea entre Papá y Mamá, en la parte central de la acción, nos explica algunos aspectos que hasta entonces no se habían aclarado, a la vez que nos presenta otros que serán desarrollados a continuación. El matrimonio, con seis hijos, algo nada extraño en aquella época, hace aguas desde hace tiempo. Pero, como se ha dicho más arriba, las formas y las apariencias debían ser guardadas de puertas hacia afuera.
 
     La llegada de los hermanos mayores de Quico, que ya han acabado las clases, otorga mayor variedad de temas a la trama. Incluso acelera la lectura de la obra (si bien estamos ante un libro de esos que se leen en dos o tres sentadas). La inocencia del pequeño marca muchas de sus acciones a lo largo de la novela. Si embargo, sus ansias de ser mayor le acercan a Juan, el más próximo a él en cuanto a edad. E incluso le llevan a querer formar parte de la educación de Cristina, que apenas cuenta con un año de edad. Eso sí, una de las partes más importantes de la trama es la que hace referencia al hecho de querer llamar la atención para reclamar el trono perdido con la llegada al mundo de la pequeña.
 
      Como buen descriptor de la realidad que fue el vallisoletano, aquí deja claros reflejos de la misma: el autoritarismo del cabeza de familia, la sumisión y el quemazón de una madre agobiada ante el hecho de tener que criar prácticamente sola (pese a disponer de la ayuda de sus tres sirvientas) a sus seis hijos, el despertar a la vida de los más mayores, las relaciones extra-matrimoniales como vía de escape a la triste realidad, la guerra en el norte de África, etc.
 
     En 1977 Antonio Mercero adaptó la novela al cine bajo el título "La guerra de papá", que fue interpretada por Lolo García, Teresa Gimpera y Vicente Parra, entre otros. Quizás muchos recuerden aquellas escenas en las que el pequeño y revoltoso Quico gritaba aquello de "mierda, cagao, culo". Pese a tener un gran éxito comercial en su día, basta una nueva revisión para pensar que está sacada del baúl de los recuerdos...