LIBROS

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lunes, 7 de marzo de 2016

Investidura fallida de Pedro Sánchez. Y... ahora, ¿qué?





     El pasado viernes, por primera vez en la historia de la todavía corta democracia española, un candidato a la presidencia del gobierno fue rechazado, también en segunda votación, por 219 diputados. Y ahora, ¿qué? El líder del PSOE y el resto de su órgano de dirección siguen sin hacer la más mínima autocrítica. No la hicieron tras el 20D, cuando obtuvieron los peores resultados electorales de su historia pese a haber estado cuatro años en la oposición de un gobierno, el del PP, que ha resultado una enorme infamia para nuestra nación. Y siguen sin hacerla tras el 4M pese a haberse quedado solos debido a un NO rotundo por parte de la totalidad de la izquierda española.

     En lugar de ello, la estrategia de los socialistas es echar la culpa de sus propios fracasos a Podemos. Olvidando, dicho sea de paso, que los compañeros de Pablo Iglesias no han sido los únicos en darle la espalda a él y a su deslumbrante pacto con Ciudadanos. Ese que, además, fue votado en contra por el 21% de los propios militantes del PSOE en una votación en la que solo participó el 51% de la militancia. ¿Para qué?, debieron pensar el resto de sus militantes. Total, una vez firmado dicho acuerdo con Rivera, ya no había marcha atrás.

     Dicen desde el PSOE que 130 suman más que 161 y que Podemos --y el resto de diputados de izquierdas, me permito añadir yo ya que no lo quieren hacer ellos-- ha votado con el PP en contra de su investidura. Y, digo yo: por la misma regla de tres --parece que de matemáticas no van muy bien los socialistas--, los populares han votado con ERC, Democràcia i Llibertat o Bildu, por lo que Rajoy se ha convertido en independentista como por arte de magia. En fin, que olvidan también que no es que Podemos no quiera nada con Ciudadanos, sino que tampoco estos entrarían en un pacto en el que estuviera Podemos. ¿Padecen también los socialistas de memoria selectiva?

     Sánchez ha estado empeñado en un acuerdo imposible desde el primer momento. Unir a Podemos y a Ciudadanos es algo impensable, imposible. ¿Cómo se pueden coordinar las políticas sociales de los primeros con las económicas de los segundos? Nunca el aceite y el agua se han disuelto. Tampoco este hecho parece ser conocido en Ferraz. Quizás se viva allí en otro mundo, un universo paralelo en el que todo es posible. Pero, por si todo esto fuera poco, afirma el PSOE que las causas del no acuerdo con los morados se basa en la indivisibilidad del Estado español. Y llegamos, probablemente, a la gran falacia del asunto.

     Porque decir que Podemos es un partido político independentista es querer engañar a la ciudadanía. Una cosa es defender el derecho a decidir y otra muy distinta abogar por la independencia. ¿Tampoco esto se puede entender en Ferraz? Pues claro que sí. Idiotas no son. Faltaría más. No obstante, el PSOE ha de buscar cualquier diferencia con Podemos para justificar su negativa a sentarse de verdad a negociar con él. Porque, lo que le ocurre al PSOE es que tiene miedo. Un pánico indescriptible a dejar de ser el partido mayoritario de la izquierda española.

     Y, de nuevo, en lugar de hacer balance interno, dejar de mirarse el ombligo y tratar de discernir el por qué de sus debacles electorales y en el debate de investidura el PSOE prefiere marcar muy bien las diferencias e intentar hacer ver a la opinión pública que los de Podemos son los malos de la película. Como lo son los indios en las películas del oeste. Incluso, se atreven a afirmar que no entienden por qué Iglesias los odia tanto. Todo menos pararse a pensar un instante un hecho de sobra ya constatado: no solo los odia Iglesias. Cada vez somos más los españoles que nos sentimos traicionados por un partido que ya hace años dejó de ser socialista y obrero para iniciar un viaje al centro-derecha que parece no tener ya vuelta atrás. Algo que deja bien patente ese pacto con el partido de Rivera.

     Pese a todo lo anterior, Sánchez sigue teniendo una gran ocasión para ser presidente. Eso sí, ha de ser valiente y dejar de seguir los dictámenes de los grandes barones de su partido --todos sabemos quienes son y lo que opinan sobre la gran coalición junto a Ciudadanos y PP-- para apostar decididamente por retornar al camino de progreso que jamás debió abandonar. Porque, de seguir por él, no debería extrañar a nadie que Podemos le coma definitivamente la tostada y pase a ser ese referente de izquierdas que tanto perseguimos los ciudadanos que hemos mamado desde nuestra infancia la ideología socialista en este momento perdida.

     Seré sincero. Estoy muy pesimista. Creo que al final la gran coalición se hará efectiva. Ahora o después del verano (suponiendo que, como todo parece indicar, haya nuevas elecciones en junio). Las presiones que nos acercan a ella son muy fuertes. Y no me refiero solo al PP --que, además, tiene mayoría absoluta en el Senado y podría bloquear muchas de las medidas salidas del Congreso--, a Ciudadanos y a una buena parte del PSOE. También a las grandes empresas y a los bancos les interesa. Y no digamos a las instituciones europeas y hasta mundiales. Porque --y esta es otra cuestión trascendental--, los anteriores gobiernos (tanto del PP como del PSOE) han dejado que la economía y la capacidad de decisión nacional sea secuestrada y dirigida desde fuera de nuestras fronteras. En definitiva: seguimos camino del desastre...       
                       

miércoles, 2 de marzo de 2016

La tierra que pisamos. Jesús Carrasco. Seix Barral. 2016. Reseña





     Si merced a Intemperie irrumpió con gran fuerza en el panorama literario español La tierra que pisamos confirma lo que ya su obra de debut hacía intuir: Jesús Carrasco (1972) va para grande de nuestras letras. Capítulos cortos, pequeñas píldoras informativas, léxico rico y variado y un torrente de sentimientos en cada uno de sus párrafos siguen siendo las señas de identidad de un escritor que ya es uno de los referentes para muchos otros autores que pretendemos, con mayor o menor fortuna, hacernos un sitio en tan difícil pero apasionante mundo.

     Un Imperio del Norte --inspirado en el comunista-soviético y en el nazi-alemán-- ha invadido España y, tras pacificarla y deshumanizar a sus pobladores, ha dejado que algunos de sus altos mandos se instalen en un pequeño pueblo extremeño para vivir con tranquilidad sus últimos años de vida. Allí, ocupando una casa con una gran parcela, conviven Iosif y su esposa Eva, narradora y protagonista femenina de la historia. De manera despreocupada y ajena a la realidad que los rodea el matrimonio malvive --dicho esto desde el punto de vista de la convivencia-- hasta que hace aparición en la propiedad conyugal un indigente --de nombre Leva-- que parece amenazar su ociosidad.

     La tierra que pisamos es una historia atemporal que defiende valores universales y ataca a los regímenes autoritarios que casi hicieron perecer a la Europa y a la España del siglo pasado. Sin duda, es una novela muy arriesgada que narra con crudeza y gran realismo las atrocidades cometidas por aquellos gobiernos autoritarios, bárbaros y destructores de la humanidad de los invadidos. Y también de los invasores. Porque tanto Eva como Leva saben lo que se siente al perder a seres queridos en nombre de lo patriótico. Estamos, pues, ante una historia emotiva fuerte y dura en la que los personajes resultan intensos y con unos rasgos psicológicos perfectamente estudiados y explicados al lector.

     Como sucediera en Intemperie encontramos un léxico arcaico que recupera nuevas palabras en desuso y otorga a la narración un ruralismo que a estas alturas ya nos va resultando familiar. La prosa --en ocasiones, casi poética-- describe la hostilidad del paisaje del pleno invierno norteño europeo, así como el apego a la tierra de las personas que han vivido en ella junto a otras ya desaparecidas de sus vidas, que no de sus pensamientos. Porque el tipo de novela que escribe Carrasco es mucho más de sentimientos que de hechos; de descripciones que de actos.     

     En ocasiones, las personas necesitamos de la aparición de un extraño en nuestras vidas para poder ver lo que hasta entonces éramos incapaces de ver. Máxime cuando una vida sosegada y sin grandes preocupaciones se ha asentado gracias a la violencia, la barbarie, el horror y la opresión. Es lo que le va ocurriendo a Eva según va sabiendo cosas de ese personaje pasivo, mudo y medio loco que ha ocupado su propiedad. Así, se irá cuestionando su bienestar y acabará convertida en una rebelde capaz de plantar cara hasta al mismísimo cónsul, un personaje incapaz de estar en primera línea de combate pero que disfruta, desde su cobardía, en la retaguardia. Eva parece buscar una especie de redención a través del personaje de Leva.

     La trama de la novela trata los tres temas principales de manera alternativa, dando la información pertinaz según avanzamos en la lectura. Estos tres temas son: el proceso por el cual Eva va sintiendo compasión por alguien de quien al principio desconfiaba (a la vez que su odio respecto a su marido, Iosif, va creciendo); la vida de Leva en el campo de trabajo del norte de Europa; y la detención del protagonista masculino y el exterminio de la población por parte de los pacificadores. Y los personajes ocupan cada cual su espacio. Un espacio que, a veces, llegan a compartir.

     Eva es contradictoria y dubitativa, pero acabará tomando una decisión que le cambiará la vida. Leva está enfermo debido a lo que ha tenido que pasar durante los últimos años. Sufre de ataraxia y parece que nada le preocupa ya. Iosif --¿una especie de Stalin?-- es un machista maltratador, un bárbaro, un criminal. Bloom es un militar del Imperio que, por algún motivo, siente predilección por Leva, al cual protege en determinados momentos de su vida. Y el pequeño pueblo extremeño, otro personaje más, encierra, bajo tierra, el secreto de unas vidas pasadas que no deberían ser olvidadas jamás.

     Quizás La tierra que pisamos no llegue al nivel de su predecesora. Sin embargo, confirma que leer a Jesús Carrasco es una actividad que se debe disfrutar. A pesar, incluso, de que la temática de su obra también nos pueda hacer sufrir por su crudeza y realismo. Intemperie es una obra maestra. Y, como tal, es difícil acercarse a su carácter cristalino. Además: de todos es sabido que las comparaciones son odiosas. El caso es que estamos ante otra obra de indudable valía que no puedo dejar de recomendar a ese tipo de lectores que prefiere leer sentimientos antes que acciones...     

          

lunes, 22 de febrero de 2016

Lo que el hielo atrapa. Bruno Nievas. Ediciones B. 2015. Reseña





     Lo que el hielo atrapa es una novela histórica y de aventuras basada en hechos reales que lanzó hace un año Ediciones B. Narra el tercer intento del expedicionario irlandés Ernest Shackleton por conquistar la Antártida. Y, ante todo, es un homenaje a una figura que, aunque menos conocida que Amundsen o Scott -este último aparece como secundario en la novela-, tuvo una gran importancia en su momento. Y es que este explorador basó todas sus expediciones en una premisa muy clara: tratar de llegar hasta donde nadie hubiera llegado antes, sí, pero también volver con todos sus acompañantes a salvo. Este aspecto, que le impidió la conquista total del continente helado en sus anteriores intentos (las expediciones Discovery y Nimrod) le confirió, por otra parte, una gran dosis de humanidad, dignidad y honorabilidad.

     La novela de Bruno Nievas se centra en la expedición Endurance, que partió de Londres rumbo a la Antártida en agosto de 1914. El carácter obstinado y obcecado del expedicionario se pone de manifiesto desde el comienzo. Y es que, pese a los recursos limitados con los que cuenta -la Gran Guerra puso en jaque el viaje en el último momento a causa de los recortes de financiación que debió superar como pudo-, no dudó en ningún momento en dirigirse a las tierras heladas para tratar de conquistar lo hasta entonces inconquistable.

     Shackleton fue un jefe recto -pero también fiel a sus principios- que no en pocas ocasiones trató a sus subordinados como si de sus hijos se tratara. Pese a diversos errores a la hora de tomar decisiones -lo cual refleja de nuevo su carácter humano y humilde, pues los asume sin excusas- siempre tuvo una sonrisa y unas palabras de ánimo hacia ellos, lo cual le ayudó a sofocar algún que otro pequeño conato de rebelión. Nievas refleja a la perfección el carácter del protagonista de esta epopeya. Tanto que la novela puede considerarse también una especie de biografía. A base de flashbacks, nos presenta capítulos anteriores de su vida y de quienes le acompañaron en su aventura. Porque, como queda claro, también estamos ante una gran novela de aventuras.

     El Endurance quedó atrapado por una banquisa de hielo que lo fue aplastando lentamente hasta hacer que se hundiera. Desde entonces, los 28 marineros -incluidos el fotógrafo Hurley; el capitán Worsley; su mano derecha, Wild; el experto en perros guía, Crean; el meteorólogo Hussey; el científico McIlroy; el veterinario Macklin y el resto de expedicionarios- se vieron obligados a vivir en la placa helada. Y así pasaron dos largos años. La sabiduría de Shackleton, sus dotes de liderazgo y su obstinación provocaron que todos sus acompañantes le siguieran a pies juntillas, sabedores de que sus vidas estaban en sus manos. Y su jefe no les defraudó.

     Y no lo hizo pese a las condiciones extremas que hubieron de enfrentar -el frío, el hambre y las temibles aplanadoras (brutales oleadas de un fortísimo viento gélido capaz de sepultar todo aquello que encuentra en su camino)-, las cuales incluyeron a la poca fauna presente en aquellas latitudes -con la única excepción de los pingüinos-: las orcas y los leopardos marinos. El miedo -pánico, en ocasiones- estuvo presente en numerosos momentos de aquella aventura tan épica y emocionante como pavorosa y horripilante.    

     El resto de este viaje épico lo dejo en manos del lector. No debo ser yo quien cuente cómo acaba la historia. Lo que sí debo hacer aquí es alabar el gran trabajo de documentación que requiere escribir una historia de estas características y, por supuesto, animaros a que leáis la novela. Es la tercera de este pediatra almeriense -tras Realidad Aumentada y Holocausto Manhattan, ambas reseñadas en este mismo blog- y en ella demuestra que sigue progresando en cada uno de sus trabajos literarios. Creedme: es un escritor a seguir muy de cerca en los próximos años.

     Antes de finalizar, me gustaría resaltar cuatro aspectos que considero interesantes sobre Lo que el hielo atrapa. En primer lugar, los flashbacks que aparecen a lo largo de la novela, los cuales nos ayudan a conocer mejor el pasado de los personajes de la misma, así como los motivos que los han llevado a formar parte de la expedición: compañerismo, fidelidad, espíritu aventurero, búsqueda de sí mismos, etc. En segundo lugar, otro aspecto del carácter del héroe que fue Shackleton que se refleja a la perfección en esta frase: "descartado lo imposible, queda intentar lo difícil". La afirmación, utilizada a menudo por el jefe de la expedición, le define también como persona. 

     El tercer aspecto a destacar es que el autor se permite la licencia literaria de crear un personaje ficticio en la historia: Zara Foley. La única mujer de la empresa, según Nievas, huía de la policía de Londres y del cadalso. Un asesinato en defensa propia la obliga a buscar una salida a su delicada situación. Conocer a Shackleton y embarcarse rumbo a la Antártida era su único escape. Y, de paso, se convierte en la otra gran protagonista de la historia. Por tanto, es el personaje 28+1 de la novela. Y, para acabar, quiero recordar otra afirmación clave en la novela: "el corazón es del lugar en que uno se encuentra". Quizá sea esa la razón por la que alguien casado y con tres hijos se embarca una y otra vez hacia lugares inhóspitos y nada recomendables para visitar. Pero así fue nuestro protagonista: "incapaz de vivir en una mole como Londres" pero feliz en la Antártida...



lunes, 15 de febrero de 2016

La víspera de casi todo. Víctor del Árbol. Ediciones Destino. 2016. Reseña





     Dice Víctor del Árbol que es un poeta frustrado y que el Premio Nadal que acaba de recibir por La víspera de casi todo le alegra, entre otras cosas, porque a partir de ahora podrá utilizarlo para argumentar que es un escritor que fue policía y no un policía que escribe. Y servidor, que ha leído cuatro de sus seis obras publicadas hasta la fecha no puede mostrarse más en desacuerdo con él. Porque Del Árbol no solo es un gran escritor sino que lo fue desde su primera obra, El peso de los muertos --de pronta re-edición al cumplirse el décimo aniversario de su primera publicación--, y su forma de jugar con las palabras y de expresar los sentimientos y las acciones de sus personajes y de sus narradores omniscientes le convierten también en un consumado poeta. 

     Eso sí, el hecho de haber sido durante unos años mosso d´esquadra le ayuda a narrar determinadas partes de sus historias. Las más técnicas, si se me permite la expresión. De la misma manera que su experiencia --más breve, es cierto-- como seminarista le capacita para conocer a la perfección aspectos más humanos, como el dolor, su alma enferma, las mochilas repletas de traumas que todos debemos arrastrar y nuestro afán por dejar atrás el pasado --aunque él mismo reconoce que no se puede huir de lo que se es-- y vivir a pesar de tan pesada carga. Porque, pese a que borrar el pasado es imposible, los humanos nos empeñamos en empezar de cero, en dejar de lado la memoria y buscar una redención que nos permita seguir nuestro camino.

     Aunque ese camino nos lleve al mismísimo fin del mundo. Tal y como les ocurre a varios personajes de La víspera de casi todo: Paola, Mauricio, Dolores y Germinal. Las historias, personales y familiares, de todos ellos convergen en A Coruña, más concretamente en Costa da Morte, justo en el fin del mundo. Lugar en donde se proponen huir de un pasado del que no se puede huir. Pero, para invitar al lector a entender la historia --o, mejor dicho, el conjunto de historias que componen la novela--, se sirve el autor de otro componente que domina al detalle: la disección psicológica de cada uno de sus personajes. Sus pasados, sus dolores, sus traumas, sus memorias, sus anhelos, sus contradicciones y sus mundos interiores, en suma, se van completando a base de diferentes oleadas que se suman a las anteriores para componer un todo.

     Del Árbol obliga al lector a ser curioso, a investigar el carácter y la psicología de cada personaje, a buscar la raíz de sus males e indagar acerca de cuáles serán sus comportamientos futuros. Así, le cuesta abandonar la lectura. Porque quiere saber más. Porque desea conocer aquello que el narrador sabe y se niega a compartir con él hasta que lo considera oportuno. De esta manera, de su mano, sufre y disfruta por igual. Sufre porque empatiza con el dolor de cada personaje; disfruta porque, como he dicho al principio, Del Árbol se convierte por momentos en un mago de las palabras. 

    En La víspera de casi todo encontramos a cinco asesinos, tres de los cuales lo son múltiples. Desde pederastas hasta violadores; desde torturadores hasta justicieros; desde enfermos mentales hasta asesinos circunstanciales. Los cinco se crean sus propios fantasmas interiores. E, incluso, aparece un fantasma. Un fantasma de verdad. Y, también los cinco --y sus familiares y conocidos--, deben aprender a convivir con su pasado, con su memoria. Memoria entendida de forma individual, aunque también existe la otra, la colectiva, la que nos pertenece a todos como individuos que vivimos en sociedad.

     Me refiero a la memoria histórica, aspecto tan de moda y que tanto preocupa a Víctor del Árbol. Mauricio es argentino y ha estado encarcelado; Germinal es hijo de un guerrillero que acabó en la cárcel primero y en un manicomio después; Dolores es portuguesa; y Oliverio, como Mauricio, es argentino y ha vivido en su pasado en la Alemania de la segunda posguerra. Y nada es casual sino premeditado: el autor aprovecha estos aspectos para denunciar los excesos y torturas de las dictaduras argentina, portuguesa y española. Dictaduras que sembraron futuras almas enfermas, algunas de ellas mentales --síndrome de Williams, autismo, desdoblamiento de la personalidad--, que aparecen en ciertos personajes.

     Uno de los temas que trata la novela es, pues, el existencialismo. Un existencialismo que a menudo busca la redención para poder empezar de cero y, en otras ocasiones, alejar la fatalidad de manera que permita seguir hacia adelante a pesar de todo. Lo cual nos lleva a otro de los temas que aquí cobra importancia: la facilidad con la que los humanos juzgamos a los demás sin conocerlos ni a ellos ni a sus circunstancias. No es de extrañar que, ante este hecho, a veces las únicas salidas sean la huida, el suicidio o el asesinato. ¿Por qué no te pegas un tiro si tan insufrible te resulta la realidad?, le pregunta un personaje a otro. La vida carece de sentido pero queda la obra de vivirla. Y ese es tu acto de rebeldía contra la irracionalidad: vivirla a pesar de todo, le responde el otro.

     La víspera de casi todo es otra gran novela de Víctor del Árbol. Superar su anterior obra, Un millón de gotas, parecía un reto imposible de alcanzar. Y, sin embargo, lo ha conseguido. O, como mínimo, lo ha igualado. Pocas veces un Premio Nadal ha sido tan merecido. Porque este autor, que fue seminarista primero y mosso d´esquadra después, ha sido y será escritor desde siempre y para siempre. Con o sin reconocimientos en forma de premios...                      


lunes, 1 de febrero de 2016

Spotlight. Thomas McCarthy. 2015. Crítica





     En 2002 un pequeño equipo de periodistas de investigación del Boston Globe, denominado Spotlight, publicó una serie de artículos en los que destaparon los escandalosos casos de pederastia cometidos durante décadas en el estado de Massachussets por parte de decenas de párrocos católicos, así como los intentos de silenciar los hechos por parte de la archidiócesis de Boston, a cuya cabeza estaba el cardenal Bernard Law. La investigación, que duró casi tres años, vio finalmente la luz, sacudiendo la opinión pública estadounidense. Y el Boston Globe fue premiado con el Premio Pulitzer en 2003 por su gran labor divulgativa y denunciante de una realidad que mucha gente no quiso reconocer.

     Los periodistas hubieron de hacer frente a numerosos obstáculos para poder desempeñar su trabajo: rastrear archivos, entrevistar a testigos y víctimas de los abusos, contrastar sus testimonios y, sobre todo, vencer el secretismo de una Iglesia Católica que seguía encubriendo a sus párrocos pedófilos y que no dudó en utilizar cualquier tipo de argucia, legal o ilegal, que pusiera en jaque las investigaciones de los cuatro integrantes de Spotlight. Sobre esta realidad, probada y demostrada, trata una película que debería ser premiada con varias estatuillas en los próximos Oscars.

     Thomas McCarthy (The Visitor y Con la magia en los zapatos), también co-guionista de la cinta, dirige en Spotlight a un amplio elenco de grandes actores que otorgan una mayor credibilidad a la historia: Mark Ruffalo (En carne viva, A ciegas, Shutter island), Rachel McAdams (Morning glory, Midnight in Paris, El hombre más buscado), Michael Keaton (Birdman, Batman returns, White noise), John Slattery (Banderas de nuestros padres, Destino oculto), Stanley Tucci (El quinto poder, The lovely bones) y Liev Schreiber (Salt, Resistencia, El velo pintado). Todos y cada uno de ellos están inconmensurables en sus papeles, como principales y como secundarios.

     Con seis nominaciones a los Oscars y otras tres a los BAFTA y a los Globos de Oro, Spotlight es una película que homenajea a los periodistas que destaparon los escándalos y también a los abogados que, llevando la ética como bandera, denunciaron a la Iglesia Católica y a sus párrocos pederastas para dar a conocer al mundo la magnitud de lo que estaba sucediendo durante las últimas décadas. Y la verdad es que uno no puede evitar sentirse inquietado y hasta enojado ante un problema que, visto lo visto en la cinta, alcanza unas dimensiones mucho más perversas de lo que ya cabía suponer de antemano.

     Si los artículos del Boston Globe de 2002 ya animaron a multitud de supervivientes (como se les califica en el film, pues no todos tuvieron la misma suerte y no fueron pocos los que acabaron suicidándose --otro dato estremecedor más a tener en cuenta--) a dar a conocer sus historias personales, parece apropiado pensar que en la actualidad sucederá lo mismo a raíz de esta película, por lo que esta puede ser vista como un puente de esperanza para las víctimas de estos aberrantes abusos sexuales que, más allá de los daños físicos y psíquicos, conlleva también los espirituales. Porque, como señala una de las víctimas, se trata de un proceso por el cual a uno se le arranca la fe. 

     La película constituye un serio golpe a la cuestión del celibato en la Iglesia Católica. Cuestión de triste actualidad, incluso en nuestro país --véase la polémica del caso del clan de los Romanones en Granada--, pero también en el resto del mundo. Porque, quizás lo que más llega a inquietar de este film, es que todo lo que en él se relata es solo la punta del iceberg de una situación que, de no mediar la propia Iglesia Católica con urgencia, amenaza con socavar sus pilares centrales. Y es que, como se aprecia en la cinta, no estamos ante unas pocas manzanas podridas sino que el problema es mucho más grave. Y, todo ello, con el conocimiento de las altas jerarquías eclesiásticas, mucho más preocupadas por que no trasciendan las informaciones que por acabar con una cuestión que amenaza con no tener ya solución.

     En Spotlight se nos describen las mil y una argucias empleadas por la Iglesia Católica para acallar las voces de los niños y jóvenes víctimas de los abusos. Desde prometer apartar de la práctica religiosa a los abusadores --en la práctica, simplemente se les daba un destino nuevo, alejado del lugar de los hechos, donde seguían con nuevos abusos-- hasta pagar a sus víctimas a través de abogados escasos de ética que mediaban entre abusador y abusado a cambio de una pequeña gratificación o comisión. Y, en mi opinión, lo mejor de la película es que todo está contado con todo lujo de detalles, pero simplemente a modo informativo y carente por completo de morbosidad y de detalles poco agradables para el estómago del espectador, que ya sufre bastante, por cierto, con lo que tiene ante sus ojos.

     Spotlight es una película que debería ver todo el mundo. Desde los periodistas --especialmente los de investigación-- hasta los abogados --sobre todo los que tocan temas eclesiásticos y de abusos sexuales a menores--; desde las personas ávidas de conocer las injusticias --quiero creer que todas-- hasta las que en el cine simplemente buscan entretenerse --que también las hay--; desde los no católicos --cada día más-- hasta los católicos --cada día menos--. Pero, especialmente, estos últimos. Porque no querer ver la realidad --no hay más ciego que el que no quiere ver-- no solo no impide que esta siga sucediendo sino que convierte en cómplice a quien mira hacia otro lado y niega la más clara evidencia...




             

lunes, 11 de enero de 2016

Bowie, Starman y las estrellas negras





     El pasado viernes David Bowie cumplió 69 años. Y con motivo de su cumpleaños vio la luz su último trabajo discográfico, Blackstar, el cual quien os escribe tenía previsto reseñar esta misma semana. No he tenido tiempo. Apenas 48 horas después nos ha dejado. No hace todavía tres horas que he conocido la fatal noticia y he de confesar que no he podido evitar derramar unas lágrimas mientras pensaba que debía escribir algo en su memoria. Y, debéis creerme, no me es fácil hacerlo en estos momentos. Hay días en que uno desearía no levantarse de la cama. Y hoy es uno de ellos.

     Descubrí a Bowie demasiado tarde. Nací en 1975, una semana después de que el hombre de las mil caras publicara su noveno disco, Young Americans. Por aquel entonces, ya había parido joyas como Space Oddity, The Man Who Sold The World, Changes, Life On Mars?, Starman, Ziggy Stardust, Rock And Roll Suicide, Rebel Rebel o Young Americans. En esos sus primeros nueve años de carrera musical ya había dejado patente que era un transgresor. No solo en lo puramente musical sino también en lo estético. Pocos artistas han sido capaces de cuidar tanto su imagen y la de sus discos y vídeo-clips. Pero eso solo lo entendí unos años más tarde. 

     Como todo el mundo, crecí conociéndolo, viéndolo en la tele y escuchando algunas de sus canciones (Heroes, Scary Monsters, Ashes To Ashes o China Girl). Pero, claro, servidor era demasiado joven como para comprender las dimensiones de este genio. Me parecía un tío raro raro, que siempre iba vestido de cualquier manera y que hacía música igual de extraña. Hasta que un día, en 1995, con 20 años y otros diez discos a las espaldas del genio Bowie -y temas igualmente míticos como Sound And Vision, Let´s Dance o Day-In, Day-Out-, saqué de la biblioteca un recopilatorio suyo titulado David Bowie-The Singles Collection (1993).    

     A lo largo de su existencia hay tan solo unos pocos discos que pueden cambiar la vida de las personas. El que os acabo de mencionar es uno de los que cambiaron la mía. Porque, en mi fuero interno, ese tío raro que tenía un ojo de cada color y que vestía de cualquier manera se convertiría con el tiempo en uno de los músicos más influyentes y menos valorados de la historia de la música. Poco a poco comencé a amar su música, su indudable gusto por la estética y sus mil y una caras. Las mil caras del Camaleón, del duque blanco, como se le solía conocer también.

     En los últimos 20 años decayó su ritmo productivo. Quizás, incluso, también parte de su calidad musical. Aún así, nos fue dejando otras piezas inolvidables, como Heathen, Sunday, Reality, New Killer Star, The Next Day, The Star (Are Out Tonight) o Black Star. Lo que nadie podrá dudar jamás es que este adelantado a su tiempo -como en su día también lo fueron Freddie Mercury, Queen, Pink Floyd o Lou Reed, entre otros- vivió no de la música sino por la música y que cuidó siempre el más mínimo detalle musical y estético. Sus vídeo-clips, como ya ha he referido más arriba, son dignos de ser disfrutados y estudiados.

     A lo largo de sus cuarenta años en el mundo artístico cultivó diferentes estilos musicales: folk psicodélico, glam rock, soul, funk y música electrónica. Y en todas ellas innovó, fue vanguardista y creó caminos que luego otros han seguido o seguirán. Pero, además, fue también actor de teatro, televisión y cine. Entre otras películas, apareció en El hombre que vino de las estrellas -donde encarnó a un extraterrestre de un planeta en vías de extinción-, Feliz Navidad, Mr Lawrence -donde dio vida a un prisionero de guerra en un campo de internamiento japonés-, Dentro del Laberinto -donde se hizo archi-conocido al interpretar el papel de rey de los goblins- o El truco final -en la que dio vida al famoso físico Nikola Tesla-.

     Bowie vivió por la música. Fue multiinstrumentista: tocaba la guitarra, el piano, los sintetizadores, el saxofón, la armónica, el xilófono, la viola, el violonchelo, la batería y algún que otro instrumento más. Y grabó Blackstar, su último disco, publicado tan solo 48 horas antes de dejarnos, enfermo de un cáncer terminal que solo conocían su familia y su círculo más cercano. Fue su particular regalo de despedida. Un legado que, como el resto de su obra, será eterno. Porque su música quedará por siempre en nuestros oídos y en nuestros corazones. Porque Bowie, como tantos otros, nunca morirá. Simplemente nos ha dejado para ir a ver a su amigo Starman, quien le estaba esperando en el cielo... 

     Así que, ya sabéis, no creáis lo que hoy publican las malas lenguas: Bowie no ha muerto. Porque, como él mismo nos cantó siempre en Space Oddity, estoy feliz, espero que vosotros también... estoy flotando de una manera muy peculiar... y hoy las estrellas tienen un aspecto muy distinto... 


                  

lunes, 4 de enero de 2016

Mis diez libros preferidos de 2015. Resumen literario





     Como viene siendo habitual en este blog cada vez que llegamos a mitad o final de año hago una especie de resumen literario del mismo y expongo, según mi criterio personal, los diez mejores libros del período referido. Que vivimos tiempos complicados para el mundo de la cultura en general y de la literatura en particular es algo que todos tenemos bastante claro a estas alturas. No obstante, cada uno de los que amamos los libros hemos de tratar de dar un empujoncito a aquellos que no lo son tanto. Animarlos a dar el pequeño gran paso de abrir un libro y leerlo. Valga este humilde artículo para poner mi pequeño granito de arena en tan complicada pero apasionante labor.

     Antes de recomendaros los diez mejores libros leídos durante este 2015 he de confesaros algo que los seguidores del blog vais a notar a partir de ya mismo. La producción de entradas va a decrecer notablemente desde hoy mismo. El motivo es que, como muchos sabéis, me encuentro en plena fase de escritura de la que será segunda parte de El Círculo de las Bondades. Ello requiere mi máxima atención y dedicación. Creo -o deseo- que los que me seguís entenderéis que es algo necesario. Para mí y para quienes hace ya cuatro años esperáis esa segunda parte. El compromiso que adquirí entonces con todos vosotros no admite ya mayores dilaciones. Habéis tenido ya demasiada paciencia, y merecéis que cumpla con mi parte en 2016.

     Durante sus cinco años de vida Jungleland ha mantenido escrupulosamente -y no os podéis imaginar lo que me ha costado en varias ocasiones- un nivel que considero alto tratándose de un blog mantenido por una única persona: cinco artículos al mes. En total, han sido publicadas, contando la presente, 251 entradas. Sin embargo, las prioridades mandan y ha llegado el momento de ocuparme de la escritura de una novela que para mí se ha convertido ya en todo un reto, en toda una obsesión. Así las cosas, desconozco el número de publicaciones futuras, pero va a ser sensiblemente menor que la conocida en estos cinco años.

     Sin mayores rodeos, os dejo la lista de los 10 mejores libros que he leído en el pasado 2015. Como siempre, debo recalcar que la mayoría de ellos no son las últimas novedades -aunque también las hay-, encontrándose en ella incluso algún que otro clásico del siglo pasado:

10. La gente feliz lee y toma café. Agnès Martin-Lugand. Novela adictiva, original y ágil de cuyos personajes resulta difícil despedirse al terminar la lectura. Un viaje iniciático al interior del ser humano. Una constatación más de que el amor se abre siempre camino en nuestras vidas. Y de que siempre vale la pena vivir la vida. A pesar de los pesares.

9. Chesil Beach. Ian McEwan. Dos personajes, una habitación de hotel y una playa vista desde la ventana son los ingredientes con los que este autor construye una novela magnífica sobre la incomunicación humana, la represión sexual y la soledad. Una noche de bodas que no se desarrolla según el guión previsto. El miedo a lo desconocido. Una historia sobre la que Freud se habría frotado las manos. Dos casos casi clínicos.

8. Matar a un ruiseñor. Harper Lee. Un clásico inmortal de los años 60 que sigue dando que hablar incluso medio siglo después de su publicación. Una autora a la que le bastó una sola novela para alcanzar la gloria. Un espíritu indomable (Scout) muy bien guiado por un padre (Atticus) amante de sus hijos que no dudará en defender la libertad, la justicia, la igualdad y, ante todo, la consecución de una conciencia limpia. 

7. Y de repente, Teresa. Jesús Sánchez Adalid. En el quinto centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús el autor líder indiscutible de la novela histórica española actual aborda uno de los capítulos menos conocidos de la vida de la monja: sus turbias relaciones con una parte importante de los miembros de la Santa Inquisición. Una novela basada en la realidad para aprender historia, disfrutar y entretenerse.

6. El último judío. Noah Gordon. Novela histórica y de aventuras que mantiene en vilo al lector durante cada una de sus páginas. Uno de los capítulos más oscuros de la historia de España. Un retrato fiel de la España de los siglos XV y XVI, dominada por la corrupción, el robo y tráfico de reliquias de santos, la superstición, una brutal represión y una intolerancia bárbara. Yoel Toledano es todo un héroe. 

5. El héroe discreto. Mario Vargas Llosa. Retrato fidedigno del Perú actual, con sus atrasos y su prosperidad. Conjunto de historias protagonizadas por hombres de recta moral y gran afán de lucha y superación que deberán hacer frente a lo peor de las personas: la avaricia, la traición y la maldad. Una narración fluida y amena que entrelaza varias historias a la vez, algo solo al alcance de un genio como este. 

4. La ley del menor. Ian McEwan. Una nueva maravilla de uno de los escritores actuales más brillantes, lúcidos y comunicativos. Una exquisita radiografía de la sociedad en que vivimos. Un dilema moral que tiene en vilo a una gran profesional de la magistratura. Y otro, en este caso de índole personal, que desestabilizaría al más pintado. Un escritor cualquiera no podría escribir una obra así de directa. Directa al corazón. 

3. Cicatriz. Juan Gómez-Jurado. La nueva novela del madrileño vuelve a atar literalmente al lector a sus páginas. Un thriller eléctrico, de alta tensión, en el que cuesta mucho encontrar un resquicio por el que poder respirar. Se disfruta y se sufre por igual. Una genialidad más del rey español del thriller. Una extraña cicatriz que puede cambiar la vida de las personas de alrededor. Acción trepidante.  

2. Hombres buenos. Arturo Pérez-Reverte. Probablemente estemos ante la novela que mejor defina a su autor como escritor e intelectual. Una historia a su medida. Dos académicos buscando los 28 volúmenes de la primera edición de la Enciclopedia para traerlos a España. El París pre revolucionario adquiere de nuevo vida ante nuestros ojos. Una obra maestra de la narrativa española actual. Futuro clásico indiscutible.

1. Un verano en la casa azul. David Casado Aguilera. Si El grito del silencio ya fue la revelación de 2012, esta novela es la confirmación de un autor que debería ser mucho más conocido y reconocido. Personajes entrañables, situaciones reales como la vida misma y una narración cuidada y gratamente disfrutable hacen de esta obra y de su autor lo mejor que servidor ha leído este último año. Ampliamente recomendable. 

     Y hasta aquí la lista. Feliz 2016 a todos los seguidores de Jungleland y nos leemos -aunque menos- por estas páginas.          

jueves, 24 de diciembre de 2015

Hombres buenos. Arturo Pérez-Reverte. Alfaguara. 2015. Reseña





     Apenas una década antes de la Revolución Francesa dos miembros de la Real Academia Española de la Lengua fueron enviados por el director la misma, don Francisco de Paula Vega de Sella, y el resto de sus compañeros a París con el objetivo de comprar y llevar a su sede en Madrid los 28 volúmenes de la Enciclopedia de Diderot y D´Alembert. La aventura que emprendieron aquellos dos hombres buenos es la que recoge en esta magnífica novela el periodista y escritor Arturo Pérez-Reverte. Una novela que, quizá, sea la que mejor retrate a su autor como escritor y como intelectual. Porque le encontramos serio, ácido y crítico con la España de finales del siglo XVIII. Una España, la de Carlos III, que se resistía a los cambios que venían desde una Francia que alumbró el fin del Antiguo Régimen.

     Dice el autor, y no le falta razón, que en España, en tiempos de oscuridad, siempre hubo hombres buenos que, orientados por la Razón, lucharon por traer a sus compatriotas las luces y el progreso. Y no faltaron quienes intentaban impedirlo. Ese es, precisamente, el punto de arranque de la novela. Porque el bibliotecario de la Academia, don Hermógenes Molina, y el almirante don Pedro Zárate son esos hombres buenos de los que él habla. Por contra, aparecen otros dos académicos que buscan impedir que la Enciclopedia llegue a Madrid: el periodista conservador (y poeta mediocre) Miguel de Higueruela y el filósofo radical Justo Sánchez Terrón.

     En ambos bandos -por llamarlos de alguna manera- hubo contrastes. Mientras don Hermes es un hombre educado, respetuoso y profundamente religioso que alaba las virtudes de lo español, don Pedro Zárate es claramente anticlerical y crítico con los impedimentos que la Iglesia católica pone a los avances del progreso. Y entre don Miguel y don Justo también encontramos las mismas diferencias, aunque desde posiciones mucho más radicalizadas y encontradas. Eso sí, los dos comparten los mismos deseos: que las Luces no pasen de los Pirineos. Exactamente lo contrario de lo que pretenden sus dos compañeros y el resto de académicos. La diferencia entre ellos la encontramos en que, a pesar de las distintas opiniones, don Hermes y don Pedro se acercan y traban una gran amistad durante el viaje, mientras que don Miguel y don Justo cada vez se llevan peor entre sí.

     Aparte de los problemas habituales en los viajes de gran distancia de la época otros dos se añadirán a la epopeya que vivirán los dos académicos: la difícil tarea de encontrar los 28 volúmenes de la primera edición -sin duda, la mejor y más fiable de todas las editadas hasta entonces-, adquirirla y traerla hasta España -recordemos que la obra formaba parte del Índice de libros prohibidos de la Iglesia católica, tanto en Francia como en España, por lo que todo debía hacerse con la máxima cautela y, desde luego, de manera clandestina- y librarse de Pascual Raposo, un sicario contratado por Higueruela y Sánchez Terrón para evitar que su empresa tuviera éxito -algo evidentemente desconocido por parte de los dos grandes protagonistas pero que les situará en varias situaciones de difícil solución a lo largo de la historia.

     Como cabe esperar, todos los protagonistas están tratados con gran delicadeza y exactitud psicológica y física por parte del autor, incluido el abate Bringas, personaje de ficción inspirado en el abate Marchena, un personaje que resulta asqueroso pero que conmueve a la vez. Un ser adelantado a su época, intransigente y vividor, que acabó siendo protagonista real de la Revolución Francesa en su época de máximo terror robespierrano. Un tipo peligroso pero que se entregará por completo a la gesta que supone hacer llegar a esa España cerril de la que tiempo atrás debió huir una obra que adelantaba la sangre de los culpables que iba a ser derramada tan solo diez años después.

     Me detengo en el abate Bringas porque es el personaje que más ha despertado mi interés, tanto por sus ideas, como digo, adelantadas a su época, como por su radicalismo anticlerical y antinobiliario. Sus lúcidas ideas y divagaciones contrastan con sus expresiones directas y descarnadas, sangrientas y violentas, que hacen santiguarse al bueno de don Hermes y sonreír al almirante, don Pedro Zárate. Un personaje digno de admirar, pero también de temer. Como ocurre con el sicario Raposo: otro tipo peligroso que únicamente piensa en llevar a buen término una misión muy bien pagada. 

     Demoledor resulta el contraste entre el Madrid de Carlos III y el París de la época; entre la mojigatería y el libertinaje, simbolizado en Madame Dancenis, personaje ficticio basado en Teresa Cabarrús; entre el atraso -moral, ideológico y filosófico- y la modernidad plena, de la mano de los enciclopedistas (a los que se suman Voltaire y Rousseau y también, en persona, Condorcet o Benjamin Franklin); entre la mente cerrada sobre sí misma y la abierta al mundo. Porque París en sí mismo es otro de los personajes de la novela: calles, plazas, carruajes, caballos, cafés, hoteles, boulevards, teatros, etc.  

     Y, como colofón a todo lo anterior, la técnica narrativa, que alterna pasajes de la historia del siglo XVIII con otros de la actualidad, incluyendo los motivos de escritura de la novela, el complejo y detallado proceso de documentación -visitas in situ, mapas, libros, grabados, cuadros, etc- y el proceso creativo de la historia contada. En realidad, el propio libro introduce una especie de anexo que, en lugar de aparecer al principio o al final del mismo, aparece diseminado entre las escenas y se encarga de enlazar las distintas partes del viaje y de la estancia de los académicos en París.

     En resumen, Hombres buenos -sin duda, una de las mejores novelas del año- es un conglomerado de historias, individuales y colectivas, que enseñan Historia y Filosofía, entretienen y muestran con todo detalle cómo eran el Madrid y el París del período pre revolucionario. Un gran libro que a buen seguro sabrán apreciar los amantes de la literatura en general y de las de aventuras e históricas en particular. 

        

lunes, 21 de diciembre de 2015

El Congreso tras el 20D





     La imagen de cabecera de este artículo ilustra a la perfección -así, sobre fondo negro, además- cómo queda el Congreso de los Diputados tras las elecciones del 20D. Como cabía esperar, no hay mayorías absolutas fácilmente alcanzables. A no ser que se de ese gran pacto nacional entre PP y PSOE, algo muy poco probable y que significaría el suicidio político de ambos, sobre todo en el caso socialista. Varias son las conclusiones que podemos sacar de los resultados electorales alcanzados en estos nuevos comicios generales.

     La primera: que el bipartidismo, herido de muerte, se resiste como gato panza arriba. Pese a que el PP ha alcanzado sus peores resultados desde 1989 (pierde 16 puntos, 63 escaños y más de tres millones y medio de votantes) y el PSOE ha bajado, por vez primera en nuestra todavía breve historia democrática, de los 100 escaños (perdiendo 7 puntos, 20 escaños y más de millón y medio de votantes) suman, entre ambos, más del 50% de los votos totales. Lo cual podría propiciar esa gran coalición nacional que diera mayoría absoluta (213 escaños) a esa unión sin duda anti natura y que tendría como consecuencia la formación de un gobierno que, además de indecente, sería también ruin, mezquino y deleznable.

     La segunda: se hace definitivamente urgente una reforma del sistema electoral en nuestro país. Un par de ejemplos claros y concisos ejemplifican tal afirmación: Unidad Popular-Izquierda Unida ha necesitado más de 450 mil votos para asegurarse un escaño, mientras que PP y PSOE lo han conseguido con tan solo 58 y 60 mil respectivamente; la diferencia entre PSOE y Podemos ha sido de tan solo 350 mil votos (menos de 1,5 puntos), lo que, sin embargo, ha supuesto un reparto de escaños muy desigual (90 por 69). 

     Podemos, con bastante más de 5 millones de votos, ha irrumpido con gran fuerza en el Parlamento, obteniendo más del 20,5% de los votos totales. Sin duda, un gran éxito para los de Pablo Iglesias, que se han quedado a menos de 1,5 puntos del PSOE y han aventajado a C´s en casi 7 puntos, lo que le convierte en el gran vencedor de la noche. O, al menos, en el partido que más cosas tenía que celebrar. Y todo ello pese a no culminar su ansiada remontada tras una campaña electoral digna de elogios y estudios. 

     El intento de algunos de crear un Podemos de derechas no ha terminado de cuajar del todo. La formación de Albert Rivera se ha quedado lejos de los resultados que la mayoría de encuestas le otorgaban. Aún así, se puede calificar de un buen resultado: 3,5 millones de votos, un 14% del total, para 40 escaños parlamentarios. Eso sí, cifras que no permiten ni de lejos formar gobierno con el PP: 40+123=163 escaños. Una campaña electoral con muchas contradicciones ha penalizado mucho, muchísimo al partido españolista catalán.

     Así las cosas, alcanzar los 176 escaños que dan una mayoría absoluta en el Congreso se antoja prácticamente imposible. Máxime cuando el PP sí ha obtenido la mayoría absoluta en el Senado, lo que complica mucho más las cosas en el caso de que las izquierdas consiguieran acercarse a esa cifra mágica. Y, para acabar de completar este complicado puzzle, es absolutamente imposible llegar a ella sin contar con los nacionalistas vascos (PNV y EH Bildu) y los independentistas catalanes (ERC y Democràcia i Llibertat).

     A tenor de todo lo anterior se vislumbra en el panorama inmediato una nueva convocatoria de elecciones anticipadas. Algo que solo se podría evitar mediante una serie de acuerdos anti natura y de carambolas casi imposibles: la ya referida alianza PP-PSOE; un acuerdo multi partito de izquierdas con apoyo nacionalista e independentista; o, ya puestos, un gobierno de amplia minoría del PP de Rajoy solo posible con la abstención del PSOE de Pedro Sánchez.

     Y, al margen de lo remarcado anteriormente, este 20D hemos asistido a la constatación de dos hechos que se veían venir durante los últimos dos años: por un lado, la desaparición del Congreso de la ex formación de Rosa Díez, UPyD -superada incluso por PACMA-, y el hundimiento de una Izquierda Unida casi condenada a muerte pese a la gran valía política y personal de su candidato, Alberto Garzón; y, por otro, un ansioso deseo de cambios urgentes por una parte muy importante de los ciudadanos de este país. Quizá sea este el gran consuelo de la noche. Un motivo para la esperanza y la sonrisa. Porque, si bien el Congreso ha quedado prácticamente ingobernable, la inestabilidad permitirá, como menos, que se acaben los plasmas, las corruptelas y las indecencias.           

lunes, 14 de diciembre de 2015

También hubo amor en el gueto. Marek Edelman. Galaxia Guternberg. 2013. Reseña





     Marek Edelman falleció en octubre de 2009. Con él despareció también el último de los supervivientes del gueto de Varsovia. Desde entonces, no hay -ni habrá-, nuevos testimonios de lo que allí ocurrió. A lo largo de más de sesenta años fue objeto de multitud de entrevistas. Entrevistas en las que jamás le preguntaron por una cuestión que para él fue básica pero injustamente olvidada. Por eso trató de dejar en este libro una serie de historias sobre el amor en el gueto. Porque, en palabras suyas, era el amor el que ayudaba a resistir entre aquellos muros infames. 

     Junto a Mordejai Anilevich, Antek Zukierman y el resto de los militantes de la ZOB -Organización Judía de Lucha- Edelman fue uno de los cabecillas de la rebelión del gueto varsoviano en 1943. Sobrevivió y pudo participar también en el Alzamiento de Varsovia en 1944. Sin embargo, hasta la escritura de este libro no había abordado nunca un tema que merece toda nuestra atención: las relaciones amorosas entre los muros. Y eso que es sabido que en el gueto se establecieron relaciones, incluso entre los propios miembros de la ZOB. Véanse los casos de Anilevich y Mira Fuchrer o de Zukierman y Zivia Lubetkin.

     Por descontado, el título de este libro -que no novela- es muy llamativo. No obstante, el capítulo que hace referencia a El amor en el gueto ocupa escasamente 12 de las 150 páginas del mismo. En las cuales describe, muy brevemente -quizá demasiado-, toda clase de relaciones y situaciones. Muchas de las cuales nos dejan un nudo en el estómago. Y es que hubo gente que vivió o murió por seguir a su amado/a. El amor, por suerte en algunos casos y por desgracia en otros, decidió entre la vida y la muerte. Porque, como se suele decir, en las situaciones extremas podemos encontrar lo mejor y lo peor de las personas. 

     En estas páginas encontramos toda clase de historias amorosas: parejas desgraciadas, separadas por las circunstancias; amantes que lo dejaron todo por seguir a sus parejas; hijos e hijas que prefirieron morir a vivir si para ello debían abandonar a sus padres; padres que decidieron morir para salvar a sus hijos; aventuras entre personas del mismo sexo; otras entre mujeres mucho mayores que sus amantes; y viceversa. Y todo ello en un ambiente en el que muchos, paradójicamente, encontraron lo que antes, en situación de libertad, siempre habían anhelado.

     El resto de las páginas del libro describen la adolescencia y juventud de nuestro protagonista: su familia, sus escuelas, amistades, conocidos y relaciones sociales. Todo ello en el seno de una sociedad que se debatía entre el amor y el odio entre judíos y católicos y, ya comenzada la guerra, entre la vida y la muerte, especialmente de los primeros. Edelman rescata de su memoria jirones y aspectos sueltos de sucesos que le forjaron a convertirse en miembro de varios partidos políticos judíos y de varias organizaciones, entre las que destacó su militancia activa en la ZOB.

     Además, el libro describe, casi topográficamente, el entramado de calles, plazas, escuelas, hospitales, comercios, edificios públicos y otros lugares de interés que, lamentablemente, desaparecieron tras la invasión y ocupación alemana. Y retrata y homenajea a algunos de sus compañeros en la tarea común de luchar contra la opresión germana. Conocedor de que era el último superviviente del gueto quiso salvar del olvido a muchas de las víctimas, con sus nombres y apellidos, porque, como él mismo afirmó, seguramente nadie más va a evocarlas y es necesario que de ellas quede alguna huella. 

     De entre los múltiples párrafos del libro, me quedo con uno que dice así: el Holocausto no es verdad que fuera un asunto de esos cien o doscientos mil alemanes que tomaron parte personalmente en el exterminio. No, fue un asunto de Europa y de la civilización europea, que crearon las fábricas de la muerte. El Holocausto es un derrota de la civilización. Y por desgracia esa derrota no se acabó en 1945. Tanto es así que, muchas de las cosas que suceden a día de hoy vienen de la conciencia construida desde entonces: desde el desprecio de la vida humana. Y, por supuesto, del miedo.

     No obstante, el último párrafo del libro deja una ventana abierta  a la esperanza: la juventud puede vencer al miedo. Dice así: en este último cuarto de siglo la juventud ha demostrado ya varias veces que puede hacerlo (fin de la guerra de Vietnam, Francia 1968 y Alemania (caída del muro de Berlín)). Algo ha cambiado a partir de esa rebelión de la juventud. Nosotros ya somos una generación perdida. Lo único que queda por hacer es enseñar a la juventud que lo primero es la vida y que sólo después viene la comodidad.                      


viernes, 11 de diciembre de 2015

El puente de los espías. Steven Spielberg. 2015. Crítica





     La semana pasada se estrenó en España la esperada película El puente de los espías, basada en hechos reales y dirigida por Steven Spielberg. Una obra digna del mejor John Le Carré. A estas alturas no hace falta dedicar una sola línea para presentar ni al director, Spielberg, ni al protagonista principal del film, Tom Hanks. Tampoco a los guionistas, los hermanos Joel y Ethan Coen, apoyados aquí por Matt Charman (Suite francesa, 2014). Basta con decir que cuando unen esfuerzos semejantes guionistas, un director capaz de hacer posible lo imposible y un actor que siempre resulta creíble, en cualquier papel y circunstancia, el resultado ha de ser una obra maestra.

     En 1957 el abogado neoyorkino experto en seguros James Donovan (Tom Hanks) recibió el encargo de defender a un espía comunista, Rudolf Abel, interpretado por el actor teatral británico Mark Rylance (que repetirá en 2016 con Spielberg en Mi amigo el gigante y que ya participó en Caza al asesino junto a Sean Penn y Javier Bardem). Enfrentándose a su propia empresa, al juez y a un país en plena caza de brujas comunista durante la Guerra Fría -aspecto este muy bien tratado en la película-, Donovan consiguió que Abel no fuera condenado a muerte sino a cadena perpetua. Algo que tendría consecuencias tres años después, cuando los soviéticos atraparon al piloto estadounidense Francis Gary Powers (Austin Stowell). 

     Donovan, que ya había demostrado su integridad, sangre fría y saber hacer en la defensa de Abel, fue llamado por la CIA para viajar, en misión secreta, al convulso y peligroso Berlín oriental con el objetivo de negociar la liberación del piloto y su canje por el espía comunista. Pese a los evidentes riesgos que conllevaba dicha misión aceptó al considerar que era lo justo y lo correcto en aquellas circunstancias. Es de suponer que debió pensar que con ello mataría tres pájaros de un tiro: liberaría al piloto, llevaría de vuelta a casa a Abel -con quien había trabado una relación más que correcta- y lavaría su imagen ante su nación (aspecto este que, creo, fue el menos influyente de los tres citados).

     No obstante, la situación se complicó todavía más al conocerse la noticia de que un estudiante de económicas norteamericano que se encontraba en Berlín escribiendo una tesis sobre la economía en el mundo comunista había sido capturado por los alemanes orientales. Donovan, contradiciendo de nuevo a la CIA -a la que no le interesaba en absoluto la suerte que pudiera correr el estudiante- y poniendo en riesgo la misión y su propia integridad física, no dudó en tratar de conseguir también la liberación del joven. Lo cual le colocó en situaciones todavía más complicadas. 

     El Berlín de los sesenta, atravesado por el muro de la infamia, aparece como un personaje más de la acción. Inhóspito en pleno invierno, con muros y alambres de espino por doquier y con presencia militar en cada esquina se nos antoja un muy mal lugar para viajar. Y menos con una misión tan apasionante como peligrosa. Tom Hanks actúa como acostumbra: de manera absolutamente genial, natural y convincente. Y Mark Rylance, al que servidor desconocía hasta la fecha, supone toda una sorpresa, pues no le va a la zaga nunca. Frío pero humano, encarna el papel de espía a la perfección, poniendo en evidencia al 007 de turno. 

     Lo que más ha llamado mi atención es la distinta manera de mirar la realidad que supuso la Guerra Fría en los años sesenta. Spielberg no nos habla de malos y buenos, como la mayoría de películas que tratan el tema, sino de hombres responsables -algunos (Donovan o Abel) más que otros (la CIA, el FBI, la justicia y la propia sociedad estadounidenses no salen muy bien paradas en este film)-, íntegros y servidores de su patria y, ante todo, de su propio código moral. Porque en El puente de los espías Spielberg, más que nunca, profundiza en la humanidad del héroe. Todo ello, envuelto en un ambiente y un ritmo que consiguen que una película de 140 minutos no se haga larga. Todo lo contrario.

     Siempre he pensado que para que una película sea muy buena necesita de un guión perfecto. Y lo mejor de este es que no parece estar escrito por los hermanos Coen. El ritmo no es endiablado, el ambiente no es negro y agobiante, no hay sangre por todas partes, no aparecen los típicos villanos y héroes, no hay ansias de venganza por ninguna parte. Y, como he dicho antes, ni los americanos son ángeles ni los comunistas demonios. Estamos, más bien, ante un film en el que, ¡por fin!, la sensatez y el sentido común están muy por encima de los prejuicios sin hondura ni fundamento. En el que la humanidad de los personajes domina a los estereotipos.

     Si quien lea esta reseña no tiene planes para este finde -o para cualquier tarde medio libre de entre semana- hará bien en ver esta película. Y quien los tenga, no se arrepentirá de cancelarlos para disfrutar del cine en estado puro. Sin alardes, sin estridencias, pero con una gran humanidad. Y, lo más importante, sin buenos ni malos y sin estereotipos. Pero con valores, rectitud y gran honestidad. Al cine -y a la sociedad- actual le hacía falta una película como esta.     

           

miércoles, 2 de diciembre de 2015

La ley del menor. Ian McEwan. Anagrama. 2015. Reseña





     Me fascina la enorme facilidad con la que determinados autores son capaces de contar varias historias diferentes dentro de una misma novela sin que ninguna de ellas te haga desconectar un poco respecto a la que, por el motivo que sea, te atrae más. Ian McEwan es uno de esos autores a los que me refiero. Si hace un mes ya me atrapó con Chesil Beach, ahora ya no pienso oponer la más mínima resistencia a leer cada una de sus obras que vaya cayendo en mis manos en el futuro. La ley del menor mejora, todavía más, la percepción que de él alcancé tras leer la anterior obra. Quizás no llega a la altura literaria de John Williams, mi autor extranjero preferido, pero creo que es uno de los que más se le acercan. Sin duda.

     Una de las claves de que McEwan me guste es, aparte de su indudable audacia a la hora de escribir, que plantea en sus obras temas que, ya de entrada, nos golpean y nos predisponen a leerla. En este caso, la protagonista de la novela, la jueza Fiona Maye, debe decidir sobre la vida de Adam Henry, un menor - le faltan tres meses para cumplir los dieciocho- que se opone a una transfusión de sangre que podría curar su leucemia. El motivo: es Testigo de Jehová. El dilema moral que se le plantea a Fiona es de órdago: respetar las creencias religiosas de Adam o mantener su seguridad personal por encima de sus creencias. La verdad: no quisiera verme nunca en una situación así.

     He comentado al principio que McEwan es un artista a la hora de enlazar las diferentes historias que componen sus novelas. Pues bien. Para completar el difícil cuadro que debe afrontar la jueza, su marido le acaba de presentar una propuesta: dado que ambos rondan los sesenta años de edad y llevan más de siete semanas sin mantener relaciones sexuales -algo que parece no importar a su mujer, pero sí a él- ha decidido mantener una relación pasional con una joven de veintiocho, de profesión estadística y de nombre Melanie, antes de que sea demasiado tarde.

     Como es de comprender, una propuesta así planteada es difícil de aceptar. Máxime cuando lo que busca Jack no es separarse o divorciarse sino simplemente informar a su mujer de una decisión que no tiene nada que ver con el amor que por ella dice mantener todavía, sino con el hecho de estar viendo pasar ante sí el último tren de pasión y lujuria desenfrenada. Un tren que no quiere perder. Aunque tampoco quiere perder a su mujer. Otro dilema complicado que debe resolverse. Otro que -creo- nadie debería querer enfrentar jamás en su vida.

     Fiona debe convivir a diario con sus compañeros de profesión, abogados, fiscales, vistas y demás juicios. Y, además, decidir sobre la vida de Adam y, lo que es más importante pero parece afectarle menos, sobre la suya propia. Sin hijos -nunca encontró el momento oportuno mientras subía peldaño tras peldaño en la escalera que la llevó hasta su magistratura como Defensora del Menor y, cuando quiso darse cuenta y ya ocupaba un gran cargo, era demasiado tarde para ser madre, algo que le comía las entrañas día a día-, se imagina ya anciana, sola y aburrida. Y con muchos miedos. Porque McEwan demuestra ser un genio a la hora de describir los miedos de las personas. Y sus novelas llevan a una carga psicológica enorme que muy pocos autores son capaces de explicar con la maestría con la que lo hace él.

     Fiona debe atender a la eterna pugna entre la razón y la fe; entre el derecho humano a decidir sobre su propia muerte y la obligación del Estado y de su sistema sanitario de procurar a sus ciudadanos el derecho a la vida. ¿Es suficiente una creencia religiosa para decidir morir? ¿Debe el Estado intervenir? ¿Y si, encima, el protagonista es un menor de edad que, legalmente, no puede decidir sobre un asunto tan dramático? Para terminar de poner en un serio aprieto a la jueza, Adam es un chico inteligente, mucho más de lo normal para su edad, escribe unas poesías sublimes y tiene facilidad para aprender en muy poco tiempo a tocar el violín. ¿Debe Fiona dejarle morir? Finalmente -¡ojo!: ¡la siguiente frase contiene un spoiler y no debe ser leída antes que la novela!-, decide denegar la solicitud del chico y sus padres y ordena la transfusión inmediata, amparada en la sección I (a) de la Ley del Menor de 1989, que dice así: Cuando un tribunal se pronuncia sobre cualquier cuestión relativa a la educación de un niño el bienestar del menor será la consideración primordial del juez.

     McEwan explica las posturas encontradas respecto al futuro de Adam de tal manera que el lector, pese a tener una idea previa de lo que decidiría si llegara el caso de enfrentarse a algo así, llega a dudar de si su razonamiento es el más apropiado. Porque Adam sabe que va a morir y, sin embargo, se niega a esa transfusión. Y llega a llamar a Fiona entrometida. ¡Y el lector le entiende! Y llega a desear la muerte de Adam, pese a ser un chico entrañable y con un futuro por delante que todos quisiéramos para nuestros propios hijos. Y eso es, precisamente -la conjunción de posiciones irreconciliables pero igualmente comprensibles y aceptables-, lo que entusiasma de este autor. ¡Y la sentencia que escribe Fiona sobre este caso es de lectura obligatoria!

     De nuevo, la música juega un papel importante en la novela. A Jack le encantan el jazz y el blues. A Fiona, la música clásica. Incluso toca el piano muy bien. Algo parecido ocurría en Chesil Beach. McEwan introduce la música en sus historias. Supongo que piensa que esta le sirve para abrir a sus personajes, para explicar aspectos interesantes de su personalidad. Y yo lo comparto totalmente. Por eso en Almas Suspendidas, mi segunda novela, hay tanta música. Aunque, dependiendo de la temática, no siempre su inclusión es oportuna.

     La ley del menor conmueve, sorprende, intriga, indigna y hace reflexionar sobre los dos temas principales que trata: la eutanasia y las relaciones matrimoniales y extra matrimoniales. Se lee de una sentada -o dos- y deleita y agobia a la vez. Porque el disfrute que se alcanza con su lectura anticipa la angustia del momento de su finalización. Es esa clase de novelas que el lector devora pero que, a la vez, no quisiera que acabara nunca. ¡De lectura obligatoriamente recomendada!          

                                         

lunes, 23 de noviembre de 2015

Truman. Cesc Gay. España. 2015. Crítica





     Sábado por la tarde. En un multicine de España -los cines de una única sala ya son historia-. Apenas una docena de espectadores en una de ellas -en las demás, donde se proyectan las grandes superproducciones hollywoodienses, prácticamente se roza el lleno-. Una película española: Truman. Dirigida por un director español: Cesc Gay (En la ciudad, 2003; Ficción, 2006; Una pistola en cada mano, 2012). Dos grandes actores: Ricardo Darín (Séptimo, 2013; El secreto de sus ojos, 2009; Kamchatka, 2002; y muchas más) y Javier Cámara (Los girasoles ciegos, 2008; Vivir es fácil con los ojos cerrados, 2013; La torre de Suso, 2007). Y un perro, Troilo, que en la película responde al nombre de Truman.

     Tomás (Javier Cámara) viaja desde Canadá hasta Madrid para encontrarse con un amigo de toda la vida, Julián (Ricardo Darín), para pasar con él cuatro días. Cuatro días con dos objetivos: despedirse de él y tratar de convencerlo de que continúe con la quimioterapia. Pronto se da cuenta de que la decisión de su amigo está tomada. Dado que la metástasis está extendida y la quimio no va a salvarle la vida, no va a volver al médico. Así, Tomás cambia el chip y se dispone a acompañar a su amigo en los últimos cuatro días que van a compartir.

     Pese a la dureza del tema de la película estamos ante un alegato de la vida. Porque Julián, a sabiendas de que va a morir, se dispone a dejar todos sus asuntos atados y bien atados. Y ello introduce de lleno en la acción a Truman, su perro y amigo fiel. No en vano, en una de las escenas le dice a Tomás: tengo dos hijos y uno de ellos se llama Truman. Una de sus grandes preocupaciones es encontrar a su hijo una familia adoptiva que le asegure unos últimos años de vida tranquilos y felices. Y su amigo le acompañará y aconsejará en todo momento en tan árdua tarea.

     En la película se plasma a la perfección la gran diferencia de reacciones de los demás hacia un enfermo terminal. Así, mientras que algunos, que se suponen amigos, compañeros o conocidos huyen y marginan al afectado, otros, en cambio, incluso con motivos para mostrar hacia él cierta indiferencia, le muestran todo su afecto y buena voluntad. Hecho este que hace pensar. Y mucho. Porque, como queda claro, nadie sabe cómo va a reaccionar ante una situación tan dramática. Lo cual puede conllevar algunas sorpresas. Positivas o negativas.

     Truman es un canto a la vida -a querer despedirse por todo lo alto, sin dejar de hacer ciertas cosas que igual no se habrían hecho de otra manera-; a la toma de decisiones personales en trances tan dolorosos como la certeza de una muerte inminente; a la amistad -lo que queda en la vida son las relaciones, le dice Julián a Tomás en otra escena-; al respeto -el que le muestra siempre Tomás-; a la valentía -porque hay que ver la manera de afrontar la situación de Julián-; a la generosidad -de Tomás, en este caso-; al darse a los demás por entero y sin condiciones; a la dignidad -incluso en el momento de decidir cómo morir, aunque el propio Julián afirma que cada uno muere como puede-; al dolor de quienes se quedan y han de sobrevivir pese a una ausencia tan querida y estimada -como les pasa a Tomás y a la prima de Julián, interpretada por una siempre iracunda, sobrepadasa y desesperada Dolores Fonzi-. Trata el tema de la muerte con gran sensibilidad, incluso con dureza, pero también con humor.      

     Y, además, huye también del final clásico y típico de este tipo de películas. No, la última escena no nos muestra la muerte de un Julián agonizante en brazos de un Tomás desesperado. No hay una frase lacrimógena final que nos haga salir de la sala entre un mar de lágrimas. No, no cae en el sentimentalismo prefabricado, barato. Para nada. Al contrario, es humana. Real. Convincente. El guión, del propio Cesc Gay y de Tomás Aragay, acierta de pleno. Incluso a la hora de mostrarnos algo tan complicado como la fuerte amistad y complicidad existente desde años atrás entre los dos protagonistas. Y ello sin recurrir a flashbacks ni dar más explicaciones que las de un presente duro y complicado.

     ¿Qué decir de los actores principales? Pues la verdad: que ambos están magníficos y que merecen, sin ningún género de duda, el Premio a mejor actor en el pasado festival de San Sebastián. Poco se puede decir a estas alturas de Ricardo Darín. Es un actor como la copa de un pino. Y en esta película da un recital inolvidable. Tanto que por momentos parece que sea el propio Darín quien esté a punto de morir. Y Javier Cámara, en estado de gracia en los últimos años, demuestra una vez más que cuando se le dan papeles serios y buenos puede estar a la altura de los mejores. En Truman está soberbio y sabe encarnar a la perfección el papel de alguien que, pese a estar viviendo un conflicto interno enorme, es capaz de cualquier cosa por amistad y generosidad.

     Truman es, por méritos propios, una de las películas del año. Y no me refiero únicamente al cine español, sino en general. Un film digno, honesto, con un guión muy bien escrito, con crudeza pero también con toques de humor, irónico, ácido y con unas interpretaciones mayúsculas. Una película altamente recomendable para los amantes del cine en estado puro que huyen de subterfugios, efectos especiales, sentimentalismos superfluos y clichés estereotipados y más vistos que "la Charito". Al salir de la sala y tropezarse con el público del resto de las salas se siente uno diferente: sabedor de haber visto una joya de película que casi nadie más va a tener el privilegio de ver. Porque no quieren, por supuesto. Ellos se lo pierden...                        


   

jueves, 19 de noviembre de 2015

Cicatriz. Juan Gómez-Jurado. Ediciones B. 2015. Reseña





     Las novelas de Juan Gómez-Jurado -de las mejores que se escriben en la actualidad- son catalogadas como literatura de ficción. Sin embargo, todas se basan en hechos reales o al menos posibles. Hecho este que les confiere mayor credibilidad por parte de los lectores. Quizá sea esta una de las claves de sus éxitos literarios. No obstante, a ello hay que unir otras variables más: su innata capacidad para escribir y describir situaciones, ambientes y personajes; su ácido sentido del humor -que se presenta incluso en las escenas más agobiantes de la trama-; o la manera que tiene de desentrañar los misterios de cada protagonista, los cuales va desmenuzando a su debido tiempo para mantener la intriga.

     Tratándose de thrillers -de todas sus novelas solo La leyenda del ladrón se puede catalogar en un género diferente (novela histórica)-, lo que acabo de decir parece de perogrullo. No, no he descubierto América. Las referencias citadas son las claves de un buen libro de intriga, misterio, etc. Escribir de esta manera parece sencillo y muchos son los autores que van pariendo historias de este estilo unas tras otras, y casi todas parecen copias de sí mismas. Vuelvo a no descubrir con ello nada nuevo bajo el sol. Pero en este caso concreto, no es así. Porque Gómez-Jurado es genuino. Fiel a sí mismo, nos sorprende con cada uno de sus trabajos. Y eso es digno de valorar.

     Cicatriz nos habla de muchos aspectos por todos -o casi todos- conocidos: las mafias rusas que se dedican a sucios negocios por todo el mundo (en este caso, Chicago); las páginas de internet dedicadas a la búsqueda de mujeres eslavas jóvenes y dispuestas a casarse con ricos (y necesitados) occidentales (aquí, Irina y Simon); la presencia en sus países de excombatientes medio locos tras haber vivido experiencias traumáticas a miles de kilómetros de sus hogares (es más conocido el caso norteamericano en relación a Vietnam, pero en Cicatriz se nos presenta el de El Afgano); el amor hacia un hermano que padece trisomía del 21 (o síndrome de down, enfermedad de Arthur, hermano de Simon); o las miserias familiares por causa del alcoholismo y los malos tratos (la familia de Simon).

     Por supuesto, no me olvidaré de citar a los avances tecnológicos, cuyo valor sobrepasa el científico y hace que los hombres sean capaces de cometer los actos más inmorales que uno pueda imaginar. LISA es el gran invento del futuro del que ya se habla en la actualidad -y, para muestra, este botón-: el típico artilugio que bien usado puede hacernos la vida mucho más fácil y cómoda pero que si cae en manos erróneas puede acabar con el mundo tal y como es conocido. Podrá el lector de esta reseña pensar: ¡bah, más de lo mismo! Pues no. Porque para que no sea más de lo mismo cuenta el autor con su gran baza: su maestría a la hora de enlazar los temas, las situaciones, los pensamientos, las causas y las consecuencias.

     Simon Sax es un ingeniero informático que ha dedicado su vida a cuidar de su hermano Arthur y a desarrollar a su gran pasión, LISA. Se trata de un hombre solitario, inmaduro y poco preparado para cualquier aspecto de la vida cotidiana que no tenga que ver con la informática o la enfermedad de su hermano. Por eso es tan importante para él su gran y único amigo: Tom. Mucho más decidido y desenvuelto que él, se ocupa de intentar vender el invento de Simon a alguna empresa puntera del sector informático. El objetivo: hacerse millonarios.

     Absorbido por el trabajo, y consciente de la posibilidad de convertirse pronto en un rico solitario -Infinity, la empresa del todopoderoso Myers, está dispuesta a apoyar su trabajo (o a quedarse con él)-, decide que no desea ser únicamente querido por famoso y millonario, por lo que se propone encontrar pareja antes de que ello ocurra. ¿Dónde encontrar a la mujer de sus sueños? En internet. Así, conoce a Irina, una joven y bella ucraniana que le cambiará la vida. Y ahí, precisamente, comienzan los problemas. Porque Irina esconde una historia personal dominada por la tragedia, el horror y un solo objetivo en la vida: vengar la muerte de su familia.

     Cómo Irina sobrevive a la tragedia familiar, conoce a El Afgano y prepara su venganza es algo que deberá descubrir el lector. Cómo logra encontrar a los asesinos a los que desea dar caza, también. Y cómo se relaciona en la vida cotidiana con su futuro prometido (Simon) se puede casi adivinar. Lo apasionante de la novela es, sin duda, cómo el autor va enlazando los temas y envolviéndonos en su tela de araña, hasta dejarnos pegados a sus páginas. Porque, como en sus obras anteriores, Gómez-Jurado nos deja sin aliento y sin capacidad para soltar el libro.

     Aunque me parece mejor novela su anterior obra, El paciente -como todas las demás (a excepción de La masacre de Virginia Tech, una copia de la cual ya tengo sobre mi mesa), reseñadas en este mismo blog-, Cicatriz es digna de ser leída y disfrutada por la legión de fans que siguen a un autor que cada día cuenta con más y más fieles. Su buen hacer literario, su cercanía en redes sociales y el hecho de saber vender muy bien sus productos le han catapultado por méritos propios a la cima de la literatura española contemporánea. Eso sí, de todas sus obras, me sigo quedando con La leyenda del ladrón. ¿Para cuándo otra novela histórica?