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martes, 31 de diciembre de 2024

The noticer. Andy Andrews. Ediciones Luciérnaga. 2010. Reseña

 




    Andy Andrews, reputado escritor y conferenciante estadounidense, publicó en nuestro país una de sus obras más conocidas, The noticer, en el año 2010. Basada en hechos reales y ambientada en Orange Beach, Alabama, ciudad de origen del autor, narra las enseñanzas recibidas por sus habitantes más necesitados de consejos de parte de un extraño pero cercano y sabio personaje al que todos conocen como simplemente Jones, sin nombre y sin el prefijo señor. En la localidad todos tienen, como en cualquier otro lugar, sus propios problemas: hay parejas cerca de la ruptura, jóvenes que se dan por vencidos, empresarios al borde de la ruina, personas mayores que creen haber dado lo que tenían que dar y ya solo esperan la llegada de la muerte, suicidas que planean su marcha de este mundo, etc. Ciudadanos que comparten un rasgo en común, más allá del meramente geográfico. Y es que, en el peor momento, cuando su situación parece abocada al desastre, todos ellos reciben la ayuda de Jones. 

    Andy, el narrador de la historia -y escritor del libro-, nos describe a Jones como un hombre no muy alto, no llegaba al metro ochenta, pero tampoco bajo. Llevaba el pelo blanco recogido detrás de la cabeza. Los ojos parecía que brillaban. Eran de un azul claro, cristalino, y estaban enmarcados por una cara llena de arrugas. Aunque llevaba tejanos, una camiseta blanca sin mangas y chancletas de cuero, tenía una apariencia majestuosa. Nunca llegué a saber si era blanco o negro. Nunca pude aclarar si su piel de color de café con leche era fruto de la genética o de haber vivido casi siempre a la intemperie. Era de color marrón. Más o menos. Más tarde conocemos que algunos lo llaman García y otros Chen. Y poco más se sabe de él. Solo que es un anciano renqueante que siempre camina, casi vaga, por la ciudad con una vieja maleta marrón como única compañera. Una maleta que abre muy pocas veces, con el mayor de los recelos, para sacar básicamente papeles y libros.

    Papeles y libros que entrega a las personas a las que quiere ayudar. De entre todos ellos, destacan las biografías. Por ejemplo, las de Winston Churchill, Abraham Lincoln, Juana de Arco, Viktor Frankl, Anna Frank o George Washington. ¿Por qué es tan importante leer biografías para Jones? Porque la experiencia no es nuestro mayor maestro. Lo que de verdad nos enseña es la experiencia de los demás. Leyendo las vidas de personajes ilustres puedes descifrar los secretos que los hicieron tan grandes. Pero Jones no ayuda a los demás solo con libros. Además, aporta sus propias experiencias. Y, sobre todo, otorga a sus nuevos amigos -casi todos los ciudadanos del lugar son sus amigos al final de la historia- una nueva perspectiva de las cosas. Soy un experto en percepción. Es mi don. Hay personas que saben cantar o correr muy rápido, y yo sé captar cosas que a la gente en general se le pasa por alto. Me doy cuenta de cosas respecto de situaciones y personas que necesitan perspectiva. Eso es lo que le falta a la mayoría, perspectiva, una mirada más amplia. 

    Esa nueva perspectiva facilitada por Jones permite a sus amigos recuperar fuerzas, coger aire y recomenzar la vida. Y eso es lo que ocurre también en el caso de Andy, a quien Jones anima con estas palabras: ¿qué pensarías si te dijera que tus elecciones y decisiones equivocadas han influido en el hecho de acabar bajo este muelle -Andy ha acabado allí, a sus veintitrés años, después de perder a sus padres por un cáncer y un accidente y verse sin recursos económicos tras una serie de dudas y malas decisiones-, pero que, a partir de ellas, bajo este muelle es precisamente el lugar en el que has de estar para que se desarrolle un futuro que en este momento no eres capaz ni de imaginar? En efecto, dos décadas después, cuando ambos personajes se reencuentran en la ciudad, la vida de Andy ha dado un giro de ciento ochenta grados y escribe libros que ayudan a la gente a buscar un camino mejor en su vida. Se ha convertido en el noticer que antes fue Jones para él.

    Jones, que aparece y desaparece de los lugares como si se teletransportara, al más puro estilo Michael Landon en la legendaria serie televisiva de los ochenta Autopista hacia el cielo, parece conocer cada detalle de la vida de las personas a las que ayuda. Toma buena nota de todos ellos -eso es lo que significa literalmente la palabra noticer: persona que observa y toma nota- y da aviso e insinúa -en una acepción más antigua de la palabra- las posibles opciones de cara a mejorar su vida presente y futura. Algo que pasa necesariamente por reconocer los milagros que nos toca vivir y hacer germinar las semillas de la grandeza escondidas entre nuestras luchas diarias. Andy Andrews narra el conjunto de historias de The noticer de una manera tan amena, uniendo realidad y ficción, que al lector le resulta imposible no verse atrapado entre las páginas de un libro que lo hace reflexionar sobre su propia vida. Algo digno de alabar. Y de admirar.

    Varios enigmas encierran las páginas de The noticer: ¿quién es Jones? ¿De dónde viene? ¿Dónde vive y duerme? ¿Cómo puede saber tanto de todo el mundo? ¿De dónde extrae toda la información sobre tantos personajes influyentes de la Historia? ¿Cómo puede saber lo que piensa cada personaje si ese pensamiento no ha sido verbalizado en ningún momento? ¿Qué lleva en la maleta, además de papeles y libros? ¿Cómo puede estar exactamente igual después de veinte años? ¿Por qué no envejece como los demás? Enigmas que no se desentrañan, por cierto. Precisamente, más allá de las enseñanzas de todo tipo que el libro encierra en sí, buena parte del éxito de The noticer se fundamenta en el origen enigmático del principal protagonista. Un personaje que, de no existir, debería inventarse. Porque, aunque casi todos conocemos a alguien como Jones, ese tipo de personas son más que necesarias en nuestra sociedad. Personas que nos iluminan en mitad de la tormenta, como los faros de las costas más peligrosas.         

    Porque solo ese tipo de personas es capaz de afirmar cosas como estas: en épocas de desesperación, más que ninguna otra cosa, la gente necesita perspectiva. Porque la perspectiva nos trae calma. La calma nos permite pensar con claridad. Pensar con claridad nos proporciona ideas nuevas. Y las ideas nuevas nos procuran el florecimiento... de una respuesta. Mantened la cabeza clara y el corazón también. La perspectiva se puede perder con la misma facilidad con la que se puede encontrar. Lo mejor todavía está por llegar. Jones planta una serie de semillas en los corazones y las mentes de las personas a las que conmueve con su sabiduría y altruismo. Y esas semillas germinaron. Por lo menos en Andy Andrews. De ahí sus libros, entre los que se encuentra este, y sus conferencias motivacionales. Por eso, The noticer, además de como una novela, también pude verse como un libro de autoayuda. Porque panta semillas.

    En definitiva, The noticer es uno de esos libros que todo el mundo debería leer. El lector queda absorbido y conmovido por sus diálogos sobre el amor, las relaciones personales, la amistad, el verdadero valor de las cosas y de las personas y la ética y los valores por los que todos deberíamos velar para disponer de las armas necesarias para crear un mundo mejor. Para nosotros individualmente y para todos como sociedad. Porque la transformación vital puede conllevar también una transformación social en la que los más pequeños detalles pueden marcar la diferencia. Porque, como reza la portada del libro, todos necesitamos alguna vez un poco de perspectiva.      


lunes, 5 de junio de 2023

Del color de la leche. Nell Leyshon. Sexto Piso. 2013. Reseña

 




    Sorprendente. Original. Inteligente. Conmovedora. Un soplo de aire fresco. Así es Del color de la leche, la novela de la escritora y dramaturga inglesa Nell Leyshon (Glastonbury, 1962) publicada hace casi diez años por la editorial independiente Sexto Piso. Fue la primera obra traducida y publicada en lengua castellana --después le sucedieron, también en Sexto Piso, Memorias de una carterista (2015), El show de Gary (2016) y El bosque (2019)-- de una autora hasta entonces desconocida en nuestro país. Y ello a pesar de que en Inglaterra era ya un personaje importante gracias sobre todo a sus obras de teatro y sus dramas radiofónicos emitidos por la prestigiosa BBC, cuyos inicios se remontan nada más y nada menos que hasta 2002. Además, goza del honor de haber sido la primera mujer en escribir una obra --Bedlam-- para el prestigioso The Shakespeare´s Globe Theatre de Londres. Aún quedan por traducir al castellano --sirva esto como llamada pública y petición a las editoriales de nuestro país-- sus dos primeras obras novelísticas: Devotion (2008) y Black dirt (2004).       

    Del color de la leche es también una novela rebelde. Necesaria. Rescatadora. Desgarradora. Un golpe en la conciencia. Una obra de estructura y escritura muy sencillas --cinco capítulos: Primavera, Verano, Otoño, Invierno y Primavera--, a priori incluso simple --frases cortas y poco elaboradas, típicas de alguien que apenas sabe leer y escribir: una niña de solo quince años de la Inglaterra profunda de 1831--, que, sin embargo, alcanza una gran complejidad desde el punto de vista temático y reivindicativo. Una novela con dos grandes protagonistas: el medio natural --y social-- de la Inglaterra de la época ya reseñada y la joven Mary, la más pequeña de cuatro hermanas. Una joven alegre --a pesar de las circunstancias-- familiar, inocente --en su propia familia se insinúa que incluso algo retrasada--, de gran personalidad y extremada inteligencia --que todo lo analiza y reflexiona--, demasiado impetuosa e impulsiva --que no sabe estar callada y nunca se sienta de día--, coja de nacimiento, cuyo cabello es del color de la leche. 

    El padre de la familia de Mary es un déspota que cree que su mujer e hijas solo están en este mundo para servirle y hacerle las mil y una tareas del campo. Es un abusón que maldice a la vida por no haberle dado ningún hijo varón que lo ayude en su trabajo. La madre secunda al padre y no parece tener ninguna empatía con Mary, a la que toda la familia desecha y no tiene en cuenta para nada por su defecto físico en su pierna y por no tener muchas luces. Solo el abuelo estima de verdad a su nieta pequeña. Solo con él tiene Mary un pequeño espacio de paz y tranquilidad en el agobiante y claustrofóbico seno familiar --no en vano, ellos son los dos miembros defectuosos de la familia, puesto que el abuelo está impedido a causa de una caída--. Y, aún así, la joven ama a su familia y no quiere abandonarla nunca. Por eso trata de oponerse cuando su padre prácticamente la vende al vicario, el señor Graham, para que se vaya a vivir a su casa y cuide a su esposa enferma. Sobrecoge la frialdad con la que la familia despide a Mary cuando toma el camino hacia la casa del vicario. 

    Ni siquiera sus hermanas, con las que se supone ha de tener una relación más estrecha por edad y vínculos, se inmutan ante la pérdida que debería suponer la partida de su hermana pequeña. Beatrice, con quien comparte habitación, solo sabe dormir abrazada a una Biblia que no sabe leer. Y Violet y Hope, envidiosas hasta la médula, compiten entre sí por el amor de Ralph, único hijo del vicario. Un joven egoísta que solo se quiere a sí mismo, que elude todas sus responsabilidades, familiares y extra familiares, y para quien la vida es todo placer y nada de compromiso. Un joven que sabe que Mary es diferente a sus hermanas. Tratará de domarla, pero se dará pronto por vencido. Sabe que nunca cambiará. Mary, por su parte, busca algo en la vida. No sabe exactamente lo que es, hasta que finalmente cae en la cuenta. Tanto en casa de su familia primero, como en la del vicario después, siente que echa algo en falta. Le costará sangre, sudor y lágrimas concluir que lo que tanto ansía es la libertad.  

    Lo que podría ser una vía de escape para ella, una forma de librarse de las cadenas familiares, se convierte en realidad, como en su día escribió acertadamente Elias Canetti, en una nueva ligazón a otras cadenas. Puede que no tan duras, tan fuertes, pero igual de alienadoras. Y es que, aunque con el señor y la señora Graham se lleva muy bien, la joven chocará con su hijo, Ralph, y también con Edna, la criada, quien ve que su status en la casa del vicario se puede tambalear con la llegada de Mary. Una Edna, por cierto, que supera la treintena y que guarda bajo su cama tres sudarios: el suyo y el de un marido y un hijo que no tiene --ni seguramente ya tendrá--. La opresión que padece Mary en ambas casas contrasta con un entorno casi bucólico: el campo, la granja, sus tareas estacionales --descritas con exquisita delicadeza y todo lujo de detalles--, los animales enjaulados, los libres, el aire del monte y de la colina, la sensación de no querer estar en ningún otro lugar y de vivir apasionadamente y con alegría a pesar de los pesares.

    Con la señora Graham establece Mary una relación casi materno-filial. Ante el abandono que siente la señora tras la marcha a la universidad de su hijo Ralph, va acogiendo a su nueva criada casi como a una hija. Así, le hará confidencias muy personales. Aunque con el señor Graham no congenia tanto, Mary aprovechará la oportunidad que este le dará de enseñarla a leer y a escribir. Algo impensable para ella y para casi todas las chicas de su edad en aquella época. Quizás la parte más emocionante de la novela resulta ser la que hace referencia a los progresos de la protagonista, que va juntando letras, palabras y párrafos ante la alegría del señor Graham y el sentimiento de orgullo de su abuelo, a quien va informando sobre sus evoluciones lectoescritoras. Así, Mary va dejando de ver en los libros solo rayas negras sin sentido y comenzando a descubrir nuevos mundos. De esta manera, además de la historia que se nos cuenta en ella, la novela puede y debe considerarse también un alegato de la lectura y la escritura. De los libros y de su importancia en la vida de las personas. Algo que nos hace más libres.

    No en vano, lo que leemos en Del color de la leche no es otra cosa que la vida de la joven escrita de puño y letra por la propia Mary. Una joven trabajadora, apasionada, sin mucha educación, pero que nunca miente, nunca ve lo malo de la vida, no tiene pelos en la lengua y ve en la escritura la forma de contar todo lo que le ha ocurrido durante el último año de su vida. Un año con una serie de vivencias desgarradoras de las cuales la protagonista quiere dejar constancia por escrito. Un escrito urgente que habla de un destino del que no puede escapar por un suceso que el lector deberá ir descubriendo a través de la lectura. Un texto íntimo, personal, minucioso y descriptivo. Una lectura que, debido a la inocencia y la conmoción que causa en el lector, y salvando las distancias, nos puede llegar a recordar al Diario, de Ana Frank, o a El niño con el pijama de rayas, de John Boyne. Porque la vida, vista desde los ojos de los niños, siempre nos sorprende y nos hace aprender cosas nuevas. Sobre todo cuando, para más inri, nos cuenta historias no contemporáneas sino algo más pretéritas.

    Por todo ello, e incidiendo en el inicio de esta reseña, Del color de la leche es una historia rebelde, por cuanto el mero hecho de ser escrita demuestra las ansias de alcanzar la libertad denegada. Es necesaria y rescatadora por el hecho de dar voz a tantas y tantas mujeres anónimas que perecieron en la lucha por alcanzarla. Un golpe en la conciencia de quienes, desde el presente, creen que aquello es solo ficción, literatura y no la pura realidad de la vida de las mujeres a lo largo de la Historia. Historia de desencanto, desengaños, malos tratos, opresión y anonimato. Si a todo ello añadimos la originalidad y la frescura, estamos ante una gran novela. De esas que remueve conciencias. De esas de las que no se sale como se entró. De esas de las cuales recuerdas a su protagonista largo tiempo. Quizás para siempre. Porque la Mary de esta novela ya es un personaje clásico de la literatura inglesa, europea y mundial. Si no la conoces todavía, preséntate ante ella y conócela. Es probable que se quede contigo.                       



viernes, 1 de mayo de 2020

El club de lectura de David Bowie. John O´Connell. Blackie Books. 2019. Reseña





     La editorial barcelonesa Blackie Books publicó el pasado mes de noviembre la obra del periodista británico John O´Connell en la que nos invita a la lectura a través de los cien libros que cambiaron la vida del mito del rock David Bowie. En realidad, no solo se nos habla de esos cien libros sino que a la hora de exponer cada uno de ellos nos recomienda otro u otros, por lo que la lista total de obras de referencia se alarga hasta más de doscientos títulos. Para leer unos cuantos años, en algunos casos. O toda una vida, en otros. El caso es que la lista de los libros que componen este particular club de lectura fue elaborada por el propio Bowie unos pocos años antes de fallecer el 10 de enero de 2016. Todo un legado literario para ser consultado por fans y por no fans.

     Porque ese es uno de los fuertes del libro. Se puede llegar a él por ser fan o seguidor de Bowie y también por ser amante de los libros. O por ambos motivos. Eso sí, se requiere un toque de curiosidad y otro de apertura mental. Y es que las lecturas de este camaleónico músico fueron de muy amplia variedad temática. Novelas de todo tipo, poesía, teatro, filosofía, ensayos esotéricos, manuales sobre música, arte, historia, cultura y marketing y propaganda, cómics y novelas gráficas, fascículos de todo tipo, libros de magia, de entrevistas, de viajes, de religión o gnosticismo, de psicología, de sexo, de humor, biografías, etc. Como puede uno observar, el Duque Blanco engullía libros sin parar. Y este libro recoge, además, multitud de anécdotas que harán las delicias de sus seguidores.

     Por ejemplo, esta que recogía el Sunday Times en el año 1975: como odia volar, suele viajar por los EE. UU. en tren, acompañado de una biblioteca móvil transportada en unos baúles especiales que, al abrirse, revelan sus libros, perfectamente colocados en baldas. Se dice que esta biblioteca portátil almacenaba hasta mil quinientos títulos. Solo un lector voraz y obsesivo --y algo friki, todo hay que reconocerlo-- sería capaz de viajar así hace casi medio siglo --sin duda, los actuales ebooks habrían hecho las delicias del artista--. En efecto, Bowie leía con un fervor casi maníaco. Y hacía gala de ello en cada entrevista y en cada una de las máscaras que llevaba cuando presentaba en público cada una de sus obras. Un autodidacta que en la escuela solo aprobaba la asignatura de Arte.  

     Conocer los libros que fueron formando y transformando la mentalidad y la personalidad del rockero a través de los años resulta muy interesante tanto para los fans como para los no fans y simples lectores. Saber --unas veces exacta, otras aproximadamente--en qué momento leyó Bowie cada libro, nos acerca más si cabe al Bowie músico y al Bowie persona. Cada una de las obras expuestas nos lleva a otra u otras, de los mismos autores (o de otros) y de las mismas temáticas, y también a diversas canciones o discos enteros del artista. No en vano, como escribe John O´Connell, leer es escapar: a otras personas, otras perspectivas, otras conciencias. Leer hace que salgas de ti mismo para que regreses, enriqueciéndote infinitamente durante la experiencia. Y eso lo hizo Bowie.

     David Jones, ese era su nombre real, dudó, investigó, buscó, interpretó y puso en práctica todos los conocimientos adquiridos a través de cada uno de los libros que fue leyendo a lo largo de su vida. Su carácter autodidacta, su atrevimiento y su extravagante sentido del espectáculo lo llevaron a innovar en cada uno de sus trabajos --unas veces con más éxito y fortuna que otras, pero siempre con originalidad y mostrándose auténtico incluso desde sus poses impostadas copiadas de autores de cómics, distopías o libros de ocultismo o de marcianos y de ciencia ficción--. Así creó, por ejemplo, los inolvidables personajes Ziggy Stardust y Starman. En definitiva, Bowie utilizó siempre los libros como herramientas para viajar por la vida de la manera más enriquecedora posible.

     Pero vayamos con la lista de este particular club de lectura. Como curiosidad, solo aparecen dos autores por partida doble: George Orwell --1984 y En el vientre de la ballena-- y Anthony Burgess --La naranja mecánica y Poderes terrenales--. El resto de obras son de distintos autores y temáticas, lo que demuestra su gran riqueza y variedad. Desde El extranjero, de Camus, hasta El gatopardo, de di Lampedusa, desde Berlin Alexanderplatz, de Döblin, hasta Lolita, de Nabokov, desde La conjura de los necios, de Kennedy Toole, hasta Madame Bovary, de Flaubert, las novelas componen, como cabía esperar, el grupo más rico y amplio de la lista. Otras obras de este grupo que aparecen son El gran Gatsby, de Scott Fitzgerald, El amante de lady Chatterley, de Lawrence, o A sangre fría, de Capote. 

     Entre los libros de poesía destacan la Ilíada de Homero, el Infierno de Dante, La tierra baldía, de Eliot y los Poemas selectos, de O´Hara. Sobre música deben ser citados títulos como Una historia de la música pop, de Nik Cohn, Oooh, My Soul: la explosiva historia de Little Richard, de Charles White --libro de cabecera de Bowie, pues este músico fue siempre su favorito, el que le hizo dedicarse a la música-- e Historia del rock: el sonido de la ciudad, de Charlie Gillett. Sobre historia, el Duque Blanco leyó con pasión La revolución rusa. La tragedia de un pueblo (1891-1924), de Orlando Figes, La otra historia de los EE. UU., de Howard Zinn, y Antes del diluvio: una semblanza del Berlín de los años veinte, de Otto Friedrich --otro libro de cabecera del rockero, que vivió en la ciudad durante unos años, allá por finales de los setenta--.

     El arte y la cultura jugaron un papel importante en la vida de Bowie, destacando las obras Diccionario de temas y símbolos artísticos, de James Hall, Más allá de la caja Brillo: las artes visuales desde la perspectiva poshistórica, de Arthur Danto, y En el castillo de Barba Azul: aproximación a un nuevo concepto de cultura, de George Steiner. Además, aparecen en la lista títulos sueltos de otros temas mucho más variopintos, como Dogma y ritual de la Alta Magia, de Eliphas Levi, La brutalidad de los hechos: entrevistas con Francis Bacon, de David Sylvester, El origen de la conciencia en la ruptura de la mente bicameral, de Julian Jaynes, El cero y el infinito, de Arthur Koestler, o Sexual personae: arte y decadencia desde Nefertiti a Emily Dickinson, de Camille Paglia.

     La creatividad despierta a la creatividad. Y muchos de los libros, poesías, relatos y novelas que leyó el rockero londinense originaron muchas de sus canciones y algunos de sus discos. El club de lectura de David Bowie. Una invitación a la lectura a través de los 100 libros que cambiaron la vida del mito, de John O´Connell, no solo nos acerca a la figura del rockero sino que nos presenta una gran cantidad de libros, muchos de ellos absolutos desconocidos para el gran público. Puede usarse como una guía de lectura o como manual previo de acercamiento a los diferentes temas que aparecen reflejados en sus páginas. En cualquier caso, todos podemos y debemos continuar leyendo. Por libros y sugerencias no será...        

       

jueves, 23 de abril de 2015

Como una novela. Daniel Pennac. Anagrama. 1992. Reseña





     Hoy no es un día cualquiera. No es uno más. Porque hoy es el Día del Libro. El día de Sant Jordi. El de la rosa y el libro. Un día para reivindicar el placer de la lectura por encima de todo dogma intelectual o educativo. Por eso, precisamente hoy, quiero hablaros de una obra que, en su día, me reconcilió con la lectura. Me refiero a un ensayo de un autor al que muchos conoceréis. Se trata de Daniel Pennac, un escritor y profesor de instituto francés nacido en Marruecos. Comenzó escribiendo cuentos y libros infantiles antes de alcanzar un gran éxito con novelas negras y ensayos educativo-pedagógicos. Su Mal de escuela (2007), Premio Renaudot ese mismo año, y Como una novela (1992), obra que me dispongo a presentaros, son sus dos aportaciones más reconocidas. 

     Como he comentado, Como una novela me reconcilió con el gozo de los libros. En efecto, yo fui uno de esa amplia mayoría de adolescentes que aborrecen cada día la lectura por culpa de las malditas obligaciones académicas. Unas obligaciones que acaban con el placer y nos llevan al tedio, al aburrimiento y a la dejadez. Y es que pretender que un niño de 15 años lea El Quijote es un atentado contra lo que se supone que este acto pretende, es decir, fomentar el hábito lector en los adolescentes. Este es el punto de partida de Daniel Pennac en esta obra.

     Estamos ante un libro insólito que estimula la lectura. Y lo hace ayudando al lector a perder el miedo a la lectura, consiguiendo embarcarle en una aventura personal de libre elección que le llevará al disfrute. Decía Kafka en su diario que jamás haremos entender a un muchacho que, por la noche, está metido de lleno en una historia cautivadora que debe interrumpir su lectura e ir a acostarse. Y es que todos, niños y adultos, necesitamos nuestra ración diaria de ficción. Así, la obligación de leer no nos viene impuesta por nadie más que por nosotros mismos. Porque, como bien dice Pennac, el verbo leer no soporta el imperativo. Porque la lectura es placer.  

     Y en el fomento de ese gozo en la mente adolescente (o adulta) tienen tanta importancia la escuela como los padres. La escuela porque ha de retornar a la palabra, dejando de lado análisis, resúmenes, trabajos y fichas de comprensión lectora que en poco o nada ayudan a nuestra tarea. Y los padres porque leer cuentos en voz alta cada noche a nuestros hijos es regalarles la palabra, introducirles en un universo de diversión del que no querrán huir jamás. ¿Cuántos padres castigan a sus hijos que no leen el libro impuesto en el colegio a no ver la televisión? ¡Error! Así lo único que se consigue es elevar a la TV a la dignidad de recompensa y rebajar a la lectura al papel de tarea. Y leer no es un deber, ¡sino un derecho!

     Como una novela es un monólogo alegre, entusiasta y desenfadado, fruto de que quien lo escribe, sin duda, siente y cree a pies juntillas en lo que escribe. Pese a tratarse de un ensayo, se lee como una novela. De ahí su título. Corto, de prosa directa y sencilla, muy bien estructurado y destilando un gran sentido común, convierte lo que en principio se presenta como un ensayo sobre el amor por la lectura en otro sobre pedagogía, aprendizaje y enseñanza de la lectura. Porque queda por entender que los libros no han sido escritos para que mi hijo, mi hija, la juventud, los comente, sino para que, si el corazón se lo dice, los lean. Nuestro saber, nuestra escolaridad, nuestra carrera, nuestra vida social son una cosa. Nuestra intimidad de lector y nuestra cultura otra.

     Y, como leer no es una obligación ni un deber sino un derecho y una libertad, Pennac presenta un decálogo de los derechos fundamentales del lector. A saber: 1-el derecho a no leer; 2-el derecho a saltarnos las páginas; 3-el derecho a no terminar un libro; 4-el derecho a releer; 5-el derecho a leer cualquier cosa; 6-el derecho al bovarismo (enfermedad de transmisión textual); 7-el derecho a leer en cualquier sitio; 8-el derecho a hojear; 9-el derecho a leer en voz alta; 10-el derecho a callarnos. Huelga decir que esta manera de afrontar el mundo de la lectura es capaz de desinhibir a cualquier temeroso de los libros.

     Pennac desgrana tópicos y típicas excusas argüidas por los no lectores para explicar el por qué de su actitud acerca de la lectura. La que más me llamó en su día la atención - citar más alargaría demasiado la reseña - es la referente a la falta de tiempo. El autor responde así: el tiempo de leer es tiempo robado, y el problema no es si tengo tiempo o no, sino si me regalo o no ese tiempo. Nunca un enamorado deja de encontrar tiempo para amar. Lo dicho anteriormente: de gran sentido común. 

     Esta reseña es mi pequeña y humilde contribución a este Día del Libro. Si eres de los que aman la lectura, espero que hayas disfrutado de ella. Aunque lo harás mucho más leyendo o releyendo Como una novela. Si, por el contrario, eres de los que siempre encuentran excusas para no leer, tienes dos opciones: seguir sin leer y perderte el gustazo que supone hacerlo o darte una nueva oportunidad desde la libertad de elección personal. Tú elijes.