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viernes, 28 de agosto de 2026

Islandia. Manuel Vilas. Destino. 2026. Reseña

 




     Manuel Vilas es uno de los escritores españoles que más arriesga, que más se expone en cada una de sus novelas. Sobre todo, desde hace una década, cuando nos contó su historia familiar en la inolvidable Ordesa. Mira que servidor piensa de esta manera desde hace mucho tiempo ya, pero he de reconocer que Islandia, su última novela, me ha dejado sin palabras. ¿Cómo se escribe una reseña de una obra que te ha dejado perplejo, noqueado, mudo? Pues no es fácil, la verdad. La única manera que encuentro de hacerlo es reflexionar con hondura y aprovechar al máximo las notas que he ido tomando según leía. Divorciarse, no dar la noticia más que a los más allegados y decidir escribir un libro para lanzar a los cuatro vientos el origen, los motivos, los pasos seguidos por la pareja llegado ese duro momento es de una valentía tal que a uno se le ponen los pelos de punta. Islandia es muchas cosas, como ahora se verá, pero sobre todo es un sentido homenaje a una relación rota. A un amor inabarcable e inacabado.

    Una relación rota después de más de once años y de una frase descorazonadora, enterradora de ganas de vivir, destructora de voluntad y detonadora de un cataclismo personal que desencadena una gran depresión para quien la escucha: ya no estoy enamorada de ti. La frase, ya de por sí dura, se magnifica cuando es recibida apenas veinticuatro horas después de haber realizado el pago de un crucero a Islandia que cuesta un pastizal. ¿Quién da esa noticia justo en un momento que se supone ha de ser romántico y de felicidad plena? Pues Ada, la segunda esposa del protagonista de la novela -que no necesariamente ha de ser el Vilas persona en todas las situaciones, aunque es evidente que estamos ante la novela más autobiográfica, íntima y desesperada del autor-. Un Vilas que escribe para tratar de entender el porqué de la repentina y drástica decisión de su esposa. Una Ada que tiene muy claro que todo se ha acabado y que pretende divorciarse a lo nórdico, manteniendo la amistad por encima de todo.

    Argumenta Ada que se ha desenamorado porque su esposo es un gruñón -que siempre está de mal humor y depresivo- y alguien con quien es difícil compartir la vida. Reconoce sus propios defectos el narrador, que escribe en primera persona la primera parte de la novela -la más extensa, tres cuartas partes de la obra-, que lleva por título Ada y el adiós (largo lamento) y que, es cierto, por momentos se hace un poco largo -solo un poco, de verdad- y que en otros momentos está tocado por la varita mágica de un narrador magistral. Un narrador magistral que nos presenta a la vez una especie de espiral -va dando vueltas y vueltas sobre el centro de atención de la obra, la frase y sus consecuencias, intensificando los pensamientos, cada vez más repetitivos y negativos- y de caleidoscopio -ofreciendo en cada reflexión puntos de vista diferentes sobre los mismos temas que provocan que sus sentimientos y pensamientos cambien, llegando a dudar de sí mismo y haciendo dudar también al lector-. Todo ello, para ofrecernos una experiencia inolvidable sobre la complejidad de las relaciones humanas y sociales.

    En Islandia nos habla Vilas, sin ningún tipo de pudor -si lo hay, está muy bien disimulado-, de la intimidad de sus protagonistas. La narración de la segunda gran ruptura amorosa de la vida de nuestro protagonista nos adentra en la soledad, en la sensación de fracaso y de terror, en el sentimiento de devastación de quien se siente a la intemperie en un mundo tenebroso y mortificante. En la mente de alguien que, a sus sesenta y dos años de edad, reconociendo su vulgaridad inaceptable, manifiesta que necesita amar y ser amado y ser incapaz de olvidar todo lo bueno vivido durante esos once años de relación. Alguien que escribe la nota de defunción de su matrimonio con una mezcla de tristeza y gratitud hacia su mujer y hacia la vida misma. Una nota no exenta, por momentos, de despecho y reproches. No solo hacia la que ya es su ex mujer, sino hacia sí mismo: por las señales de anuncio no vistas, por convertirse en un cadáver ambulante sin dignidad ni confianza en sí mismo, por pasar de ateo convencido a mártir del amor, por abandonar su higiene y aseo, por haber permitido que el sexo apasionado del principio diera paso a la rutina y al desamor y por vivir en un tiovivo emocional que lo lleva a la culpa y a la depresión. A las pastillas y a la enfermedad.

    Islandia nos habla del adiós, de la pena, de la gran -ingente, enfermiza- cantidad de whatsapps y llamadas perpetradas a cualquier hora del día por el protagonista y desatendidas por una Ada que es consciente del daño ocasionado a su marido pero que, teniendo claro que ya no lo quiere, le tiende la mano en todo lo que puede. Obviamente no hasta el extremo de estar dispuesta a soportar una auténtica riada de mensajes diarios. Tantos que, a pesar de haber acordado vivir juntos de momento hasta la oficialización del divorcio a través del libro que él esta escribiendo, debe instar al narrador a comenzar a buscar una casa en donde vivir. Es lo que tiene dedicarse a dar la lata todo el santo día. Y también es algo normal, en una situación así, sentir que lo has perdido todo. Porque Ada todavía tiene a sus padres, que son su gran fortaleza, pero él perdió a los suyos y está solo. Ella era la parte fuerte de la relación: con apoyo familiar, dinero, casa y valentía. Él, en cambio, era la débil: depresivo, sin familia, sin casa propia y cobarde. O, al menos, así lo ve y lo siente él.

    Tras ese largo lamento, que ocupa casi trescientas páginas, llegan las tres partes finales de la novela. Unas cien páginas más. La segunda -Un hombre enamorado, que nos muestra la lucha contra el olvido, la infelicidad, la apatía, la tristeza, el odio y el abatimiento del protagonista, que llega a robar una camisa en unos grandes almacenes-, y la tercera -Islandia, que narra el crucero que metamorfosea la relación entre ellos-, están narradas ya en el clásico narrador omnisciente, en tercera persona; la última -Hechos futuros que nunca sucederán, que va combinando la primera y la tercera persona-, nos trae una especie de finales alternativos a través de los supuestos años que les quedan por vivir a ambos. No es de extrañar que el título de la novela sea Islandia. En esa tercera parte de la obra, que representa su último viaje juntos, la relación muta a amistad. Una amistad a través de la cual los protagonistas vuelven a confiar el uno en la otra. Vuelven las risas y las bromas, actúan como si fueran amigos -o hermanos-, se produce la transición hacia la nueva vida que los espera y el animal moribundo y solitario que era él se transforma en un hombre renacido a través de, entre otras cosas, su instinto de supervivencia.

    La novela no tiene, pues, un único final. Hechos futuros que nunca sucederán nos ofrece, como ha quedado escrito más arriba, posibles y diferentes finales. Unos mejores, otros peores. Porque la vida da tantas vueltas que uno no sabe dónde estará mañana. Como para atreverse a aventurar qué pasará dentro de veinte, treinta o cuarenta años, si es que seguimos vivos. Lo verdaderamente importante de la novela es la obcecación de Vilas por dejar testimonio, por escrito, del amor eterno que pretende profesar a su ya ex esposa. De que no caiga en el olvido nunca todo lo vivido durante esos once años. Porque ella ya no estará enamorada de él, pero él sí de ella. Y, aunque la relación pueda haber finalizado, él sigue dando gracias al universo por haber puesto en su vida a una mujer bondadosa a la que quizá tenga un poco idealizada pero que demuestra tener muy claras las ideas. Incluso la de seguir siendo amiga de su ex esposo a través de los años. Porque, desde el consenso, una decisión tan traumática como la de finalizar una relación no debería conllevar despecho, falta de respeto y odio. Islandia muestra que amar -aunque sea de una manera diferente- después de romperse el amor sí es posible.                   

     

miércoles, 10 de junio de 2026

Insolación. Emilia Pardo Bazán. Mondadori. 2000. Reseña

 




    Publicada por primera vez en 1889 y recibida con ferocidad por parte de la crítica y la sociedad de su época, Insolación, de la escritora, ensayista y periodista gallega Emilia Pardo Bazán, se ha ido revalorizando con el paso del tiempo. Su feminismo resultó transgresor y crítico con la doble moral decimonónica y fue objeto de comentarios y críticas durísimas, como la que recibió de Leopoldo Alas Clarín, que calificó a la obra como un lugar intermedio entre la obra artística y la pornográfica. Dicha calificación, viniendo de un autor tan anticlerical como fue el escritor de La regenta, evidencia el ambiente de mala, malísima acogida que hubieron de soportar tanto la novela como la propia autora. La mayoría de las críticas hicieron hincapié en la falta de decoro y en el exceso de libertad -rayando el libertinaje- de la protagonista. Lo cierto es que, leída en la actualidad, cuesta creer que se pueda aludir al desenfreno o a la falta de respeto hacia los demás por su parte, ya que se trata de alguien que se hace la cabeza trizas con tal de buscar la manera de hacer las cosas de la manera más recatada e invisible posible. 

    Asís Taboada, marquesa de Andrade y viuda del marqués desde hace dos años, vive una vida monótona y aburrida. Sale poco y siempre a casa de familiares y conocidos. Como a la tertulia general de la casa de la duquesa de Sahagún. Allí coincide, por ejemplo, con el comandante de artillería don Gabriel Pardo de la Lage, quien opina que los españoles son como animales y que en el país reinan las corridas de toros, las ferias, las fiestas y, en definitiva, la jarana y la pandereta. Es un personaje que se mantiene a la espera de que llegue el momento oportuno para pedir una relación formal a Asís. Un pretendiente, vamos. Uno de esos progresistas que defienden el feminismo siempre y cuando sus avances no los afecte a ellos directamente. Al final, cuando descubre que la protagonista tiene un romance con otro hombre, piensa en voz alta: me ha engañado la viuda... Yo que la creía una señora impecable... En fin, cosas que suceden en la vida: chascos que uno se lleva. Cuando pienso que a veces se me pasaba por la cabeza decirle algo formal...

    Ese otro hombre es Diego de Pacheco, un gaditano al que también conoce de las tertulias de la casa de la duquesa de Sahagún y que con su acento y su buen hacer con el sexo femenino encandila a la más pintada. Incluso a una marquesa que, tras siete años de matrimonio con su tío, mucho más mayor que ella, lleva dos años de viudez, tedio y multitud de convencionalismos. La presa perfecta, vaya, para alguien cuya mayor virtud en este mundo es saber trastornar la cabeza de las mujeres. Un hombre de quien hasta la propia protagonista piensa que es altanero, mequetrefe, inútil, tarambana e insoportable. No obstante, su gracia, salero y desparpajo la hacen sentir una creciente curiosidad hacia él. Y, claro, la curiosidad mató al gato, en este caso, a la marquesa de Andrade. Una mujer viuda, rica, libre, bella, alma serena, una perita en dulce en un mundo pícaro que hace de ella una mujer deseable en todos los sentidos de la palabra.

    La contraposición en los comportamientos y las actuaciones de los dos pretendientes de Asís -uno, más mayor y con la vida económicamente resuelta; el otro, un joven vivalavirgen sin oficio ni beneficio- es uno de los puntos fuertes de la novela. Pero no el único. El estudio psicológico de los tres protagonistas principales roza el estudio espiritualista, incluyendo sus propios pensamientos y maquinaciones, especialmente en los casos de Gabriel y Asís. Sin embargo, el punto fuerte, el elemento central y básico de la obra es el retrato psicológico de la propia Asís y de la sociedad y de la ciudad de Madrid -sus calles, palacios, parques, merenderos, iglesias y ermitas-, que se convierte en un personaje más de la novela. Asís siente curiosidad y detesta a la vez al gaditano. Ansía verlo, pero trata de rehuir sus citas, algo que no puede evitar. Le resulta un hombre irresistible. Y, como último recurso, cuando se siente ya flaquear y estar a punto de caer rendida ante él, decide adelantar su regreso a su Vigo natal, donde pasa todos los veranos. Huir a Vigo es su única salida antes de sucumbir definitivamente.

    La acción de la novela comienza in media res, es decir, en la mitad de la historia, cuando Asís y Pacheco ya se han conocido y han pasado juntos el día de la romería de San Isidro. Cuando una copiosa comida en un merendero cerca de la ermita de San Isidro le provoca una insolación que en realidad es una enorme mareo provocado a su vez por una fuerte resaca a causa de los licores que han acompañado a la comida. Durante esa noche se ha sentido como si fuera en un barco, sufriendo una modorra invencible. Considera al gaditano el gran culpable de lo sucedido. Decide remediar el daño sufrido y dejar de lado a su acompañante, del que opina que es un pillo. Siente un gran remordimiento y una gran culpabilidad por lo ocurrido durante esa noche. Una noche en la que realmente no ha sucedido nada grave a ojos de la actualidad, pero sí a los de finales del siglo XIX. Unos ojos que no veían de igual manera una borrachera de un hombre que una simple resaca en una mujer.

    En efecto, Pacheco es un tipo calculador, un embaucador. Pero no es menos cierto que Asís es una chica joven, caprichosa y malcriada que todavía no ha vivido lo que a una chica de su edad correspondería haber vivido. Su matrimonio con un señor que le doblaba la edad -y más-, los siete años pasados junto a él y los dos que lleva de viuda la han obligado a vivir una vida diferente de la esperada. Su alta posición social ha propiciado que tampoco haya tenido que trabajar. Conoce muy poco o casa nada de la vida. Y ello la hace propicia a caer en las redes de cualquier ser aprovechado y malintencionado. A lo cual hay que añadir la curiosidad que siente hacia alguien absolutamente diferente al resto de personas que se mueven en sus estrechos e inamovibles círculos sociales. En definitiva, que en la vida todo pasa por algo. Y estaba escrito que a ella le iba a ocurrir lo que le ocurre. Por ejemplo, en las páginas de una novela de Emilia Pardo Bazán.

    Digo esto último por la correspondencia final que la también escritora Ángeles de Irisarri envía a la protagonista de la novela más de cien años después del desarrollo de esta historia. Una carta demoledora, mucho más feminista -los tiempos han cambiado mucho, y en este aspecto, para bien- que la propia obra de Pardo Bazán y que reprende a la joven por su forma de actuar a lo largo de la novela. Esta carta no aparece en todas las ediciones de la obra -obviamente, tampoco en la original-, pero merece la pena leerla. Completa y complementa muchas de las acciones y decisiones descritas en la obra. Critica en algunos aspectos a la autora, pero (sobre todo) avisa a la protagonista de lo que está por venir en su vida a tenor de la decisión tomada en las últimas páginas de la novela. Ruego encarecidamente que el lector busque esta misiva final en cualquier otra edición si la que posee no la incluye. No tiene desperdicio alguno. Como tampoco la tienen Insolación y la propia autora. Autora de la que servidor leerá, Dios mediante, más obras.                  

  

miércoles, 20 de mayo de 2026

Hambre de gloria. Víctor Fernández Correas. Edhasa. 2024. Reseña

 




    Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba, fue el mejor general de la Historia de España. Venerado e idolatrado por muchos y criticado a ultranza por otros, consiguió grandes victorias y logros diplomáticos para los reyes a los que sirvió: Carlos V y Felipe II. Fue clave en la victoria contra los protestantes alemanes, la defensa de Italia ante el Papa Paulo IV, el sofoco de la rebelión de Flandes y la conquista de Portugal para el Imperio español. Figura polémica donde las haya, cumplió a rajatabla los órdenes recibidas por parte de sus reyes, incluso cuando no era de la misma opinión que ellos o éstas iban en contra de sus propios intereses. Un personaje de nuestra Historia, sin duda, valeroso, insaciable, leal y con un alto sentido del honor. Según otros, un verdadero criminal sin escrúpulos. En ambos casos, un hombre sediento de reconocimiento y de gloria. Un hombre que, en sus últimos tiempos, solo quería retirarse a Alba de Tormes y descansar en paz junto a sus seres queridos.

    Víctor Fernández Correas sigue recorriendo la Historia de los Austrias -ya retratada con creciente maestría en La conspiración de Yuste. Hay que matar a Carlos V (La Esfera de los Libros, 2008) y en Mulhberg (Edhasa, 2022)- en Hambre de gloria (Edhasa, 2024). Carlos V y el duque de Alba son sus personajes preferidos. Y demuestra conocerlos muy bien. No solo militarmente. También en el aspecto más personal y humano. Así, en su última obra recorre los últimos dos años de vida del general más importante del Imperio español. Un general que se siente cansado, doliente y casi acabado en lo físico, pero que mantiene intactos su firme compromiso con su majestad Felipe II y con el Imperio y una capacidad analítica, militar y diplomática dignas de mención. Un hombre que siente que su cuerpo no responde a su mente. Una mente todavía privilegiada y ampliamente capacitada para conseguir para su rey su última encomienda: la conquista del reino de Portugal.

    Hambre de gloria es una divertida novela histórica y de aventuras con varias tramas y sub tramas que convergen en diferentes puntos de la narración. A través de todas ellas, a modo de puzzle, Víctor Fernández Correas refleja con todo detalle la sociedad del siglo XVI. Uno de los más convulsos de la Historia de la Humanidad. Y, como punto central, la campaña de 1580 para incorporar los territorios portugueses a un Imperio en el que nunca se ponía el sol. Una campaña dirigida por el duque de Alba, secundado por su hijo bastardo Hernando, el que más se le parece de todos sus hijos; su maestre de campo, Sancho Dávila; y el capitán general del Mar Océano, Álvaro de Bazán, el marqués de Santa Cruz. Estrategias, reuniones, órdenes y escala de mandos descritos con minuciosidad. El punto fuerte de la novela desde el punto de vista político y militar. Pero la novela es mucho más. Y, desde otros puntos de vista, contiene tramas más sugerentes en lo literario.

    La parte familiar de la vida del duque de Alba compone una sub trama interesante. Amaba a su esposa, pero su sentido del deber y del honor lo llevó a aceptar la encomienda de Felipe II. Incluso negándose a sí mismo el derecho a acabar sus días en paz, en sus propiedades, y junto a su esposa. Precisamente la familia está también en la base de otra sub trama que resulta más que interesante. El enfrentamiento entre la casa de Alba y la de Mendoza conlleva que la Princesa de Éboli, caída en desgracia y encarcelada por Felipe II, trate de sabotear la campaña portuguesa para perjudicar al duque. Así, se hace valer de una serie de personajes -no todos indignos, por cierto- para hacer caer en desgracia también al general. Así, las conspiraciones, las intrigas y las traiciones están también presentes entre los personajes de la novela. Unos personajes que, en no pocas ocasiones, no son lo que parecen. Y que deben actuar con mucha sangre fría para no ser descubiertos y cumplir sus objetivos.

    Y, siguiendo con el aspecto familiar, pero esta vez de Felipe II, encontramos el origen del conflicto sucesorio portugués tras la muerte sin descendencia del monarca Enrique I. Tanto Felipe como Antonio, prior de Crato, primos carnales y nietos de Manuel I de Portugal, reclamaron sus derechos sucesorios. Antonio consiguió el apoyo del pueblo llano, se auto proclamó rey y se atrincheró en Lisboa, consiguiendo para su defensa contra las huestes del duque de Alba un ejército extenso pero muy mal preparado. Apoyado por Fernando y Diego de Meneses y Enrique Simoes, se hizo fuerte a los alrededores de Alcántara, cerca de la capital portuguesa. La mayor parte de los componentes de sus fuerzas eran esclavos llegados desde distintos lugares de África. Como el joven Ebou, procedente de la isla senegalesa de Gorea, un pobre ser inocente víctima de un sistema de trata de esclavos que lo lleva a Portugal junto a Nyima, el amor de su vida.

    Hambre de gloria es también una novela de contrastes. De semejanzas -o semejantes- y también de antagonismos -y antagonistas-. Así, el soldado portugués Cristóbal Freire se muestra diferente de los soldados españoles -Ginés Méndez, Rodrigo de Cervantes, o Íñigo Sánchez-. Los españoles no discuten órdenes y luchan por su rey. Por contra, el portugués, conocedor de la figura del prior de Crato, lucha por sus principios y por sus paisanos, enfrentando en numerosas ocasiones los mandatos de su auto proclamado rey. La venganza toma un papel importante en la trama de la novela. También el honor, la lealtad -a un rey, a un general, a un pueblo-, la gratitud -como la que le profesa Íñigo Sánchez a cierto manco que en la batalla de Lepanto perdió el brazo por salvarle a él la vida- y el amor -el que florece entre Ebou y Nyima-. Por descontado, también aparecen en la novela los valores y los principios -y, por contra, la carencia de estos-. Sin olvidar que el paso del tiempo y los hechos vividos pueden hacer cambiar la forma de actuar de cada uno de los personajes. 

    La novela discurre entre las cartas del duque de Alba a Felipe II, en las que lo pone al día de los avatares de la campaña; los versos del añorado poeta y militar toledano Garcilaso de La Vega, gran devoción del duque; el continuo desfile de toda clase de personajes, algunos reales y otros ficticios; los deseos por parte del monarca de que la conquista se desarrolle sin excesos, saqueos, pillajes ni asesinatos, más allá de lo imprescindible; las ansias por parte de los soldados de cometer toda clase de maldades, físicas y de carácter económico; los esfuerzos por parte del duque de frustrar esas ansias de sus soldados pero a la vez dejando que saquen algo en claro de la campaña; las continuas referencias a Miguel de Cervantes, a sus desvelos en el cautiverio de Argel y a su deseo de dedicarse a contar historias que sobrevivan siglos después de su existencia en esta tierra; y los repetidos guiños culturales -literarios, musicales, etc- de tiempos posteriores -muchos, actuales- que provocan la sonrisa de un lector que, terminada esta novela, espera desde ya la pronta publicación de la nueva obra de un autor muy a tener en cuenta.                                

       

lunes, 27 de abril de 2026

Coloquio de invierno. Luis Landero. Tusquets. 2026. Reseña

 




    En enero de 2021, justo después de las fiestas navideñas, la tormenta de nieve Filomena provocó el caos en buena parte de nuestro país. Se vieron afectadas las comunicaciones de todo tipo y mucha gente quedó aislada en pueblos, ciudades y barrios durante horas o días. Esta situación real ha sido aprovechada por Luis Landero para crear una serie de personajes ficticios e hilar una novela de relatos original, fresca, entretenida y reflexiva. Como suele ocurrir con todas sus novelas, dicho sea de paso. Coloquio de invierno nos sitúa en un hotel rural de un lugar indeterminado entre los días ocho y once de aquel extraño mes de enero de hace cinco años. Allí, se ven atrapados, sin cobertura ni conexiones, pero con víveres, los hosteleros, Jimena y Eladio, un militar, Víctor Marín, un periodista aspirante a escritor, Tomás Guerrero, un médico, Santos León, un profesor multi disciplinar, Martín Marcilla, un empleado de ferrocarriles ya jubilado, Ginés Orozco, una librera, Adela Pastor, y una profesora de Filosofía, Nuria Soler, compañera de Adela. Nueve personas diferentes que se ven obligadas a compartir experiencias. 

    Sin móviles ni conexión a internet, sin televisión y sin poder salir a un exterior que de repente se ha vuelto hostil, deben entretenerse de cualquier manera. Evocan tiempos antiguos en los que la gente vivía sin todas esas comodidades. Tiempos en los que esas personas se comunicaban y hablaban más que las de ahora. Y Santos, el médico, propone vencer el tedio contándose unos a otros historias, cosas que nos hayan pasado a nosotros, o que hayamos oído, o que nos inventemos. Algunos más entusiasmados que otros -varios de ellos creen que no tienen nada interesante que contar, pero los demás los convencen de que todos han vivido o escuchado situaciones que sí son dignas de ser contadas-, todos acceden al fin. Es así como comienza el relato de varias historias. Relatos que vienen acompañados de preguntas, interrupciones, acotaciones, correcciones y reflexiones y que, en definitiva, dan comienzo a un coloquio enriquecedor para todos. Porque quien narra se encuentra con puntos de vista diferentes al propio. Con visiones alternativas a las expuestas en un principio.

    Como consecuencia de ese rico coloquio los protagonistas se conocen mejor entre sí, e incluso a sí mismos. El hecho de no conocerse de nada y de saber que jamás volverán a verse en el futuro les hace abrirse a sus compañeros de alojamiento rural como no lo han hecho nunca antes en sus círculos más cercanos. Y esa es una de las paradojas de la novela: los personajes no se atacan entre sí tras escuchar las confesiones de los otros -algunas de las cuales pueden llegar hasta a escandalizar- sino que empatizan y tratan de ayudarse mutuamente. Lo cual recuerda a esas terapias en las que el terapeuta reúne en un lugar determinado y durante un fin de semana a pacientes suyos que no se conocen de nada para que interactúen entre ellos y expongan sus conflictos internos con la finalidad de que se ayuden unos a los otros. Porque el coloquio, más allá de un mero entretenimiento, se convierte también, con el paso de las horas y de los días, en una especie de terapia colectiva entre desconocidos.

    Y es que la mayoría de nosotros arrastramos traumas y hemos afrontado o afrontamos en la actualidad situaciones complicadas en nuestras vidas que nos quitan el sueño -y quien no las tenga o haya tenido, una de dos: o miente como un bellaco o debe prepararse, porque las tendrá antes o después-. Así, tanto la novela como los relatos que la forman tratan sobre temas tan problemáticos -por ambiguos- como el amor, la libertad, el sentimiento de culpa, los traumas de la niñez o de la adolescencia y esos momentos -mínimos aconteceres, grietas o fisuras- que de repente nos cambian la vida o provocan que nos la planteemos de manera diferente. Porque, ¿en qué consisten en realidad el amor o la libertad?, ¿de dónde viene nuestro sentido de culpabilidad?, ¿porqué el azar marca nuestro destino, muy a menudo, más incluso que nuestras decisiones?, ¿por qué algunos fenómenos nos traumatizan y otros, quizá más graves en apariencia, no? En efecto, Landero nos hace reflexionar sobre un gran número de temas.  

    Como reconoce Santos el último día del encierro forzado, hacia el final de la novela, sin ponernos de acuerdo, todas las historias que hemos contado, sean o no de amor -muchas de ellas sí tratan sobre ello-, tratan de lo mismo, de la entrecana zona media y de cómo la vida está hecha de momentos, momentos creativos y momentos en que, de pronto, todo lo que se había logrado con tanta ilusión y tanto esfuerzo se desbarata en un instante. El encuentro con una vieja maga, la pérdida de un mechero o la aparición de un perro, una mirada maliciosa, unas palabras a destiempo... Esta es nuestra biografía, la historia de unos cuantos momentos de revelación, como los raptos de los místicos o la inspiración de los poetas. Y todas esas historias están narradas como una especie de homenaje a las Novelas ejemplares de Cervantes -por sus enredos amorosos y por su realismo-costumbrismo- o al Decamerón de Boccaccio -por la longitud de las historias y por la multiplicidad de sus narradores-.     

    A través de los relatos que narran los protagonistas de esta novela Landero expone algunos de los grandes misterios de la condición humana. Pocos escritores saben presentar y desentrañar dichos misterios como el de Alburquerque (Badajoz). En la España actual, quizá, solo él, Manuel Vilas, Fernando Aramburu, Jesús Carrasco o Víctor del Árbol son capaces de diseccionar las almas de sus protagonistas. Tanto que uno puede llegar a pensar de ellos que más que escritores son cirujanos de almas -haciendo bueno el título de la novela de otro Luis, Zueco-. Así, lo que se supone que es la libertad para Nuria, profesora de Filosofía, puede saltar por los aires tras escuchar el relato de Tomás, el periodista aspirante a escritor. Y es que casi todo depende del punto de vista desde el que se mire algo, en este caso, un concepto. Y nunca está de más recibir un punto de vista diferente al propio. Porque complementa el nuestro, reforzándolo, diversificándolo o incluso cambiándolo.

    Es probable que el tema que más controversia cree en nuestras vidas sea el del amor. Y casi todas las historias narradas en Coloquio de invierno nos hablan de él. De él y de su reverso: el odio. No en vano, según muchos, son los motores del mundo. Para bien, o para mal. También en esta novela el amor se nos presenta de muchas maneras: el platónico sin llegar a más, ni sexual ni relacional; el obsesivo, con sus altibajos y sus dudas; el incondicional, sin esperar nada más a cambio; el lúdico o de flirteo, sin desear en realidad llegar a más -por miedo a las ataduras o porque nos impida poder seguir jugando al juego de la seducción; el apasionado, con mucho sexo y lujuria; y el desamor e incluso el odio, con todo lo pernicioso que este implica. En fin, no podemos vivir sin amor. Sin amar y ser amados. Aunque hay quienes en lugar de amar a una persona deciden, en pleno uso de su libertad, amar a un perro o a cualquier otro animal de compañía. Que para eso la condición humana es muy rica y diversa.   

          


lunes, 14 de abril de 2025

A través de los ojos. Andrés Suárez. Aguilar. 2021. Reseña

 




    El cantautor de Pantín Andrés Suárez (1983) escribió A través de tus ojos durante los peores meses de la pandemia. Pero no, no se trata de un diario de pandemia. La casualidad quiso que el covid-19 irrumpiera en nuestras vidas justo cuando el bueno de Andrés había comenzado a escribir este libro de recuerdos, estampas y pequeñas historias. Reconoce en sus primeras páginas que no entraba en mis planes, pero nos asoló un tsunami y alguna referencia habela haila. La cuestión es que pasó lo que pasó y admite que no se me ocurre mejor motivo que publicarlos (los textos) a modo de lacónico homenaje de vida. Y es cierto. Porque, aunque el desamor ocupa buena parte de las letras de sus canciones y también de estos escritos, la pasión que le pone a todo lo que hace -componer, cantar, interpretar y escribir- convierte a su obra en un canto a la vida. En toda su expresión: amistad, solidaridad, infancia, inocencia, naturaleza, animales domésticos, plantas y flores. Andrés ama. Y amar es vida. Pura y dura.

    Tras el enorme éxito de sus más recientes discos, sus conciertos multitudinarios -llenando varias veces recintos como el Wizink Center madrileño- y la publicación de su anterior libro, Más allá de mis canciones (2017), también reseñado en este mismo blog, A través de los ojos (2021) supuso un paso más en ese abrirse en canal ante sus fans y ante él mismo. A lo largo de sus páginas reconoce algunos de sus errores del pasado. Por ejemplo, no haberse cuidado mucho durante su etapa universitaria en Santiago, haberse comportado como un cabrón con una de sus ex de aquella época o haberse enamorado de quien no debía. Andrés se sincera. Y la sinceridad se aprecia cada vez más en un mundo cada vez más falso e hipócrita. Algo de lo que él mismo se queja constantemente a través de estos escritos. Unos escritos en los que critica, con mayor o menor dureza pero siempre desde la empatía y a veces desde la mirada de otros, determinados aspectos de una sociedad que parece no entender. 

    Sus orígenes rurales, campestres y costeros -y a mucha honra- salpican las letras de sus canciones y también estos textos. Pese a que confiesa amar Madrid y estar cada vez más a gusto en Torrelodones, son constantes las referencias a Pantín y su playa -de allí son las fotos de las portadas de Más allá de mis canciones y de Todavía más allá de mis canciones, su nuevo libro, recién salido del horno editorial-, Cedeira, Baleo, Santiago y Ferrol. Ya sabemos que los gallegos que no viven en Galicia padecen una enfermedad crónica llamada morriña. Andrés es uno de ellos, por supuesto. Y lo demuestra en todo lo que hace. Nunca dejes de cantarle a los rosales ni a las mujeres que te lo pidan, recuerda que le dijo su abuelo. Así lo hice, abuelo. Vaya si lo hice, pues no me fío de un alma que no atiende a sus rosales antes que a cualquier otra cosa. Algo que ya cantó, entre emocionados susurros, en su magnífico tema Rosa y Manuel. 

    Como lector, me gustan los libros de escritores valientes -Vilas, Landero, Aramburu- que se desnudan en las páginas de sus libros. Puedes conocer aspectos de sus vidas. Y, algo más interesante todavía, los orígenes de sus obras. En el caso de Suárez, de sus canciones. Ocurre con sus tres libros. También en este. Y es que al lector no le cuesta mucho reconocer en algunos escritos referencias -a veces más veladas, otras menos- a sus canciones. Sin embargo, en A través de los ojos, va un paso más allá. Nos cuenta lo que supone hacerse mayor. Cada vez se muere más gente y ya no sé si es que me hago mayor o si es que hice algo mal. Como cuando habla de la que fue la persona más importante de mi infancia y a la que tanto, tanto quise, un neno que conocí donde y cuando se conoce a los amigos: en verano, en la playa. Un niño que ya debe ser adulto, como él, y del que no ha vuelto a saber nada en treinta años. Eso es hacerse mayor: perder, de unas maneras u otras, a las personas queridas.    

    En las páginas de A través de los ojos encontramos la nostalgia de una infancia y una juventud ya dejadas atrás ante la adultez; la melancolía hacia esa Galicia tan querida a la que no puede retornar a causa del covid -mi patria es un folio en blanco con el nombre de mis padres, mis abuelos, mis hermanos, mis amigos-; la constante pérdida de seres queridos -su abuelo y algunos amigos de juventud y un Aute del que ya no habrá una nueva canción-; la incertidumbre vivida en un monótono mes de abril ante una pandemia que no se sabía cómo iba a acabar -pido perdón a quien corresponda si en algún momento de lo que conocimos como antigua realidad le herí. Puede que este sea el final, quién sabe. Debo irme en paz-; la extrema soledad -la del artista tras bajarse del escenario después de cada concierto y la de la persona que debe pasar una pandemia en solitario-, y el agradecimiento -me ha tocado pasarlo solo y resulta que las tres Marías (a saber, la educación física, la música y la religión) de la educación me están salvando el cuerpo y la mente-. Pero no solo eso.

    Además, aparecen también la nobleza animal de sus perros, Bala y Boss; constantes referencias a sus antiguos amores -como Nina y Rúa Xelmírez (¡hay que tener valor para citarlas por su nombre y hasta su apellido!)-; y críticas a quienes causan las guerras, a la hipocresía de quienes están en contra de la llegada de pateras y al acogimiento de los MENAS, a la frágil memoria y a la desmemoria, a la maldad y la cobardía en las redes sociales, a la envidia de quien deja de hablarle a uno porque ha alcanzado el éxito -haciéndole pagar el IRE: impuesto revolucionario de la envidia-, a la pérdida o ruptura de las viejas amistades a causa de discusiones políticas -esa maldita puerta que no debería abrirse jamás-, a ese asqueroso patriotismo basado únicamente en banderas de España por doquier, y a una sociedad que aplaude a los sanitarios pero que se muestra egoísta y antisocial pensando solo en una libertad basada en SUS vacaciones, SU puente, SU dinero, SUS planes frustrados y SU vida. 

    Con una mirada siempre lúcida, Andrés nos escribe, en relación a lo anterior, que tengo una horrible sensación: la de que no hayamos aprendido nada con esto. No es que me rinda, nunca lo he hecho, pero no estoy seguro de si realmente vamos a ser mejores personas después de esto. Escucho a pocos hablar de cómo podemos ayudar entre todos, del agotamiento de los sanitarios, de en qué hemos fallado. Ni en esto estamos juntos, así que tal vez salgamos distanciados, divididos. Es horrible. No obstante, cuando acaba uno de leer A través de los ojos no puede evitar sentirse mínimamente optimista. Quizá sean precisamente esa tres Marías de la educación las que, con ayuda de ciertos personajes públicos valientes, más si cabe si son gentes de cultura, como el propio Andrés -desde luego, no creo que sean nuestros nada desinteresados políticos-, puedan volver a unirnos como sociedad. Por eso son necesarios los libros como este. Libros en los que el autor no solo se desnuda a sí mismo, sino que también desnuda al lector. Un lector que no tiene más remedio que reaccionar ante lo que le muestra el espejo que aparece reflejado a través de sus ojos. Por eso: mil gracias, Andrés.                       

  

miércoles, 12 de marzo de 2025

Desde la sombra. Juan José Millás. Seix Barral. 2016. Reseña

 




    El escritor valenciano-madrileño Juan José Millás publicó en 2016 la novela breve Desde la sombra, una obra que bien podría calificarse como tragicomedia puesto que alterna momentos cómicos y dramáticos. El autor hace gala de su experta maestría literaria al colarle al lector una historia inverosímil que, sin embargo, lo atrapa de principio a fin. Y eso que el protagonista principal, Damián Lobo, es un caso clínico de manual. Traumatizado desde su niñez, ha vivido junto a su padre y su hermana adoptiva, una niña china dos años mayor que él con la que mantuvo una relación afectivo-casi-sexual que biológicamente no puede ser definida como incestuosa pero sí como mínimo como extraña. Más allá de sus escarceos con su hermana, jamás ha tenido una relación con ninguna mujer. Desde los dieciséis años ha trabajado como técnico de mantenimiento en una empresa en la que cada vez había menos cosas que mantener. Hasta que, después de veinticinco años, la empresa lo despidió tan solo unas semanas atrás.

    Damián es un cuarentón solitario que solo vivía para trabajar. Sin trabajo, confundido, hundido y perdido, comete un pequeño hurto en un mercadillo de antigüedades y, perseguido por un vigilante de seguridad, se esconde dentro de un viejo armario. En una escena que recuerda a la famosísima película de Antonio Mercero -La cabina- en la que José Luis López Vázquez queda atrapado, Damián debe permanecer escondido dentro del armario, que acaba de ser vendido y es trasladado a un domicilio de las afueras de Madrid. Domicilio en el que vive Lucía, nieta de los antiguos dueños del armario, que lo recupera tras ese encuentro casual. ¿Cómo sabe Lucía que ese es el armario de su niñez? Pues porque todavía mantiene en uno de sus laterales las inscripciones con su nombre y el de su hermano Jorge, fallecido a los siete años de edad. Un armario en el que ambos habían jugado durante los años compartidos más de treinta años atrás.

    La cuestión es que Damián queda atrapado en el armario, situado en el dormitorio principal del matrimonio que forman Lucía y Fede, quienes viven junto a su hija de dieciséis años, María. Cuando lo lógico sería huir a las primeras de cambio, Damián, movido por el aburrimiento de su vida cotidiana y atraído por el poder que otorga ver sin ser visto, se queda a vivir en el armario. Un armario que, situado justo delante de uno empotrado que queda anulado, es el escondite perfecto para un técnico de mantenimiento al que no le cuesta nada sacar el chapado posterior del armario y montarse una pequeña pero cómoda estancia en el armario empotrado. Poco a poco, cuando se queda solo, sale a pasear por la casa, desayuna, se ducha, se afeita, limpia los platos, ordena las estancias, hace las camas y realiza el resto de las tareas domésticas del hogar. Fede y María, acostumbrados a que ella se ocupe de todo, no parecen enterarse de lo sucedido. Lucía, atraída desde siempre por lo sobrenatural y lo paranormal y convencida de que se trata de la presencia de un fantasma, probablemente el de su hermano fallecido, lo da todo por bueno y sigue viviendo su vida como si tal cosa.

    Como he indicado más arriba, la acción de la novela parte de hechos increíbles, inverosímiles. No obstante, Millás nos los narra y expone de tal manera que acabamos dándolos por reales y, en lugar de abandonar la lectura, tomamos el libro y devoramos sus páginas. Unas páginas que diseccionan la vida cotidiana familiar, la de cada uno de sus miembros y la mente enferma de un joven reconvertido en un fantasma bienhechor. Porque lo que está haciendo, pese a no ser ni medio normal, tampoco puede ser calificado como malo. Puede que sea incorrecto, ilegal, anormal, amoral -pónganse aquí mil y un adjetivos-, pero no es malo. Hace la vida de Lucía más fácil y llevadera. Básicamente porque la de su anfitriona es una existencia vacía y desmotivada. Trabaja como una mula, dentro y fuera de la casa, se ocupa de su hija casi en solitario y mantiene con Fede una relación rutinaria, sin casi comunicación ni sexo. La llegada, junto al armario, de esa extraña pero agradable presencia la hace sentir tan bien que decide mantenerla en secreto. Guardarla para sí misma. Porque constituye un aliciente para seguir adelante.

    Damián, por lo visto, sufre una enfermedad mental que se verá acrecentada con el encierro y el apartamiento de la realidad. Se siente como una morena, que se mimetiza con el paisaje. O como una araña, que desde una esquina a la que nadie prestaba atención controlaba, protegida por la tela, los movimientos del universo. Si ya estaba un tanto perturbado al principio de la historia -había creado un personaje ficticio, Sergio O´Kane, una construcción mental que Damián utilizaba para hablar consigo mismo-, su estado irá empeorando. Tanto que acaba por desplazar de su mente a O´Kane, en su imaginación, un famoso presentador de televisión basura con la mayor audiencia del país, para sustituirlo por un Iñaki Gabilondo convertido en protagonista secundario de la novela. Un Iñaki que, tras aportar un poco de luz y esperanzas a base de mordacidad, reflexión e integridad, será a su vez sustituido por un tal Iñaki O´Kane, un híbrido, una especie mezcla de ambos presentadores. Vamos, una bomba de relojería. 

    Sea como sea, Damián se siente, por primera vez en su vida, respetado, importante, útil. Y poco a poco comprobará de todo lo que es capaz de hacer al sentirse por fin vivo. Así lo resume el Millás narrador en estas magníficas líneas: recordó a Sergio O´Kane, y a Iñaki Gabilondo, así como la fama más o menos banal que cada uno le había proporcionado, y pensó en la notoriedad de la que disfrutaba ahora como Mayordomo Fantasma. Una fama de la que su beneficiario permanecía ausente. Dios era quizá el ser más famoso del universo sin que nadie, jamás, con la excepción de algún trastornado, lo hubiera visto. Eso era el poder, la capacidad de actuar desde la sombra. De ese poder otorgado por el escondite inexpugnable, de esa capacidad de acción desde un anonimato protegido por Lucía, quien sustituye a la hermana de Damián en las fantasías sexuales de éste, surge la parte trágica de la novela. Porque el poder corrompe. Sobre todo cuando quien lo ejerce no está en sus cabales.

    Todas las historias de amor son historias de fantasmas. La cita pertenece a David Foster Wallace -el Kurt Cobain de la música o el James Dean del cine-, escritor fallecido en 2008. La utiliza Millás como cabecera en esta novela. Y no es una cita cualquiera. Le viene al pelo a Desde la sombra. Porque poco a poco Damián se enamora de Lucía. Y llega un momento en el que está dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de protegerla. Y es ese cualquier cosa lo que nos conduce a un final de historia de esos que nos deja boquiabiertos y nos hace reflexionar. Incluso sobre algo tan complejo como los límites de la locura. Porque, ¿quién se atreve a asegurar dónde termina la cordura y comienza la locura? ¿Cuál es el lugar exacto en el que se pasa de una cosa a la otra? Y, más todavía: ¿justifica la locura una acción horrible que evita otra acción igual de horrible? Quizá el lector encuentre algunas respuestas a estas preguntas en esta novela. 

    Desde la sombra fue adaptada a la gran pantalla en 2022 de la mano del director Félix Viscarret (Bajo las estrellas, Una vida no tan simple y la miniserie Patria). Interpretada de forma magistral por Paco León (Damián), Leonor Watling (Lucía) y Álex Brendemühl (Fede), el título de la película fue No mires a los ojos, en referencia a la famosa canción de Golpes Bajos. Su guión, de David Muñoz y el propio Viscarret, fue nominado a los Premios Goya como Mejor Guión Adaptado. Algo que no debe extrañar, pues el film hace justicia a la novela. En ambos formatos, la historia atrapa, conmueve, impacta y hace reflexionar sobre una gran diversidad de temas. Y lo mejor de todo es que, combinadas, dan para una tarde-noche la mar de entretenida.                           



miércoles, 12 de febrero de 2025

Blitz. David Trueba. Anagrama. 2015. Reseña

 




    En febrero de 2015, hace exactamente diez años, la editorial Anagrama lanzó la novela Blitz -en alemán, Relámpago- del periodista, escritor, guionista y director de cine madrileño David Trueba. Una obra corta -166 páginas- sobre el complejo mundo de las relaciones y la farragosa lucha, a veces eterna y a menudo estéril, por alcanzar el éxito profesional. Hace una década Trueba ya había cosechado grandes éxitos editoriales -su novela Saber perder fue premiada con el Premio Nacional de la Crítica en 2008- y cinematográficos -con Vivir es fácil con los ojos cerrados había ganado en 2013 los Premios Goya a la mejor película, a la mejor dirección y al mejor guion, y ya había dirigido también Soldados de Salamina en 2003 y escrito el guion de La niña de tus ojos en 1998-, así que ya era muy conocido y todos sus diferentes trabajos eran muy esperados. Blitz fue, por tanto, muy bien acogida, tanto por la crítica como por los lectores.

    En la novela, que se desarrolla casi por completo en Múnich, Beto nos narra, en primera persona, una historia de naufragio personal, profesional y sentimental. El joven, de treinta y pocos años de edad, un arquitecto paisajista que acude a la capital bávara para concursar en un congreso internacional con un innovador proyecto de jardín decorado con bonitos relojes de arena, se verá envuelto, de repente, en una crisis personal global de la que no es capaz de encontrar una salida. A no ser que la solución pase por un cambio radical de vida. Marta, su pareja y compañera de proyecto, le envía por accidente un mensaje al móvil -aún no le he dicho nada. me cuesta tanto. uff. tq- que en realidad iba dirigido a su ex pareja, un cantautor uruguayo con el que salió años atrás y al que nunca acabó de olvidar. Le confiesa que ha reanudado su relación con él y que piensa volver a intentarlo de nuevo. Beto se ve solo en Múnich. Y también en la vida. 

    La novela se compone de doce capítulos -los cuales llevan por título los meses del año-, aunque es el primero -enero-, el que se desarrolla en Alemania, el que ocupa tres cuartas partes de la narración. En las apenas cuarenta y ocho horas que transcurren en Múnich desde que Marta regresa a Madrid y Beto decide quedarse unos días más allí al joven le ocurren una serie de catastróficas desdichas que por momentos convierten el drama en una comicidad que en algunas ocasiones es graciosa y en otras roza lo grotesco: Beto se queda sin hotel, vagando por la ciudad con una maleta tan pesada como incómoda de llevar, sin dinero para una nueva reserva de avión ni para buscar acogida en un nuevo hotel, con un móvil nuevo (el viejo queda inservible tras un pequeño incidente) que parece que se queda sin batería y, obviamente, sin conocer el idioma hablado por quienes lo rodean. Así, se ve solo, desamparado y con ganas de morir como único remedio a la acumulación de sus males.

    Marta había sido la luz de mis días, la fuerza para sostenerme en actividad y pelear por los proyectos. Era la expresión de mi suerte y con ella al lado me sentía invencible y afortunado. Fue mi exilio, mi país de acogida. Pero ahora me quedaba fuera del sistema solar, sin brújula, a la deriva, en proceso de congelación sin un calor que salvara, nos confiesa el protagonista de la historia. Y, a las palabras de Marta -te juro que el pasado estaba olvidado, Beto, superado. Él (el cantautor uruguayo) es ahora una persona nueva y yo también-, añade finalmente que me veía como un médico de urgencias que había tratado sus heridas pero, una vez recuperada la salud del paciente, no podía hacer otra cosa que darle el alta y verla marchar. Intuí, pues, que el único que se había convertido en una persona vieja y gastada era yo. Por vez primera pensé en morir. Fin de todos los problemas. Y me ahorraba el avión de vuelta y la noche sin hotel. Morir, definitivamente, no ofrecía más que ventajas. 

    Y, en medio de la desolación, de la devastación, de las ganas de morir, emerge la figura de Helga, una voluntaria del congreso Jardines de Vida que ejerce de guía de una pareja que acaba de dejar de serlo. Una mujer que dobla en edad a Beto, que se apiada de él, y que, como el propio protagonista y narrador de la historia reconoce, cada palabra y cada gesto hacia mí fue un consuelo que tardaría demasiado en apreciar. No solo un maternal refugio para el solitario y desamparado desperdicio humano en que me había convertido la despedida de Marta. No. Había más. Fue la inteligencia, la sabiduría de su conversación la que me regaló un espacio al menos mental para sobrevivir. Regalo de aquella mujer abandonada y sola, voluntariosa en oferta de su tiempo libre, con un piso vacío pero no gélido, triste pero con fortaleza para ofrecerme los primeros auxilios que necesité al emprender mi reconstrucción. Vamos, una persona de esas que uno recuerda para toda la vida.

    La cuestión es que, nuevamente de repente -de ahí el título de la novela-, del drama, de la tragedia, de la idea de morir como única y mejor forma de evasión ante una existencia que parece estar vacía de sentido, Beto conoce a una mujer divorciada de más de sesenta años que le hace comenzar a ver la vida de una manera diferente. Y, de la nada, surge con ella una relación que apenas durará un día y medio, con sus dos noches, en la que las reflexiones sobre la vida y el discurrir del tiempo serán puestas en el centro de la narración del libro. Una relación intergeneracional que constituye el corazón del relato de Beto. Un relato que atrapa al lector, que quiere saber qué pasará en la siguiente página. Beto y Helga liquidan una botella de vodka entre los dos, dialogan sobre arquitectura, sobre la vida, sus éxitos y sus fracasos, sobre las relaciones frustradas -que todo acabe mal es una condición inherente al hecho de estar vivo, le reconoce ella, que fue abandonada por su esposo por una más joven- y hasta sobre las relaciones entre personas de diferentes generaciones.

    Las ganas de Beto de sentirse vivo y acompañado tras ser abandonado por Marta y los deseos de Helga de sentirse eternamente joven aunque solo sea por un par de noches, por un lado; y el alcohol y la soledad compartidas, por otro, son la mezcla perfecta para que esas dos noches acaben con la pareja haciendo el amor. En ese sentido, la novela rompe el tabú referente a la relación amorosa y/o sexual entre un hombre joven y una mujer madura, algo que sí está mucho más normalizado cuando ocurre al revés, es decir, cuando los protagonistas son un hombre maduro y una chica joven. Sin embargo, algo cambia en las veinticuatro horas que separan ambas noches. De la primera, ocurrida en la habitación de invitados, donde duerme Beto, surgen la vergüenza y el pudor. De hecho, a la mañana siguiente ambos se sienten avergonzados por lo acontecido. De la segunda, acaecida ya en la habitación de Helga, observamos algo más sólido y sosegado. No tan pasional, pero tampoco fruto del alcohol. Algo, por tanto, de lo que ambos son plenamente conscientes.

    Beto vuelve a Madrid, decidido a iniciar una nueva vida. En el resto del libro narra su traslado hasta Barcelona para comenzar a trabajar con Àlex Ripollés, un arquitecto paisajista que pasa de ser enemigo de Beto a jefe y casi amigo suyo. ¡Qué interesante resulta ver el desarrollo de la relación entre ambos a lo largo de la historia! Durante los meses que van desde febrero hasta diciembre el protagonista narra sus vanos intentos por olvidar a Marta, pero también sus pensamientos recurrentes hacia Helga, a la que recuerda de manera bien diferente. No mantiene ninguna relación seria con ninguna otra mujer durante todo el año. Y se centra en su trabajo, que, mostrando cómo de rápido cambian algunas cosas en estos tiempos, no se basa ya en los jardines sino en las aplicaciones para teléfonos móviles. El discurrir del tiempo, de nuevo, nos muestra que hay muchas cosas que cambian con rapidez, como un relámpago, aunque otras permanecen ancladas a un momento de nuestras vidas que jamás dejamos atrás. Por no poder o por simplemente no querer dejarlas atrás. Y, además, otra cosa que nos muestra el paso del tiempo es que hay obras -en este caso, literarias- que envejecen mucho mejor que otras. Como Blitz.      

            

   

viernes, 20 de diciembre de 2024

Mis días en la librería Morisaki. Satoshi Yagisawa. Letras de Plata. 2023. Reseña

 




    Desde hace ya muchos años los libros cuyos títulos incluyen las palabras librería y biblioteca me llaman la atención de manera inmediata. Suelo hacerme de vez en cuando con algunos de ellos -los que me atraen desde su sinopsis, por supuesto- y los leo con devoción. Es el caso de esta novela. Escrita por el japonés Satoshi Yagisawa -graduado en Humanidades en la universidad de Nihon-, Mis días en la librería Morisaki está ambientada en el conocido barrio de Jinbocho de Tokio. El barrio de las librerías (sobre todo de segunda mano) y de las editoriales más grande del mundo. Un paraíso para todo tipo de lectores. Un lugar tranquilo pero concurrido que, a escasas paradas de metro del centro de la ciudad más extensa del mundo, luce atestada de estanterías y libros a ambos lados de sus calles. Una de esas librerías, la Morisaki, está regentada por familiares de Takako desde hace tres generaciones. Es el reino de Satoru, tío de la protagonista, un hombre un tanto excéntrico y entusiasta de los libros y de su librería.

    Takako y su tío Satoru son dos almas heridas a causa del amor no correspondido. Él perdió a su esposa, Momoko, tras muchos años de un aparente feliz matrimonio. Un buen día ella desapareció dejando un escueto mensaje en el que se leía un simple por favor, no me busques. Mensaje que, muy a su pesar, Satoru cumplió a rajatabla. Desde entonces, cinco años atrás, vive, más si cabe todavía, por y para su librería. Por su parte, su sobrina Takako ha sido traicionada por su supuesto novio, Hideaki, quien tras dos años y medio de noviazgo se acaba de comprometer con una chica, compañera de trabajo de ambos, con la que también sale desde hace un tiempo. A consecuencia de ello, la joven, humillada y deprimida, ha decidido abandonar su trabajo debido a que el ambiente allí se le ha vuelto irrespirable. Decide tomarse unas vacaciones de la vida y, siguiendo el consejo de su madre, abandonar momentáneamente el barrio de Kunitachi para poner rumbo al de Jinbocho.

    No es que a Takako le haga una gran ilusión vivir rodeada de libros en el piso de arriba de la librería de un tío al que hace años que no ve y en un barrio en el que no conoce a nadie. Sin embargo, la alternativa, volver a Kyushu junto a sus padres, la deprime más todavía. Así, sus días discurren cumpliendo el trato ofrecido por Satoru: puede vivir en la librería a cambio de ayudarle en las tareas propias del negocio. Es decir, por las mañanas atiende al público y por las tardes duerme y deja pasar el tiempo sin más, víctima de la depresión, la desidia y la vaguería. Le cuesta acostumbrarse a vivir entre libros. Unos libros que huelen mal, a humedad y a viejo, y que le hacen sentir agobiada y arrinconada. Hasta que una noche, aburrida, decide abrir uno de ellos, al azar, y se pone a leerlo para esquivar al insomnio y al tedio. A partir de entonces, su vida cambia, descubre otros mundos y otras historias, ve las cosas de forma diferente y descubre una nueva pasión. ¡Y hasta discute de literatura con los clientes!

    Los libros viejos contenían muchas historias en las que yo nunca había pensado. No solo las que tenían que ver con el contenido de los libros en sí: en cada volumen encontraba vestigios que había ido dejando el paso del tiempo: frases subrayadas, páginas marcadas, flores secas... Estos encuentros a través del tiempo solo se podían disfrutar gracias a los libros de viejo. Eso hizo que, poco a poco, me enamorara de la librería Morisaki, nos cuenta Takako en primera persona. A través de los aproximadamente nueve meses que la joven pasa en la librería de su tío, la joven se va abriendo no solo a la literatura sino a los clientes y al resto de pobladores de un barrio que llega a amar como si fuera de allí desde siempre. Takako va recuperando, pues, sus ganas de relacionarse con los demás. Deja de esconderse en su habitación, pasea por todo Jinbocho y toma cafés en el café Suboru, donde entabla amistad con Tomo, una joven universitaria que trabaja allí de camarera para pagarse sus estudios, y Takano, un joven tímido que se ocupa de la cocina.

    El barrio y sus librerías, sus calles y sus pobladores son parte muy importante de la novela. Jinbocho cobra vida propia ante nuestros ojos. Especialmente durante la semana de la Feria del Libro, durante la cual se engalana como nunca. Y, de entre sus pobladores y clientes habituales de la librería Morisaki, destacan Sabu, un intelectual que vive bajo las amenazas de su esposa, harta de que su marido no deje de llevar libros y más libros a la casa familiar, y Wada, un joven lector que también acaba de sufrir los estragos de un amor que ve reflejado en su libro preferido. Un libro que ha leído hasta cinco veces seguidas. Un libro que lee también Takako, quien empatiza con su nuevo amigo y su sufrimiento. Y es que los personajes de Mis días en la librería Morisaki son auténticos sufridores de la vida. Sus diferentes historias nos conmueven y nos hacen reflexionar sobre los sinsabores de la vida. Y también sobre cómo afrontarlos, superarlos y dejarlos atrás a pesar de los pesares.

    La relación entre Takako y Satoru es uno de los ejes centrales de la historia. Mientras que el dueño de la librería Morisaki trata desde el principio de acercarse a su sobrina, esta no quiere ni oír hablar de abrirse ante su tío. Él, más paciente y respetuoso de su intimidad, le deja tiempo para aclimatarse a su alojamiento temporal y a sus nuevas circunstancias. Para animarla a hablar, le cuenta su historia con Momoko: cómo se conocieron; se casaron; se hicieron cargo de la Morisaki cuando su padre se puso enfermo y la librería se debatía entre desaparecer o seguir con vida; y cómo se tomó su repentina huida cinco años atrás. También espera, en silencio, a que su sobrina se ponga a leer cualquiera de los muchos libros que tiene a su alrededor. Y se alegra cuando sucede. Hablan de ello, le recomienda lecturas nuevas y discuten sobre los libros que va leyendo. Fortalece su relación a base de lecturas, sabedor de que la creciente confianza la hará abrirle también su corazón.

    Porque, a su edad -ya conocemos el famoso dicho aquel de que más sabe el diablo por viejo que por diablo-, Satoru es consciente de que lo que su sobrina necesita es hablar de sus problemas. Sus vacaciones de la vida comienzan a alargarse más de lo conveniente. Y trata de introducirla en el barrio. Es él quien la lleva por vez primera al Suboru, donde sirven el mejor café del barrio. Y también donde puede encontrar a gente de todas las edades. Por supuesto, también de la suya. En definitiva, lo que hace es lanzarle un salvavidas en mitad de la tempestad de depresión, crisis, desgana y holgazanería en la que Takako está inmersa y de la que parece no poder -ni querer- salir. No obstante, también sabe que la paciencia y el tiempo son claves en todos los procesos -que se lo digan a él- y que antes o después su sobrina irá cambiando su perspectiva de la vida y aceptará ese salvavidas que le permitirá salir a flote de su tormento.

    Mis días en la librería Morisaki -escrita en 2008 y publicada en Japón en 2009- fue llevada a la gran pantalla en 2010 de la mano del director japonés Asako Hyuga. Pocos meses después de ser publicada en España por Letras de Plata (2023) vio la luz su secuela, Una velada en la librería Morisaki, novela que también trataré de leer en cuanto pueda. Me encantará saber cómo discurren las vidas de Takako, Satoru, Momoko, Wada, Tomo, Takano y compañía. Y también seguir conociendo nuevos autores japoneses. Porque las páginas de esta novela están repletas de autores y obras cuya existencia desconocía. Una razón más para leerla.                        

         

martes, 4 de junio de 2024

El tesoro de La Girona. Javier Pellicer. Edhasa. 2023. Reseña

 




    En pleno verano de 1588 la denominada Armada Invencible de Felipe II cayó derrotada en el Canal de la Mancha ante los ataques de los defensores de Isabel I de Inglaterra. La batalla naval, una de las más famosas de la Historia, ha dado pie a multitud de obras de ficción a lo largo de los casi cuatro siglos y medio transcurridos hasta la actualidad. Son muchas las obras de arte, las películas y las novelas que han tratado, con mayor o menor éxito y veracidad -aspectos que no siempre van de la mano, por cierto-, la derrota española frente a las costas de Inglaterra. La novela que nos ocupa, El tesoro de La Girona, de Javier Pellicer, es una de ellas. El escritor valenciano derrocha en ella tanto unos bastos conocimientos -fruto de una documentación muy bien trabajada, tanto a nivel histórico como a través de mitos y leyendas irlandesas- como un gran saber hacer a la hora de mezclar la realidad histórica y unas tramas y unos personajes ficticios que bien podrían haber existido en la realidad. El propio autor explica, en la nota final, cuáles son reales y cuáles ficticios. Algo muy de agradecer.

    El personaje central de la historia es Joan Mateu, un soldado de los Tercios españoles que, después de sufrir la derrota naval y de abandonar el Canal de la Mancha rumbo a España, está a punto de perecer a causa de un naufragio tras un gran temporal frente a Dunluce, cuyo señor, Somhairle, sometido en teoría a unos ingleses a los que odia a muerte -como el resto de irlandeses y escoceses-, decide aquello de que los enemigos de mis enemigos son mis amigos y acoge a todos los españoles naufragados frente a sus costas. Así, Joan y otros de sus compañeros viven unos meses junto a los líderes del clan de los MacDonnell -el más poderoso de la región junto al de los MacQuillan y al de los O´Neill- hasta que sea posible sacarlos de la isla y ponerlos a salvo de los ingleses, que quieren acabar con ellos a toda costa. Es así como los irlandeses y los españoles aprenden los unos de los otros sobre la lengua, las costumbres y las tradiciones y la Historia, los mitos y las leyendas de ambas tierras. Una especie de hermanamiento, lealtad y fidelidad que se irá fortaleciendo a lo largo del tiempo.

    El tesoro de La Girona es obviamente una novela histórica y de aventuras. Pero también algunas cosas mucho más importantes e interesantes. A saber: las luchas intestinas -militares, políticas, palaciegas y familiares- de la Irlanda de la época; la prevalencia del sentimiento del deber por encima de todas las demás cosas; el profundo sentimiento religioso y el hecho de poner en valor la moral y la ética frente a la inevitable presencia del egoísmo y los placeres mundanos; el engendro del odio y el deseo de venganza hasta el punto de impedir el crecimiento personal; el aprecio que puede surgir hacia unas tierras y unas gentes que se presuponen salvajes pero acaban por presentarse mucho más habitables y humanas de lo esperado; el implacable papel que juega el azar en el destino de las personas y de los reinos; la enseñanza de que jamás se debe dar nada por hecho hasta que finalmente ocurre; los secretos inconfesables del pasado y su importancia en las acciones futuras; o el surgimiento de amores inesperados en lugares y momentos más inesperados si cabe. 

    Ealasaid es el otro personaje principal de la novela. Hija menor de Somhairle -señor del clan de los MacDonnell que domina con mano firme el condado de Antrim desde Dunluce- y hermana de Seumas -hijo mayor de Somhairle, que a sus cincuenta y pico años sigue a la sombra de su padre, deseoso de dar por fin un paso adelante para poder ejercer como el señor que cree ser- y de  Ragnall -una especie de segundo padre para Ealasaid, de carácter mucho más afable que el hermano mayor de ambos-, es una joven rebelde, libre y culta que ansía encontrar el amor verdadero y que no acepta a Artair O´Neill, hijo de Turlough O´Neill, jefe del clan que lleva su apellido, como su futuro esposo. Cuestión que conlleva disputas entre la joven y su hermano mayor, quien se cree con el derecho para obligar a su hermana a contraer un matrimonio por conveniencia familiar. Algo a lo que se opone el jefe del clan, quien ya casó en el pasado a una hija, Caitlin, con un MacQuillan, hecho que finalmente propició la pérdida para la familia de la ahora señora de Cúilín Gaelach.

    Ealasaid es quien encuentra a Joan en un estado lamentable, horas después del naufragio de La Girona. El joven solo posee una medallita de la Virgen del Rebollet de su Oliva natal (Valencia). Al verla aparecer cree estar en el paraíso y la confunde con la Virgen María. Desde el principio, surge entre ellos algo muy especial. Sin embargo, ambos guardan secretos que creen no hacerlos dignos el uno del otro. Además, el Tercio español debe cumplir con una venganza, pues ha de dar muerte a la mujer causante de las desgracias de su familia. Y eso, a pesar de lo que empieza a sentir por Ealasaid, hace imposible cualquier tipo de relación con ella. Ha de regresar cuanto antes a Oliva y llevar a cabo su plan. Por si todo ello fuera poco, además, sobre la familia de la joven se ciernen dos grandes amenazas. Una, esperada: los ingleses irán pronto a por los españoles, lo que supondrá un serio problema para todos. La otra, absolutamente inesperada: alguien del pasado está a punto de reaparecer en escena para poner fin a la hegemonía del clan en Dunluce.

    El amor, el sentido del deber y la lucha entre lo que es correcto y lo que no también son temas que están presentes en la trama de la historia que se desarrolla en Carrickfergus. Allí, el condestable del lugar y senescal de Clandeboye, Christopher Carleill, recibe órdenes reales de perseguir, capturar y enviar a Dublín a cualquier español que encuentre en la isla. Enamorado de Meike, una de sus sirvientas, cuestión que incomoda al resto de su familia, debe abandonar temporalmente su castillo para dirigirse a Dunluce. Desde allí, alguien le ha informado de la presencia de un grupo de españoles. Personaje real -como los miembros del clan de los MacDonnell, con la excepción de Ealasaid (por desgracia, de las mujeres de aquella época muy poco se sabe)-, Carleill, al que los historiadores españoles han calificado como el buen inglés, se debate entre el deber y la moral puesto que sabe de sobra qué clase de destino espera a los españoles que sean entregados a los ingleses. Y no piensa tomar parte en ello. Al menos, no de forma activa. 

    Como en todas las novelas de Javier Pellicer (El espíritu del lince, Leones de Aníbal y Lerna. El legado del minotauro), todas ellas reseñadas en este blog, lo más destacable es siempre la evolución psicológica de los distintos personajes. Sus luchas internas, sus debates morales, los cambios en sus formas de pensar y de actuar, la superación de sus debilidades, el aprovechamiento de sus fortalezas y la manera en que enfrentan las diversas situaciones que se les van presentando están descritas de forma minuciosa, reflexiva y amena. Algo realmente admirable. En El tesoro de La Girona, más si cabe. Los casos concretos de Joan Mateu y Ealasaid son resultado de un trabajo impecable. Ambos guardan secretos, ninguno se cree digno del otro y los dos deben hacer frente desde el presente a un pasado estrechamente ligado a sus respectivas familias. Eso sí, debo añadir que no están solos. Y es que reciben una ayuda, casi celestial, de mano del padre Pilip, otro personaje muy bien elaborado. Aunque en este caso se trate de un secundario.

    El tesoro de La Girona es una novela de contrastes -en la cultura de tan fascinante pueblo convivían en armonía santos, druidas, monjes y hadas, mientras que en España muchos habrían sido quemados en la hoguera por adorar al diablo-, de pesadas mochilas a la espalda -mientras observaba al español solo podía pensar en cuáles serían los demonios que lo atormentaban y en cómo podría ayudarlo a librarse de ellos. Quizá de ese modo lograse purgar también los suyos-, de juramentos solemnes -ya sólo queda una mujer en mi vida: aquella a la que debo matar. Juro por la Virgen del Rebollet y por la memoria de quienes más quiero que regresaré para saldar las cuentas que se me deben. Nada me desviará de mi objetivo- y de enseñanzas marcadas a fuego -porque en la guerra, hijo, el miedo hace que los hombres huyan. Pero el respeto hace que se queden a morir a tu lado. Créeme. Lo sé-. En definitiva, una novela muy completa -a nivel de temática y de tramas y sub tramas- y narrada de forma amena y admirable. Una novela para enamorarse, todavía más, de la denominada Isla Esmeralda.                                     

  

martes, 14 de mayo de 2024

Baumgartner. Paul Auster. Seix Barral. 2024. Reseña

 




    Cuando en marzo de 2023 Siri Hustvedt anunció que su marido, Paul Auster, padecía cáncer el mundo de la literatura contuvo el aliento. A partir de ese momento, sobre todo debido a la falta de noticias sobre su estado de salud, nos temimos lo peor. Sin embargo, conociendo a Auster, sabíamos que su tenacidad le iba a hacer poder escribir como mínimo una obra más. Y así fue. Un año después del fatal anuncio, y solo unas pocas semanas antes de su fallecimiento, su editorial española de los últimos años, Seix Barral, publicó Baumgartner, su primera novela desde el tremendo éxito alcanzado con 4, 3, 2, 1 (2017). No sabíamos que tan solo un mes y unos pocos días después el autor de Newark (New Jersey), conocido también por obras como La trilogía de Nueva York (1985-6), El palacio de la luna (1989), El cuaderno rojo (1994), Brooklyn Follies (2006), Sunset Park (2010) o Diario de invierno (2012), nos dejaría huérfanos de su genio.

    Se ha dicho de esta obra que se trata del testamento literario de Auster. Me parece algo tan exagerado como injusto, además de falto de originalidad. Algo que queda muy bonito y rimbombante pero que no es cierto. Dicho testamento se esconde en cada página de cada una de sus obras, no solo en esta. Porque esta novela, su última novela, es fiel al estilo del conjunto de su obra: aparentemente sencillo pero que esconde en realidad una compleja arquitectura narrativa repleta de digresiones que parecen romper el hilo discursivo pero que completan información que más adelante será más importante de lo que parece, de una metaficción que esconde unas historias dentro de otras y de un cuestionamiento de la identidad que hace que el lector se devane los sesos pensando si la obra en cuestión habla de los personajes de la misma o si el autor está hablando en realidad de sí mismo. En cuanto a temática, también Baumgartner es fiel a la obra austeriana, que siempre trata sobre existencialismo, pérdida, amor, azar, soledad, etc.

    Seymour Tecumseh Baumgartner, personaje central que da título a la novela, es un septuagenario profesor de Filosofía que, nueve años después de perder a su esposa, Anna, el gran amor de su vida, sigue sumido en el dolor y la soledad. Está cerca de jubilarse y, mientras trabaja en un nuevo libro filosófico, repasa los numerosos manuscritos de su esposa, escritora y traductora, y trata de recordar los hechos vividos junto a ella. Aunque tras su muerte le rindió una especie de homenaje reuniendo sus ochenta y ocho mejores poemas en un único volumen bajo el título de Lexicón, con notable éxito de crítica y ventas, por cierto, ahora piensa en publicar los más de cien restantes. Vive una cadena perpetua de soledad y trata de no perder la memoria, sabedor de que el simple hecho de olvidar subirse la cremallera del pantalón después de ir a orinar es el comienzo del fin de un hombre. Algo que, por desgracia, a él ya le sucede con cierta frecuencia.

    La novela abarca aproximadamente un año y medio de la vida de Baumgartner. Unos dieciocho meses -desde abril de un año sin especificar hasta septiembre del año siguiente- que ocupan los cinco únicos y largos capítulos -unos más que otros- de la obra (261 páginas en total, las mismas que escribe el protagonista en su obra filosófica, Misterios de la rueda). La narración comienza con un ritmo endiablado y de forma casi cómica, contando una serie de catastróficas desdichas del protagonista, que empieza a perder memoria y reflejos. Poco a poco el ritmo va bajando e introduce los muchos y variados pensamientos del protagonista. Además, en diversos fragmentos se reviven momentos de su vida anterior. Con Anna y con sus familiares, tanto los de la rama Baumgartner como los de la rama Auster -sí, de nuevo, como tantas veces a lo largo de su carrera literaria, parece que el autor habla de sí mismo y de su familia-, que se remonta a la Ucrania del siglo anterior. 

    La pérdida, la desposesión y la identidad, temas recurrentes en la obra de Auster se ponen de manifiesto también en Baumgartner. Por ejemplo, en este párrafo en el que se nos habla de Ivano-Frankivsk, la ciudad de origen del abuelo materno del protagonista: una ciudad polaca se había convertido en en una ciudad de los Habsburgo, una ciudad de los Habsburgo se convirtió en una ciudad austrohúngara, una ciudad austrohúngara pasó a ser rusa durante los dos primeros años de la Primera Guerra Mundial, luego austrohúngara, después ucraniana durante un breve espacio de tiempo al término de la guerra, luego polaca, después soviética (de septiembre de 1939 a julio de 1941), luego fue una localidad controlada por los alemanes (hasta julio de 1944), después por los soviéticos y ahora, a raíz del derrumbe de la Unión Soviética en 1991, es una ciudad ucraniana. Con tantas idas y venidas, como para no cuestionarse uno la identidad.

    Una identidad que a veces solo puede reconstruirse a base de recuerdos personales. Y cuando estos se acompañan de los recuerdos de tu compañera de vida la composición de lugar se hace más evidente si cabe. Así le ocurre al protagonista mientras relee los escritos de Anna, en los que su mujer narra los comienzos de la relación, el matrimonio y diversos fragmentos de una vida en común que el destino -o más bien el azar, si hablamos con más propiedad del estilo austeriano- quiso que no tuviera descendencia en forma de hijos. Un azar que, como resaltó más notablemente el propio Auster en 4, 3, 2, 1, determina la vida de las personas. Como la de la propia Anna, cuyo primer amor, Frankie Boyle, murió en la guerra. Y, como consecuencia de ello, también determinó la vida de Baumgartner, cuya existencia en este mundo no habría sido la misma si Anna no hubiera sido su mujer sino la de Frankie. Ni que decir cabe que todas estas cuestiones dan para que el lector piense, y mucho, sobre la vida.

    Dos mujeres más tienen cabida en las páginas de la novela póstuma de Auster. Por un lado, Judith, una mujer con la que el protagonista mantiene una relación. El narrador habla de las semejanzas y diferencias entre esta y Anna, así como del tipo de relación existente entre ella y Baumgartner, quien, pese al duelo, el dolor y el amor que todavía siente hacia Anna, busca seguir adelante sin renunciar a la libertad y al amor. Con muchas dudas, sí. Pero también sin miedo. Porque vivir con miedo a perder es negarse a vivir. Y es que la pérdida no debe atarnos a la depresión. La otra mujer importante en la vida presente del protagonista es Beatrix Coen, una joven estudiante que contacta con él para realizar su tesis doctoral sobre la obra, conocida y no conocida, de Anna. Baumgartner y ella planean una estancia de la joven en casa del anciano para que esta pueda leer los manuscritos de su mujer, lo que ilusiona sobremanera a un Baumgartner que, por fin, piensa hacer todo lo posible para que la obra de su esposa sea conocida y divulgada.

    Baumgartner no es, como ha quedado dicho más arriba, ningún testamento literario. Es, más bien, un canto a la reflexión, a la pérdida, al amor, al azar, a la memoria, a las ganas de seguir viviendo. Reflexiona sobre el significado del amor en cada etapa de la vida de las personas y sobre cómo estas afrontan el duelo, la pérdida y el transcurrir del tiempo. Un tiempo que no volverá jamás y que, lejos de abrumarnos y desanimarnos, debe alumbrar en nosotros el deseo de vivir con todas las ganas. Todo ello, narrado por uno de los mayores escritores contemporáneos, a la edad de 77 años y conocedor de que su tiempo se acabará pronto, constituye un testamento no literario sino absolutamente vital. Testamento vital que haríamos muy bien en incorporar a nuestra razón de ser en esta tierra. Servidor no puede dejar de admirar a quienes, sabiendo que su tiempo se acaba, en lugar de desesperarse buscan dejar un legado, una despedida, un agradecimiento final en forma de novela, disco, película, etc. Bravo por Leonard Cohen, por David Bowie, por Freddie Mercury y por Paul Auster (a pesar de ese final abierto a interpretaciones que deja al lector más noqueado si cabe).         

    

domingo, 24 de marzo de 2024

Vita brevis. Jostein Gaarder. Siruela. 2022. Reseña

 




    En 1996, seis años después del notable éxito de su obra El mundo de Sofía, ya reseñada en este mismo blog hace unos años, el profesor de filosofía y escritor noruego Jostein Gaarder trazó una especie de crítica de las célebres Confesiones de San Agustín de Hipona, considerado el padre de la Iglesia y uno de los grandes filósofos cristianos, desde los puntos de vista humano y femenino. No en vano, dicha crítica se fundamenta en una supuesta carta dirigida al doctor de la Iglesia por parte de Floria Emilia, la madre de Adeodato, hijo en común fruto de una relación pasional adolescente entre ambos. La carta, a la que el autor, en un recurso literario de verosimilitud, denomina Codex Floriae, encontrado por el autor en una librería de viejo de Buenos Aires, no existe en realidad. Sin embargo, sí está absolutamente comprobada la relación entre el santo y una mujer, la cual, en efecto, le dio un hijo que falleció durante su adolescencia. Un hijo que le fue arrebatado a su madre, de quien nada más se supo.

    Así pues, mezclando realidad --la relación de San Agustín con una mujer desconocida, de la cual nació Adeodato-- y ficción --la carta de dicha mujer, a la que Gaarder da el nombre de Floria--, el autor noruego novela, de forma epistolar, una severa crítica tanto de la figura del santo como de sus teorías ascético-cristianas. Una manera original y necesaria de dar voz a una mujer anónima que debió sufrir sobremanera durante toda su vida. Apartada para siempre de su amor y del hijo nacido de él, y habiendo de conocer las renuncias del después santo hacia su vida pasada, que considera pecaminosa, concupiscente y apartada del recto camino que debe seguir un cristiano que ansía salvar su alma para la inmortalidad. Además, el recurso literario utilizado por Gaarder se completa con el hecho de que el propio santo trata de convencer a su amante de juventud para que se convierta al cristianismo, por lo cual le envía una copia de sus Confesiones. Confesiones que ella critica con dureza en su carta de vuelta al obispo.

    La novela, titulada en lengua latina --la que debieron utilizar los protagonistas de la historia-- Vita brevis --la vida es breve--, es, por tanto, una ficción literario-filosófica que revela los desacuerdos y el descontento de la mujer por el hecho de haber sido abandonada, arrebatado su hijo además, debido al ascetismo del filósofo y sus nuevas creencias cristianas, de las que critica su visión centrada más en la vida después de la muerte que en la vida presente. Una vida que, como el título indica, es breve. A pesar de que la carta es falsa, muchos la dieron por real sin ningún tipo de fundamento, por lo que la obra sembró polémica entre los fieles de la Iglesia. Dicha polémica hizo famoso al libro. Y de forma injusta. Porque para ello debería haber bastado con el original estilo narrativo del autor, sus análisis espirituales y humanos y la magistral forma en que nos muestra el enfrentamiento entre las filosofías del denominado carpe diem --vive el presente, aprovecha el tiempo--, ejemplarizadas por Floria Emilia, y las neoplatónicas y las ascéticas, representadas por San Agustín.

    Gaarder no solo nos muestra en la novela los enfrentamientos filosóficos carpe diem versus ascetismo y las disputas de género hombre versus mujer --sí, la obra puede considerarse también feminista--, sino que aparece, además, la rivalidad suegra versus nuera. Y es que Santa Mónica, madre de San Agustín y abuela de Adeodato, tampoco sale muy bien parada en este texto. Y es que Floria Emilia habla constantemente de los intentos de su suegra por interponerse en la relación que mantuvo durante doce años con el futuro santo. Hasta el punto de robarle el hijo nacido de esa relación y conseguir finalmente que su hijo la abandonase para comprometerse con una mujer de mayores recursos y mejor familia. Compromiso que tampoco llegó a plasmarse en matrimonio debido al abandono de las pasiones mundanas por parte de su hijo, convertido a un cristianismo asceta que deja de disfrutar los placeres de la vida para centrarse en tratar de salvar el alma de cara a la otra vida, la eterna.

    También la historia de amor entre Floria y Aurelio --primer nombre del santo, con el cual se dirige a él su amante de juventud-- ocupa buena aparte del relato de la novela epistolar. Un amor adolescente, de esos que creemos eternos, para siempre, para toda la vida. Esos que a uno lo deprimen hondamente cuando la persona amada está a más de cinco metros, fuera del alcance de nuestras caricias, de nuestros besos, de nuestros deseos y placeres sexuales. Esos cuyas promesas muy a menudo se acaba llevando el viento. O el ascetismo cristiano, en este caso. Un amor que llega a imponerse durante muchos momentos a las constantes intromisiones de Santa Mónica, quien nunca estuvo a favor de una relación que la privaba de la exclusividad del cariño de su hijo. En efecto, de las palabras de Floria se desprende que la relación materno filial era muy estrecha. Por momentos, incluso demasiado estrecha. Tanto que se llega a hablar de complejo de Edipo y de complejo de Agripina. Una relación, en suma, insana.

    Floria se muestra durante sus escritos todavía enamorada de Aurelio. Pero también despechada, herida y furiosa. Es una mujer ya instruida, leída, sabia que conoce a los escritores y filósofos del pasado y de la actualidad del siglo V. Rechaza la huida hacia la vida eterna de su amado pero, sobre todo, el hecho de que este hable de la época de su relación como un período pecaminoso, concupiscente y negativo. No entiende que piense que el amor que sentía por ella fuera un obstáculo para poder amar también a Dios. Quiere convencerlo de que el tiempo pasado juntos no fue algo malo o negativo. De que ambos amores son completamente compatibles. De hecho, el punto crucial de la novela, que tan bien refleja su autor, es si el amor que una persona siente por otra es un límite o impedimento para amar a Dios o si, por contra --ya que se afirma que Dios es amor--, uno alimenta más si cabe al otro. Floria está convencida de que su amado se contradice y trata de convencerlo de ello. Lo analiza, lo rebate y lo zarandea por los hombros para hacerlo reaccionar.

    Como ya hiciera con El mundo de Sofía cinco años antes, Jostein Gaarder nos acerca con Vita brevis una gran cantidad de aspectos de la filosofía. Y lo hace de una manera amena y mucho más fácil de entender que los manuales al uso. Como ya escribí en su momento en la reseña de su obra magna, si la filosofía fuera explicada en las aulas de esta manera viviríamos en una sociedad mucho mejor. Un mundo en el que la filosofía dejaría de ser un suplicio para los alumnos y algo prescindible para los ciudadanos y pasaría a ser algo apasionante que los convertiría en seres mucho más analíticos, reflexivos, morales, cívicos, éticos, etc. En definitiva, en mejores personas. Sin duda, vale la pena leer a Gaarder. Prácticamente en cada página nos deja reflexiones para calentarnos la cabeza, analizar las cosas y no dar nada por hecho ni sentado. Vita brevis es un claro ejemplo de ello. Una obra de la cual, para finalizar esta reseña, me gustaría resaltar estas palabras que le dirige Floria a San Agustín:

    La vida es corta, y sabemos demasiado poco. Pero si fue voluntad tuya que tus confesiones me fueran dadas en Cartago, para que las leyera, la respuesta es no. No me dejo bautizar, señor obispo. No es a Dios a quien temo. Tengo la sensación de que ya vivo en él, y ¿no es él, también, quien me creó? No es tampoco el nazareno quien me retiene, probablemente era en verdad un hombre de Dios. ¿Y no era justo con las mujeres? Son los teólogos a quienes temo. Que el Dios de los nazarenos os perdone per toda la ternura y todo el amor que habéis condenado. 

    Pues eso, que las dos cosas --amar a Dios y procurarse la vida eterna y disfrutar de nuestro breve presente en este mundo-- son perfectamente compatibles. Y quien no lo quiera ver, que no lo vea.