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sábado, 19 de julio de 2025

El testigo invisible. Carmen Posadas. Planeta. 2013. Reseña

 




    El asesinato de la familia del zar Nicolás II durante la madrugada del 17 de julio de 1918 es uno de los episodios de la Historia contemporánea más estudiados. De aquella terrorífica noche solo salió con vida Leonid Sednev, pinche de cocina y antiguo deshollinador imperial -o water baby, como se les conocía en la época-, un joven de quince años que en los últimos tiempos se convirtió en compañero de juegos del hijo del zar y en amigo de sus cuatro hijas, las grandes duquesas. Aunque no se sabe a ciencia cierta qué sucedió con el joven -según algunos, murió víctima de las purgas de Stalin; según otros, logró huir a Sudamérica-, sí se cree que escribió unas memorias de sus tiempos al servicio de la familia imperial, si bien se desconoce también qué fue de ellas. Temas que dan para muchas teorías y elucubraciones. De una de ellas nació la idea de Carmen Posadas para documentar y escribir esta novela.

    La autora de origen uruguayo se toma varias licencias a la hora de plantear El testigo invisible. La primera, dar por hecho que Leonid Sednev huyó a Uruguay, donde vivió hasta su muerte --en la novela, julio de 1994-. Como explica la autora en una nota final, son miles los rusos con historias fascinantes que llegaron a Uruguay después de la Revolución bolchevique. Existe incluso una colonia en el departamento de Río Negro en la que viven los descendientes de muchos de ellos. Personas con apellidos rusos tienen hoy en día nacionalidad uruguaya. Establecida la conexión Rusia-Uruguay, la segunda licencia que se permite tomar Carmen Posadas es la de la existencia de esas supuestas memorias del ex deshollinador y pinche de cocina de la familia del zar. Unas memorias que habrían sido mitad escritas en un cuaderno y mitad grabadas en un magnetófono cerca ya de la muerte del testigo invisible del asesinato. 

    Alguien -un hombre de características semejantes al protagonista de la novela- le explicó una vez a la autora que los grandes secretos son como los hechizos, y se desvanecen en cuanto uno los cuenta. Y de esa frase nace la tercera licencia narrativa de Carmen Posadas: la de situar en Montevideo y en 1994, más de 76 años después de los hechos narrados, el desarrollo de las memorias de Leonid Sednev. Algo que justifica así: en tiempos tan exhibicionistas como estos, en los que la gente cuenta no solo lo que es verdad, sino muchas veces lo que nunca sucedió, me encanta la idea de alguien que elige guardar un secreto para que lo acompañe hasta su último aliento. Idea que viene acompañada de un hecho importante para el desarrollo de la novela y que, aunque no debe ser desvelado en una reseña como esta, tiene que ver con el amor. Con una historia de amor entre el protagonista y una de las grandes duquesas. 

    Durante muchos años vivió Sednev prácticamente en el anonimato. Water baby, pinche de cocina y servidor de la familia del zar, pasó poco a poco de ser un testigo invisible de la vida de los Romanov a convertirse en actor protagonista. Un actor que, mientras ve decrecer a marchas forzadas el número de fieles seguidores de Nicolás II, adquiere un papel más importante. Que juega con el zarévich y las cuatro duquesas. Que teje relaciones cada vez más estrechas con ellos. Que asiste, entre la inocencia de un niño de solo quince años y el estupor de ver todo cuanto acontece en torno a la familia a la que sirve, muy venida a menos, al ocaso de toda una dinastía. A un acontecimiento que cambiaría la vida de todo un país. Una gran nación que ansiaba la eternidad y la infinitud y que acabó replegándose sobre sí misma en manos de unos nuevos tiranos mucho mayores que aquellos con los que acabó de forma tan trágica en 1918.

    Como toda novela histórica bien documentada, también El testigo invisible nos sirve para aprender Historia. La política interna y externa, las relaciones internacionales, las guerras, la vida en la corte imperial, los constantes choques entre el mundo rural y la ciudad, la complicada situación de la economía rusa, su sociedad piramidal y las luchas entre los revolucionarios, divididos en varios bloques, son temas que trata la autora en las páginas de la novela. No lo hace de forma directa, pero el lector que sepa leer entre líneas podrá utilizar esta historia como una manera de aprender cómo era la Rusia del primer cuarto del siglo XX. Una Rusia en la que jugó un papel primordial Grigori Efimovich, más conocido como Rasputín. Personaje que bien merecería un capítulo aparte merced a su gran capacidad para influir en su amiga personal Alejandra Fiodorovna, esposa consorte de Nicolás II, quien influía a su vez en su esposo.

    Tanto es así que Carmen Posadas toma como punto de partida para su novela una carta de Rasputín a Nicolás II. Escrita pocos días antes de su asesinato, decía así: sé que partiré antes del 1 de enero. Si muero a manos de mis hermanos los campesinos rusos, nada habréis de temer, y vuestro linaje reinará por cuatrocientos años. Pero si son vuestros parientes ricos quienes procuran mi muerte, ni vosotros ni ninguno de vuestros cinco hijos me sobrevivirá más de dos años. Moriréis a manos del pueblo de Rusia. Ya no estoy entre los vivos, me matarán en breve, pero mi muerte se replicará en la vuestra como los círculos concéntricos que produce una piedra al caer en las aguas de un estanque. Profecía o maldición, lo cierto es que el vaticinio del místico de Pokrovskoye - asesinado en diciembre de 1916- se cumplió de forma escrupulosa. Y aterradora. Esa especie de Jesucristo, sanador y adivino, influyó incluso demasiado en la zarina Alejandra. Para bien y para mal.

    La amistad entre Leo y Iuri, un enano water baby que lo dobla en edad pero no en tamaño corporal; la relación entre las grandes duquesas -Olga, Tatiana, María y Anastasia-, que componen en el reino de OTMA (sus habitaciones imperiales) una especie de mosquetería dumasiana bajo el lema de todas para una y una para todas; las intrigas para asesinar a Rasputín y al zar; las divisiones entre los agentes revolucionarios; la mala prensa de que gozaba la zarina; el deseo de Leonid de dejar constancia de lo ocurrido casi ochenta años atrás antes de que su enfermedad le venza al fin; y su estrecha confianza con María, la auxiliar de clínica que lo atiende en el hospital de Montevideo en el que va muriendo poco a poco, y a quien le encomienda dar a conocer su historia una vez él haya partido, componen un mural en forma de libro que el lector debe leer hasta su final de forma adictiva. Aunque sepa desde el principio cuál es su desenlace. Y, cuando se conoce el final de una historia y aún así el lector devora sus páginas, es porque merece la pena. Por su forma y por su fondo. Sin duda, El testigo invisible es una gran novela.                 


viernes, 26 de abril de 2019

El fotógrafo de Mauthausen. Salva Rubio, Pedro J. Colombo y Aintzane Landa. Norma Editorial. 2018. Reseña





     Norma Editorial lanzó el pasado año la novela gráfica El fotógrafo de Mauthausen sobre el guión del escritor, guionista e historiador especializado en proyectos de tipo histórico Salva Rubio y los dibujos y coloreados del matrimonio formado por Pedro J. Colombo y Aintzane Landa. La obra narra las proezas realizadas por Francisco Boix, un joven fotógrafo español que sobrevivió en primera instancia al horror nazi en el campo de concentración de Mauthausen --falleció en 1951, seis años después de la liberación del campo a causa de una enfermedad que lo hirió de muerte durante su estancia en él-- entre el 27 de enero de 1941 y el 5 de mayo de 1945. En total, cuatro años, tres meses y diez días. Toda una eternidad teniendo en cuenta el modo de vida --y de muerte-- del temible escenario de sus gestas.

     Tras huir a Francia al finalizar la Guerra Civil Española, Boix, al igual que miles de sus compatriotas españoles, decidió seguir combatiendo al fascismo en la Segunda Guerra Mundial. Fue detenido en Francia y llevado en tren, en condiciones inhumanas --centenares de personas llegaron muertas a su destino--, a Mauthausen. Ser enviado allí era prácticamente lo mismo que una condena de muerte en vida. No obstante, tuvo la suerte (también desgracia) de cruzarse en el camino del comandante Ricken, un perverso esteta nazi al que le complacía fotografiar el horror del exterminio. Boix se convirtió muy pronto en su principal ayudante, mejorando sus condiciones de vida y también sus posibilidades de sobrevivir al campo.

     Francisco Boix, catalán y socialista para más señas, entendió de inmediato que tenía ante sí una gran oportunidad para dejar un valiosísimo testimonio de lo que allí estaba aconteciendo. Así, decidió, poniendo en riesgo su vida y la de varios reclusos más, que debía sacar del campo la mayor cantidad de fotos posible para asegurarse de que el mundo algún día conociera las barbaridades de Mauthausen. Para ello, se rodeó de gente de su entera confianza --algunos perdieron la vida, por desgracia-- que le ayudó a poner el material bajo buen recaudo. Todo ello para que la verdad venciera a la barbarie y a la manipulación. El comandante Ricken, sin quererlo --seguramente pensó que los alemanes iban a ganar la guerra y que todo estaba bajo control--, le puso en bandeja tan peligrosa tarea.

     Había mil formas de morir en Mauthausen: frío, cansancio, inanición, enfermedades de todo tipo, suicidio, accidentes de trabajo, asesinato, etc. Las fotografías tomadas por Ricken y el propio Boix nos dejaron muy buenos testimonios de todo ello. Y, de paso, hicieron de Boix un personaje que pervivirá para siempre como gran ejemplo de valentía, organización y lucha por la verdad y por la justicia. Porque Mauthausen fue un lugar en el que para lograr sobrevivir por más tiempo uno debía tratar de pasar lo más desapercibido posible, hacerse casi invisible a los ojos de los nazis y, sobre todo, tener suerte. Y todo ello pasaba por hacer lo que se le pedía, no llamar la atención y, ante todo, no meterse en ningún lío. Y Boix, sin dudarlo, se metió en uno. Y bien gordo.

     Lo que más nos llama la atención al leer El fotógrafo de Mauthausen es el excelente trabajo de documentación realizado por el guionista Salva Rubio --quien demuestra no haber escatimado tiempo ni esfuerzo a la hora de abordar el tema para que el resultado final fuera una obra de gran claridad que se hace absolutamente creíble y convincente a los ojos del lector--, el cual queda patente --y es digno de ser agradecido-- a través del dossier histórico de casi sesenta páginas que acompaña a la novela gráfica. En él aparecen documentos históricos, escritos de historiadores y supervivientes del campo y grabados, dibujos y fotos del campo, del propio Boix, de reclusos conocidos y desconocidos, de viles asesinatos y de las formas de vida en uno de los mayores campos de muerte nazi.

     En el referido dossier encontramos importantes informaciones y documentos sobre la llegada de los españoles al campo, sobre cómo vivían los reclusos del mismo, sobre las fotos del comandante Ricken, sobre cómo Boix organizó y perpetró el robo de las fotos y su salida del campo hacia un lugar más seguro, sobre la visita de Himmler, sobre la liberación del campo por parte de las tropas norteamericanas, sobre el exilio parisino del fotógrafo --aspecto este que no por ser menos conocido deja de ser realmente horrible-- y sobre sus testimonios en los conocidos juicios de Nuremberg contra los líderes del nacionalsocialismo --Boix fue el único testigo español en los referidos procesos--. En definitiva, un dossier que hará las delicias de los más curiosos, los que desean ahondar en la Historia.

     Y si nos hemos hecho eco del guión y de la documentación histórica no podemos dejar de lado los dibujos. Sin ser espectaculares --quizás la historia narrada no necesitaba de mayores alardes-- resultan explícitos y definitorios. De predominantes colores oscuros --¿qué otras tonalidades podrían acompañar la narración de un episodio de la historia tan trágico?--, cumplen perfectamente con su función: la de que vale más una imagen que mil palabras. Porque ese es el fin último de una buena novela gráfica: explicar con unas pocas imágenes lo que necesitaría de muchas páginas de texto explicativo. Y de lo que no cabe duda alguna es de que El fotógrafo de Mauthausen es una muy buena novela gráfica. Digna de ser recomendada desde este blog.

     Despido esta reseña con las siguientes palabras de Salva Rubio como justificación de la obra: Nuestra intención es contar la historia de lo que ocurrió en Mauthausen hasta que todo el mundo la conozca. De otra forma, los supervivientes y sus descendientes vivirán el mismo destino que los deportados, a la vez españoles y apátridas, como atestiguaba la "S" sobre un triángulo azul: mientras otras nacionalidades pudieron volver a sus países a disfrutar de su libertad, los españoles quedaron exiliados, sin lugar a donde ir, abandonados por los gobernantes y sin obtener la compensación u honores que merecen por luchar por la libertad de la que ahora disfrutamos. Así que mientras tengamos voz, contaremos su historia.