Publicada por primera vez en 1889 y recibida con ferocidad por parte de la crítica y la sociedad de su época, Insolación, de la escritora, ensayista y periodista gallega Emilia Pardo Bazán, se ha ido revalorizando con el paso del tiempo. Su feminismo resultó transgresor y crítico con la doble moral decimonónica y fue objeto de comentarios y críticas durísimas, como la que recibió de Leopoldo Alas Clarín, que calificó a la obra como un lugar intermedio entre la obra artística y la pornográfica. Dicha calificación, viniendo de un autor tan anticlerical como fue el escritor de La regenta, evidencia el ambiente de mala, malísima acogida que hubieron de soportar tanto la novela como la propia autora. La mayoría de las críticas hicieron hincapié en la falta de decoro y en el exceso de libertad -rayando el libertinaje- de la protagonista. Lo cierto es que, leída en la actualidad, cuesta creer que se pueda aludir al desenfreno o a la falta de respeto hacia los demás por su parte, ya que se trata de alguien que se hace la cabeza trizas con tal de buscar la manera de hacer las cosas de la manera más recatada e invisible posible.
Asís Taboada, marquesa de Andrade y viuda del marqués desde hace dos años, vive una vida monótona y aburrida. Sale poco y siempre a casa de familiares y conocidos. Como a la tertulia general de la casa de la duquesa de Sahagún. Allí coincide, por ejemplo, con el comandante de artillería don Gabriel Pardo de la Lage, quien opina que los españoles son como animales y que en el país reinan las corridas de toros, las ferias, las fiestas y, en definitiva, la jarana y la pandereta. Es un personaje que se mantiene a la espera de que llegue el momento oportuno para pedir una relación formal a Asís. Un pretendiente, vamos. Uno de esos progresistas que defienden el feminismo siempre y cuando sus avances no los afecte a ellos directamente. Al final, cuando descubre que la protagonista tiene un romance con otro hombre, piensa en voz alta: me ha engañado la viuda... Yo que la creía una señora impecable... En fin, cosas que suceden en la vida: chascos que uno se lleva. Cuando pienso que a veces se me pasaba por la cabeza decirle algo formal...
Ese otro hombre es Diego de Pacheco, un gaditano al que también conoce de las tertulias de la casa de la duquesa de Sahagún y que con su acento y su buen hacer con el sexo femenino encandila a la más pintada. Incluso a una marquesa que, tras siete años de matrimonio con su tío, mucho más mayor que ella, lleva dos años de viudez, tedio y multitud de convencionalismos. La presa perfecta, vaya, para alguien cuya mayor virtud en este mundo es saber trastornar la cabeza de las mujeres. Un hombre de quien hasta la propia protagonista piensa que es altanero, mequetrefe, inútil, tarambana e insoportable. No obstante, su gracia, salero y desparpajo la hacen sentir una creciente curiosidad hacia él. Y, claro, la curiosidad mató al gato, en este caso, a la marquesa de Andrade. Una mujer viuda, rica, libre, bella, alma serena, una perita en dulce en un mundo pícaro que hace de ella una mujer deseable en todos los sentidos de la palabra.
La contraposición en los comportamientos y las actuaciones de los dos pretendientes de Asís -uno, más mayor y con la vida económicamente resuelta; el otro, un joven vivalavirgen sin oficio ni beneficio- es uno de los puntos fuertes de la novela. Pero no el único. El estudio psicológico de los tres protagonistas principales roza el estudio espiritualista, incluyendo sus propios pensamientos y maquinaciones, especialmente en los casos de Gabriel y Asís. Sin embargo, el punto fuerte, el elemento central y básico de la obra es el retrato psicológico de la propia Asís y de la sociedad y de la ciudad de Madrid -sus calles, palacios, parques, merenderos, iglesias y ermitas-, que se convierte en un personaje más de la novela. Asís siente curiosidad y detesta a la vez al gaditano. Ansía verlo, pero trata de rehuir sus citas, algo que no puede evitar. Le resulta un hombre irresistible. Y, como último recurso, cuando se siente ya flaquear y estar a punto de caer rendida ante él, decide adelantar su regreso a su Vigo natal, donde pasa todos los veranos. Huir a Vigo es su única salida antes de sucumbir definitivamente.
La acción de la novela comienza in media res, es decir, en la mitad de la historia, cuando Asís y Pacheco ya se han conocido y han pasado juntos el día de la romería de San Isidro. Cuando una copiosa comida en un merendero cerca de la ermita de San Isidro le provoca una insolación que en realidad es una enorme mareo provocado a su vez por una fuerte resaca a causa de los licores que han acompañado a la comida. Durante esa noche se ha sentido como si fuera en un barco, sufriendo una modorra invencible. Considera al gaditano el gran culpable de lo sucedido. Decide remediar el daño sufrido y dejar de lado a su acompañante, del que opina que es un pillo. Siente un gran remordimiento y una gran culpabilidad por lo ocurrido durante esa noche. Una noche en la que realmente no ha sucedido nada grave a ojos de la actualidad, pero sí a los de finales del siglo XIX. Unos ojos que no veían de igual manera una borrachera de un hombre que una simple resaca en una mujer.
En efecto, Pacheco es un tipo calculador, un embaucador. Pero no es menos cierto que Asís es una chica joven, caprichosa y malcriada que todavía no ha vivido lo que a una chica de su edad correspondería haber vivido. Su matrimonio con un señor que le doblaba la edad -y más-, los siete años pasados junto a él y los dos que lleva de viuda la han obligado a vivir una vida diferente de la esperada. Su alta posición social ha propiciado que tampoco haya tenido que trabajar. Conoce muy poco o casa nada de la vida. Y ello la hace propicia a caer en las redes de cualquier ser aprovechado y malintencionado. A lo cual hay que añadir la curiosidad que siente hacia alguien absolutamente diferente al resto de personas que se mueven en sus estrechos e inamovibles círculos sociales. En definitiva, que en la vida todo pasa por algo. Y estaba escrito que a ella le iba a ocurrir lo que le ocurre. Por ejemplo, en las páginas de una novela de Emilia Pardo Bazán.
Digo esto último por la correspondencia final que la también escritora Ángeles de Irisarri envía a la protagonista de la novela más de cien años después del desarrollo de esta historia. Una carta demoledora, mucho más feminista -los tiempos han cambiado mucho, y en este aspecto, para bien- que la propia obra de Pardo Bazán y que reprende a la joven por su forma de actuar a lo largo de la novela. Esta carta no aparece en todas las ediciones de la obra -obviamente, tampoco en la original-, pero merece la pena leerla. Completa y complementa muchas de las acciones y decisiones descritas en la obra. Critica en algunos aspectos a la autora, pero (sobre todo) avisa a la protagonista de lo que está por venir en su vida a tenor de la decisión tomada en las últimas páginas de la novela. Ruego encarecidamente que el lector busque esta misiva final en cualquier otra edición si la que posee no la incluye. No tiene desperdicio alguno. Como tampoco la tienen Insolación y la propia autora. Autora de la que servidor leerá, Dios mediante, más obras.