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lunes, 14 de diciembre de 2015

También hubo amor en el gueto. Marek Edelman. Galaxia Guternberg. 2013. Reseña





     Marek Edelman falleció en octubre de 2009. Con él despareció también el último de los supervivientes del gueto de Varsovia. Desde entonces, no hay -ni habrá-, nuevos testimonios de lo que allí ocurrió. A lo largo de más de sesenta años fue objeto de multitud de entrevistas. Entrevistas en las que jamás le preguntaron por una cuestión que para él fue básica pero injustamente olvidada. Por eso trató de dejar en este libro una serie de historias sobre el amor en el gueto. Porque, en palabras suyas, era el amor el que ayudaba a resistir entre aquellos muros infames. 

     Junto a Mordejai Anilevich, Antek Zukierman y el resto de los militantes de la ZOB -Organización Judía de Lucha- Edelman fue uno de los cabecillas de la rebelión del gueto varsoviano en 1943. Sobrevivió y pudo participar también en el Alzamiento de Varsovia en 1944. Sin embargo, hasta la escritura de este libro no había abordado nunca un tema que merece toda nuestra atención: las relaciones amorosas entre los muros. Y eso que es sabido que en el gueto se establecieron relaciones, incluso entre los propios miembros de la ZOB. Véanse los casos de Anilevich y Mira Fuchrer o de Zukierman y Zivia Lubetkin.

     Por descontado, el título de este libro -que no novela- es muy llamativo. No obstante, el capítulo que hace referencia a El amor en el gueto ocupa escasamente 12 de las 150 páginas del mismo. En las cuales describe, muy brevemente -quizá demasiado-, toda clase de relaciones y situaciones. Muchas de las cuales nos dejan un nudo en el estómago. Y es que hubo gente que vivió o murió por seguir a su amado/a. El amor, por suerte en algunos casos y por desgracia en otros, decidió entre la vida y la muerte. Porque, como se suele decir, en las situaciones extremas podemos encontrar lo mejor y lo peor de las personas. 

     En estas páginas encontramos toda clase de historias amorosas: parejas desgraciadas, separadas por las circunstancias; amantes que lo dejaron todo por seguir a sus parejas; hijos e hijas que prefirieron morir a vivir si para ello debían abandonar a sus padres; padres que decidieron morir para salvar a sus hijos; aventuras entre personas del mismo sexo; otras entre mujeres mucho mayores que sus amantes; y viceversa. Y todo ello en un ambiente en el que muchos, paradójicamente, encontraron lo que antes, en situación de libertad, siempre habían anhelado.

     El resto de las páginas del libro describen la adolescencia y juventud de nuestro protagonista: su familia, sus escuelas, amistades, conocidos y relaciones sociales. Todo ello en el seno de una sociedad que se debatía entre el amor y el odio entre judíos y católicos y, ya comenzada la guerra, entre la vida y la muerte, especialmente de los primeros. Edelman rescata de su memoria jirones y aspectos sueltos de sucesos que le forjaron a convertirse en miembro de varios partidos políticos judíos y de varias organizaciones, entre las que destacó su militancia activa en la ZOB.

     Además, el libro describe, casi topográficamente, el entramado de calles, plazas, escuelas, hospitales, comercios, edificios públicos y otros lugares de interés que, lamentablemente, desaparecieron tras la invasión y ocupación alemana. Y retrata y homenajea a algunos de sus compañeros en la tarea común de luchar contra la opresión germana. Conocedor de que era el último superviviente del gueto quiso salvar del olvido a muchas de las víctimas, con sus nombres y apellidos, porque, como él mismo afirmó, seguramente nadie más va a evocarlas y es necesario que de ellas quede alguna huella. 

     De entre los múltiples párrafos del libro, me quedo con uno que dice así: el Holocausto no es verdad que fuera un asunto de esos cien o doscientos mil alemanes que tomaron parte personalmente en el exterminio. No, fue un asunto de Europa y de la civilización europea, que crearon las fábricas de la muerte. El Holocausto es un derrota de la civilización. Y por desgracia esa derrota no se acabó en 1945. Tanto es así que, muchas de las cosas que suceden a día de hoy vienen de la conciencia construida desde entonces: desde el desprecio de la vida humana. Y, por supuesto, del miedo.

     No obstante, el último párrafo del libro deja una ventana abierta  a la esperanza: la juventud puede vencer al miedo. Dice así: en este último cuarto de siglo la juventud ha demostrado ya varias veces que puede hacerlo (fin de la guerra de Vietnam, Francia 1968 y Alemania (caída del muro de Berlín)). Algo ha cambiado a partir de esa rebelión de la juventud. Nosotros ya somos una generación perdida. Lo único que queda por hacer es enseñar a la juventud que lo primero es la vida y que sólo después viene la comodidad.                      


martes, 3 de noviembre de 2015

Diario del levantamiento de Varsovia. Miron Bialoszewski. Alba Editorial. 2011. Reseña





     Miron Bialoszewski tenía diecisiete años cuando los alemanes invadieron Varsovia. Y veintidós cuando, en 1944, los grupos de insurgentes de la capital polaca se levantaron contra la opresión nazi. Escribió sus memorias contando los acontecimientos relacionados con dicho levantamiento a los cuarenta y cinco años, es decir, más de veinte años después. Ese fue el tiempo que le costó terminar de asimilar todo lo ocurrido, ordenar sus notas y reunirse con familiares, amigos y conocidos para subsanar pequeños errores de memoria. El resultado, como cabía esperar, valió la pena.

     Bialoszewski relata los sucesos con un lenguaje llano, plenamente comprensible para todo el mundo y con bastante frialdad, algo que provocó que le llovieran críticas desde diversos sectores de la opinión pública polaca, que lo acusaron de vulgarizar y desdramatizar la guerra. Él, en cambio, explicó que no se adentró demasiado en su interior porque no pudo hacerlo de otro modo: en realidad, lo vivíamos así. Y aquellas vivencias solo pueden transmitirse de forma natural, sin artificios. Estuve más de veinte años sin poder escribir sobre lo que pasó. A pesar de que quería hacerlo. Y de que hablaba de ello.

     Como era de esperar, nos encontramos un relato descorazonador. Y es que los varsovianos que vivieron aquel triste episodio lo hicieron básicamente bajo tierra: escondidos en canales, sótanos y refugios. Todo ello, ante la constante presencia de morteros, artificieros, bombarderos, ametralladoras, artillería y lanzallamas. Porque los nazis se propusieron destruir la ciudad por entero. De hecho, según diversos estudios, se ha demostrado que casi el ochenta por cien de la ciudad conocida en 1939 desapareció durante la guerra. Pocos fueron los edificios que no sufrieron ningún desperfecto. La visión común en las calles de la ciudad era varios metros de escombros, muerte y destrucción.

     El levantamiento se dio el uno de agosto de 1944, cuando los rusos estaban al otro lado del Vístula y los alemanes comenzaban su retirada. Una retirada, eso sí, muy lenta y con un objetivo claro: no dejar piedra sobre piedra en Varsovia. Los insurgentes se sublevaron porque, pese a entender que el dominio nazi estaba a punto de acabar, los rusos estaban apostados cómodamente a la espera de entrar en la capital y hacerse con lo poco que dejaran sus enemigos. Obviamente, lo último que deseaban los polacos era que un poder sustituyera al otro. De modo que el levantamiento fue la única salida ante una situación límite.

     Bialoszewski narra cómo lograba pasar de unos sótanos a otros más seguros cuando los anteriores eran destruidos o descubiertos por los alemanes. Y transmite a la perfección el agobio y la agonía de unos ciudadanos que no tenían momentos de tregua. El levantamiento duró 63 días, hasta que sucumbió ante el poder nazi, debilitado pero no tanto como para no poder terminar con una resistencia tenaz pero muy débil. Cabe destacar las distintas reacciones de las personas ante situaciones tan complicadas. Así, mientras que algunos compartían lo que poco que tenían - la mayoría, para sorpresa del lector -, otros actuaban de forma egoísta, tratando de mantenerse con vida al precio que fuera.

     El diario desgrana cómo los insurgentes van ganando y perdiendo terreno según avanzan los días. Cualquier triunfo, por pequeño y poco duradero que fuera, era acogido con entusiasmo por los cada vez menos supervivientes. Familias separadas - en el mejor de los casos -; amigos perdidos y, en pocas ocasiones, recuperados; desconocidos bondadosos y piadosos; valientes jóvenes; y otros derrotados y sin ganas casi de vivir componen un mural de sentimientos tales que cuesta no meterse de lleno en su piel. Y sufrir con ellos. 

     Aspectos tan fundamentales y fáciles de conseguir para la totalidad de los mortales como hacer sus necesidades con tranquilidad, ir a recoger agua de dondequiera que brotara, encontrar algo de comida entre las ruinas, el polvo y los incendios o limpiarse, dormir y asearse se convirtieron para esta especie de cavernícolas modernos en toda una odisea, a veces imposible de alcanzar. La vergüenza y el sentido del pudor hubieron de desaparecer para dejar paso a la única preocupación: calcular el agua y la comida necesarias para seguir con vida, aunque fuera solo un día más.

     En uno de los fragmentos escribe Bialoszewski: Porque te preocupabas por los tuyos. Por los que estaban al lado pero un poco más lejos te preocupabas menos, aunque algo. Por los que estaban aún más lejos pero en el mismo edificio, te preocupabas aún menos pero seguías preocupándote. ¿Y por el edificio vecino? ¿Y por los de enfrente? No es que nos preocupáramos mucho. En una situación tan dramática: ¿quién no narraría lo ocurrido con frialdad? Cuando lo que está en juego es la propia supervivencia la sangre fría debe primar. ¿Quién culparía a una madre que le dice a su hijo: No llores más, vas a morir de todos modos?
       
             

lunes, 9 de febrero de 2015

The Imitation Game (Descifrando Enigma). Morten Tyldum. 2014





     Alan Turing fue un matemático, lógico, criptógrafo y científico de la computación inglés. Considerado uno de los padres de la ciencia de la computación y el precursor de la informática moderna fue, además, homosexual. Esta información, que a día de hoy carecería de importancia para la mayoría de gente - aunque siempre hay algún retrógrado - colocó al científico en un callejón sin salida a mediados de los años cincuenta en la Inglaterra de la posguerra. Hecho que convirtió a uno de los máximos responsables de la victoria aliada en la II Guerra Mundial en un ser socialmente visto como depravado, vicioso e indecoroso.

     Turing consiguió descifrar los códigos nazis contenidos en la máquina Enigma, con lo que contribuyó de manera casi decisiva al triunfo sobre el nazismo. Nada de ello le sirvió para ser reconocido públicamente en la Inglaterra de su tiempo. Es más, acabó cayendo en desgracia cuando, siete años después de terminar la guerra, fue acusado y condenado a castración química para atajar sus inclinaciones sexuales. Ser homosexual fue su pecado mortal. Y por ello, pagó bien caro. Su trabajo en Bletchley Park, la formalización del concepto de algoritmo, la creación de la máquina de Turing, dar el pistoletazo de salida a la inteligencia artificial y diseñar y crear una de las primeras computadoras electrónicas promagrables digitales pesaron mucho menos que el hecho de ser gay en aquella Inglaterra conservadora e intransigente.

     Hasta aquí lo que es de dominio casi público. A partir de ahora paso a analizar aquellos aspectos de la película que me parecen más llamativos. En primer lugar, debo destacar la extraordinaria interpretación de Benedict Cumberbatch en el papel de Alan Turing. Conocido por sus apariciones en la serie televisiva Sherlock y en films como El Hobbit, Star Trek, 12 años de esclavitud o War horse, entre otros, está ante el papel de su vida (hasta el momento). Un trabajo que le ha situado como uno de los grandes candidatos al Oscar. Es un personaje complicado, emocional, explosivo y solo al alcance de un actor de enorme talento. Su gran trabajo ante las cámaras permite conseguir un retrato creíble de cómo debió vivir aquellos años Turing. Nos transmite de manera realista y fiel el dolor, el sufrimiento y la obstinación del genio que fue. Cumberbatch es, sin duda, el pilar en el que sostiene la película. Como en su día el propio Turing lo fue en el proceso de descifrado de Enigma.

     La mayoría de genios de la historia de la humanidad han sufrido una tremenda soledad en sus vidas. Solo unos pocos se han salvado de este hecho. Turing no pudo. La película muestra cómo, ya de niño, hubo de hacer frente a la pérdida de su único amigo, su compañero Christopher, con quien tuvo una amistad mucho más cercana de lo habitual. Veinte años después, bautizará a su máquina descifradora de Enigma con ese mismo nombre, mostrando el anhelo y la melancolía del genio inglés. Algo que le acompañó hasta el final, según el film. 

     Su único sostén durante el complicado proceso de descifrado de Enigma fue Joan Clarke, interpretada por Keira Knightley (Anna Karenina, Piratas del Caribe, Orgullo y prejuicio o El Rey Arturo). Nominada al Oscar como mejor actriz de reparto por su papel, cumple con lo que se espera de ella en cada momento, en cada situación. Clarke se enamorará de Turing pese a vislumbrar sus inclinaciones y estará a su lado en todo momento. Su mente prodigiosa, casi a la altura de la del propio protagonista, será clave en la perseverancia de aquel.

     Matthew Goode (Belle, Watchmen, Match Point o Al sur de Granada) interpreta a Hugh Alexander, campeón de Inglaterra de ajedrez. Inteligente y guapo, es el típico gentleman inglés, seductor y conquistador. El giro que se da en la relación entre los dos principales protagonistas masculinos es otro de los fuertes de la cinta. El reflejo más patente de que la unión siempre hace la fuerza, de que remar todos en la misma dirección es la mejor opción. De que el trabajo en equipo es el más productivo. Porque en el mundo, además de ciencia, debe haber también humanidad. 

     Y, como en todas las películas debe haber un malo, en este caso aparece Charles Dance (Underworld, Scoop, Gosford Park), el superior de Turing, el comandante Alastair Denniston, quien espera el más mínimo error del jefe de los descifradores para despedirlo y despellejarlo vivo. Ante él, más que ante nadie, deberá Turing cifrar sus pensamientos, sus inclinaciones sexuales y su personalidad para defenderse ante ese poder material, perverso e inmoral dominante en su Inglaterra natal. Y también este punto queda resuelto en el film por el buen hacer de Cumberbatch.

     El director noruego Morten Tyldum (Headhunters) y el guionista novel Graham Moore, ambos también nominados a los Oscars en sus distintas parcelas, contribuyen a dar vida a Turing con sus grandes trabajos. Sobre todo a la hora de adaptar a la pantalla la biografía escrita por Andrew Hodges, pionero y líder del movimiento de liberación gay inglés en los años setenta. Hodges escribió Alan Turin: the Enigma para recuperar la figura del denostado científico. Un homenaje justo y merecido que el propio gobierno británico tardaría todavía treinta años más en realizar. Sea como sea, el film hace justicia con un personaje sin el cual el mundo en que vivimos podría ser muy diferente de lo que es. No en vano, como queda demostrado en The Imitation Game (Descifrando Enigma), el amor puede hacer perder guerras...      

    

lunes, 6 de octubre de 2014

El extranjero. Albert Camus. Alianza Editorial. 2012. Reseña





     En 1957 Albert Camus recibió el Premio Nobel de Literatura por el conjunto de una obra que pone de manifiesto los problemas que se plantean en la conciencia de los hombres de hoy . El escritor francés de origen argelino desarrolló a lo largo de su obra un humanismo fundado en la conciencia del absurdo en la condición humana. 

     El Extranjero fue su primera obra publicada - que no escrita - y, junto a La peste, la más reconocida de su extensa trayectoria. Como siempre, resulta imprescindible estudiar el momento en que Camus escribió la novela: el frío invierno parisino de 1942, en plena ocupación nazi durante la Segunda Guerra Mundial. Un París en el que se pasaba hambre y frío y se moría de terror ante las injusticias perpetradas por la barbarie hitleriana. 

     Camus narra en primera persona la historia personal de Meursault, ser indiferente a la realidad por resultarle esta inabordable y absurda, un extranjero dentro de lo que deberia ser su propio entorno. Y, por desgracia, un paria de la sociedad que comete un absurdo crimen del que será incapaz de defenderse pese a sentirse no culpable de la acción que causa la muerte del otro individuo. 

     Meursault es un hombre frío como un saco de hielo que no muestra nunca sentimiento de injusticia, arrepentimiento o lástima, ni siquiera de sí mismo. Un personaje pasivo y escéptico frente a todo lo que le rodea, incluídas la aburrida existencia humana e incluso la muerte. En definitiva, un ejemplo cruel de la sociedad deshumanizada y carente de valores morales que Camus percibió en un momento en que la existencia humana fue realmente mezquina. Sin duda, influyó en el autor la honda sensación de frustración y desesperanza creada por la ocupación alemana de París y el resto del continente europeo.

     El personaje central de de la novela nos invita a reflexionar con profundidad sobre el sentido que cada uno de nosotros ha de dar a su propia vida. Y, ante todo, nos obliga a luchar por una libertad cuya pérdida nos puede abocar a la cotidianidad, el absurdo y al sentido de pecado. En suma, una alienación total que puede llegar a hacernos sentir extranjeros, extraños, en nuestra propia casa. Estos factores precisamente son los que conducen a Meursault a una indiferencia tal que lo despoja del espíritu de lucha necesaria para defenderse ante el juez y el fiscal, víctima de lo absurdo, de su silencio, de su pasividad.

     Su comportamiento extraña a su jefe, ante quien no muestra alegría tras su ascenso y traslado a la capital; a María, su chica - por llamarla de alguna manera -, a la cual invita a bañarse y al cine justo después de celebrar el entierro de su propia madre; al director y al conserje de la residencia donde fallece esta, por no pedir por ella ni llorar ni pedir ver su cuerpo ya sin vida; y al lector, por todo ello y otras actitudes que nos lo muestran como frío y casi inhumano. 

     El estilo sencillo, de frases cortas, empleado por Camus nos adentra todavía más en la acción. Es una novela que parece estar escrita con la misma desgana que percibimos en su protagonista a la hora de abordar su propia existencia. Este es, en mi opinión, uno de los grandes aciertos del autor al abordar la escritura de la historia. Todo, absolutamente todo, desprende un cierto olor a aburrimiento, una desidia, un pasotismo . No se me ocurre mejor manera de narrar esta novela. Meursault habla de sí mismo como podría hacerlo de cualquier otra persona, sin emoción, de forma plenamente objetiva y como si hablara en realidad de un reflejo percibido en un espejo. Con un desapego de sí mismo que en el lector causa sorpresa y hasta espanto.

     Y lo peor de todo - y lo que más debe inquietarnos como lectores y como personas -, es que la sociedad juzga al protagonista más por sus actos pasados ​​y su evidente falta de apego a sí mismo que por su absurdo crimen. Una sociedad que juzga a sus integrantes sin conocer prácticamente sus pecados ni interesarse por ellos está destinada a deshumanizarse de forma progresiva. Y en esa sociedad es precisamente en la que vivimos. Inquietante, ¿verdad? Reflexionemos, pues ...     

lunes, 10 de marzo de 2014

La victoria del ghetto. Marc Dvorjetski. Editorial Euros. 1974. Reseña





     Marc Dvorjetski fue uno de los ochenta mil judíos que poblaban la ciudad de Vilna, Lituania, en 1941. La denominada "Jerusalén lituana", auténtica metròpolis del judaísmo europeo, fue tomada por los nazis en junio de 1941. Como en multitud de ciudades polacas y del este de Europa la población judía fue confinada en un gueto. 

     La victoria del ghetto es el resultado de un juramento realizado por muchos judíos en aquella época: los que sobrevivieran a la barbarie nazi contarían todo lo ocurrido para que las generaciones venideras no volvieran a repetir semejantes atrocidades. Evidentemente, el título es simbólico, pues poco pudieron hacer los allí confinados para hacer frente a los alemanes. Sin embargo, a lo largo de los hechos reseñados por Dvorjetski subyace un ferviente mensaje de fe, esperanza y lucha.

     Médico de profesión, se ocupó de hacer algo más llevadera la vida de cuantos conciudadanos pudo atender durante los más de dos años que duró el hacinamiento en un entorno mugriento, gris y sucio. No obstante, lo descrito supone, en palabras de René Cassin, premio Nobel de Literatura, en el prefacio del libro, "un himno triunfal para la celebración mística de una epopeya gloriosa". 

     Aunque el gueto más conocido de la época (el de Varsovia) es bastante conocido gracias a multitud de novelas, ensayos y hasta películas merece la pena leer lo acaecido en otros recintos amurallados similares. Encontramos en este relato múltiples similitudes respecto a la capital polaca. Pero también aspectos diferentes que amplían nuestros horizontes y nos permiten ver cómo los judíos no reaccionaron de igual manera en todos los lugares que sufrieron las atrocidades nazis.

     Pese a que no hubo una sublevación como la de Varsovia sí encontramos en el relato de Dvorjetski las mil y una maneras de hacer frente a los alemanes. Figuras como Abba Kovner, Tenenbaum-Tamarov, Yehiel Scheinbaum, Glasmann o Wittenberg, líderes del movimiento resistente de Vilna, reciben aquí su particular homenaje, al igual que las mujeres participantes en los correos clandestinos gracias a los cuales la mayoría de los guetos de Centroeuropa estuvieron en permanente comunicación a lo largo de la guerra: Frumka Plotnitzki, Liona Kazibrodska y Tamara Schneidermann, entre otras muchas. 

     El bosque de Ponar, situado a escasos siete kilómetros de la ciudad de Vilna, uno de los lugares más hermosos de la zona, fue utilizado por los alemanes para fusilar y enterrar a multitud de judíos procedentes de la "Jerusalén judía" y de otros lugares de Europa. Precisamente en los bosques de los alrededores, muchos otros se unieron para luchar contra el gran enemigo. Incluso se constituyeron auténticas colonias judías clandestinas en ellos. El más conocido, el de los hermanos Bielski, llegó a contar con más de mil doscientas personas. El magnífico film "Resistencia", dirigido por Edward Zwick e interpretado por Daniel Craig y Liev Schreiber, cuenta la historia de este grupo comandado por Tuvya Bielski.

     Una particularidad tiene este aspecto de la lucha en el bosque: en la parte final de la guerra, cuando ya se veía que el poder alemán iba a caer con estrépito, soviéticos, polacos, lituanos y ucranianos también se echaron encima de los judíos refugiados en plena naturaleza. Su objetivo era muy simple: acabar con ellos definitivamente y, de paso, hacerse con los territorios hasta entonces ocupados por los nazis. Comenzó, así, otra guerra, totalmente desconocida por el gran público, en busca de poseer los territorios que iban a quedar libres de las huestes de Hitler. Y, nuevamente, los judíos iban a ser las víctimas inocentes de ella.

     En 1961 Dvorjetski declaró como testigo en el proceso de Adolf Eichmann, acusado de crímenes contra la Humanidad. Gracias a su testimonio (y el de otros testigos presenciales) fue declarado culpable y condenado a muerte. El nazi, que se declaró inocente porque "simplemente me ocupé de cumplir las órdenes de mis superiores", fue ejecutado en la prisión de Ramla en 1962.  

     La destrucción del gueto de Vilna, y del resto de los guetos europeos, hizo posible la edificación de la nación de Israel gracias a la voluntad de unos hombres que convirtieron la derrota y la muerte en el terreno de cultivo de una gran victoria histórica demandada durante años y años por todos los judíos del mundo. Eso sí, también fue el germen de una nueva guerra con el pueblo palestino, poniendo de manifiesto, una vez más, la terrible injusticia cometida por la comunidad internacional encarnada por la ONU. Pero esa es otra historia...                   


lunes, 24 de febrero de 2014

La estación espía. Ramón Javier Campo. Península. 2006. Reseña






     La estación internacional de Canfranc, inaugurada en 1928 por Alfonso XIII (también acudió Francisco Franco como general director de la Academia General Militar de Zaragoza, cargo que acababa de estrenar unos meses antes), situada a sólo cuatro kilómetros de Canfranc pueblo, vivió su época de mayor movimiento durante la Segunda Guerra Mundial. Hasta noviembre de 1942 fue un enclave estratégico para las redes de espionaje de los aliados. La Resistencia Francesa y los servicios de inteligencia británicos utilizaron la frontera para pasar mensajes en clave con la finalidad de acabar con el poder nazi.

     En esa fecha la situación empeoró con la ocupación alemana de la Francia hasta entonces libre y de la frontera con España. Los nazis se establecieron en la estación aragonesa, aunque eso nunca detuvo a quienes lucharon por salvar el continente de su barbarie. Multitud de judíos, soldados aliados y franceses que huían de su país ocupado utilizaron también el paso fronterizo para ponerse a salvo y tratar de llegar al norte de África (vía Zaragoza y Madrid) o a Portugal (donde embarcaban rumbo al continente americano en busca de la ansiada libertad).

     La estación espía es un relato construido a partir de una investigación histórica realmente digna de alabar que recrea cómo era la vida en la estación, el pueblo y sus alrededores en una de las épocas más convulsas de la historia de la humanidad. Su autor, Ramón Javier Campo, periodista de El Heraldo de Aragón desde 1991, sigue el camino emprendido en El oro de Canfranc (2001). Oscense de nacimiento, no pudo negarse a investigar la gran cantidad de sucesos acaecidos tan cerca de su lugar de residencia, algo nada difícil de entender cuando uno ha leído las páginas de sus estudios.

     La estación fue también el lugar en el que los regímenes de Franco y Hitler intercambiaron mercancías de alto valor energético (wolframio y hierro) y económico (lingotes de oro y obras de arte). Pese a la neutralidad española a nadie escapa la intensa colaboración que hubo entre los dos dirigentes fascistas, en estrecha unión también con Salazar y Mussolini. El relato muestra, sin embargo, cómo los españoles fueron paulatinamente virando en su política exterior según el signo de la guerra fue cambiando en favor de los aliados.

     En el libro se tratan las varias y variadas redes de espionaje establecidas en la zona (de la Resistencia Francesa y de los republicanos españoles asentados en tierras vecinas), los asentamientos de maquis españoles en los montes de la parte francesa de la frontera e incluso de policías y guardias civiles españoles que trataban de impedir a toda costa que sus amigos los nazis vieran cómo sus expectativas de dominio europeo se vinieran abajo.            

     Dentro de la gran historia de la contienda militar hay multitud de historias o micro-historias que no por desconocidas son menos importantes. Y es gracias a obras como la reseñada que el lector puede asistir a escenas realmente conmovedoras en algunos casos y estremecedoras en otros. La lectura de La estación espía resulta muy agradable en cuanto a forma de escritura y también en cuanto a la vasta información aportada por su autor.

     A buen seguro este libro se convertirá - si no lo es ya - en fuente de información y documentación de primera mano tanto para historiadores y demás estudiosos como para escritores. De todo lo que ocurrió en la imponente y majestuosa estación modernista de Canfranc saldrán tesis, libros, artículos y novelas de gran interés. El tema da para mucho y no está demasiado tratado, por lo que lo que nos presenta Ramón Javier Campo es todo un filón que habrá que explotar. Y servidor, que ha paseado por tan magno edificio, puede asegurar que simplemente imaginar en el lugar a miembros de la Gestapo, espías de todo tipo, huidos de toda índole, vagones y vagones de lingotes de oro y obras de arte, etc produce una sensación realmente emocionante. 

     En definitiva, nos encontramos ante un documento de indudable interés para estudiosos pero también para curiosos y ávidos de adquirir nuevos conocimientos. Una lectura que nos hará reflexionar, más si cabe, sobre la época en que Canfranc vivió su época de mayor esplendor. Muy recomendable su lectura, al igual que la visita tanto al pueblo como a la estación misma y su entorno. Un entorno cambiante según la época del año, desde el extremo frío invernal hasta los calores del crudo verano. 


lunes, 25 de noviembre de 2013

Dime Quién Soy. Julia Navarro. Plaza & Janés. 2010. Reseña





     Cuando devoras un libro de más de mil páginas cuyo desenlace parece vislumbrarse antes de la página cien y llegas al final y compruebas que lo que habías pronosticado se cumple te quedas con un sabor agridulce. Eso es lo que me ha sucedido con la cuarta novela de Julia Navarro. Sin embargo, escribo esta reseña porque la obra merece (y mucho) la pena ser leída. Sobre todo porque, sin ser una novela de misterio, te ata a sus páginas desde el principio hasta el final.
 
     "Dime quién soy" es un viaje por la historia y la memoria europeas del siglo XX, desde los tiempos de la II República española hasta la caída del muro de Berlín, pasando por la Guerra Civil española, la posguerra, el ascenso de los comunismos y los fascismos, la II Guerra Mundial y la Guerra Fría. Sirve perfectamente para explicar con claridad el tablero de ajedrez en que se convirtió el viejo continente durante el siglo pasado: alianzas contra-natura, traiciones, espionajes y falta de escrúpulos en un momento de nuestra historia en el que se vivió más de cara a la galería que hacia adentro.
 
     Todo ello ilustrado a través de unos personajes que gracias a una caracterización mayúscula se nos presentan con la fuerza suficiente como para hacernos entender sus diferentes puntos de vista sobre la política europea de la época. Porque en la novela encontramos comunistas convencidos y decepcionados; fascistas y nazis radicales y otros que simplemente sirven a su país por encima de los nauseabundos gobernantes del momento; republicanos y nacionales; militares de carrera y jóvenes pertenecientes a movimientos clandestinos; apolíticos y entendidos en ciencias políticas. Personas, en definitiva. Diferentes entre sí pero, a la vez, humanos en la mayoría de los casos.
 
     La acción transcurre en las principales capitales europeas de la época, mostrándonos el Madrid y la Barcelona de los años treinta y cuarenta, el Moscú de época staliniana, el París de los refugiados republicanos tras la contienda española, el Londres apaciguador ante Hitler, el Berlín de épocas nazi y de la Guerra Fría (perfectamente contrapuestas y magníficamente descritas), la Varsovia ocupada (con descripciones de cómo vivieron los judíos encerrados en el gueto) y hasta el Buenos Aires acogedor de españoles huidos tras la Guerra Civil española.
 
     Todos estos lugares serán visitados por Guillermo, el protagonista masculino de la novela, un inquieto periodista madrileño de principios de nuestro siglo que no encaja en el mundo periodístico de su época, en el que priman más los intereses partidistas de los medios que la supuesta misión informativa de los mismos. El joven recorrerá toda Europa y hasta Buenos Aires buscando información sobre su bisabuela, Amelia Garayoa, la verdadera protagonista de la historia. Una mujer capaz de abandonar a su marido y a su hijo recién nacido en busca de una vida mejor que acabará haciéndola vivir mil y una aventura no exenta de peligros y situaciones dramáticas. 
 
     La vida de Amelia estará repleta de amor y desamor, de aventuras y desventuras, de fidelidades y traiciones. Y Guillermo irá descubriendo, poco a poco, que su bisabuela fue una mujer capaz de lo mejor y de lo peor, siempre incapaz de quedarse indiferente ante las atrocidades e injusticias cometidas por los regímenes totalitarios que camparon a sus anchas durante casi todo el siglo que la vió vivir. Comprometida con cualquier causa que pudiera librar al continente europeo de los tiranos.
 
     Que una novela de más de mil páginas no se le haga a uno larga sino todo lo contrario es algo muy difícil de encontrar. Y también de conseguir como escritora. Y Julia Navarro lo ha hecho posible haciendo gala de una gran maestría. Los personajes se convierten en familiares del lector. La novela, dada su longitud, necesita de muchas sesiones de lectura, algo que favorece una mayor relación entre los protagonistas y el lector. Creo que me será muy difícil olvidar a Amelia y a Guillermo. Pero también a Santiago, su primer amor y también su marido, quien de tan bueno como es acaba perdiendo aquello que más quiere; Pierre, ese comunista francés que aparta para siempre a Amelia de su marido y de su hijo; Albert, el periodista británico afincado en Nueva York que intenta mantenerse neutral en un mundo en donde no se puede actuar así, algo que comprobará en sus propias carnes con el tiempo; y Albert, un militar alemán, que no nazi, que llevará su amor por Amelia hasta límites casi imposibles.
 
     En definitiva, una obra digna de entrar, por mérito propio, en esa lista de libros inolvidables de la literatura contemporánea española. Una de esas historias que dentro de muchos años serán consideradas clásicas de nuestras letras. Un libro que, historias personales al margen, ilustra los acontecimientos más importantes del siglo XX europeo. Una lectura que bien podría ser interesante incluir como obligatoria para los estudiantes de historia contemporánea.
 
      

lunes, 23 de septiembre de 2013

Todo lo que cabe en los bolsillos. Eva Weaver. Espasa. Reseña





     Un viejo y enorme abrigo y unas rudimentarias marionetas pueden cambiar la vida de las personas: acompañarlas y servirles de estímulo incluso en las peores situaciones imaginables (o inimaginables). Eva Weaver, alemana asentada en Inglaterra desde se juventud, debuta con esta primera novela, en la que, quizás, intenta quitarse de encima el peso de la losa que muchos germanos sienten sobre sus espaldas pese a haber nacido mucho tiempo después de terminar la II Guerra Mundial.
 
     Con una narrativa directa, sencilla y fácil de leer la escritora alemana construye una historia ficticia basada en escenarios reales (el gueto de Varsovia durante la ocupación nazi y los gulags siberianos de Stalin) que contiene interesantes reflexiones sobre los sucesos acaecidos durante la II Guerra Mundial y los años posteriores. Una novela que cabe leer y analizar con gran atención.
 
     "Todo lo que cabe en los bolsillos" tiene tres partes diferenciadas en cuanto a temática y técnica narrativa. En la primera de ellas, que ocupa dos tercios de su longitud y está narrada en primera persona, Mika cuenta a su nieto Danny un secreto que no conoce nadie, incluida su propia hija Hannah (madre de Danny): su vida como titiritero en el gueto de Varsovia y su relación con Max, un soldado alemán destinado en la capital polaca, con quien se encontró un buen (o mal) día. El alemán sentirá por él una fuerte atracción (le recuerda a su propio hijo, de su misma edad) y le proporcionará pan, mermelada y una cierta protección ante el resto de soldados del III Reich a cambio de que actúe para ellos en sus barracones. Las marionetas salvan a Mika en diversas ocasiones.
 
     Sin embargo, en el verano de 1942, el día antes de comenzar las deportaciones a Treblinka, el nazi y el joven Mika se despiden. El titiritero le ofrenda una de sus marionetas (el "doctor"), aunque Max habría preferido llevarse al "príncipe". No obstante, tras un nuevo encuentro, días después, como agradecimiento, el referido títere acabará en las manos del alemán tras salvar de la deportación a la madre y a la tía de Mika. Tras la guerra, el titiritero logra huir hasta Nueva York, donde vive el resto de su longeva vida.
 
     La segunda parte de la novela, escrita ya en tercera persona, narra el viaje del "príncipe" hasta los gulags siberianos. Una vez liberada Varsovia por los soviéticos los soldados nazis capturados fueron enviados a trabajos forzados al gran territorio de la nieve del norte soviético. Los alemanes viajaron en el mismo tipo de trenes en los que antes habían sido trasladados a los campos de concentración y exterminio los judíos, lo cual hará reflexionar ampliamente a Max: "se cosecha lo que se siembra".
 
     La historia se repetirá: las marionetas, que habían salvado la vida de Mika en el gueto de Varsovia, también conseguirán poner a salvo a Max en el gulag. La figura del "príncipe" llegará a tener tanta importancia en la historia narrada como los propios Max y Mika. Personajes y marionetas están descritos de una manera soberbia, lo que otorga a la acción todavía una mayor verosimilitud.
 
     Respecto a la tercera y definitiva parte de la historia, escrita de nuevo en tercera persona, no creo conveniente desvelar su contenido porque pienso que debe ser el lector quien descubra y viva con emoción estas últimas páginas. Simplemente diré que contiene escenas y sentimientos muy emotivos, aunque el final sea un poco previsible.
 
     Precisamente, esta es la única nota no tan positiva de un libro muy bien construido y documentado en el que aparecen, como secundarios, personajes reales que también tienen una gran importancia en mi primera novela, "El Círculo de las Bondades", como Janusz Korczak (pedagogo, escritor y director del orfanato de la calle Krochmalna), Mordejai Anilevich (líder del ZOB, quien comandó la rebelión judía en abril de 1943), Emanuel Ringelblum (historiador que recopiló los archivos conspiratorios anti-nazis denominados "Oneg Shabbat") o Irena Sendler (magnífica, querida y poco reconocida protagonista principal de mi obra de debut, salvadora de más de dos mil quinientos niños judíos del gueto).
 
     Mucho se ha escrito sobre el tema a lo largo de los últimos setenta y tantos años. Y muchas son las obras de referencia. Por lo apreciado, tanto Eva Weaver como yo hemos utilizado bastantes y muy parecidas. Por todo ello, no puedo concluir esta reseña sin recomendar la lectura de esta obra, también de debut, sobre unos acontecimientos que jamás deberían haber ocurrido y que tampoco debían repetirse (y, sin embargo, por desgracia, sí lo hacen...).       
 
      

lunes, 2 de septiembre de 2013

El pianista del gueto de Varsovia. Wladyslaw Szpilman. 2000. Turpial & Amaranto. Reseña





     En 1945, una vez liberada Varsovia, el pianista judeo-polaco Wladyslaw Szpilman escribió "Muerte de una ciudad", una autobiografía sobre su supervivencia en una ciudad muerta como consecuencia de la barbarie nazi durante los cinco años y cuatro meses que duró la ocupación. La obra fue publicada en 1946 por la editorial polaca Wiedza. Sin embargo, muy pronto, los comunistas no se sintieron satisfechos con la visión que de la guerra daba el pianista, por lo que fue prohibida su venta y reedición.
 
     Fue en 1998 cuando su hijo se decidió a publicar las memorias de su padre. El título se tradujo rápidamente al alemán, como "La milagrosa supervivencia", y al inglés, como "El pianista". En el año 2000 Turpial & Amaranto trajo esta desgarradora historia a España bajo el título "El pianista del gueto de Varsovia", la cual paso a reseñar a continuación.
 
     Estamos ante uno de los mejores testimonios de los hechos acaecidos en la Varsovia ocupada por los nazis durante la II Guerra Mundial. Un revelador documento, no sólo literario sino ante todo histórico, sobre la política germana respecto al pueblo judío polaco. Pese a centrarse en su propia historia personal el autor describe de forma fidedigna cómo vivió el pueblo judío el exterminio al que fue condenado por las huestes nacionalsocialistas: el encierro en el gueto, la escasa alimentación, las sucesivas vejaciones y humillaciones, los trenes de la muerte, los asesinatos, la inhumanidad.
 
     Especialmente angustioso es el capítulo en el que Szpilman describe cómo su familia (padres, hermanas y hermano) fueron obligados a subir a uno de los trenes con destino a Treblinka. Él, por suerte, pudo evitar el temido viaje cuando estaba ya en la umschlagplatz (plaza de embarque). Pudo esquivar la muerte en repetidas ocasiones a lo largo de la guerra, como si Dios no quisiera que pereciera en el concflicto.
 
     Su trabajo en la radio polaca, sus conciertos en los cafés Nowoczesna, Sztuka o Pod Fontana, sus actividades clandestinas y sus continuas fugas y cambios de escondite nos adentran en su lucha por la supervivencia a toda costa, pasando hambre, frío y soledad extrema cada uno de los días que duró la contienda. La angustia de vivir en una gran prisión al aire libre rodeada de muros coronados por alambres de espino llega a esfixiarnos como lectores, sin poder ni imaginar lo que significaba la vida en tan indignas condiciones.
 
     Otros aspectos a destacar en el libro de Szpilman son el contrabando, las enfermedades contagiosas, los muertos esparcidos por las calles, los cada vez más demoledores decretos alemanes, las polémicas decisiones del Consejo Judío (entre la espada y la pared al tener que obedecer órdenes alemanas a la vez que tratar de defender a sus hermanos), las historias individuales (como la de Janusz Korczak, conocido director de un orfanato del gueto), el odio hacia la policía judía (tan peligrosa o más incluso que la Gestapo y las SS), la extraordinaria rebelión del gueto (1943) o la sublevación de Varsovia (1944).             
 
     No obstante, si hay una palabra que, para mí, sobresale entre toda la maraña de descripciones, sensaciones y situaciones angustiosas aparecidas en este texto es la esperanza. La de que, pese a todo, siempre se debe confiar en la suerte y, sobre todo, en la bondad de las personas. Si algo queda demostrado en "El pianista del gueto de Varsovia" es que nunca hay que perder la esperanza en seguir con vida, en que alguien aparezca para salvarnos del naufragio justo antes de perecer ahogados en la inmensidad del mar.
 
     En efecto, nunca se sabe quien puede lanzarnos un flotador que nos mantenga a flote. En este caso, uno de los salvadores de Szpilman es, justamente, un capitán alemán, Wilm Hosenfeld, quien, pudiendo acabar con su vida prefirió procurarle un escondite má seguro y alimentos para mantenerle con vida hasta la entrada de las tropas soviéticas en Varsovia en enero de 1945. No fue el pianista, sin embargo, el primero en recibir ayuda de Hosenfeld. Magníficos comentarios del capitán nazi a modo de entradas de diario ilustran las últimas páginas de un libro que no puedo dejar de recomendar a quien lea esta reseña.
 
     En 2002 Roman Polanski llevó a la gran pantalla esta historia protagonizada por Adrien Brodi. No obstante, como suele suceder en el 99% de los casos, pese a la espectacularidad de la película, pienso que es mucho mejor leer de primera mano las palabras escritas por el propio protagonista de una historia. Una cosa es arte. La otra, la vida pura y dura. Y siempre vale la pena vivirla...y leerla.
 
  

lunes, 29 de abril de 2013

La tabla esmeralda. Carla Montero. Plaza & Janés. 2012. Reseña





     Tras ganar el premio Círculo de Lectores con "Una dama en juego", Carla Montero regresó el pasado año a la primera línea editorial con la obra que a continuación paso a reseñar. En ella encontramos un par de historias relacionadas entre sí y desarrolladas con setenta años de diferencia: una en el París ocupado por los nazis y otra a caballo entre el Madrid actual y, nuevamente, la ciudad de la luz. 
 
     El tema del expolio nazi de obras de arte está de moda en los últimos tiempos. En este mismo blog reseñé hace tiempo "La frontera dormida", de José Luis Galar, novela desarrollada en Canfranc. Y actualmente triunfa "The monuments men", de Robert M. Edsel, la cual verá la luz en su versión cinematográfica estas navidades de la mano de George Clooney. Si en la obra de Galar el cuadro protagonista de la trama es "El alquimista", pintura ficticia de Vermeer, en "La tabla esmeralda" lo es "El astrólogo", de Giorgione.
 
     El cuadro, del siglo XV, supuestamente encierra un gran secreto: las claves para interpretar con éxito la tabla esmeralda, texto breve, críptico, atribuido al mítico Hermes Trismegisto, en el cual está condensado o resumido todo el arte de la Gran Obra, objetivo principal de la alquimia. La codidia por poseer el cuadro y resolver los misterios que éste encierra lo convertirá en maldito a través del tiempo.
 
     La primera historia que encontramos en la trama de Montero es la que protagonizan en el París de 1942-44 Sarah Bauer, joven judía poseedora del cuadro; Jacob, un sirviente del clan de los Bauer que ayuda a Sarah a huir a la capital francesa al ser detenida toda su familia; y George Von Bergheim, un comandante de las SS al servicio personal de Himmler que busca la pintura de Giorgione a toda costa. Las acciones se nos cuentan mediante la técnica del narrador omnisciente en tercera persona.
 
     La historia actual la protagonizan Ana García-Brest, historiadora del arte que trabaja en el Museo del Prado; Konrad Koller, un rico empresario alemán coleccionista de obras de arte; y Alain Arnoux, un doctor en arte de la Universidad de La Sorbona especialista en la recuperación de obras expoliadas por los nazis en Francia. La propia Ana, en primera persona, es quien nos va contando esta parte de la trama.
 
     Cómo ambas líneas argumentales se acaban entrelazando es algo que, obviamente, no debo desvelar. Será el lector quien lo descubra según vaya avanzando la lectura de esta gran novela. No obstante, sí creo conveniente puntualizar algunas cosas sobre ella. A saber: en las dos partes argumentales hay sendas relaciones de amor (dos triángulos amorosos, para ser más exactos). Una de ellas mucho más sorprendente y atrayente que la otra. Y también una de ellas más esperada desde bastante pronto; quizás demasiado. Es decir, una historia sorprendente y bella y otra menos atractiva pues su desenlace es bastante obvio desde al menos unas tres cientas páginas antes.
 
     Respecto a los protagonistas principales he de reconocer que, pese a que son Sarah y Ana las más importantes, el personaje que más me ha impactado, con diferencia, ha sido George Von Bergheim. Sarah es una jovencita luchadora y enamoradiza que deberá buscar su camino tras perder a su familia a causa de "El astrólogo", el maldito astrólogo. Ana, en cambio, está totalmente supeditada a su novio, no tiene personalidad propia y vive al antojo de aquél, el cual hasta le dice cómo ha de vestir y peinarse. Sin embargo, Von Bergheim tiene una personalidad mucho más atractiva: debe decidir entre seguir sus propias convicciones políticas, lo que conlleva cumplir las órdenes de Himmler y Hitler, y sus valores como persona, lo cual está reñido con lo anterior y le llevará a tener que afrontar el dilema de elegir su bando en la guerra. ¿Debe entregar a Sarah o quizás protegerla y dejar que el rastro del cuadro se pierda para siempre?
 
     Temáticamente, "La tabla esmeralda" es una novela difícil de encuadrar. Puede ser una novela histórica al narrar los acontecimientos acaecidos en el París ocupado por los alemanes (sección muy bien documentada, por cierto). También puede ser un thriller al contar con elementos como la intriga o la violencia física en determinados momentos. Incluso puede calificarse como una novela romántica pues cuenta dos historias (quizás una solamente) cuyos protagonistas han de vencer sus propios temores para poder estar juntos. Y, finalmente, se puede etiquetar como metanovela al constar de dos líneas argumentales perfectamente delimitadas (por más que ambas acaben encontrándose finalmente).
 
     Etiquetas al margen, estamos ante una trama muy atractiva que creo puede gustar a todo tipo de lectores. Sin duda, una novela cuya lectura recomiendo abiertamente. Pese a sus setecientas páginas tiene aspectos que le hacen atrapar al lector e interesarle en las distintas historias que la conforman. Una lectura pues que no defraudará a aquellos lectores que se atrevan a buscar el secreto encerrado en un cuadro del siglo XV...
 
      

lunes, 15 de abril de 2013

Historia de un Estado clandestino. Jan Karski. Acantilado. 2011. Reseña




     En 1944 Jan Koziolewski, más conocido por Jan Karski, el nombre que utilizó como miembro de la Resistencia polaca durante la II Guerra Mundial, escribió su historia, la de uno de los primeros hombres en anunciar y denunciar las atrocidades nazis en su Polonia natal. La obra fue rescatada en España por la Editorial Acantilado. Ahora, está disponible para todo el mundo lector a través de una nueva edición del Círculo de Lectores.
 
     Karski fue preso por los soviéticos y llevado a un campo de Siberia pocos días después de que los nazis primero y los propios soviéticos después invadieran Polonia. Merced al pacto Ribbentrop-Molotov, accedió a un intercambio de prisioneros con los alemanes. Su intención: huir a toda costa para poder regresar a Varsovia y unirse a la Resistencia. Lo consiguió. No obstante, los resistentes tenían para él un plan bien diferente: informar al gobierno en el exilio londinense del curso de los acontecimientos.
 
     Atravesó toda Europa para poder llegar a Inglaterra, donde informó al general Sikorski. De allí, saltó a los Estados Unidos, donde también se reunió con algunas de las máximas autoridades norteamericanas. No obstante, debido a sus estudios diplomáticos y a su experiencia anterior, se decidió que debía retornar a Varsovia para seguir informando mediante un complejo sistema de comunicaciones clandestinas.
 
     En su retorno a su país natal encontró una nación cuya situación había empeorado notablemente. Resultó herido varias veces y estuvo a punto de fallecer. Se involucró al máximo con los resistentes y se interesó por la complicada existencia judía. Cambió de identidad tantas veces y se refugió en tantos lugares tan diferentes que no recuerda todos sus nombres falsos ni los lugares de sus numerosos escondites.
 
     Trabajó elaborando prensa clandestina, publicando propaganda antialemana y tratando de animar a sus compañeros resistentes. No obstante, su tarea principal consistió siempre en tener lo mejor informado posible al gobierno polaco residente en Londres. En el libro desmenuza muchos de los métodos empleados por la Resistencia y los apoyos recibidos desde las islas británicas. El Estado clandestino funcionó de forma fantástica, no aceptando jamás el poder nazi sobre su país ni permitiendo a ningún ciudadano polaco connivir con los opresores. E, incluso, fomentando y ayudando a crear un Parlamento en Polonia y numerosas escuelas clandestinas que desafiaron a la Gestapo y a las SS. Fue el único caso en todo el continente en el que un gobierno nacional continuó con sus funciones, aunque fuera desde más allá de sus fronteras.
 
     Sin duda, estamos ante un documento de primer nivel para estudiar y comprender la mentalidad de unos ciudadanos polacos que defendieron a capa y espada un Estado que era "mantenido" desde miles de kilómetros de distancia y que era sostenido a través de una compleja red de informadores, conspiradores y agentes de enlace secretos que se jugaban la vida a cada minuto. Evidentemente, muchos de ellos perecieron en su intento. 
 
     Los grandes objetivos del Estado clandestino, y de su informador Jan Karski, entre muchos otros, fueron reconstituir la democracia en su país tras la guerra (aspecto no conseguido debido al poder comunista establecido una vez finalizada la contienda) y dar a conocer el exterminio judío por parte nazi. Karski visitó algunos campos de concentración, como el de Belzec, y el gueto de Varsovia. Se horrorizó con todo lo que allí pudo ver con sus propios ojos. Todo ello le sirvió para informar de primera mano a los gobiernos de Londres y Washington, donde fue recibido por el mismísimo presidente Roosevelt.
 
     Así, pudo dar testimonio ante el mundo del horror nazi en Polonia. Sin embargo, pese a sus esfuerzos, no le creyeron. O, quizás, simplemente no quisieron creerle. La cuestión es que sus sobrecogedores relatos no sirvieron para que los aliados intervinieran en el asunto, permitiendo unas matanzas que se podrían haber evitado en caso de haber reaccionado con una mayor presteza.
 
     La obra de Karski es más que recomendable para todos aquellos interesados en conocer de cerca el funcionamiento del gobierno polaco en el exilio, del movimiento clandestino de la Resistencia polaca y, cómo no, la historia de un ser humano anónimo que trató de cambiar el rumbo de los acontecimientos contando, con pelos y señales, lo que estaba ocurriendo en su país bajo la ocupación alemana. Si bien no consiguió algunos de sus objetivos, su testimonio debe servir a la Humanidad como ejemplo de la importancia de una colaboración más cerrada entre todas y cada una de las naciones democráticas del mundo para preservar la justicia, la libertad y los derechos humanos. 

      

viernes, 17 de junio de 2011

La llave de Sarah. Gilles Paquet-Brenner. Reseña


     Conmovedora adaptación al cine del best-seller de Tatiana de Rosnay, de idéntico título, dirigida por Gilles Paquet-Brenner y protagonizada por Kristin Scott Thomas. Narra los hechos acontecidos en el verano de 1942, en la Francia ocupada por los nazis, y en 2002, cuando una periodista comienza a elaborar un reportaje sobre los hechos acaecidos sesenta años antes. 

     París, julio de 1942. Las autoridades arrestan a trece mil judíos ante la impasible mirada de los parisinos. Éstos no mueven un dedo y guardan silencio por miedo, indiferencia o simple interés. Muchos de ellos esperan ocupar las viviendas que queden vacías. En una de ellas, el pequeño Michel se oculta en un armario para huir de la redada. Su hermana Sarah cierra la puerta para protegerle y se guarda la llave, pensando que va a regresar en unas horas.

     Sin embargo, el destino de la familia Starzynski es protagonizar una de las páginas más luctuosas de la historia gala. Los gendarmes confinan a los miles de detenidos durante cinco días en el Velódromo de Invierno en condiciones infrahumanas. Después envían a las familias a un campo de concentración francés. Más tarde, serán llevadas a Auschwitz.

     París, mayo de 2002. Julia Jarmond, una periodista norteamericana afincada en Francia, recibe el encargo de preparar un reportaje con oca­sión del sexagésimo aniversario de la redada. La reportera reconstruye el itinerario de los Starzynski y la lucha denodada de Sarah por salvar a su hermano, pero no podrá imaginar los derroteros que toma la in­vestigación. La epopeya de la niña judía será un ejemplo a seguir para Julia y para quienes han vivido marcados por el peso de la culpa.

   Curiosamente, el marido de Julia, Bertrand Tézac, es nieto de la familia que ocupó el piso vacío de los Starzynski, lo que otorga mayor interés a la investigación de la periodista. El matrimonio estuvo durante años buscando descendencia. Ya en plena madurez, Julia ha conseguido quedarse embarazada. No obstante, a su marido ya no le hace ninguna gracia ser padre a una edad tan elevada. A medida que avanza su investigación Julia se siente más identificada con la familia Starzynski respecto a la pérdida de su hijo pequeño. Así, decide que va a seguir con su embarazo pese a las reticencias de su marido, lo que provocará, como es lógico, una desatada crisis conyugal.

     Poco a poco, Julia consigue reconstruir la vida de Sarah, que parece ser la única superviviente de su familia. Cuando parece haberla encontrado una sorpresa compungirá su corazón y hará que éste se tambalee. Otras personas, cuyas vidas parecían tranquilas, verán alterados sus quehaceres diarios con noticias que les eran desconocidas hasta ese momento.

     "La llave de Sarah" es una de esas películas que mantiene la atención durante todo su metraje, conmueve, emociona y hace reflexionar a quien la ve mientras suena la música final y se deslizan ante sus ojos los títulos de crédito. Una película altamente recomendable tanto para los amantes de la historia como para quienes gustan de películas que atacan directamente las conciencias y los corazones cinéfilos.    
        

La frontera dormida. José Luis Galar. Reseña


     Quinto de los seis trabajos literarios de este aragonés de cuarenta y seis años. Publicada en 2008 por Ediciones Destino, ésta novela histórica nos ilustra perfectamente los hechos acaecidos en la frontera pirenaica a su paso por la estación internacional de Canfranc, lugar de paso de huidos del nazismo, de obras de arte robadas y falsificadas y de una gran parte del oro nazi expoliado a los judíos.

     La novela va mezclando hechos y personajes reales con otros salidos directamente del cerebro del autor. El punto de origen de todo es el suicidio de Germán Horno, un anciano residente en Canfranc. En realidad, se trata de Herman Horn, el capitán de las SS en la zona francesa de la estación internacional, que tenía la doble nacionalidad pese a estar a ocho kilómetros de la frontera con la vecina Francia.

     La existencia de numerosas obras de arte en su ático, entre ellas un Vermeer desconocido titulado "El alquimista", y la confesión de un terrible secreto al joven párroco recién llegado a Canfranc, el padre Guzmán, ponen las notas de misterio a la trama desde su inicio. "El alquimista" había obsesionado al mismísimo Hitler, puesto que en él se esconde la fórmula de una secreta arma mortífera con la que pretendía hacer sucumbir a sus enemigos durante la Segunda Guerra Mundial.

     El suicida, bajo secreto de confesión, pide un favor al padre Guzmán: llevar unos papeles confidenciales al otro lado de la frontera. Lo que desconoce el joven párroco es que se va a meter en un buen lío. Espías franceses y del Vaticano se aprestan a buscarlos y destruirlos ya que en ellos figuran los nombres de personajes ilustres y muy respetables de diferentes niveles culturales y políticos implicados directamente en el expolio nazi de oro y obras de arte provenientes del centro del continente europeo.

     Más complicada, si cabe, es la situación de Patricia Hernando, la especialista en arte de la policía científica española, quien decide quedarse "El alquimista", cuadro por el que siente una debilidad especial desde que era pequeña. Su padre, diplomático, ya le había hablado siempre de la existencia del mismo, aunque Patricia hubo de negarlo ante el tribunal que examinó su tesis doctoral, que también se ocupó del mismo lienzo. Una vez comprobada su veracidad decide ponerlo a buen recaudo. Sin embargo, los mismos que buscan destruir los papeles entregados por el padre Guzmán también ansian poseer tan magnífico cuadro, lo que pondrá a la policía en una más que delicada situación.

     De forma simultánea, se intercalan los hechos del pasado (los años cuarenta) con los actuales (fines de 2005 y comienzos de 2006). El final es trepidante. El padre Guzmán y la policía Hernando perseguidos por varios personajes siniestros que tratan de poner fin a sus vidas para recuperar los papeles y la obra de arte.

     La novela nos muestra aspectos destacados de la historia española y europea de los años cuarenta, como la reunión entre Franco y Hitler en Hendaya en plena Segunda Guerra Mundial, el colaboracionismo español con el nazismo, el espionaje y el contraespionaje francés o la traición de Herman Horn a los nazis, ocultando la obra más buscada por sus "jefes", lo cual pone de manifiesto que no todos los alemanes estuvieron a favor de las acciones emprendidas por Hitler durante la Segunda Guerra Mundial.

     En definitiva, estamos ante una buena novela que entretiene e incluso puede informar. Las descripciones de la Canfranc de los años cuarenta y de la época dorada de la estación internacional y sus alrededores son de gran interés para quienes nos hallamos cautivados por una historia tan llamativa como poco conocida por la mayoría de gente de nuestro país.

lunes, 14 de marzo de 2011

La madre de los niños del holocausto. Anna Mieszkowska. Reseña

     "La madre de los niños del holocausto" es la biografía de Irena Sendler, toda una heroína clandestina polaca y católica que arriesgó su vida por salvar a más de dos mil quinientos niños y niñas del gueto de Varsovia durante la ocupación nazi de la capital polaca. La autora, Anna Mieszkowska, escritora, periodista y especialista en teatro, conoció la historia de esta mujer y se puso en contacto con ella para contar su historia al mundo. Una historia increíble, pero real como la vida misma, de una mujer que siempre estuvo acostumbrada a sufrir...



     Desde su infancia Irena sufrió mucho de salud, llegando a estar en varias ocasiones al borde de la muerte, lo que le hizo arrastrar durante toda su vida enormes jaquecas y dolores de cabeza a causa de una trepanación que se le hubo de hacer para salvarle la vida casi milagrosamente. A la edad de siete años perdió a su padre, médico de profesión y solidario de vocación. Murió infectado de tifus por un grupo de judíos a los que ningún otro médico quiso ayudar. Pese a estar con él solo siete años Irena vivió con su padre muchos momentos imborrables y siempre le tuvo como modelo de vida honrada, solidaria y honesta. Años más tarde, ella misma arriesgó su vida por volver a ayudar a la comunidad judía de Varsovia cuando casi nadie más quiso saber nada de lo que ocurría intramuros del gueto.

     Irena estudió Trabajo Social y realizó un curso de Enfermería. Pronto se puso a trabajar con los sectores más desfavorecidos de la capital polaca, entre ellos los judíos. Y en 1939 llegaron la invasión y posterior ocupación nazi y el intento de exterminio de la totalidad de judíos polacos y europeos. Irena y buena parte de sus compañeros se dieron cuenta de inmediato de que el gueto judío estaba condenado a ser aniquilado y arrimaron el hombro para ayudarles. Un día una madre desesperada le dijo a Irena que si quería ayudar a su hijo lo sacara del gueto. Desde ese momento se puso a idear el plan para sacar a la mayor cantidad de niños y niñas de allí.

     Irena se puso al mando de las operaciones por iniciativa propia. Se acordaba de las frases de su padre: "hay que estar siempre del lado del que se está ahogando, sin tomar en cuenta su religión o su nacionalidad" o "ayudar a alguien cada día ha de ser una necesidad que salga del corazón". Él fue su gran inspiración sin duda alguna. 

     Irena estableció una extensa e intrincada red de colaboradores entre la gente de su confianza. Sacaban a los niños a la zona aria de mil y una maneras (por los alacantarillados, ocultos en ambulancias; a través del edificio de los Juzgados, que tenía entrada por los lados ario y judío; en coches de bomberos; en tranvías; etc) y los llevaban a puestos de emergencia, donde se les enseñaban costumbres polacas y católicas para que no levantaran las sospechas del resto de población. Se les proporcionaba identidades falsas mediante el uso de documentos de identificación falsificados y actas de nacimiento reales de niños polacos ya fallecidos, y se les llevaba a instituciones religiosas de todo el país o se les facilitaba la adopción por parte de familias católicas polacas. Los más mayores se unían a los partisanos ocultos en las montañas de los alrededores de Varsovia. 

     Las identidades antiguas y nuevas, las familias de procedencia y los lugares de destino de los niños eran anotados personalmente por Irena en una lista cuya existencia y lugar de escondite solo sabía ella por razones de seguridad. De esta lista dependía que en el futuro las familias pudieran reencontrarse. La responsabilidad era muy grande, por supuesto.

     En numerosas ocasiones, tanto nuestra protagonista como el resto de sus colaboradores, estuvieron a punto de ser descubiertos. En septiembre de 1943 alguien la delató y la Gestapo fue a su casa a por ella. La encerraron en la prisión de Pawiak, en el gueto, y la torturaron cruelmente, rompiéndole piernas y pies. Estuvo cerca de morir, pero no consiguieron que delatara a ninguno de sus compañeros. Años más tarde declaró que entendía perfectamente por qué una persona podía delatar a otra tras sufrir semejantes torturas. La Gestapo, al no conseguir sus propósitos, la condenó a muerte por fusilamiento. Estuvo en Pawiak más de tres meses.

     El día de su fusilamiento, cuando era conducida al lugar de ejecución, un soldado nazi sobornado por Zegota, una organización promovida por el gobierno en el exilio en Londres que sabía de la suma importancia de preservar a toda costa la vida de Sendler, la dejó escapar. Cansada y coja, se arrastró como pudo y se puso a salvo. Las listas de ejecuciones del día siguiente la daban por muerta. Sin embargo, la Gestapo supo lo ocurrido, acabó con el soldado y siguió buscando a Irena. Aún así, pudo estar con su madre en sus últimos momentos de vida. Sin embargo, no pudo asistir a su entierro, pues habría sido apresada de inmediato.

     Irena tomó una nueva identidad y siguió colaborando con los rebeldes hasta el fin de la guerra. Ella y su grupo salvaron la vida de más de dos mil quinientos niños judíos. La lista de Sendler sobrevivió y algunos de los niños pudieron reunirse con sus familias, las que todavía existían, al acabar la guerra. Hasta su muerte, en 2008, a la edad de 98 años, recibió visitas y cartas de muchos de los niños a los que salvó durante la guerra. Pese a su increíble gesta, Irena recordó siempre que "podría haber hecho más, y este lamento me seguirá hasta el último día de mi vida". Sin duda, todo un ejemplo de valentía, bondad, generosidad, entrega y enorme sencillez.

     Durante más de cuarenta años Irena siguió con su vida como si nada de lo anteriormente narrado hubiera ocurrido en realidad. Hasta que su caso fue dado a conocer y todo el mundo pudo saber la increíble hazaña de esta gran mujer polaca. Sin duda, su padre debe estar muy orgulloso de ella.

     "No se plantan semillas de comida. Se plantan semillas de bondades. Traten de hacer un círculo de bondades; éstas les rodearán y les harán crecer más y más". Irena Sendler.