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viernes, 28 de agosto de 2026

Islandia. Manuel Vilas. Destino. 2026. Reseña

 




     Manuel Vilas es uno de los escritores españoles que más arriesga, que más se expone en cada una de sus novelas. Sobre todo, desde hace una década, cuando nos contó su historia familiar en la inolvidable Ordesa. Mira que servidor piensa de esta manera desde hace mucho tiempo ya, pero he de reconocer que Islandia, su última novela, me ha dejado sin palabras. ¿Cómo se escribe una reseña de una obra que te ha dejado perplejo, noqueado, mudo? Pues no es fácil, la verdad. La única manera que encuentro de hacerlo es reflexionar con hondura y aprovechar al máximo las notas que he ido tomando según leía. Divorciarse, no dar la noticia más que a los más allegados y decidir escribir un libro para lanzar a los cuatro vientos el origen, los motivos, los pasos seguidos por la pareja llegado ese duro momento es de una valentía tal que a uno se le ponen los pelos de punta. Islandia es muchas cosas, como ahora se verá, pero sobre todo es un sentido homenaje a una relación rota. A un amor inabarcable e inacabado.

    Una relación rota después de más de once años y de una frase descorazonadora, enterradora de ganas de vivir, destructora de voluntad y detonadora de un cataclismo personal que desencadena una gran depresión para quien la escucha: ya no estoy enamorada de ti. La frase, ya de por sí dura, se magnifica cuando es recibida apenas veinticuatro horas después de haber realizado el pago de un crucero a Islandia que cuesta un pastizal. ¿Quién da esa noticia justo en un momento que se supone ha de ser romántico y de felicidad plena? Pues Ada, la segunda esposa del protagonista de la novela -que no necesariamente ha de ser el Vilas persona en todas las situaciones, aunque es evidente que estamos ante la novela más autobiográfica, íntima y desesperada del autor-. Un Vilas que escribe para tratar de entender el porqué de la repentina y drástica decisión de su esposa. Una Ada que tiene muy claro que todo se ha acabado y que pretende divorciarse a lo nórdico, manteniendo la amistad por encima de todo.

    Argumenta Ada que se ha desenamorado porque su esposo es un gruñón -que siempre está de mal humor y depresivo- y alguien con quien es difícil compartir la vida. Reconoce sus propios defectos el narrador, que escribe en primera persona la primera parte de la novela -la más extensa, tres cuartas partes de la obra-, que lleva por título Ada y el adiós (largo lamento) y que, es cierto, por momentos se hace un poco largo -solo un poco, de verdad- y que en otros momentos está tocado por la varita mágica de un narrador magistral. Un narrador magistral que nos presenta a la vez una especie de espiral -va dando vueltas y vueltas sobre el centro de atención de la obra, la frase y sus consecuencias, intensificando los pensamientos, cada vez más repetitivos y negativos- y de caleidoscopio -ofreciendo en cada reflexión puntos de vista diferentes sobre los mismos temas que provocan que sus sentimientos y pensamientos cambien, llegando a dudar de sí mismo y haciendo dudar también al lector-. Todo ello, para ofrecernos una experiencia inolvidable sobre la complejidad de las relaciones humanas y sociales.

    En Islandia nos habla Vilas, sin ningún tipo de pudor -si lo hay, está muy bien disimulado-, de la intimidad de sus protagonistas. La narración de la segunda gran ruptura amorosa de la vida de nuestro protagonista nos adentra en la soledad, en la sensación de fracaso y de terror, en el sentimiento de devastación de quien se siente a la intemperie en un mundo tenebroso y mortificante. En la mente de alguien que, a sus sesenta y dos años de edad, reconociendo su vulgaridad inaceptable, manifiesta que necesita amar y ser amado y ser incapaz de olvidar todo lo bueno vivido durante esos once años de relación. Alguien que escribe la nota de defunción de su matrimonio con una mezcla de tristeza y gratitud hacia su mujer y hacia la vida misma. Una nota no exenta, por momentos, de despecho y reproches. No solo hacia la que ya es su ex mujer, sino hacia sí mismo: por las señales de anuncio no vistas, por convertirse en un cadáver ambulante sin dignidad ni confianza en sí mismo, por pasar de ateo convencido a mártir del amor, por abandonar su higiene y aseo, por haber permitido que el sexo apasionado del principio diera paso a la rutina y al desamor y por vivir en un tiovivo emocional que lo lleva a la culpa y a la depresión. A las pastillas y a la enfermedad.

    Islandia nos habla del adiós, de la pena, de la gran -ingente, enfermiza- cantidad de whatsapps y llamadas perpetradas a cualquier hora del día por el protagonista y desatendidas por una Ada que es consciente del daño ocasionado a su marido pero que, teniendo claro que ya no lo quiere, le tiende la mano en todo lo que puede. Obviamente no hasta el extremo de estar dispuesta a soportar una auténtica riada de mensajes diarios. Tantos que, a pesar de haber acordado vivir juntos de momento hasta la oficialización del divorcio a través del libro que él esta escribiendo, debe instar al narrador a comenzar a buscar una casa en donde vivir. Es lo que tiene dedicarse a dar la lata todo el santo día. Y también es algo normal, en una situación así, sentir que lo has perdido todo. Porque Ada todavía tiene a sus padres, que son su gran fortaleza, pero él perdió a los suyos y está solo. Ella era la parte fuerte de la relación: con apoyo familiar, dinero, casa y valentía. Él, en cambio, era la débil: depresivo, sin familia, sin casa propia y cobarde. O, al menos, así lo ve y lo siente él.

    Tras ese largo lamento, que ocupa casi trescientas páginas, llegan las tres partes finales de la novela. Unas cien páginas más. La segunda -Un hombre enamorado, que nos muestra la lucha contra el olvido, la infelicidad, la apatía, la tristeza, el odio y el abatimiento del protagonista, que llega a robar una camisa en unos grandes almacenes-, y la tercera -Islandia, que narra el crucero que metamorfosea la relación entre ellos-, están narradas ya en el clásico narrador omnisciente, en tercera persona; la última -Hechos futuros que nunca sucederán, que va combinando la primera y la tercera persona-, nos trae una especie de finales alternativos a través de los supuestos años que les quedan por vivir a ambos. No es de extrañar que el título de la novela sea Islandia. En esa tercera parte de la obra, que representa su último viaje juntos, la relación muta a amistad. Una amistad a través de la cual los protagonistas vuelven a confiar el uno en la otra. Vuelven las risas y las bromas, actúan como si fueran amigos -o hermanos-, se produce la transición hacia la nueva vida que los espera y el animal moribundo y solitario que era él se transforma en un hombre renacido a través de, entre otras cosas, su instinto de supervivencia.

    La novela no tiene, pues, un único final. Hechos futuros que nunca sucederán nos ofrece, como ha quedado escrito más arriba, posibles y diferentes finales. Unos mejores, otros peores. Porque la vida da tantas vueltas que uno no sabe dónde estará mañana. Como para atreverse a aventurar qué pasará dentro de veinte, treinta o cuarenta años, si es que seguimos vivos. Lo verdaderamente importante de la novela es la obcecación de Vilas por dejar testimonio, por escrito, del amor eterno que pretende profesar a su ya ex esposa. De que no caiga en el olvido nunca todo lo vivido durante esos once años. Porque ella ya no estará enamorada de él, pero él sí de ella. Y, aunque la relación pueda haber finalizado, él sigue dando gracias al universo por haber puesto en su vida a una mujer bondadosa a la que quizá tenga un poco idealizada pero que demuestra tener muy claras las ideas. Incluso la de seguir siendo amiga de su ex esposo a través de los años. Porque, desde el consenso, una decisión tan traumática como la de finalizar una relación no debería conllevar despecho, falta de respeto y odio. Islandia muestra que amar -aunque sea de una manera diferente- después de romperse el amor sí es posible.