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lunes, 14 de abril de 2025

A través de los ojos. Andrés Suárez. Aguilar. 2021. Reseña

 




    El cantautor de Pantín Andrés Suárez (1983) escribió A través de tus ojos durante los peores meses de la pandemia. Pero no, no se trata de un diario de pandemia. La casualidad quiso que el covid-19 irrumpiera en nuestras vidas justo cuando el bueno de Andrés había comenzado a escribir este libro de recuerdos, estampas y pequeñas historias. Reconoce en sus primeras páginas que no entraba en mis planes, pero nos asoló un tsunami y alguna referencia habela haila. La cuestión es que pasó lo que pasó y admite que no se me ocurre mejor motivo que publicarlos (los textos) a modo de lacónico homenaje de vida. Y es cierto. Porque, aunque el desamor ocupa buena parte de las letras de sus canciones y también de estos escritos, la pasión que le pone a todo lo que hace -componer, cantar, interpretar y escribir- convierte a su obra en un canto a la vida. En toda su expresión: amistad, solidaridad, infancia, inocencia, naturaleza, animales domésticos, plantas y flores. Andrés ama. Y amar es vida. Pura y dura.

    Tras el enorme éxito de sus más recientes discos, sus conciertos multitudinarios -llenando varias veces recintos como el Wizink Center madrileño- y la publicación de su anterior libro, Más allá de mis canciones (2017), también reseñado en este mismo blog, A través de los ojos (2021) supuso un paso más en ese abrirse en canal ante sus fans y ante él mismo. A lo largo de sus páginas reconoce algunos de sus errores del pasado. Por ejemplo, no haberse cuidado mucho durante su etapa universitaria en Santiago, haberse comportado como un cabrón con una de sus ex de aquella época o haberse enamorado de quien no debía. Andrés se sincera. Y la sinceridad se aprecia cada vez más en un mundo cada vez más falso e hipócrita. Algo de lo que él mismo se queja constantemente a través de estos escritos. Unos escritos en los que critica, con mayor o menor dureza pero siempre desde la empatía y a veces desde la mirada de otros, determinados aspectos de una sociedad que parece no entender. 

    Sus orígenes rurales, campestres y costeros -y a mucha honra- salpican las letras de sus canciones y también estos textos. Pese a que confiesa amar Madrid y estar cada vez más a gusto en Torrelodones, son constantes las referencias a Pantín y su playa -de allí son las fotos de las portadas de Más allá de mis canciones y de Todavía más allá de mis canciones, su nuevo libro, recién salido del horno editorial-, Cedeira, Baleo, Santiago y Ferrol. Ya sabemos que los gallegos que no viven en Galicia padecen una enfermedad crónica llamada morriña. Andrés es uno de ellos, por supuesto. Y lo demuestra en todo lo que hace. Nunca dejes de cantarle a los rosales ni a las mujeres que te lo pidan, recuerda que le dijo su abuelo. Así lo hice, abuelo. Vaya si lo hice, pues no me fío de un alma que no atiende a sus rosales antes que a cualquier otra cosa. Algo que ya cantó, entre emocionados susurros, en su magnífico tema Rosa y Manuel

    Como lector, me gustan los libros de escritores valientes -Vilas, Landero, Aramburu- que se desnudan en las páginas de sus libros. Puedes conocer aspectos de sus vidas. Y, algo más interesante todavía, los orígenes de sus obras. En el caso de Suárez, de sus canciones. Ocurre con sus tres libros. También en este. Y es que al lector no le cuesta mucho reconocer en algunos escritos referencias -a veces más veladas, otras menos- a sus canciones. Sin embargo, en A través de los ojos, va un paso más allá. Nos cuenta lo que supone hacerse mayor. Cada vez se muere más gente y ya no sé si es que me hago mayor o si es que hice algo mal. Como cuando habla de la que fue la persona más importante de mi infancia y a la que tanto, tanto quise, un neno que conocí donde y cuando se conoce a los amigos: en verano, en la playa. Un niño que ya debe ser adulto, como él, y del que no ha vuelto a saber nada en treinta años. Eso es hacerse mayor: perder, de unas maneras u otras, a las personas queridas.    

    En las páginas de A través de los ojos encontramos la nostalgia de una infancia y una juventud ya dejadas atrás ante la adultez; la melancolía hacia esa Galicia tan querida a la que no puede retornar a causa del covid -mi patria es un folio en blanco con el nombre de mis padres, mis abuelos, mis hermanos, mis amigos-; la constante pérdida de seres queridos -su abuelo y algunos amigos de juventud y un Aute del que ya no habrá una nueva canción-; la incertidumbre vivida en un monótono mes de abril ante una pandemia que no se sabía cómo iba a acabar -pido perdón a quien corresponda si en algún momento de lo que conocimos como antigua realidad le herí. Puede que este sea el final, quién sabe. Debo irme en paz-; la extrema soledad -la del artista tras bajarse del escenario después de cada concierto y la de la persona que debe pasar una pandemia en solitario-, y el agradecimiento -me ha tocado pasarlo solo y resulta que las tres Marías (a saber, la educación física, la música y la religión) de la educación me están salvando el cuerpo y la mente-. Pero no solo eso.

    Además, aparecen también la nobleza animal de sus perros, Bala y Boss; constantes referencias a sus antiguos amores -como Nina y Rúa Xelmírez (¡hay que tener valor para citarlas por su nombre y hasta su apellido!)-; y críticas a quienes causan las guerras, a la hipocresía de quienes están en contra de la llegada de pateras y al acogimiento de los MENAS, a la frágil memoria y a la desmemoria, a la maldad y la cobardía en las redes sociales, a la envidia de quien deja de hablarle a uno porque ha alcanzado el éxito -haciéndole pagar el IRE: impuesto revolucionario de la envidia-, a la pérdida o ruptura de las viejas amistades a causa de discusiones políticas -esa maldita puerta que no debería abrirse jamás-, a ese asqueroso patriotismo basado únicamente en banderas de España por doquier, y a una sociedad que aplaude a los sanitarios pero que se muestra egoísta y antisocial pensando solo en una libertad basada en SUS vacaciones, SU puente, SU dinero, SUS planes frustrados y SU vida. 

    Con una mirada siempre lúcida, Andrés nos escribe, en relación a lo anterior, que tengo una horrible sensación: la de que no hayamos aprendido nada con esto. No es que me rinda, nunca lo he hecho, pero no estoy seguro de si realmente vamos a ser mejores personas después de esto. Escucho a pocos hablar de cómo podemos ayudar entre todos, del agotamiento de los sanitarios, de en qué hemos fallado. Ni en esto estamos juntos, así que tal vez salgamos distanciados, divididos. Es horrible. No obstante, cuando acaba uno de leer A través de los ojos no puede evitar sentirse mínimamente optimista. Quizá sean precisamente esa tres Marías de la educación las que, con ayuda de ciertos personajes públicos valientes, más si cabe si son gentes de cultura, como el propio Andrés -desde luego, no creo que sean nuestros nada desinteresados políticos-, puedan volver a unirnos como sociedad. Por eso son necesarios los libros como este. Libros en los que el autor no solo se desnuda a sí mismo, sino que también desnuda al lector. Un lector que no tiene más remedio que reaccionar ante lo que le muestra el espejo que aparece reflejado a través de sus ojos. Por eso: mil gracias, Andrés.                       

  

miércoles, 12 de febrero de 2025

Blitz. David Trueba. Anagrama. 2015. Reseña

 




    En febrero de 2015, hace exactamente diez años, la editorial Anagrama lanzó la novela Blitz -en alemán, Relámpago- del periodista, escritor, guionista y director de cine madrileño David Trueba. Una obra corta -166 páginas- sobre el complejo mundo de las relaciones y la farragosa lucha, a veces eterna y a menudo estéril, por alcanzar el éxito profesional. Hace una década Trueba ya había cosechado grandes éxitos editoriales -su novela Saber perder fue premiada con el Premio Nacional de la Crítica en 2008- y cinematográficos -con Vivir es fácil con los ojos cerrados había ganado en 2013 los Premios Goya a la mejor película, a la mejor dirección y al mejor guion, y ya había dirigido también Soldados de Salamina en 2003 y escrito el guion de La niña de tus ojos en 1998-, así que ya era muy conocido y todos sus diferentes trabajos eran muy esperados. Blitz fue, por tanto, muy bien acogida, tanto por la crítica como por los lectores.

    En la novela, que se desarrolla casi por completo en Múnich, Beto nos narra, en primera persona, una historia de naufragio personal, profesional y sentimental. El joven, de treinta y pocos años de edad, un arquitecto paisajista que acude a la capital bávara para concursar en un congreso internacional con un innovador proyecto de jardín decorado con bonitos relojes de arena, se verá envuelto, de repente, en una crisis personal global de la que no es capaz de encontrar una salida. A no ser que la solución pase por un cambio radical de vida. Marta, su pareja y compañera de proyecto, le envía por accidente un mensaje al móvil -aún no le he dicho nada. me cuesta tanto. uff. tq- que en realidad iba dirigido a su ex pareja, un cantautor uruguayo con el que salió años atrás y al que nunca acabó de olvidar. Le confiesa que ha reanudado su relación con él y que piensa volver a intentarlo de nuevo. Beto se ve solo en Múnich. Y también en la vida. 

    La novela se compone de doce capítulos -los cuales llevan por título los meses del año-, aunque es el primero -enero-, el que se desarrolla en Alemania, el que ocupa tres cuartas partes de la narración. En las apenas cuarenta y ocho horas que transcurren en Múnich desde que Marta regresa a Madrid y Beto decide quedarse unos días más allí al joven le ocurren una serie de catastróficas desdichas que por momentos convierten el drama en una comicidad que en algunas ocasiones es graciosa y en otras roza lo grotesco: Beto se queda sin hotel, vagando por la ciudad con una maleta tan pesada como incómoda de llevar, sin dinero para una nueva reserva de avión ni para buscar acogida en un nuevo hotel, con un móvil nuevo (el viejo queda inservible tras un pequeño incidente) que parece que se queda sin batería y, obviamente, sin conocer el idioma hablado por quienes lo rodean. Así, se ve solo, desamparado y con ganas de morir como único remedio a la acumulación de sus males.

    Marta había sido la luz de mis días, la fuerza para sostenerme en actividad y pelear por los proyectos. Era la expresión de mi suerte y con ella al lado me sentía invencible y afortunado. Fue mi exilio, mi país de acogida. Pero ahora me quedaba fuera del sistema solar, sin brújula, a la deriva, en proceso de congelación sin un calor que salvara, nos confiesa el protagonista de la historia. Y, a las palabras de Marta -te juro que el pasado estaba olvidado, Beto, superado. Él (el cantautor uruguayo) es ahora una persona nueva y yo también-, añade finalmente que me veía como un médico de urgencias que había tratado sus heridas pero, una vez recuperada la salud del paciente, no podía hacer otra cosa que darle el alta y verla marchar. Intuí, pues, que el único que se había convertido en una persona vieja y gastada era yo. Por vez primera pensé en morir. Fin de todos los problemas. Y me ahorraba el avión de vuelta y la noche sin hotel. Morir, definitivamente, no ofrecía más que ventajas. 

    Y, en medio de la desolación, de la devastación, de las ganas de morir, emerge la figura de Helga, una voluntaria del congreso Jardines de Vida que ejerce de guía de una pareja que acaba de dejar de serlo. Una mujer que dobla en edad a Beto, que se apiada de él, y que, como el propio protagonista y narrador de la historia reconoce, cada palabra y cada gesto hacia mí fue un consuelo que tardaría demasiado en apreciar. No solo un maternal refugio para el solitario y desamparado desperdicio humano en que me había convertido la despedida de Marta. No. Había más. Fue la inteligencia, la sabiduría de su conversación la que me regaló un espacio al menos mental para sobrevivir. Regalo de aquella mujer abandonada y sola, voluntariosa en oferta de su tiempo libre, con un piso vacío pero no gélido, triste pero con fortaleza para ofrecerme los primeros auxilios que necesité al emprender mi reconstrucción. Vamos, una persona de esas que uno recuerda para toda la vida.

    La cuestión es que, nuevamente de repente -de ahí el título de la novela-, del drama, de la tragedia, de la idea de morir como única y mejor forma de evasión ante una existencia que parece estar vacía de sentido, Beto conoce a una mujer divorciada de más de sesenta años que le hace comenzar a ver la vida de una manera diferente. Y, de la nada, surge con ella una relación que apenas durará un día y medio, con sus dos noches, en la que las reflexiones sobre la vida y el discurrir del tiempo serán puestas en el centro de la narración del libro. Una relación intergeneracional que constituye el corazón del relato de Beto. Un relato que atrapa al lector, que quiere saber qué pasará en la siguiente página. Beto y Helga liquidan una botella de vodka entre los dos, dialogan sobre arquitectura, sobre la vida, sus éxitos y sus fracasos, sobre las relaciones frustradas -que todo acabe mal es una condición inherente al hecho de estar vivo, le reconoce ella, que fue abandonada por su esposo por una más joven- y hasta sobre las relaciones entre personas de diferentes generaciones.

    Las ganas de Beto de sentirse vivo y acompañado tras ser abandonado por Marta y los deseos de Helga de sentirse eternamente joven aunque solo sea por un par de noches, por un lado; y el alcohol y la soledad compartidas, por otro, son la mezcla perfecta para que esas dos noches acaben con la pareja haciendo el amor. En ese sentido, la novela rompe el tabú referente a la relación amorosa y/o sexual entre un hombre joven y una mujer madura, algo que sí está mucho más normalizado cuando ocurre al revés, es decir, cuando los protagonistas son un hombre maduro y una chica joven. Sin embargo, algo cambia en las veinticuatro horas que separan ambas noches. De la primera, ocurrida en la habitación de invitados, donde duerme Beto, surgen la vergüenza y el pudor. De hecho, a la mañana siguiente ambos se sienten avergonzados por lo acontecido. De la segunda, acaecida ya en la habitación de Helga, observamos algo más sólido y sosegado. No tan pasional, pero tampoco fruto del alcohol. Algo, por tanto, de lo que ambos son plenamente conscientes.

    Beto vuelve a Madrid, decidido a iniciar una nueva vida. En el resto del libro narra su traslado hasta Barcelona para comenzar a trabajar con Àlex Ripollés, un arquitecto paisajista que pasa de ser enemigo de Beto a jefe y casi amigo suyo. ¡Qué interesante resulta ver el desarrollo de la relación entre ambos a lo largo de la historia! Durante los meses que van desde febrero hasta diciembre el protagonista narra sus vanos intentos por olvidar a Marta, pero también sus pensamientos recurrentes hacia Helga, a la que recuerda de manera bien diferente. No mantiene ninguna relación seria con ninguna otra mujer durante todo el año. Y se centra en su trabajo, que, mostrando cómo de rápido cambian algunas cosas en estos tiempos, no se basa ya en los jardines sino en las aplicaciones para teléfonos móviles. El discurrir del tiempo, de nuevo, nos muestra que hay muchas cosas que cambian con rapidez, como un relámpago, aunque otras permanecen ancladas a un momento de nuestras vidas que jamás dejamos atrás. Por no poder o por simplemente no querer dejarlas atrás. Y, además, otra cosa que nos muestra el paso del tiempo es que hay obras -en este caso, literarias- que envejecen mucho mejor que otras. Como Blitz.      

            

   

viernes, 20 de diciembre de 2024

Mis días en la librería Morisaki. Satoshi Yagisawa. Letras de Plata. 2023. Reseña

 




    Desde hace ya muchos años los libros cuyos títulos incluyen las palabras librería y biblioteca me llaman la atención de manera inmediata. Suelo hacerme de vez en cuando con algunos de ellos -los que me atraen desde su sinopsis, por supuesto- y los leo con devoción. Es el caso de esta novela. Escrita por el japonés Satoshi Yagisawa -graduado en Humanidades en la universidad de Nihon-, Mis días en la librería Morisaki está ambientada en el conocido barrio de Jinbocho de Tokio. El barrio de las librerías (sobre todo de segunda mano) y de las editoriales más grande del mundo. Un paraíso para todo tipo de lectores. Un lugar tranquilo pero concurrido que, a escasas paradas de metro del centro de la ciudad más extensa del mundo, luce atestada de estanterías y libros a ambos lados de sus calles. Una de esas librerías, la Morisaki, está regentada por familiares de Takako desde hace tres generaciones. Es el reino de Satoru, tío de la protagonista, un hombre un tanto excéntrico y entusiasta de los libros y de su librería.

    Takako y su tío Satoru son dos almas heridas a causa del amor no correspondido. Él perdió a su esposa, Momoko, tras muchos años de un aparente feliz matrimonio. Un buen día ella desapareció dejando un escueto mensaje en el que se leía un simple por favor, no me busques. Mensaje que, muy a su pesar, Satoru cumplió a rajatabla. Desde entonces, cinco años atrás, vive, más si cabe todavía, por y para su librería. Por su parte, su sobrina Takako ha sido traicionada por su supuesto novio, Hideaki, quien tras dos años y medio de noviazgo se acaba de comprometer con una chica, compañera de trabajo de ambos, con la que también sale desde hace un tiempo. A consecuencia de ello, la joven, humillada y deprimida, ha decidido abandonar su trabajo debido a que el ambiente allí se le ha vuelto irrespirable. Decide tomarse unas vacaciones de la vida y, siguiendo el consejo de su madre, abandonar momentáneamente el barrio de Kunitachi para poner rumbo al de Jinbocho.

    No es que a Takako le haga una gran ilusión vivir rodeada de libros en el piso de arriba de la librería de un tío al que hace años que no ve y en un barrio en el que no conoce a nadie. Sin embargo, la alternativa, volver a Kyushu junto a sus padres, la deprime más todavía. Así, sus días discurren cumpliendo el trato ofrecido por Satoru: puede vivir en la librería a cambio de ayudarle en las tareas propias del negocio. Es decir, por las mañanas atiende al público y por las tardes duerme y deja pasar el tiempo sin más, víctima de la depresión, la desidia y la vaguería. Le cuesta acostumbrarse a vivir entre libros. Unos libros que huelen mal, a humedad y a viejo, y que le hacen sentir agobiada y arrinconada. Hasta que una noche, aburrida, decide abrir uno de ellos, al azar, y se pone a leerlo para esquivar al insomnio y al tedio. A partir de entonces, su vida cambia, descubre otros mundos y otras historias, ve las cosas de forma diferente y descubre una nueva pasión. ¡Y hasta discute de literatura con los clientes!

    Los libros viejos contenían muchas historias en las que yo nunca había pensado. No solo las que tenían que ver con el contenido de los libros en sí: en cada volumen encontraba vestigios que había ido dejando el paso del tiempo: frases subrayadas, páginas marcadas, flores secas... Estos encuentros a través del tiempo solo se podían disfrutar gracias a los libros de viejo. Eso hizo que, poco a poco, me enamorara de la librería Morisaki, nos cuenta Takako en primera persona. A través de los aproximadamente nueve meses que la joven pasa en la librería de su tío, la joven se va abriendo no solo a la literatura sino a los clientes y al resto de pobladores de un barrio que llega a amar como si fuera de allí desde siempre. Takako va recuperando, pues, sus ganas de relacionarse con los demás. Deja de esconderse en su habitación, pasea por todo Jinbocho y toma cafés en el café Suboru, donde entabla amistad con Tomo, una joven universitaria que trabaja allí de camarera para pagarse sus estudios, y Takano, un joven tímido que se ocupa de la cocina.

    El barrio y sus librerías, sus calles y sus pobladores son parte muy importante de la novela. Jinbocho cobra vida propia ante nuestros ojos. Especialmente durante la semana de la Feria del Libro, durante la cual se engalana como nunca. Y, de entre sus pobladores y clientes habituales de la librería Morisaki, destacan Sabu, un intelectual que vive bajo las amenazas de su esposa, harta de que su marido no deje de llevar libros y más libros a la casa familiar, y Wada, un joven lector que también acaba de sufrir los estragos de un amor que ve reflejado en su libro preferido. Un libro que ha leído hasta cinco veces seguidas. Un libro que lee también Takako, quien empatiza con su nuevo amigo y su sufrimiento. Y es que los personajes de Mis días en la librería Morisaki son auténticos sufridores de la vida. Sus diferentes historias nos conmueven y nos hacen reflexionar sobre los sinsabores de la vida. Y también sobre cómo afrontarlos, superarlos y dejarlos atrás a pesar de los pesares.

    La relación entre Takako y Satoru es uno de los ejes centrales de la historia. Mientras que el dueño de la librería Morisaki trata desde el principio de acercarse a su sobrina, esta no quiere ni oír hablar de abrirse ante su tío. Él, más paciente y respetuoso de su intimidad, le deja tiempo para aclimatarse a su alojamiento temporal y a sus nuevas circunstancias. Para animarla a hablar, le cuenta su historia con Momoko: cómo se conocieron; se casaron; se hicieron cargo de la Morisaki cuando su padre se puso enfermo y la librería se debatía entre desaparecer o seguir con vida; y cómo se tomó su repentina huida cinco años atrás. También espera, en silencio, a que su sobrina se ponga a leer cualquiera de los muchos libros que tiene a su alrededor. Y se alegra cuando sucede. Hablan de ello, le recomienda lecturas nuevas y discuten sobre los libros que va leyendo. Fortalece su relación a base de lecturas, sabedor de que la creciente confianza la hará abrirle también su corazón.

    Porque, a su edad -ya conocemos el famoso dicho aquel de que más sabe el diablo por viejo que por diablo-, Satoru es consciente de que lo que su sobrina necesita es hablar de sus problemas. Sus vacaciones de la vida comienzan a alargarse más de lo conveniente. Y trata de introducirla en el barrio. Es él quien la lleva por vez primera al Suboru, donde sirven el mejor café del barrio. Y también donde puede encontrar a gente de todas las edades. Por supuesto, también de la suya. En definitiva, lo que hace es lanzarle un salvavidas en mitad de la tempestad de depresión, crisis, desgana y holgazanería en la que Takako está inmersa y de la que parece no poder -ni querer- salir. No obstante, también sabe que la paciencia y el tiempo son claves en todos los procesos -que se lo digan a él- y que antes o después su sobrina irá cambiando su perspectiva de la vida y aceptará ese salvavidas que le permitirá salir a flote de su tormento.

    Mis días en la librería Morisaki -escrita en 2008 y publicada en Japón en 2009- fue llevada a la gran pantalla en 2010 de la mano del director japonés Asako Hyuga. Pocos meses después de ser publicada en España por Letras de Plata (2023) vio la luz su secuela, Una velada en la librería Morisaki, novela que también trataré de leer en cuanto pueda. Me encantará saber cómo discurren las vidas de Takako, Satoru, Momoko, Wada, Tomo, Takano y compañía. Y también seguir conociendo nuevos autores japoneses. Porque las páginas de esta novela están repletas de autores y obras cuya existencia desconocía. Una razón más para leerla.                        

         

martes, 8 de marzo de 2022

El frío. Marta Sanz. Caballo de Troya. 2012. Reseña

 




    El frío fue la primera novela de Marta Sanz. Se publicó en 1995 dentro de la colección Punto de Partida de la editorial Debate. En 2012, Caballo de Troya, un sello de Random House Mondadori, la reeditó tras el lanzamiento de su exitosa novela negra Black, black, black. Se trata de una historia corta --137 páginas-- pero intensa. Una historia de ida y vuelta, de trenes, de autobuses, de sanatorio, de manicomio. De locura. De asesinato. Porque a veces es necesario matar un amor para poder desprenderse de él y poder seguir viviendo. Una novela fría desde la propia portada: un halógeno frío. También desde una escritura severa, sobria y, por supuesto, fría. Como queriendo marcar distancia respecto a la historia narrada. Respecto a ese amor convertido en desamor, en odio como modo de salvación. Como modo de superar el dolor provocado por una herida casi de muerte.

    Es una de esas novelas que resultan muy complicadas de reseñar. Todo un desafío para quien se atreve a intentarlo. En este caso, servidor. ¿Por qué esa complejidad? Pues básicamente porque combina partes más ambiguas, que narran acciones con gran sutileza, casi sin apretar el lápiz sobre el papel, con otras mucho más directas, concretas, que amenazan con perforarlo y hasta destruirlo. Un estilo que, bien pensado, es el más acertado para contar la historia de una pasión convertida en odio. De un amor que, como el famoso espía de John Le Carré, surgió del frío. Del frío de un hombre, Miguel, protagonista masculino de la historia, capaz de tratar a su pareja, narradora de la cual conocemos mucho pero sin embargo desconocemos el nombre, de una manera que poco --o nada, más bien-- tiene que ver con el amor. Con el amor bien entendido, claro.

    Desde hace años, estoy cargando con tu parte y la mía, no creas que no me doy cuenta, le recrimina a Miguel la narradora tras uno de los muchos desplantes que debe soportar. La protagonista esconde sus sentimientos ante los demás. Actúa raspándome los labios para no estallar entre desconocidos. Nadie sabe que todo se rompió, hay que concentrar la angustia hacia adentro, no justificarme ante ninguno. No soy débil. Pero hacerlo así no oculta la dura realidad: que sí lo es. Y ella es la primera en saberlo. Me encerraré en la habitación, me taparé la cabeza con las sábanas, gritando contra el colchón, haré humedades y charcos con el sudor del miedo. Me has enseñado bien: aguantaré sola la pena que me doy. Recuerda su niñez, se ve a sí misma de niña, celosa de sus intimidades y pensamientos, y se recrimina que a ti te lo enseñó todo. Tonta, ya no era la misma. 

    Y, ¿qué sabemos de Miguel? Pues que en el presente está encerrado en un sanatorio, donde los hombres se transforman en insectos martirizados por niños que arrancan a los grillos las patas delanteras, y está atendido por Blanca, una enfermera que lo mismo lo mima como lo maltrata. ¿Cuestión del karma, quizás? Sabemos, por Blanca, que Miguel siempre está en un estado de melancolía y dejadez. Y que le cuesta mucho trabajo que se tome las pastillas. Y también sabemos --o intuimos-- que en el pasado le ha sido infiel a la protagonista, quien lo describe así: entre ese olor de ella que yo llevo prendido: me basta con acercar el dorso de la mano a mi nariz. Y, a la vez, se recrimina a sí misma: te acariciaría el pelo y el perfil de la mandíbula. No me movería ni un centímetro para no despertarte. 

    Porque, durante el tiempo que duró la relación, lo importante era que tú te encontraras a gusto, que yo me hiciera imprescindible, que estuviese dentro de tus deseos y poderlos preparar de antemano. Yo no tenía otra cosa que hacer. Solo ser mejor que tu madre, mejor que tu hermana, mejor que la mejor de tus amigas, la amante más solícita y predispuesta. Con la simple certeza de que te acurrucarías en mí, confiado, para dormir hasta que mis muslos fueran dos piezas de escarcha. ¿A que me hubieras frotado los tobillos hasta que la sangre volviera a ponerse en circulación?, ¿verdad que me hubieras dado un masaje para que el calor retornara a mis extremidades? Mentira. Lo cual muestra bien a las claras que la relación nunca fue un fifty-fifty, sino una subordinación, un claro ejemplo de servilismo por parte de ella hacia Miguel.     

    Luego vinieron los insultos, los malos tratos psicológicos, el dejarla mal en público a base de gritos y aspavientos, las infidelidades, los reproches, etc. Y la narradora vuelve a verse desde fuera para recordar: y ella se pregunta cuándo podrá volver a casa, cuándo se lo ibas a permitir. La cabeza arde. Podría gritar más que tú e insultarte y echarte en cara tantas cosas. Pero le da miedo. O no, no es eso, realmente, no quiere hacerlo, no quiere al reprocharte, caerse al precipicio. Después de tanto creer. Más tarde me echaste de tu cama. Y la vida de la protagonista se convierte en un callejón sin salida, carente de autoestima y amor propio y sobrada de una perturbadora obstinación en salvar lo insalvable. De preferir mirar hacia otro lado para crear una realidad paralela para no ver la realidad verdadera. En una sinrazón. En una locura. Como siempre, yo volví contigo y, además, contenta.  

    Y en el autobús de regreso a su casa, la narradora vive una experiencia común llevada al máximo desatino cuando una pareja joven se besa en sus asientos. Cree explotar y desearía recriminarles, intimidar, censurar con el aplauso del resto de los pasajeros, idiotas que tanto me hubiesen molestado si este trayecto fuera otro. Es decir, si los jóvenes fueran los que en su día fueron ella misma y Miguel --las mismas buenas razones que siempre imaginé que los demás pensaban para mí. Sin atreverse a decírmelas, pero con todo el peso de una culpa grande y muda. Insultos de transeúntes al mirar, cuando andaba por la calle con el cuello mordido y tú me llevabas cogida por la cintura--. Iros a un parque, pequeños imitadores. Meteos detrás de un árbol y coged reúma, a ver si perdéis las bragas entre los espinos y se os llena la garganta del barrillo que se forma en los jardines con el meado de los perros.   

    El frío es, pues, una novela intensa, descorazonadora pero a la vez esperanzadora. A veces conviene asegurarse de haber llegado a tocar fondo, de haber sido consumido por las llamas, para ascender, resurgir, cual ave fénix, a una nueva vida, a una nueva existencia, a una nueva manera de ver el mundo y a una nueva forma de estar en él y formar parte de él. Y, como ya he escrito al principio, es esa conjunción entre ambigüedad y sutileza, por un lado, y concreción y dirección, por otra, lo que la hace todavía más interesante. Más llamativa. Más absorbente. Porque es una de esas historias que cuesta dejar. De las que quieres saber más. Y Marta Sanz sabe mantener el misterio sobre muchos aspectos, principalmente en lo que respecta a la resolución de la misma. El frío, por tanto, constituye un muy buen debut literario, y ya deja muestras de la gran escritora en la que con el tiempo se ha ido convirtiendo la escritora madrileña.   

   

lunes, 23 de diciembre de 2019

Más allá de mis canciones. Andrés Suárez. Aguilar. 2017. Reseña





     En su primer libro, Más allá de mis canciones, el cantautor de Ferrol Andrés Suárez (1983) repasa esos momentos, esas sensaciones, esos sucesos que han ido originando algunas de las mejores canciones de sus siete primeros discos, desde aquel lejano De ida (2002) hasta su último trabajo, titulado Desde una ventana (2017), aparecido unos meses antes que el presente libro. La colección reúne una quincena de temas, entre los que destaca quizá el más autobiográfico de ellos, Tengo 26, en el que nos narra cómo era su vida en 2009, momento de composición de la canción, y nos cuenta la importancia que para él tienen sus padres --no hay concierto en el que no los nombre, sobre todo a su madre--, sus hermanos, sus amigos y la música de autor.

     Hubo de abandonar Pantín para ir a buscarse una carrera musical al Madrid del Libertad 8, lugar de culto para los amantes del género de los cantautores, donde antaño se gestaron los Pedro Guerra, Ismael Serrano, Tontxu o Javier Álvarez, y más recientemente el propio Andrés, Luis Ramiro o Alfredo González. Como canta en el ya reseñado Tengo 26, echó de menos a sus padres, a sus hermanos (los mellizos Laura y Pablo) y a sus amigos (los tres mosqueteros: Javi, Brais y Miguel), bebió demasiado, trabajó mucho más, porque a nadie le regalan un éxito, se vio muerto en un lavabo teñido del rojo de su propia sangre, vivió feliz, aunque sin dinero, conoció gente nueva (sus inseparables Jorge y Raúl) y cantó en las calles y en muchos locales todavía vacíos para recibirlo.

     Repasa en las primeras páginas del libro una infancia feliz en la que los abuelos a los que conoció, Mundo y Soledad, que nunca abandonaron la playa de Baleo, fueron preparándolo para la vida: escuchándole cantar sonriente ella, para la que a veces sigue cantando en exclusiva; introduciéndolo en el horrible mundo del alzheimer, él, que jamás olvidó, no obstante, las letras de los boleros que cantaba a sus rosales y a su nieto Andrés. Confiesa nuestro protagonista que no llevó muy bien el nacimiento de sus hermanos mellizos, siempre juntos ellos. Y afirma ser quien es gracias a sus padres, dos obreros de costa que jamás impusieron mi camino. Así, nos canta que Soy fruto de un cuento que escribió mi padre, mi madre lo cantó

     Rosa y Manuel es el primero de los temas de los que nos habla Andrés en este libro. Es la historia de sus abuelos, aunque con diferentes nombres. La canción que años después provocaría que el gran Víctor Manuel se ahogara en sus lágrimas describe la terrible enfermedad del alzheimer y cómo esta devasta todos los recuerdos que encuentra a su paso. Una gran canción de amor eterno entre dos seres que no pueden vivir el uno sin el otro. Difícil imaginar cómo vivió aquello un niño que se daba cuenta de que su abuelo no le devolvía besos y abrazos, olvidaba fechas y cómo vestirse, pero no las letras de los boleros y la forma en que cuidar de sus rosales. Como si el disco duro de su cerebro solo se borrara en partes desiguales e inconexas.

     El sexo, el amor y el desamor, como no podía ser de otra manera, juegan un papel fundamental en las letras de un cantautor. Andrés no podía ser una excepción. La mayoría de sus canciones nos hablan de todo ello. Te doy media noche es un ejemplo. Un amor no correspondido por una mujer que ofrece media noche a alguien que estaría dispuesto a darle una vida y media. Algo tremendo y cruel, pero cotidiano. Así es esto del amor, claro. Aunque a veces le cambia a uno la vida. Como le ocurre en La vi bailar flamenco, canción en la que un gallego sueña bulerías en Cádiz, un diez de abril, al conocer y enamorarse perdidamente de una bailadora de flamenco a la que, a pesar de buscarla una y otra vez, no volverá a ver jamás. Toda una maldición, sin duda.

     Y es que Andrés ha viajado mucho --no menos que sus canciones, por supuesto--, y ello le ha permitido conocer mucho mundo y algunos/as de sus habitantes. Los bares son un buen lugar para ello. Nada de lo que ocurre en los bares es azar, afirma. Los del sur, mejor todavía. A Andrés, que jamás renegará del norte, le encanta el sur. Muchas de sus canciones se desarrollan allí. Como Dama que pinta en el sur, tema en el que una dama capaz de pintarlo todo no fue capaz de pintarme feliz. También la letra de Una noche de verano hace referencia a un bar andaluz. En este caso, también al desamor. No maldigo su mentira, solamente este querer. Complicado resulta no sentirse identificado con semejante sentimiento.

     Apenas te conozco cuenta la historia de cómo una cajera de supermercado con dos carreras salvó un vida con solo una sonrisa. A veces hay más vida en los mercados que en los bares, escribe Suárez. Y, sin embargo, a menudo uno ha de decirle a alguien que No te quiero tanto para poder afrontar una pérdida tras una época de borrachera sexual y/o amatoria. Un bálsamo sanador que nos prepare para el próximo amor, quizás el definitivo, siempre resulta más amable. Porque encontrar otro amor al que decirle que no latiré sin ti, como en la canción Estrellas, tema en el que dos jóvenes deciden largarse juntos para crear entre ambos la historia más dulce en el cielo, es una bonita forma de despedirse del mundo hasta entonces conocido. 

     Si llueve en Sevilla --¡otra vez el sur!-- es la historia de una persecución que finaliza cuando el perseguidor ya ha creído en su derrota. Se refugia en un bar --¡otra vez un bar!-- y resulta que, casualmente, quien le sirve su copa es aquella a la que acababa de perder por las calles mojadas del barrio de Triana. Nunca antes había deseado el cierre de un bar, nos cuenta Andrés en la explicación del origen de este tema. El hombre, la guitarra y el mar se unen para dar vida al amor eterno. Y, aunque de nuevo la historia no fructificó del todo y la cuestión solo queda en su memoria, en sus retinas y en sus canciones pasadas, presentes y futuras, nos canta que si llueve en Sevilla es que estoy recordando su piel.   

     De aquel chaval, auténtico artesano de la música, como a él le gusta calificarse --y doy fe de que lo es en el pleno sentido de la palabra--, que hace una década llegó a tocar para tan solo cuatro personas y que hoy llena estadios de veinte mil espectadores, poco ha cambiado. Ya no tiene 26, sino 36, y sigue siendo como fue por aquel entonces: original, pasional, enérgico y vital. Sigue bebiendo de los mismos maestros a los que siempre defiende --Serrat, Sabina, Aute, Silvio, Milanés, etc-- y leyendo libros de todo tipo, sobre todo poesía. Afirma que no soy poeta. No soy tanto. Pero cualquiera de sus seguidores, y cada día somos y seremos más, no compartimos su opinión a este respecto. Muy pronto, a principios de 2020, será publicado su octavo disco, en el que volverá a demostrar que, aunque él se empeñe en decir lo contrario, sí es poeta. Es tanto...             

      

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Tierra de campos. David Trueba. Anagrama. 2017. Reseña





     Tierra de campos es una comarca natural de Castilla-León que comprende las provincias de Palencia, Valladolid, Zamora y León que tiene como característica principal la inmensa llanura que noquea al visitante. Además, es el escenario que sirve al madrileño David Trueba, escritor, guionista y director de cine, para narrarnos una de esas historias conmovedoras y realistas que siempre apetece leer. Una novela que transcurre entre esas tierras de campos que vieran nacer al padre del protagonista, Madrid y hasta Japón. Una historia repleta de amor, desamor, amistad, pérdida y unas hambrientas ganas de comerse la vida hasta no dejar ni sus migajas. 

     Dani Mosca es un músico que reflexiona sobre su vida a lo largo de un libro que, si contara hechos reales, podría calificarse perfectamente como una autobiografía. A modo de disco de vinilo, encontramos una cara A y una cara B. En la cara A el protagonista nos cuenta su infancia y sus recuerdos de juventud. Su difícil relación con su progenitor, sus visitas a ese pueblo paterno al que regresará años después para enterrar a su padre, su educación en un colegio religioso de la capital, la formación del grupo Las Moscas junto a sus inseparables Gus (Agustín, bajista y vocalista) y Animal (batería que debe su apodo al famoso Teleñeco) y su relación con su primer gran amor: Oliva. La acción principal se desarrolla camino del pueblo, acompañado del féretro de su padre y de un conductor de coches fúnebres tan hablador como soporífero. 

     En la cara B Dani nos narra sus vicisitudes en el pueblo, donde se reencuentra con su amigo de infancia, ahora convertido en alcalde, y del resto de familiares lejanos. El relato está protagonizado por la trágica pérdida de su amigo y compañero Gus, el desarrollo de su carrera musical tras un hecho tan dramático, la larga y tortuosa enfermedad de su madre, la muerte de su padre, su relación con Kei (su segundo gran amor) y el nacimiento de sus dos hijos. Una vida parecida, pero diferente a la anterior, que nos muestra cómo la pérdida (de familiares, amigos y amores) y la paternidad modifican la mentalidad de las personas. Algo que se suele nombrar con una palabra, madurez, que más a menudo de lo deseado se esculpe más a golpes que a base de la introspección personal.

     Reconoce Dani Mosca que sus canciones han cambiado y que se siente un tanto impostor. La mayoría de sus canciones hablan del amor. Un tanto idealizado en sus primeros años, mucho más realista con el paso del tiempo. Sin embargo, tras sus dos fracasos amorosos con Oliva y Kei siente que el desamor se ha impuesto en su vida y no se siente capaz de seguir escribiendo ese tipo de canciones. Es evidente que para escribir buenas canciones de amor se ha de estar enamorado. Y luchar contra una evidencia tal se le hace imposible. Dani se muestra desorientado ante una situación nueva para él. Y la desaparición de su mejor amigo, Gus, no ayuda en absoluto a  remediar su mal. Así, la soledad se va imponiendo en sus días. Algo que solo puede reparar mediante la presencia constante de sus hijos.

     Trueba hace gala de su buen hacer narrativo: diálogos corrosivos, humor ácido, un manejo de la lengua literaria envidiable por parte de quienes tratamos de hacer algo al menos parecido, una extraordinaria capacidad para provocar en el lector melancolía, deseo y sonrisas, y una facilidad pasmosa para pasar de las lágrimas a las carcajadas. Todo ello, muy a menudo ¡en la misma página e incluso en el mismo párrafo! Cuestión esta, que nos habla de un escritor con un talento peculiar para despertar los sentimientos del lector. Yo, sin ir más allá, he preferido no subrayar ninguna secuencia por no estropear el libro. Porque frases para enmarcar y no olvidar hay muchísimas a lo largo de la novela.

     Absolutamente todos los personajes de la trama tienen unos aspectos psicológicos trazados al milímetro. Resulta imposible no sentir simpatía o desprecio por ellos. Animal hace gala a su apodo, Gus se come la vida a bocados hasta que la muerte se lo acaba comiendo a él, Jandrón provoca sensaciones tan diferentes entre sí que nos puede dejar pasmados, los dos amores de Dani solo pueden ser queridas por quien lee las páginas del libro, su padre llega a ser odioso y también entrañable, el conductor del coche fúnebre es pesado pero cómico, Bocanegra y Vicente nos muestran los entresijos del mundo de la música, y los ciudadanos del pueblo paterno de Dani son dignos del mejor Delibes en Los santos inocentes

     La pasión por aprender, los vaivenes de la vida, las ganas (pese a todo lo anterior) de vivir, las frustraciones profesionales y emocionales, la familia, la soledad, los conflictos del amor y el deseo y cómo se componen las canciones y cómo es la vida de un músico tras bajarse del escenario componen una novela en continuo zigzag que atrapa al lector de principio a fin. Tanto que cuesta despedirse de los personajes, de los ambientes, de las canciones. Al terminar la lectura de Tierra de campos resulta irresistible la tentación de leer más a Trueba. Algo que servidor hará de nuevo tarde o temprano.

     En definitiva, creo que no resulta exagerado afirmar que estamos ante una de las novelas españolas del año. Una historia que perfectamente se podría adaptar a la gran pantalla. Y con una portada que rinde un fiel homenaje a esa tierra de campos que marca el origen de un Dani Mosca que pasará a la historia de la literatura española por méritos propios. Como amante de la música que soy, me ha encantado la recreación que aquí realiza Trueba sobre la movida madrileña. Y la división de la novela en cara A y cara B es ciertamente original pero también necesaria. Trueba es auténtico y genuino. Tierra de campos es su primera novela que leo, pero no será la última.    


martes, 9 de junio de 2015

Bajo la estrella de otoño (Relato de un vagabundo). Knut Hamsun. Siglo XXI Editores. 2006. Reseña





     El escritor noruego Knut Hamsun, premiado con el Nobel de Literatura en 1920, está considerado como uno de los precursores de la literatura contemporánea. A lo largo de las décadas, ha sido homenajeado y ensalzado por autores como Thomas Mann ("Nunca se ha concedido el Premio Nobel a una persona tan merecidamente"), Ernest Hemingway ("Hamsun me enseñó a escribir"), Isaac Bashevis Singer ("Es en todos los sentidos el padre de la literatura moderna") o Charles Bukowski ("El mayor escritor que ha vivido jamás"). Por desgracia, su apoyo al régimen nazi durante la Segunda Guerra Mundial le hizo caer en el olvido.

     Hamsun fue uno de los pioneros de la literatura psicológica mediante técnicas como el monólogo interior y la corriente de conciencia. Sus obras vienen marcadas por la imprevisibilidad de la narración (y de los personajes principales) y la belleza y frescura de su prosa ( a veces, casi poética). Su estilo, a base de frases cortas, concisas y directas, es sencillo y carente de artificios. Y, sin embargo, la adjetivación es fiel y absolutamente didáctica. 

     Bajo la estrella de otoño (1906) es la primera parte de la Trilogía del vagabundo (completada en 1909 y 1912 con Un vagabundo toca con sordina y La última alegría). El protagonista, Knut Pedersen - verdadero nombre de nacimiento del autor -, decide abandonar su vida adinerada a causa de un desamor y buscar su paz interior en la naturaleza y los bosques de Noruega. Su decisión le convierte en un vagabundo que comienza a vivir episodios sin verdadero sentido específico. Vamos, como la vida misma. Se gana la vida de mil maneras y no le duele trabajar en los más complicados y sucios empleos con tal de ganarse el pan con el sudor de su frente.

     Narrada en primera persona, la novela supone una mirada lúcida de la Noruega de principios de siglo XX. Bosques, montañas, granjas, caseríos, palacetes y hasta cementerios constituyen los ambientes en que se desarrollan las distintas acciones. Todo ello, entorno a una hospitalidad por parte de los respectivos lugareños que invita al lector a darse una vueltecita por tan ricos y diversos parajes. Unos parajes que, cabe decir, conoce al detalle el autor, por estar próximos a su lugar de residencia en Noerholm. 

     Como he comentado más arriba, tanto la narración como Knut Pedersen son imprevisibles. Pedersen sufre neurastenia, enfermedad neurótica que le pone en riesgo cuando ejerce un gran esfuerzo mental. Algo que, por otra parte, ocurre demasiadas veces, como él mismo explica. Y es que reflexiona sobre cada hecho y suceso que acontece en su vida, lo que le obliga a esfuerzos mentales que le dejan agotado, física y mentalmente. Su insomnio no ayuda tampoco a que lleve una vida plena y sana. Problema que, aún en la actualidad, mucha gente padece en su vida cotidiana.

     ¿He dicho que el protagonista busca su paz interior y un sentido para su vida? Pues sí. Es cierto. Pero también lo es el hecho de que ese viaje emprendido supone un intento de huida de sí mismo. Otro rasgo más de imprevisibilidad. Sobre todo porque, en cada uno de los lugares por los que pasa siempre encuentra a alguna mujer de la que enamorarse. El amor se convierte en una necesidad. Y la soledad, en parte elegida, en su principal enemiga. Porque, sin duda, el hombre no fue creado para estar solo. 

     Knut es un manitas que está sobradamente preparado. Sabe hacer de todo y se defiende en todos los terrenos y situaciones. Es minucioso, ocurrente, inventivo y trabajador como el que más. No obstante, pese a ser detallista y desprendido con el género femenino en particular - y con todo el mundo en general - no es nada decidido a la hora de tratar de dar un paso más en el momento estrechar más sus relaciones con las mujeres. Lo cual le lleva a esa soledad de la que busca huir pero que es más fuerte que él. 

     La nostalgia, la ternura y la picaresca acompañan al lector a lo largo de este viaje hacia ninguna parte que suponen las andanzas de Knut Pedersen en Bajo la estrella de otoño (Relato de un vagabundo). Una novela psicológica que engancha al lector a pesar de su sencillez. Porque, a menudo, en la vida común de los mortales, la falta de un camino específico a seguir es lo que hace que todo valga más la pena y que la palabra libertad tome su sentido más pleno. Porque, como narra el propio protagonista de esta historia, prefería errar a la aventura y ser dueño de mí; hacer el trabajo que casualmente se presentase, dormir a la luz de las estrellas y ser para mí mismo un motivo de sorpresas... ¿Quién no ha sentido alguna vez en su vida semejante impulso a dejarlo todo y marchar sin rumbo fijo? ¿Acaso hay una mayor libertad en la vida?

     

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Tunnel Of Love - Bruce Springsteen. 1987. Reseña


    
     Hace ahora 25 años fue publicado el octavo trabajo de estudio de Bruce Springsteen, titulado "Tunnel Of Love", nacido a partir de las desavenencias conyugales del Boss con su esposa, la actriz Julianne Philips, con quien se había casado en 1985 y de quien se divoricaría en 1988, al año siguiente de la edición del álbum.
 
     Estamos, por tanto, ante un disco contemplativo, en el que el músico de New Jersey se interesó por las relaciones de pareja, los miedos y las carencias personales. Por ello, por vez primera, prescindió de sus compañeros músicos de la E Street Band, llamándolos a modo particular para que intervinieran cada uno de ellos en determinadas canciones del disco. Las letras y las músicas fueron compuestas íntegramente por el propio Springsteen, que grabó casi toda la música, incluyendo las secciones de batería y sintetizadores, sin más ayuda.
 
     Tras los rotundos éxitos de "Born in the USA", su más aclamado trabajo, y "Live/1975-85", recopilación de sus mejores directos de la última década, el Boss decidió tomar un nuevo camino musical. El resultado fue un trabajo introspectivo, pausado y muy reflexivo. La gira subsiguiente fue también diferente a las anteriores: eliminando algunos de los clásicos de su repertorio, con cambios en el diseño del escenario y de los atuendos de los músicos y diversos arreglos en los temas a base de secciones de viento.
 
     Fue precisamente en la parte europea de la gira, ya en 1988, cuando se disolvió su matrimonio y se anunció su relación con la corista de la E Street Band, Patti Scialfa, con quien posteriormente también se casó y sigue casado en la actualidad (24 años después). Tres hijos son el resultado final de dicho matrimonio.
 
     El disco consiguió el triple platino en su país y, pese a no alcanzar los éxitos de los anteriores, sí adquirió cierta relevancia y notoriedad en la carrera musical de Springsteen. Revistas musicales de gran prestigio como Q y Rolling Stone lo incluyeron en las listas de mejores discos de la historia del rock. Producido por el propio artista, Jon Landau y Chuck Plotkin, presentó doce temas (6+6) en su tracklist:
 
      +Cara A: "Ain´t Got You" (una armónica juguetona y una simpleza rítmica sirven para afirmar que nada está completo sin amor), "Tougher Than The Rest" (cuarto single del disco, en el que el autor se alista como voluntario del amor a pesar de sus riesgos y su dolor), "All That Heaven Will Allow" (canción country nostálgica pero optimista que otorga esperanza frente a tanta adversidad emocional), "Spare Parts" (tema más parecido a su etapa anterior clásica con la E Street Band, narra la historia de una madre soltera abandonada que debe decidir entre ahogar a su hijo en un río o luchar por él hasta el límite de sus fuerzas mientras reflexiona sobre el tema de la evasión al compromiso y la fortaleza ante la soledad), "Cautious Man" (temeroso folk acústico en el que se habla sobre los riesgos de la entrega total y el pánico a no ser correspondido), y "Walk Like A Man" (tema en el que el Boss asume su duelo y decide caminar con dignidad y dolor).
 
      +Cara B: "Tunnel Of Love" (segundo sencillo del disco, vislumbra los picos y las simas de las relaciones y compara el amor con un parque de atracciones lleno de emociones pero también de inestabilidad), "Two Faces" (country pop que afirma que el encanto y la condena del amor están en su impredecible conducta; manifiesto de que en todas las relaciones de pareja es inevitable la dualidad y de que la polaridad fija es imposible de alcanzar), "Brilliant Disguise" (primer single del álbum, en el que la confusión y un camino sin salida diferente a la ruptura se combinan para opacar el panorama sentimental del artista, que califica a su pareja como "un brillante disfraz" que oculta una realidad bien diferente a la que él pensaba), "One Step Up" (tercer single del trabajo, es una balada muy triste ante la certeza de una relación que está abocada a su fin), "When You´re Alone" (un piano resignado describe el desamparo que supone la soledad tras el desamor) y "Valentine´s Day" (hermosa balada que recuerda a los valses tranquilos que sirve para que Bruce termine su disco con la esperanza suficiente para sostener el vínculo amoroso hasta el final). 
 
     En definitiva, "Tunnel Of Love" supuso el fin de una doble etapa en la vida personal (fin de su matrimonio con su primera esposa) y la carrera musical del Boss (dejando atrás esa época rockera sin concesiones) y nos presentó a una persona y a un músico más adulto y con sentimientos mucho más maduros, demostrando que los "jefes" también son humanos y tienen sus corazones, miedos y fantasmas internos.