LIBROS

LIBROS

sábado, 21 de marzo de 2020

Casas y tumbas. Bernardo Atxaga. Alfaguara. 2020. Reseña





     Seis años después de publicar Días de Nevada, su anterior novela en castellano --el autor de Asteasu, Guipúzcoa, miembro de la Academia Vasca, suele escribir más en su lengua natal--, Bernardo Atxaga ha vuelto por todo lo alto con Casas y tumbas. Tras recibir en 2019 el Premio Nacional de las Letras Españolas por el conjunto de su obra literaria, su nueva novela corrobora su posición entre los grandes de la literatura nacional contemporánea. Vertebrada por el valor de la amistad, el amor incondicional a la naturaleza y a los animales y la inminencia de la muerte, Atxaga crea ambientes (el despoblado Ugarte, hoy un barrio de Amurrio, Álava) y personajes inolvidables. Esos de los cuales cuesta despedirse al finalizar la lectura de la obra en cuestión. 

     Afirma el autor que esta será su última novela. Confiemos en que cambie de opinión. Si no es así, se habrá despedido a lo grande. Quizás por eso, como asegura en su epílogo, ha escrito una novela en la que aparecen narrados diversos pasajes de su vida. Desde 1970 hasta prácticamente la actualidad. Así, durante las más de cuatrocientas páginas que componen esta obra aparecen reflejadas algunas de sus vivencias en el cuartel de El Pardo, lugar en el que realizó su servicio militar obligatorio cuando todavía vivía Franco, el angustioso episodio en el que su hija estuvo a punto de fallecer de peritonitis, la fascinación que siempre ha sentido hacia el mundo rural y los animales, sobre todo, los jabalíes, y la importancia que siempre ha tenido para él la poesía como forma de comunicación y evasión.

     En la novela, que se iba a titular primero El soldado que llamó cabrón a Franco, luego Hilos de agua entre las piedras, hasta terminar con el título con el que finalmente se ha publicado, Ugarte es un lugar situado en la frontera entre el viejo y el nuevo universo. De esta manera, escribe Atxaga en el epílogo: Hay dos clases de literatura, la que propone una vuelta por fuera (crímenes en Norlandia, pasiones en la corte china del siglo XII, traiciones letales en un campus norteamericano...) y la que en su propuesta incluye una vuelta más, la que el lector debería dar por dentro de sí mismo. Y debe ser cierto, porque la narración de Casas y tumbas no se desarrolla de forma rectilínea, sino que en ocasiones avanza en constantes zigzags.

     Seis capítulos forman parte de la estructura en zigzag de Casas y tumbas. En el primero de ellos, Érase un pequeño barco, un niño llamado Elías regresa prematuramente a Ugarte de una escuela de verano en Beau-Fréne, en el Pirineo francés. Ha perdido el habla (padece mutismo traumático) y todos en el pueblo se preguntan por el motivo. Su amistad con Mateo, primero, y con los hermanos gemelos Martín y Luis, después, provocarán que la autoestima del niño vaya en aumento. En estas primeras páginas del libro se habla de los negocios de la iglesia (en este caso, a través de la virgen de Lourdes), de la homosexualidad, de la pederastia y, por supuesto, de la amistad y de la proximidad de la muerte. Temas, estos dos últimos, constantes a lo largo de todos los capítulos de la novela.

     Cuatro amigos, el segundo de los capítulos, nos habla de la amistad surgida entre compañeros del cuartel de El Pardo, en pleno servicio militar de época franquista. Entre todos ellos se hacen cargo de la cría de una urraca. Donato y Eliseo llevan la panadería, Celso es el encargado del Centro de Transmisiones del cuartel y Caloco es quien cobra dinero a sus compañeros a cambio de realizar sus aburridas guardias. El tedio, solo superado gracias a la urraca, a la cual llegan a enseñar a hablar, y el desprecio ante la inhumanidad, la codicia y la fanafarronería del teniente Garmendia, el general Franco y el futuro monarca, Juan Carlos de Borbón, marcan el hilo conductor del capítulo, en el que también aparece el tema de la inminente muerte.

     Antoine, protagonista del tercer capítulo, es un ingeniero francés que dirige la industria minera de Ugarte. Las páginas de este episodio están repletas de referencias a huelgas mineras, terrorismo maoísta, sabotajes, amenazas y explosiones. En definitiva, a la lucha de clases desarrollada entre los poderosos, deseosos de que nada cambie ni escape a su control, y los huelguistas, quienes quieren acabar, de una vez por todas y cueste lo que cueste, con su ya larga opresión social y económica. Eliseo y los gemelos Martín y Luis han de hacer frente a todo tipo de situaciones, a cada cual más peligrosa, ante un Antoine que no duda en utilizar a sus perros Troy y Louise como armas defensivas (y también atacantes) contra los enemigos de la industria que dirige.

     El accidente de Luis, Daisy en la televisión y Orquídeas son los tres breves capítulos finales de la historia. Luis sufre un accidente y está dos semanas en coma. Los sueños que tiene durante este proceso se entrelazan con sucesos reales. Daisy es la protagonista de un reality show en el que trata de perder peso aún poniendo en grave riesgo su propia vida. Y Martín asiste, horrorizado, a la posibilidad de perder a su hija Garazi a causa de una peritonitis causada por la mala praxis de una doctora incapaz de diagnosticar la inicial apendicitis. Las historias personales de los gemelos Martín y Luis se entrelazan en estos episodios finales para dar luz a espacios que habían quedado en la oscuridad en los capítulos anteriores.

     Casas y tumbas entrelaza de forma brillante realidad y ficción. La realidad de momentos de la vida de un Atxaga que despliega, también en los fragmentos inventados, su habitual poder literario para narrar sus historias mediante un estilo que roza lo poético en numerosas ocasiones. Como siempre, nos deja frases que merecen ser rescatadas de sus páginas para pasar a formar parte de nuestra memoria colectiva. Como esta con la que pongo fin a esta reseña: Si se pudieran voltear los nombres impresos como las piedras de un huerto y ver la vida que esconden, comprobaríamos que no hay dos vidas iguales. Pues bien, tampoco existen dos escritores iguales. Y Bernardo Atxaga demuestra, de nuevo, ser uno de los mejores.