LIBROS

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viernes, 31 de julio de 2026

Mil cosas. Juan Tallón. Anagrama. 2025. Reseña

 




    La última novela de Juan Tallón (Vilardevós, Ourense, 1975) se sitúa probablemente tal día como hoy, último día antes de las vacaciones de verano. En plena ola de calor intenso, con hasta treinta y ocho muertos a causa de unas temperaturas infernales. En un día, justo antes del merecido descanso, en el que en multitud de trabajos hay que dejar las tareas rematadas, atadas, finiquitadas. En el que la montaña de papeles y faenas deben quedar resueltas. Como le sucede a Travis, el protagonista de Mil cosas. Subdirector de una revista de cierto prestigio, debe afrontar un agobiante y desesperante día de cierre. Imprenta espera el nuevo número de la revista, que ha de salir a la luz en breve. La revista, como la vida misma, no espera a nadie. Y a Travis se le acumulan los quehaceres, provocando en él un estrés que amenaza con derribarlo. Solo el consuelo de poder irse de vacaciones al acabar la jornada lo mantiene en su puesto, pese a todo, en pie de guerra. Eso sí, la jornada parece amenazarlo: va a ser eterna. Y ya la noche anterior ha sido de órdago. 

    Su esposa Anne lo telefoneó la noche anterior cuando ya salía del trabajo para decirle que, camino de casa, comprara pañales -solo quedaban un par en casa y su hijo Iván se acababa de hacer caca- y algo de cenar. Travis llegó a la farmacia un minuto después de haber cerrado, tuvo que buscar a toda prisa un supermercado, estacionó en doble fila, le pusieron una multa y como cena solo encontró ensaladilla. Otra vez. Como tantos días. El cansancio provoca falta de previsión. Y la falta de previsión, a su vez, el caos y la anarquía más absoluta. Una anarquía que hace que los protagonistas de la novela vayan a trompicones y que por momentos conduce a la carcajada al lector, que se ve reflejado en muchas de las situaciones de la acción de la historia. Una historia trepidante, de ritmo alto, perfectamente perpetrado por Juan Tallón, que refleja la vida misma. Una vida que no es la que ninguno de nosotros quisiera llevar pero a la que mucha gente se ve obligada, incapaz de poder pararse a pensar en las verdaderas cosas urgentes de la vida.   

    A Travis se le olvidó el cargador del móvil en su oficina la noche anterior y tiene la batería baja. Desde primera hora de la mañana la web de la revista está bloqueada y los informáticos trabajan contrarreloj para que esté disponible lo antes posible. Debe llevar a Iván a la guardería, pasar por Correos, ir a la policía para renovar su DNI, recuperar un reportaje de tres páginas para una sección de la revista cuyo colaborador, descontento con su insultante remuneración, ha vendido su contenido a otra revista que ya lo ha publicado en su página web, atender las llamadas de su padre informándole de que su madre ha sido ingresada por neumonía e insuficiencia renal, solucionar el hackeo de su cuenta de El Corte Inglés, que le ha comunicado la compra de un aspirador de última generación por valor de 800 euros -compra que obviamente él no ha realizado-, reunirse para comer con la directora y el consejero delegado de zona de la revista y atender cualquier otro problema que vaya surgiendo sobre la marcha. Que surgirán varios, como cada jornada de cierre de la revista. 

    Por su parte, Anne también debe hacer frente a una dura jornada. En su caso, hasta las tres de la tarde. Nada que ver con la jornada maratoniana de su marido. Trabaja en el departamento de atención al cliente de una empresa reconocida. Anoche solo pudo fumarse un liberador cigarrillo. Acostó a su hijo, tendió la ropa, se quejó a su marido de que últimamente casi siempre cenan lo mismo, hizo la lista de la compra para el día siguiente, recibió un whatsapp repugnante -que fue borrado justo cuando ella lo acababa de leer- de un compañero de trabajo que últimamente la acosa, no tuvo tiempo de preocuparse por un bultito que le ha salido en la axila y odia con toda su alma a otro compañero que no hace más que escaquearse en el trabajo y a la coordinadora de personal, quien le provoca a la vez asco y embeleso -y que, además, le llama la atención por pedirle a su compañero el acosador que la deje en paz de una vez-. Como le pasa a su marido, y a gran parte de los lectores, siente que no controla su vida. Que la está desperdiciando. Que la máquina trituradora del capitalismo salvaje consume sus días, semanas, meses y años. Su vida entera. 

    Como curiosidad, es un encuentro fugaz de Travis con una ex amiga de Anne a la que hacía tiempo que no veía, y la breve conversación que ambos mantienen, lo que permite a Travis una pequeña reflexión sobre el tipo de vida que lleva. Y todo, ante un fracaso. El de la chica, quien le asegura haberse separado de su marido y haberse rendido y decidir no acabar su tesis doctoral. Estoy feliz. No pasa nada por tirar la toalla. En el fondo, se trata de un triunfo de la inteligencia, que es testigo de cómo tus esfuerzos por lograr algo no valen de nada. Está muy bien empeñarse en conseguir algo que se desea, por supuesto. La ilusión por alcanzarlo ilumina algunas tardes y noches. Pero, ¿hasta qué punto hay que emperrarse en hacer cosas que, a partir de cierto momento, se vuelven demasiado difíciles? Los empeños deberían admitir solo un número prudente de intentos, después de los cuales deberíamos disfrutar del delicadísimo placer de rendirse. Es loable querer mantener el orden en casa, responder a los emails, hacer dieta, aparcar a la primera, llegar puntuales a las citas, salir a correr, vestir conjuntado, acabar la tesis doctoral que empezaste. Pero hay que saber abandonar, dejarlo para otra ocasión, incluso para otra persona.   

    Poco antes, por contra, él se ha sentido así: la lista de tareas, flecos, problemas, interrogantes, se yergue ante sí como un muro capaz de desmoronarse como una montaña de piedras sobre él. La vida y los asuntos importantes lo han puesto de rodillas. Se volvió imposible apartarse de ellos para resolver los insignificantes, irrisorios, casi ridículos, que, en cambio, impiden el naufragio diario. Vivir se ha vuelto pesadísimo, agotador, extremadamente intenso, y un ejercicio de velocidad endiablada. La vida lo ha aplastado. Le ha caído encima, desde un noveno piso, como una lavadora. Su esposa, Anne, comparte la misma sensación en una conversación con una compañera: ¿no te pasa, cuando te vas de vacaciones, después de un año agotador que te ha dejado para el arrastre, en un empleo que además no te hace feliz, que siempre te cuestiones qué hacer con tu vida, porque seguir tal y como estás se parece mucho a desperdiciarla? Me enfada que nuestro cerebro posea el poder de volver invisibles ciertas aflicciones, como la insatisfacción con la forma de vida. Casi sin darte cuenta, dejas de preguntarte por el sentido que habría que darle y estás viviendo como siempre. 

    En este sentido, resulta bastante esclarecedora la famosa cita que aparece en la última página del libro. Pertenece a la obra Humano, demasiado humano, de Friedrich Nietzsche, y dice así: las personas activas ruedan como rueda la piedra: con la necedad del mecanismo. Juan Tallón nos lanza una serie de mensajes muy claros con Mil cosas: deberíamos dejar de vivir por inercia, de ocuparnos tanto de tareas superficiales y detenernos más a reflexionar. Abandonar el conformismo de nuestra sociedad y abordar el pensamiento crítico. Dejar de refugiarnos en el movimiento constante para evitar cuestionar el verdadero sentido de nuestras acciones. Ideas que en la actualidad han sido retomadas por otros pensadores, como Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio, quien describe cómo este mecanismo se ha convertido en la auto explotación a través de la hiperactividad del ser humano. En definitiva, Tallón nos propone que dejemos de formar parte del rebaño de autómatas al servicio de nuestros grandes amos, los tecnócratas, los oligarcas, los reyes del capitalismo, para luchar sin descanso para convertirnos en personas autónomas, independientes y desde luego no serviles.     


lunes, 13 de julio de 2026

Maite. Fernando Aramburu. Tusquets. 2026. Reseña

 




    El segundo fin de semana de julio de 1997, hace exactamente veintinueve años, será recordado para siempre por todos los españoles. Fueron los días del secuestro y posterior asesinato del concejal de Ermua Miguel Ángel Blanco tras no aceptar el gobierno español el plazo de 48 horas que la organización terrorista ETA dio para el acercamiento al País Vasco de todos los presos de su organización encarcelados en el territorio nacional. Obviamente, el gobierno de Aznar ni podía aceptar el chantaje ni, aunque hubiera querido ceder ante él, tenía tiempo material para cumplir los propósitos de los criminales en tan corto espacio de tiempo. Todos sabemos cómo acabó aquello. El joven concejal murió tras agonizar unas horas después de recibir dos tiros en la cabeza, muchos abertzales y miembros de ETA sintieron asco ante un acto de cobardía sin igual y comenzó la lenta división interna y posterior rendición y desaparición de la banda terrorista. Ese fin de semana es precisamente el que Fernando Aramburu eligió para situar la acción y la historia de su nueva novela.

    Como ya sucedió en Los peces de la amargura (2006), Años lentos (2012), Patria (2016) e Hijos de la fábula (2023), que forman parte de la serie de novelas denominada Gentes vascas junto a El niño (2024), única que no toca directamente el tema de ETA, el autor donostiarra disecciona el tejido social, la división entre los distintos pensamientos y sensibilidades a la hora de ser y de sentirse vascos y el tremendo impacto del fenómeno de la violencia extrema en la Euskadi de una de las épocas más negras de nuestra historia reciente. En el caso de Maite, así se llama la protagonista de su última obra, la ficción nos conduce probablemente a uno de los momentos más álgidos -y también a un claro punto de inflexión a partir del cual ya nada fue igual- del cruel e infausto período terrorista. La realidad del momento histórico en cuestión y la ficción creada por Aramburu caminan de la mano para regalarnos una novela que, por humana y conmovedora, contrasta con una atrocidad que nunca deja de estar presente en sus páginas.

    En Maite coinciden, en un mismo fin de semana, los tres hechos clave de la novela. En primer lugar, el ambiental o contextual -el secuestro y asesinato del edil de Ermua-; en segundo, que Andoni, el marido de la protagonista, oftalmólogo de profesión, está ausente de Donosti ya que ha viajado hasta Madrid para participar en un seminario sobre cirugía LASIK; y el tercero, que la hermana de Maite, Elene, regresa por primera vez a San Sebastián desde hace trece largos años para pasar con ella y su madre un solo fin de semana. Así, el nexo de unión de todas las historias es la protagonista. Una mujer de mediada la treintena de edad, traductora de textos, altamente sensible que se realiza a sí misma auto entrevistas e imagina situaciones y conversaciones consigo misma y con otras personas para ayudarse a ver y comprender la realidad del mundo que la rodea. Su trabajo es una manera de estar algo ocupada, ya que la realidad es que le resulta tedioso y aburrido, avanza muy poco a poco y queda claro que con el sueldo de su marido vive tranquila y sin agobios.             

    El aita de la protagonista, que falleció tres años atrás a causa de un aneurisma cerebral, también hablaba consigo mismo. La madre, que sufrió un ictus hace unos meses, se recupera poco a poco, camina apoyada en un andador y teme que su hija la meta en una residencia. Los dos siempre guardaron rencor a Elene, que pasó de ser la hija predilecta a una completa ignorada. Partió a los EE.UU. a estudiar inglés y ya no regresó hasta ahora, trece años después. Dejó a Leandro, su novio vasco, se casó con Johnny en una boda a la que no acudió ningún familiar suyo, tiene dos hijos que no conocen a su familia vasca, vive en Providence y apenas ha hablado con su familia por teléfono, whatsapp y, de forma más esporádica, a base de correos electrónicos. Es diabética, padece cansancio crónico y constantes mareos y toma anti depresivos, aunque dice a todo el mundo que es muy feliz. Obviamente, no cuenta la verdad. Tampoco Maite lo hace. También asegura ser feliz. No obstante, vive atrapada en una serie de convenciones que le impiden abrir los ojos y ver la realidad.

    Maite está enamorada de las manos de Andoni. Unas manos que son tibias, suaves: seda pura. Luce siempre un lazo azul contra la violencia -además de sensible, es atenta, empática y compasiva-, y trata de maquillarse con esmero para ocultar la marca de una cicatriz en la frente provocada por la pedrada recibida de parte de un abertzale en una manifestación de Denon Artean -Paz y Reconciliación, organización que promueve la pacificación y la reconciliación en la sociedad del País Vasco. Con la llegada de Elene, ha de hacer frente a una hermana que siempre compitió con -o contra- ella. La pequeña, delgada y guapa; la mayor, rellenita y feúcha. Entre el jueves diez y el domingo trece de julio, las hermanas se reconcilian -Maite consigue que también su madre haga las paces con Elene-, se acercan, se comprenden y se dan cuenta de que el tiempo pasa y no vale la pena estar enfadadas para siempre. Eso sí, mientras Elene se muestra temerosa y parece no querer tener que dar explicaciones a Johnny, Maite asegura que ella no discute jamás con Andoni, quien siempre le da la razón en todo.

    La sensibilidad de la protagonista se pone de manifiesto a la hora de lo que en la obra se denomina posibilidad de forzar un castillo. Se trata de la acción mediante la cual Maite busca un lugar lo más oscuro y silencioso posible para trasladarse a un sitio -por ejemplo, un castillo- en el que se reúne consigo misma o con cualquier otra persona. En este caso, logra establecer varios contactos con Miguel Ángel Blanco. Dialoga con él sobre la situación que está viviendo e intenta animarlo -y, de paso, animarse a sí misma-. También consigue visitar el piso de los padres del terrorista que ha de ejecutar al edil. Habla con ellos e intenta persuadirles de que contacten con su hijo para evitar la tragedia. Esa forma de Maite de imaginar realidades paralelas, por decirlo de algún modo, contrasta claramente con su forma de afrontar situaciones que sí son reales y sobre las cuales no actúa o actúa como si no existieran. Como, por ejemplo, hacer caso omiso a las reiteradas llamadas telefónicas recibidas en las que se le da a entender que Andoni no está de seminario en Madrid sino en un pisito de Hondarribia.     

    Para ilustrar esto último, me permito la licencia de acabar la reseña con dos fragmentos de la novela: El primero: estoy comparando tu vida con la mía -le dice Maite a Elene-. Siento un fuerte deseo de largarme de esta tierra -por todo lo que está ocurriendo ese fin de semana-. Me da igual adónde. No obstante, soy como un árbol que no se mueve del sitio donde germinó su semilla. Tú te marchaste hace años y no pasan cinco minutos sin que afirmes tu vocación de pájaro migratorio ansioso por volver. Y el segundo: para cuernos los que te pondría Johnny. No ibas a caber por la puerta -asegura Elene ante Maite-. ¿Y tú se lo permites? -le pregunta la protagonista principal-. Digamos que juego las cartas de la vida a mi manera y que, llegada la ocasión, no me chupo el dedo. ¿A ti cómo te va con las infidelidades? -le devuelve la pregunta Elene-. ¿Con las qué? No conozco la palabra -saca balones fuera Maite-. La conversación se zanja con una nueva pregunta de Elene -¡Ajá! Entonces, ¿esa es la carta que tú juegas, la de la mosca muerta?- y la respuesta final de su hermana -Puede ser. No me he parado a pensarlo-. Pues eso: las convenciones que impiden abrir los ojos y afrontar la realidad.