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miércoles, 20 de mayo de 2026

Hambre de gloria. Víctor Fernández Correas. Edhasa. 2024. Reseña

 




    Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba, fue el mejor general de la Historia de España. Venerado e idolatrado por muchos y criticado a ultranza por otros, consiguió grandes victorias y logros diplomáticos para los reyes a los que sirvió: Carlos V y Felipe II. Fue clave en la victoria contra los protestantes alemanes, la defensa de Italia ante el Papa Paulo IV, el sofoco de la rebelión de Flandes y la conquista de Portugal para el Imperio español. Figura polémica donde las haya, cumplió a rajatabla los órdenes recibidas por parte de sus reyes, incluso cuando no era de la misma opinión que ellos o éstas iban en contra de sus propios intereses. Un personaje de nuestra Historia, sin duda, valeroso, insaciable, leal y con un alto sentido del honor. Según otros, un verdadero criminal sin escrúpulos. En ambos casos, un hombre sediento de reconocimiento y de gloria. Un hombre que, en sus últimos tiempos, solo quería retirarse a Alba de Tormes y descansar en paz junto a sus seres queridos.

    Víctor Fernández Correas sigue recorriendo la Historia de los Austrias -ya retratada con creciente maestría en La conspiración de Yuste. Hay que matar a Carlos V (La Esfera de los Libros, 2008) y en Mulhberg (Edhasa, 2022)- en Hambre de gloria (Edhasa, 2024). Carlos V y el duque de Alba son sus personajes preferidos. Y demuestra conocerlos muy bien. No solo militarmente. También en el aspecto más personal y humano. Así, en su última obra recorre los últimos dos años de vida del general más importante del Imperio español. Un general que se siente cansado, doliente y casi acabado en lo físico, pero que mantiene intactos su firme compromiso con su majestad Felipe II y con el Imperio y una capacidad analítica, militar y diplomática dignas de mención. Un hombre que siente que su cuerpo no responde a su mente. Una mente todavía privilegiada y ampliamente capacitada para conseguir para su rey su última encomienda: la conquista del reino de Portugal.

    Hambre de gloria es una divertida novela histórica y de aventuras con varias tramas y sub tramas que convergen en diferentes puntos de la narración. A través de todas ellas, a modo de puzzle, Víctor Fernández Correas refleja con todo detalle la sociedad del siglo XVI. Uno de los más convulsos de la Historia de la Humanidad. Y, como punto central, la campaña de 1580 para incorporar los territorios portugueses a un Imperio en el que nunca se ponía el sol. Una campaña dirigida por el duque de Alba, secundado por su hijo bastardo Hernando, el que más se le parece de todos sus hijos; su maestre de campo, Sancho Dávila; y el capitán general del Mar Océano, Álvaro de Bazán, el marqués de Santa Cruz. Estrategias, reuniones, órdenes y escala de mandos descritos con minuciosidad. El punto fuerte de la novela desde el punto de vista político y militar. Pero la novela es mucho más. Y, desde otros puntos de vista, contiene tramas más sugerentes en lo literario.

    La parte familiar de la vida del duque de Alba compone una sub trama interesante. Amaba a su esposa, pero su sentido del deber y del honor lo llevó a aceptar la encomienda de Felipe II. Incluso negándose a sí mismo el derecho a acabar sus días en paz, en sus propiedades, y junto a su esposa. Precisamente la familia está también en la base de otra sub trama que resulta más que interesante. El enfrentamiento entre la casa de Alba y la de Mendoza conlleva que la Princesa de Éboli, caída en desgracia y encarcelada por Felipe II, trate de sabotear la campaña portuguesa para perjudicar al duque. Así, se hace valer de una serie de personajes -no todos indignos, por cierto- para hacer caer en desgracia también al general. Así, las conspiraciones, las intrigas y las traiciones están también presentes entre los personajes de la novela. Unos personajes que, en no pocas ocasiones, no son lo que parecen. Y que deben actuar con mucha sangre fría para no ser descubiertos y cumplir sus objetivos.

    Y, siguiendo con el aspecto familiar, pero esta vez de Felipe II, encontramos el origen del conflicto sucesorio portugués tras la muerte sin descendencia del monarca Enrique I. Tanto Felipe como Antonio, prior de Crato, primos carnales y nietos de Manuel I de Portugal, reclamaron sus derechos sucesorios. Antonio consiguió el apoyo del pueblo llano, se auto proclamó rey y se atrincheró en Lisboa, consiguiendo para su defensa contra las huestes del duque de Alba un ejército extenso pero muy mal preparado. Apoyado por Fernando y Diego de Meneses y Enrique Simoes, se hizo fuerte a los alrededores de Alcántara, cerca de la capital portuguesa. La mayor parte de los componentes de sus fuerzas eran esclavos llegados desde distintos lugares de África. Como el joven Ebou, procedente de la isla senegalesa de Gorea, un pobre ser inocente víctima de un sistema de trata de esclavos que lo lleva a Portugal junto a Nyima, el amor de su vida.

    Hambre de gloria es también una novela de contrastes. De semejanzas -o semejantes- y también de antagonismos -y antagonistas-. Así, el soldado portugués Cristóbal Freire se muestra diferente de los soldados españoles -Ginés Méndez, Rodrigo de Cervantes, o Íñigo Sánchez-. Los españoles no discuten órdenes y luchan por su rey. Por contra, el portugués, conocedor de la figura del prior de Crato, lucha por sus principios y por sus paisanos, enfrentando en numerosas ocasiones los mandatos de su auto proclamado rey. La venganza toma un papel importante en la trama de la novela. También el honor, la lealtad -a un rey, a un general, a un pueblo-, la gratitud -como la que le profesa Íñigo Sánchez a cierto manco que en la batalla de Lepanto perdió el brazo por salvarle a él la vida- y el amor -el que florece entre Ebou y Nyima-. Por descontado, también aparecen en la novela los valores y los principios -y, por contra, la carencia de estos-. Sin olvidar que el paso del tiempo y los hechos vividos pueden hacer cambiar la forma de actuar de cada uno de los personajes. 

    La novela discurre entre las cartas del duque de Alba a Felipe II, en las que lo pone al día de los avatares de la campaña; los versos del añorado poeta y militar toledano Garcilaso de La Vega, gran devoción del duque; el continuo desfile de toda clase de personajes, algunos reales y otros ficticios; los deseos por parte del monarca de que la conquista se desarrolle sin excesos, saqueos, pillajes ni asesinatos, más allá de lo imprescindible; las ansias por parte de los soldados de cometer toda clase de maldades, físicas y de carácter económico; los esfuerzos por parte del duque de frustrar esas ansias de sus soldados pero a la vez dejando que saquen algo en claro de la campaña; las continuas referencias a Miguel de Cervantes, a sus desvelos en el cautiverio de Argel y a su deseo de dedicarse a contar historias que sobrevivan siglos después de su existencia en esta tierra; y los repetidos guiños culturales -literarios, musicales, etc- de tiempos posteriores -muchos, actuales- que provocan la sonrisa de un lector que, terminada esta novela, espera desde ya la pronta publicación de la nueva obra de un autor muy a tener en cuenta.