viernes, 29 de mayo de 2026

Florentino Pérez. El poder del palco. Fonsi Loaiza. Akal. 2022. Reseña

 




    Fonsi Loaiza es un periodista y escritor de investigación español que se ha especializado en las redes de corrupción que entrelazan los mundos de la política y de la economía con el del fútbol. Conocido por su presencia en redes sociales y por la publicación de sus libros Qatar. Sangre, dinero y fútbol (2022), en el que denunció la corrupción y las sistemáticas violaciones de los derechos humanos en relación a la concesión, preparación y desarrollo del Mundial de Fútbol de 2022, y Oligarcas (Los dueños de España) y Sospechosos habituales (ambos de 2024), donde expone las estructuras de poder de la oligarquía española -desde la Conferencia Episcopal hasta el palco del Santiago Bernabéu, pasando por los medios de comunicación, los cuerpos armados, la Casa Real, el Consejo General del Poder Judicial y la CEOE (Confederación Española de Organizaciones Empresariales)- que perpetúan la desigualdad social nacida al amparo del franquismo, su libro más famoso y polémico es, sin duda, Florentino Pérez. El poder del palco (2022).

    Los libros de Loaiza son de los que van al grano. No son especialmente extensos, pero sí muy directos. En cada una de sus páginas aparecen datos, estudios y constataciones de hechos constitutivos de delitos, sean o no estos castigados por la justicia española. Florentino Pérez. El poder del palco consta apenas de 180 páginas. Pero no tiene desperdicio. Además, transcribe conversaciones, declaraciones en juicios, entrevistas y recuerdos de muchas personas que guardan relación con el gran protagonista del relato, al que el propio Loaiza llega a comparar con Vito Corleone, el personaje protagonista de El padrino, de Francis Ford Coppola. Un personaje que busca mandar, ejercer el poder y perpetuarse en él. Algo que estaría en la base de la modificación de los Estatutos del Real Madrid (2012), que demanda a quien quiera presentarse a las elecciones del club un prohibitivo aval que debe responder al patrimonio personal. En fin, que el club ya no es de los socios, sino de su presidente. 

    Y es que, como el propio Florentino reconoció en una ocasión: a mí lo que más me ha gustado siempre es la política. Es donde se tiene el poder. La época más bonita de mi vida fue cuando era político. Yo no seguí en ella porque me echaron. Ser presidente del Real Madrid es lo más parecido que he encontrado. Algo muy lógico. Sobre todo si nos atenemos a lo que declararon en sendos juicios Luis Bárcenas, extesorero del PP -Florentino no necesitaba intermediarios, ya que los negocios se hacían en el palco, donde políticos y empresarios cerraban los tratos- y Francisco Correa, el cabecilla de la Gürtel -OHL de Villar Mir y ACS de Florentino eran corruptoras de la trama y pagaban mordidas a cambio de contratos-. Todo esto, y más, lleva al propio Loaiza a afirmar que el palco del Bernabéu cumple en democracia la función de las cacerías de Franco en la dictadura. Así, si el Pardo era el templo del Caudillo, el palco del Bernabéu es el del Ser Superior, tal y como lo apodó Emilio Butragueño.

    Loaiza explica cómo un político arribista fracasado se convirtió en no mucho tiempo en en constructor de éxito gracias a los partidos políticos. Y es que fue gracias a sus contactos con Miquel Roca y Jordi Pujol que el joven Florentino -cuyo nombre aparece en el sumario del caso del 3% (donaciones de ACS a CiU para conseguir los contratos públicos con un patrón sistémico de funcionamiento durante años, según el propio juez José de la Mata)- consiguió, a peseta la acción, hacerse con Construcciones Padrós (1983) y OCISA (1986). Asegura el autor, pues, que a Florentino le fue muy mal en el mundo de la política, pero que su breve paso por ese mundo le granjeó contactos que le vinieron muy bien en el futuro. Lo cual lo ayudó a ejercer el ambicionado poder a través no de la política sino del mercado. Así, el libro nos presenta una red de corrupción sistémica que implica a políticos, banqueros, periodistas, etc y que se sostiene a base de recalificaciones ilegales, contratos fraudulentos y amañados, adjudicaciones ilícitas, financiaciones ilegales, pelotazos, cuentas en paraísos fiscales y un apagón informativo que impide que Florentino aparezca relacionado con las distintas tramas.

    El libro, que bebe a su vez del del también periodista Juan Carlos Escudier -Florentino Pérez: retrato en blanco y negro de un conseguidor, 2005-, repasa lo que el autor califica como escándalos mayúsculos. Como la recalificación de los antiguos terrenos de la Ciudad Deportiva del Real Madrid -medio regalados por Franco-, que aportó al club más de quinientos millones de euros, con el beneplácito de Aznar, Gallardón y Álvarez del Manzano, pero también de personas afines a UGT, CCOO, Izquierda Unida y PSOE (Lissavetzky y Rubalcaba) -todos ellos se juntaban en el palco del Bernabéu- o la compra de Figo gracias al Banco Zaragozano -de los Albertos-, que pagó la cláusula de rescisión al Barcelona, y de Caja Madrid -de Blesa-, que puso el aval para la compra del jugador gracias a la creación de una empresa fantasma con un capital ridículo que en un solo día pudo prestar 60 millones de euros al Real Madrid para pagar el crédito al Banco Zaragozano -algo que ya explicó en su día detalladamente José María García en la famosa entrevista censurada de Jesús Quintero al Butanito-. 

    Otros escándalos de los que habla Loaiza son, por ejemplo, las compras de Beckham, Cristiano Ronaldo o Kaká al amparo de la denominada Ley Beckham, creada por Aznar y desarrollada por Zapatero, por la cual los jugadores no tributan como millonarios sino como mileuristas en lo referente a los derechos de imagen; la polémica compra de Dragados, por 450 millones de euros, con la inestimable ayuda de Caja Madrid -otra vez- y del Banco de Santander (de la familia Botín); los contratos de la M-30 concedidos por Gallardón y Esperanza Aguirre; las privatizaciones de las residencias madrileñas, muchas de las cuales pasaron a estar a cargo de Clece -perteneciente al emporio de Florentino, y cuyo lema de negocio se basa en ganar dinero y no en ayudar a los ancianos, tal y como se vio durante la pandemia-; el control que ejerce nuestro protagonista en escuelas de educación infantil, en servicios de limpieza y en hospitales; o el apagón informativo -por la no información puede pagarse más y mejor que por la información- acerca del Ser Superior, a cargo del matrimonio Antonio García Ferreras-Ana Pastor, Eduardo Inda, Josep Pedrerol y los Tomás Roncero, Siro López o Susana Guasch de turno.

    En definitiva, en Florentino Pérez. El poder del palco, su autor nos retrata lo que para él es una red corrupta de intereses comunes a todos los niveles: político, económico, empresarial, policial, judicial, mediático y periodístico. Una red fundamentada en el miedo -o terror- en la que o se está con sus miembros o se está contra ellos. Y ¡ay de quienes estén contra ellos! Porque han caído torres tan altas como los periodistas José Antonio Abellán, Santiago Segurola o el mismísimo José María García -bueno, este último, lo que se dice alto no es, pero su talla periodística es imposible de alcanzar, sobre todo en una época dominada por bufones, monos de feria, chiringuitos y demás desinformadores y hooligans (que nunca periodistas) vendidos a un sistema podrido y nauseabundo dominado por unas élites que se creen por encima de ley. Y, con todo, lo peor sin duda, visto lo visto, es que lo están. Por eso es tan importante la valiente labor periodística de tipos como Fonsi Loaiza.  


miércoles, 20 de mayo de 2026

Hambre de gloria. Víctor Fernández Correas. Edhasa. 2024. Reseña

 




    Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, tercer duque de Alba, fue el mejor general de la Historia de España. Venerado e idolatrado por muchos y criticado a ultranza por otros, consiguió grandes victorias y logros diplomáticos para los reyes a los que sirvió: Carlos V y Felipe II. Fue clave en la victoria contra los protestantes alemanes, la defensa de Italia ante el Papa Paulo IV, el sofoco de la rebelión de Flandes y la conquista de Portugal para el Imperio español. Figura polémica donde las haya, cumplió a rajatabla los órdenes recibidas por parte de sus reyes, incluso cuando no era de la misma opinión que ellos o éstas iban en contra de sus propios intereses. Un personaje de nuestra Historia, sin duda, valeroso, insaciable, leal y con un alto sentido del honor. Según otros, un verdadero criminal sin escrúpulos. En ambos casos, un hombre sediento de reconocimiento y de gloria. Un hombre que, en sus últimos tiempos, solo quería retirarse a Alba de Tormes y descansar en paz junto a sus seres queridos.

    Víctor Fernández Correas sigue recorriendo la Historia de los Austrias -ya retratada con creciente maestría en La conspiración de Yuste. Hay que matar a Carlos V (La Esfera de los Libros, 2008) y en Mulhberg (Edhasa, 2022)- en Hambre de gloria (Edhasa, 2024). Carlos V y el duque de Alba son sus personajes preferidos. Y demuestra conocerlos muy bien. No solo militarmente. También en el aspecto más personal y humano. Así, en su última obra recorre los últimos dos años de vida del general más importante del Imperio español. Un general que se siente cansado, doliente y casi acabado en lo físico, pero que mantiene intactos su firme compromiso con su majestad Felipe II y con el Imperio y una capacidad analítica, militar y diplomática dignas de mención. Un hombre que siente que su cuerpo no responde a su mente. Una mente todavía privilegiada y ampliamente capacitada para conseguir para su rey su última encomienda: la conquista del reino de Portugal.

    Hambre de gloria es una divertida novela histórica y de aventuras con varias tramas y sub tramas que convergen en diferentes puntos de la narración. A través de todas ellas, a modo de puzzle, Víctor Fernández Correas refleja con todo detalle la sociedad del siglo XVI. Uno de los más convulsos de la Historia de la Humanidad. Y, como punto central, la campaña de 1580 para incorporar los territorios portugueses a un Imperio en el que nunca se ponía el sol. Una campaña dirigida por el duque de Alba, secundado por su hijo bastardo Hernando, el que más se le parece de todos sus hijos; su maestre de campo, Sancho Dávila; y el capitán general del Mar Océano, Álvaro de Bazán, el marqués de Santa Cruz. Estrategias, reuniones, órdenes y escala de mandos descritos con minuciosidad. El punto fuerte de la novela desde el punto de vista político y militar. Pero la novela es mucho más. Y, desde otros puntos de vista, contiene tramas más sugerentes en lo literario.

    La parte familiar de la vida del duque de Alba compone una sub trama interesante. Amaba a su esposa, pero su sentido del deber y del honor lo llevó a aceptar la encomienda de Felipe II. Incluso negándose a sí mismo el derecho a acabar sus días en paz, en sus propiedades, y junto a su esposa. Precisamente la familia está también en la base de otra sub trama que resulta más que interesante. El enfrentamiento entre la casa de Alba y la de Mendoza conlleva que la Princesa de Éboli, caída en desgracia y encarcelada por Felipe II, trate de sabotear la campaña portuguesa para perjudicar al duque. Así, se hace valer de una serie de personajes -no todos indignos, por cierto- para hacer caer en desgracia también al general. Así, las conspiraciones, las intrigas y las traiciones están también presentes entre los personajes de la novela. Unos personajes que, en no pocas ocasiones, no son lo que parecen. Y que deben actuar con mucha sangre fría para no ser descubiertos y cumplir sus objetivos.

    Y, siguiendo con el aspecto familiar, pero esta vez de Felipe II, encontramos el origen del conflicto sucesorio portugués tras la muerte sin descendencia del monarca Enrique I. Tanto Felipe como Antonio, prior de Crato, primos carnales y nietos de Manuel I de Portugal, reclamaron sus derechos sucesorios. Antonio consiguió el apoyo del pueblo llano, se auto proclamó rey y se atrincheró en Lisboa, consiguiendo para su defensa contra las huestes del duque de Alba un ejército extenso pero muy mal preparado. Apoyado por Fernando y Diego de Meneses y Enrique Simoes, se hizo fuerte a los alrededores de Alcántara, cerca de la capital portuguesa. La mayor parte de los componentes de sus fuerzas eran esclavos llegados desde distintos lugares de África. Como el joven Ebou, procedente de la isla senegalesa de Gorea, un pobre ser inocente víctima de un sistema de trata de esclavos que lo lleva a Portugal junto a Nyima, el amor de su vida.

    Hambre de gloria es también una novela de contrastes. De semejanzas -o semejantes- y también de antagonismos -y antagonistas-. Así, el soldado portugués Cristóbal Freire se muestra diferente de los soldados españoles -Ginés Méndez, Rodrigo de Cervantes, o Íñigo Sánchez-. Los españoles no discuten órdenes y luchan por su rey. Por contra, el portugués, conocedor de la figura del prior de Crato, lucha por sus principios y por sus paisanos, enfrentando en numerosas ocasiones los mandatos de su auto proclamado rey. La venganza toma un papel importante en la trama de la novela. También el honor, la lealtad -a un rey, a un general, a un pueblo-, la gratitud -como la que le profesa Íñigo Sánchez a cierto manco que en la batalla de Lepanto perdió el brazo por salvarle a él la vida- y el amor -el que florece entre Ebou y Nyima-. Por descontado, también aparecen en la novela los valores y los principios -y, por contra, la carencia de estos-. Sin olvidar que el paso del tiempo y los hechos vividos pueden hacer cambiar la forma de actuar de cada uno de los personajes. 

    La novela discurre entre las cartas del duque de Alba a Felipe II, en las que lo pone al día de los avatares de la campaña; los versos del añorado poeta y militar toledano Garcilaso de La Vega, gran devoción del duque; el continuo desfile de toda clase de personajes, algunos reales y otros ficticios; los deseos por parte del monarca de que la conquista se desarrolle sin excesos, saqueos, pillajes ni asesinatos, más allá de lo imprescindible; las ansias por parte de los soldados de cometer toda clase de maldades, físicas y de carácter económico; los esfuerzos por parte del duque de frustrar esas ansias de sus soldados pero a la vez dejando que saquen algo en claro de la campaña; las continuas referencias a Miguel de Cervantes, a sus desvelos en el cautiverio de Argel y a su deseo de dedicarse a contar historias que sobrevivan siglos después de su existencia en esta tierra; y los repetidos guiños culturales -literarios, musicales, etc- de tiempos posteriores -muchos, actuales- que provocan la sonrisa de un lector que, terminada esta novela, espera desde ya la pronta publicación de la nueva obra de un autor muy a tener en cuenta.                                

       

miércoles, 29 de abril de 2026

Los siguientes. Pedro Simón. Espasa. 2024. Reseña

 




    Las relaciones familiares constituyen el punto central de las novelas de Pedro Simón. Las historias de sus trabajos literarios parten siempre de un núcleo familiar que acaba siendo diseccionado a base de cortes de un bisturí profesional que nos muestra con crudeza el interior de cada uno de los miembros de la familia en cuestión. Así fue en Los ingratos (2021) y Los incomprendidos (2022), ambas novelas ya reseñadas en este mismo blog, y así es también en Los siguientes (2024) y en Lo inesperado (que sale a la venta justamente hoy). En Los siguientes, novela que nos ocupa en estas líneas, Simón trata de un tema por el que casi todos hemos pasado o pasaremos: cómo afrontan los distintos miembros de un núcleo la inevitable decadencia y muerte de sus mayores. Carmen, Darío y Gabriel tratan de sobrevivir a la muerte de su madre, Olivia, y al deterioro de su padre, Antonio, cuyas constantes vitales galopan hacia abajo y sin freno. Asumir la futura y próxima orfandad no es fácil nunca. Menos todavía si existen viejas rencillas que quitan la paz.

    La novela explora las relaciones entre los miembros de la familia Prieto. Relaciones enturbiadas desde que, ocho años atrás, Antonio tropezara y cayera por las escaleras de la casa de Gabriel con su nieto Hernán, recién nacido, en brazos. En ese mismo momento la familia se resquebrajó. Hernán no falleció, pero nunca sería ya un niño y un hombre normal. Así, en esa caída, Gabriel perdió a lo que iba a ser su hijo para pasar a tener uno muy diferente. Y Antonio perdió también a su hijo, Gabriel, que siempre lo culpó de lo ocurrido y cortó prácticamente su relación con él.  A partir de ahí, la culpa, la envidia y la venganza, disfrazada de frialdad y crueldad, fueron distanciando a una familia que ya no fue ni será la misma. Máxime cuando Olivia, la madre, el pegamento universal que todo lo unía, muere de un infarto de corazón pocos meses después. Un corazón que no aguantó ni la explosión ni la onda expansiva de aquella maldita caída a los infiernos de Antonio, Gabriel, Hernán y el resto de la familia.

    Gabriel es el hijo mayor del matrimonio formado por Antonio y Olivia. Ingeniero, rico, influyente, pero desgraciado, descubre que todo el dinero del mundo no le va a devolver a su hijo. Siempre de viaje, entre Múnich, Miami y Madrid, deja a Hernán al servicio de una asistente filipina. Divorciado tras lo acaecido ocho años atrás, tiene una novia quince años menor que él que trata de recomponer sus pedazos. Quemado, desquiciado y desesperado, impone un silencio espeso, un desapego furibundo y una rabia mortal hacia su padre. Clama venganza de forma interna, algo que todos notan desde fuera. Cuando Antonio va decayendo, Gabriel trata de llevarlo a una residencia. Carmen y Darío se oponen. Deciden que pase dos meses en casa de cada uno de los hijos. Acepta a regañadientes. Su sola presencia lo amarga. Viaja sin parar para pasar el menor tiempo posible en casa cuando su padre está allí. Un padre ambulante y desamparado que siente el rechazo de su hijo y no puede con su vida.

    Darío es el hijo mediano. Guardia jurado no por vocación sino porque hay que ganarse la vida de alguna manera, no tiene estudios ni oficio ni beneficio y es un auténtico desastre: mujeriego, irresponsable y fiestero. Sin embargo, está a gusto con su padre. Y su padre con él. Tienen unas complicidades que Antonio no tiene con sus otros hijos. Los dos son unos guasones y les encanta charlar y beber juntos. Darío le permite a su padre lo que Gabriel y Carmen le niegan. Gabriel, por pasotismo y venganza, Carmen por deformación profesional -es auxiliar de enfermería-. Darío lo aficiona a ir al centro de mayores, donde juega a las cartas y baila con algunas mujeres también viudas. Darío se esfuerza todo lo que puede por brindarle a su padre el máximo posible de comodidades. Incluso le compra un sillón con motor para que esté cómodo y pueda levantarse y acostarse solo. Una vecina dominicana lo ayuda con Antonio cuando este se hace encima sus necesidades.

    Carmen es la hija menor. Y la única mujer. Y auxiliar de enfermería. Siente que la mayor parte del peso del cuidado de su padre pasa por ella. Por ser mujer y por dedicarse a lo que se dedica. Está divorciada desde hace unos años y tiene un hijo, Hugo, primo de Hernán. A pesar de su oficio, siente miedo, vergüenza y asco al limpiarle el culo a su padre. No es lo mismo que limpiárselo a un hijo. Tampoco que limpiárselo a un desconocido en la residencia en la que trabaja. Es la que mejor parece llevar el deterioro de su padre. Un padre convertido en niño. Y ella, una hija convertida en madre. Sobrelleva como puede el dominó de desastres familiares que se les ha venido encima durante los últimos años, cuando más felices parecían ser todos. Lo del accidente, el estado de Hernán, la muerte de su madre, su divorcio, el de su hermano Gabriel, el distanciamiento, la soledad y, ahora, la decadencia de su padre. Y la proximidad de su muerte y, por ende, el sentimiento de orfandad. Demasiado equipaje para una sola maleta.

    Antonio tiene 88 años de edad. Ocho décadas más que sus nietos. Es viudo desde hace ocho años. Vivió ochenta años de una vida familiar dura y con dificultades económicas que fueron venciendo a base de trabajo y más trabajo entre él y su esposa Olivia. Ambos llegaron años después de casarse a Madrid desde un pueblecito de provincias. Ella con sus costuras y él con sus diferentes trabajos consiguieron poder pagar un piso que se fue quedando pequeño según fueron llegando sus tres hijos. Al conseguir por fin un trabajo estable, como autobusero, como conductor de la EMT, pudo comprar una pequeña parcela en el campo, en los alrededores de la capital, donde vivieron distintas aventuras él, su esposa y sus hijos. Tiempos duros pero felices. Una felicidad completa con la llegada de sus dos nietos. Sin embargo, desde el accidente, ocho años atrás, se siente acabado. Como un autobús ya retirado que solo puede esperar su desguace.                           

    En Los siguientes, cada uno de los protagonistas nos cuenta, en primera persona -algo también común en todas las obras de Simón-, sus historias personales y familiares. Historias que, según los casos, complementan, clarifican o contradicen las del resto de sus familiares. Historias que conforman un complejo puzzle cuyas piezas corresponde colocar en su sitio correcto al lector. Un lector que se emociona, empatiza y conmueve con cada historia. Que hace suyas las reflexiones de cada uno. Que trata de entender -y casi siempre lo consigue- sus planteamientos. Unos planteamientos procedentes de lo más interior e íntimo de los corazones de los narradores. Y es que cuando algo procede de lo más profundo del corazón humano resulta imposible no empatizar. A pesar de las contradicciones. De las dudas. De los miedos. Porque todo eso es precisamente lo que nos convierte en humanos y no en máquinas. Y de humanos y de relaciones Simón sabe muchísimo. Y es una delicia leerlo. Siempre. Con el corazón en la mano y a flor de piel. Sí, leer a Simón lo hace a uno más y mejor humano.   


lunes, 27 de abril de 2026

Coloquio de invierno. Luis Landero. Tusquets. 2026. Reseña

 




    En enero de 2021, justo después de las fiestas navideñas, la tormenta de nieve Filomena provocó el caos en buena parte de nuestro país. Se vieron afectadas las comunicaciones de todo tipo y mucha gente quedó aislada en pueblos, ciudades y barrios durante horas o días. Esta situación real ha sido aprovechada por Luis Landero para crear una serie de personajes ficticios e hilar una novela de relatos original, fresca, entretenida y reflexiva. Como suele ocurrir con todas sus novelas, dicho sea de paso. Coloquio de invierno nos sitúa en un hotel rural de un lugar indeterminado entre los días ocho y once de aquel extraño mes de enero de hace cinco años. Allí, se ven atrapados, sin cobertura ni conexiones, pero con víveres, los hosteleros, Jimena y Eladio, un militar, Víctor Marín, un periodista aspirante a escritor, Tomás Guerrero, un médico, Santos León, un profesor multi disciplinar, Martín Marcilla, un empleado de ferrocarriles ya jubilado, Ginés Orozco, una librera, Adela Pastor, y una profesora de Filosofía, Nuria Soler, compañera de Adela. Nueve personas diferentes que se ven obligadas a compartir experiencias. 

    Sin móviles ni conexión a internet, sin televisión y sin poder salir a un exterior que de repente se ha vuelto hostil, deben entretenerse de cualquier manera. Evocan tiempos antiguos en los que la gente vivía sin todas esas comodidades. Tiempos en los que esas personas se comunicaban y hablaban más que las de ahora. Y Santos, el médico, propone vencer el tedio contándose unos a otros historias, cosas que nos hayan pasado a nosotros, o que hayamos oído, o que nos inventemos. Algunos más entusiasmados que otros -varios de ellos creen que no tienen nada interesante que contar, pero los demás los convencen de que todos han vivido o escuchado situaciones que sí son dignas de ser contadas-, todos acceden al fin. Es así como comienza el relato de varias historias. Relatos que vienen acompañados de preguntas, interrupciones, acotaciones, correcciones y reflexiones y que, en definitiva, dan comienzo a un coloquio enriquecedor para todos. Porque quien narra se encuentra con puntos de vista diferentes al propio. Con visiones alternativas a las expuestas en un principio.

    Como consecuencia de ese rico coloquio los protagonistas se conocen mejor entre sí, e incluso a sí mismos. El hecho de no conocerse de nada y de saber que jamás volverán a verse en el futuro les hace abrirse a sus compañeros de alojamiento rural como no lo han hecho nunca antes en sus círculos más cercanos. Y esa es una de las paradojas de la novela: los personajes no se atacan entre sí tras escuchar las confesiones de los otros -algunas de las cuales pueden llegar hasta a escandalizar- sino que empatizan y tratan de ayudarse mutuamente. Lo cual recuerda a esas terapias en las que el terapeuta reúne en un lugar determinado y durante un fin de semana a pacientes suyos que no se conocen de nada para que interactúen entre ellos y expongan sus conflictos internos con la finalidad de que se ayuden unos a los otros. Porque el coloquio, más allá de un mero entretenimiento, se convierte también, con el paso de las horas y de los días, en una especie de terapia colectiva entre desconocidos.

    Y es que la mayoría de nosotros arrastramos traumas y hemos afrontado o afrontamos en la actualidad situaciones complicadas en nuestras vidas que nos quitan el sueño -y quien no las tenga o haya tenido, una de dos: o miente como un bellaco o debe prepararse, porque las tendrá antes o después-. Así, tanto la novela como los relatos que la forman tratan sobre temas tan problemáticos -por ambiguos- como el amor, la libertad, el sentimiento de culpa, los traumas de la niñez o de la adolescencia y esos momentos -mínimos aconteceres, grietas o fisuras- que de repente nos cambian la vida o provocan que nos la planteemos de manera diferente. Porque, ¿en qué consisten en realidad el amor o la libertad?, ¿de dónde viene nuestro sentido de culpabilidad?, ¿porqué el azar marca nuestro destino, muy a menudo, más incluso que nuestras decisiones?, ¿por qué algunos fenómenos nos traumatizan y otros, quizá más graves en apariencia, no? En efecto, Landero nos hace reflexionar sobre un gran número de temas.  

    Como reconoce Santos el último día del encierro forzado, hacia el final de la novela, sin ponernos de acuerdo, todas las historias que hemos contado, sean o no de amor -muchas de ellas sí tratan sobre ello-, tratan de lo mismo, de la entrecana zona media y de cómo la vida está hecha de momentos, momentos creativos y momentos en que, de pronto, todo lo que se había logrado con tanta ilusión y tanto esfuerzo se desbarata en un instante. El encuentro con una vieja maga, la pérdida de un mechero o la aparición de un perro, una mirada maliciosa, unas palabras a destiempo... Esta es nuestra biografía, la historia de unos cuantos momentos de revelación, como los raptos de los místicos o la inspiración de los poetas. Y todas esas historias están narradas como una especie de homenaje a las Novelas ejemplares de Cervantes -por sus enredos amorosos y por su realismo-costumbrismo- o al Decamerón de Boccaccio -por la longitud de las historias y por la multiplicidad de sus narradores-.     

    A través de los relatos que narran los protagonistas de esta novela Landero expone algunos de los grandes misterios de la condición humana. Pocos escritores saben presentar y desentrañar dichos misterios como el de Alburquerque (Badajoz). En la España actual, quizá, solo él, Manuel Vilas, Fernando Aramburu, Jesús Carrasco o Víctor del Árbol son capaces de diseccionar las almas de sus protagonistas. Tanto que uno puede llegar a pensar de ellos que más que escritores son cirujanos de almas -haciendo bueno el título de la novela de otro Luis, Zueco-. Así, lo que se supone que es la libertad para Nuria, profesora de Filosofía, puede saltar por los aires tras escuchar el relato de Tomás, el periodista aspirante a escritor. Y es que casi todo depende del punto de vista desde el que se mire algo, en este caso, un concepto. Y nunca está de más recibir un punto de vista diferente al propio. Porque complementa el nuestro, reforzándolo, diversificándolo o incluso cambiándolo.

    Es probable que el tema que más controversia cree en nuestras vidas sea el del amor. Y casi todas las historias narradas en Coloquio de invierno nos hablan de él. De él y de su reverso: el odio. No en vano, según muchos, son los motores del mundo. Para bien, o para mal. También en esta novela el amor se nos presenta de muchas maneras: el platónico sin llegar a más, ni sexual ni relacional; el obsesivo, con sus altibajos y sus dudas; el incondicional, sin esperar nada más a cambio; el lúdico o de flirteo, sin desear en realidad llegar a más -por miedo a las ataduras o porque nos impida poder seguir jugando al juego de la seducción; el apasionado, con mucho sexo y lujuria; y el desamor e incluso el odio, con todo lo pernicioso que este implica. En fin, no podemos vivir sin amor. Sin amar y ser amados. Aunque hay quienes en lugar de amar a una persona deciden, en pleno uso de su libertad, amar a un perro o a cualquier otro animal de compañía. Que para eso la condición humana es muy rica y diversa.   

          


jueves, 23 de abril de 2026

Memorias del subsuelo. Fiodor Dostoievski. Arpa Editores. 2026. Reseña.

 




    Arpa Editores cumple una década desde que fuera fundada por Joaquín y Álvaro Palau. Dedicada a los clásicos y otras obras de divulgación -ciencia, historia, psicología, política, filosofía, etc-, celebra estos diez años como editorial publicando Memorias del subsuelo, una de las obras más conocidas de Fiodor Dostoievski. Una obra filosófica considerada como la primera gran novela existencialista y que aborda con crudeza y detalle la conciencia humana y sus contradicciones. Una novela que, más que nunca, conviene estudiar en relación a la situación de su autor en el momento de su escritura (1864). Porque refleja con claridad sus trastornos emocionales a raíz de perder a su mujer y a su hermano y los problemas derivados de la clausura de sus revistas por parte de las autoridades, de sus enfermedades y de sus adicciones al juego (de los que nos hablaría posteriormente en El jugador, también reseñada en este blog), que le acarrearon durante años graves problemas financieros.

    Soy un hombre enfermo... Soy un hombre lleno de rabia. Así comienza su narración el protagonista de Memorias del subsuelo. Quizá el primer protagonista inadaptado de la historia de la literatura. El primer sufridor, el primer ser atrapado por la angustia de una existencia a la que no ve sentido, el primer hombre a la vez sincero y honesto pero también perturbador y fascinante debido a su lucidez. Porque nuestro protagonista podrá estar desquiciado y al borde de la locura, pero lo que no se le puede echar en cara es su elocuencia y claridad a la hora de narrarnos su descenso a las entrañas de la conciencia humana. Una conciencia que lo lleva a no aceptar una realidad que le resulta insoportable. Que lo hace sufrir y rabiar, que lo induce a criticarlo todo -incluso a sí mismo- y que lo anima a batallar contra el mundo entero reflexionando sobre temas como la libertad, el deseo de autodestrucción, el placer del sufrimiento y la imposibilidad de ser uno mismo. 

    Memorias del subsuelo se divide en dos partes bien diferenciadas. La primera, El subsuelo, que consta de once capítulos, es en realidad un monólogo interior del protagonista. Un monólogo dirigido a un público inexistente en que se presenta como un hombre miserable, frustrado, contradictorio, enfermizo y muy excitable. Todo ello, contado mediante una elocuencia que hechiza al lector. Un lector que, a pesar de estar leyendo las confesiones de un ser que se auto presenta como repulsivo, empatiza con él y lo acoge en su corazón. ¿Cómo no iba a ser así si vemos en él a un pobre hombre, marginado, infeliz, que se siente objeto de humillaciones imaginarias, que pasa el tiempo imaginando venganzas que jamás cumplirá, que se siente culpable por idearlas (aunque nunca las lleve a cabo), que lucha contra sus preceptos morales precisamente para librarse de ellos, que si es peligroso lo es principalmente para sí mismo?  

    Pero lo mejor de la novela es, sin duda, la segunda parte. Titulada Acerca de la nieve mojada, no es ya un monólogo interior sino un relato en el tiempo por parte del protagonista. Es como la práctica de la teoría expuesta en la primera parte. La parte del libro que aclara con ejemplos elocuentes los conceptos que quizá quedaron poco claros o incluso confusos en las primeras páginas de la novela. Diez capítulos que explican cómo el protagonista ha llegado a ser una persona tan infeliz y desgraciada y que atan literalmente al lector a las páginas de un libro que ya no puede soltar de la mano hasta su desenlace. Un relato que, dividido en diez capítulos, desarbola la mente de un lector que queda atónito ante los hechos narrados. Y, sobre todo, ante cómo están narrados. Un centenar y pico de páginas de pura literatura. Con mayúsculas. De las mejores que servidor ha leído en bastante tiempo. Que se quedan cortas, muy cortas. Y que nos lanzan una pregunta para reflexionar: ¿cómo de la infelicidad de un ser (en este caso, ficticio) puede llegarse a la felicidad de otros seres (en este caso, los lectores)?

    Porque Memorias del subsuelo es una de esas novelas con las que se sufre y se disfruta. Su sufre ante el dolor y la desgracia de un protagonista que hoy muchos considerarán tóxico. Uno de esos seres de los que los manuales de autoayuda nos dicen que debemos alejarnos lo antes posible. Sin ni siquiera tratar de conocer el porqué de su actitud negativa hacia la vida y el mundo que nos rodea. Se sufre, sí, porque, a pesar de los pesares, todavía existe algo tan importante como la empatía: ponerse en el sitio del otro para intentar entenderle y ayudarle. Y es que en tiempos de conexiones sociales virtuales no estaría de más que tratáramos de volver a conectar como antes, más genuinamente. Con los demás y con nosotros mismos. Y qué decir de otros conceptos como los sentimientos, la compasión y la ayuda mutua. Por ello, y por el placer de la lectura de una obra absolutamente imperdible, Memorias del subsuelo también se disfruta. Y se hace muy corta.

    Por ello, no es de extrañar que esta novela haya influido a tantos autores a través del tiempo. Por su uso del monólogo interior como técnica narrativa: Marcel Proust -En busca del tiempo perdido (1913-27), James Joyce -Ulises (1922)- o Virginia Woolf -Las olas (1931)-. Por su temática (un personaje inadaptado, sea un indolente o un sufridor): Franz Kafka -La metamorfosis (1915)-, Jean Paul Sartre -La náusea (1938)-, Edgar Allan Poe -en diversos relatos-, Albert Camus -El extranjero (1942)-, John Williams -Solo la noche (1948)-, J. D. Salinger -El guardián entre el centeno (1951)- o incluso nuestro querido Luis Landero -Una historia ridícula (2022)-. Influencias lógicas de un autor irrepetible que hubo de vivir una vida tumultuosa: pasó por campos de trabajos forzosos, sufrió epilepsia, sucumbió al juego, padeció problemas financieros y tuvo unas relaciones amorosas turbulentas. Aspectos estos que lógicamente influyeron también en su creación literaria.

    Yo solo he llevado hasta sus últimas consecuencias lo que vosotros no os habéis atrevido a llevar ni siquiera a la mitad, mientras os consoláis, y os engañáis, vendiendo vuestra cobardía por prudencia, escribe el narrador casi al final de sus Memorias. Y es que una cosa es cierta: cualquiera ha de ser muy valiente para escribir un texto así. Y si a esa valentía le sumamos la elocuencia y el genio literario (y hasta filosófico) de Dostoievski a la hora de narrar y explicar sus puntos de vista sobre el alma humana, el mundo y la vida en general el resultado no puede ser otro que una obra maestra. Porque solo en una obra maestra valiente podemos leer algo así: contar en detalle cómo eché a perder mi vida sumiéndola en la corrupción moral, mientras vivía metido en un rincón, malográndola por el aislamiento social, extrañándome de la vida real e imbuyéndome de una vanidosa furia en el subsuelo, no resulta, desde luego, interesante. Las novelas necesitan héroes y aquí se han visto reunidos, a propósito, todos los rasgos de un antihéroe. Y lo peor es que todo esto genera una impresión en grado sumo desagradable, porque todos nos hemos apartado de la vida, todos cojeamos de esa pata, aunque unos más que otros.    


jueves, 26 de marzo de 2026

Elogio de las manos. Jesús Carrasco. Seix Barral. 2024. Reseña



 


    

    Que Jesús Carrasco es uno de los grandes escritores de la actualidad es una realidad palpable. Quedó patente con sus tres primeros libros -Intemperie, La tierra que pisamos y Llévame a casa- y vuelve a ponerse de manifiesto con su hasta ahora última novela -en apenas un mes será presentada su nueva obra, El detalle-, que lleva por título Elogio de las manos. Todo un alegato del arte que puede surgir del trabajo manual. De la belleza que nace de las manos de las personas amantes de actividades más o menos cotidianas como el bricolaje, las reparaciones de todo tipo, la elaboración de útiles o la construcción de estructuras de cierta complejidad. Todo ello a través de una narrativa, en parte autobiográfica, llevada de la mano de una pasión que llega a contagiar incluso a quienes, como yo, aborrecemos el mero hecho de desatornillar un tornillo. Una tarea que nos provoca desasosiego e inquietud. Para la que nunca encontramos tiempo y sí cualquier excusa. Y, como digo, con esta obra Carrasco llega a hacernos amar y admirar, aunque sea desde la distancia, toda esa clase de actividades.

    La historia comienza con una excursión en barco de Juanlu, cuñado del narrador, con su amigo Ignacio. Ambos llegan a una vieja casa con parcela anexa situada en un pequeño pueblo de la costa malacitana. Ignacio, promotor inmobiliario, anuncia a su amigo que la casa y la parcela, de su propiedad, van a ser derribadas y reconvertidas en apartamentos de lujo en apenas un año, cuando consiga tener listos los papeles necesarios. Mientras tanto, enamorado del entorno, Juanlu consigue las llaves de la casa para ir de vez en cuando a pasar días o fines de semana. Habla de la casa a su hermana, Anaïs, y a su cuñado, el narrador, quienes acuden un día a la casa junto a sus hijas, Marie y Berta. Como Juanlu, se enamoran del lugar a primera vista. Y visitan también la casa siempre que pueden. La cuestión es que la crisis económica de los 2010 alarga tanto el proceso que en lugar de un año la situación se prolonga durante una década entera. Una década de visitas, estancias y vivencias comunes de la familia, entre sí y con los vecinos.                 

    Una década marcada por la provisionalidad -la demolición de la casa siempre parece ser inminente- de una situación inusual que de forma paralela va generando ciertas necesidades en torno a la casa y a su parcela. Unas necesidades que a su vez hacen necesarias, valga la redundancia, una serie de mejoras de cara a un más óptimo establecimiento de la familia en las temporadas en las que visita el lugar. Mejoras que, dada la particular situación -la casa no es suya y tampoco la van a habitar por mucho tiempo- imponen lo que el narrador denomina ley del apaño, es decir, pequeñas obras rudimentarias y a bajo coste. Sin duda, no vale la pena gastar mucho dinero en algo que no es propio y que, además, va a ser demolido en poco tiempo. Así, en lugar de grandes obras, se impone el trabajo manual. Los pequeños arreglos. Y ahí es donde se observa la diferencia en la forma de hacer las cosas de los cuñados: mientras Juanlu se muestra más práctico y rápido, el narrador es más perfeccionista y busca que lo útil sea también lo más bello posible. Tradición heredada de su padre, todo un manitas para quien resulta de vital importancia saber usar bien las manos.

    La casa, en la práctica un cuchitril que lleva ya muchos años abandonada -Ignacio solo la compró para hacer negocio con ella-, va pareciéndose cada vez más a un lugar confortable y habitable hasta llegar a convertirse en todo un verdadero hogar familiar. Primero se tira un tabique; luego se habilita una nueva cocina; después se pintan la fachada y los interiores; más tarde se colocan estanterías en el almacén y se limpia el emparrado; a continuación se reparan las humedades y se coloca una caja de camión frigorífico como tejadillo y lugar protegido para los animales -Beleña, la burra que compra Juanlu para dar paseos por la playa y el monte y Pérez, el caballo de Bones, un vecino con el que hacen amistad-; luego se arregla el marco de una puerta y se coloca una nueva reja en la ventana del almacén; se acaba construyendo un cercado con techado para una docena de gallinas que compran para tener huevos frescos; y finalmente se lleva a cabo la obra magna de la casa: la construcción de un nuevo emparrado que les dé sombra en las crudas tardes veraniegas. Y, a todo ello, deben sumarse las aportaciones decorativas de Anaïs.        

    Cada apaño -no olvidar la ley del apaño reseñada más arriba- realizado en la casa y en la parcela es descrito minuciosamente por el narrador. Desde la idea original hasta el resultado final pasando por cada parte del proceso. Siempre elogiando el poder transformador de unas manos inquietas que buscan optimizar los recursos en aras a hacer de un casi-cuchitril un lugar confortable y agradable. Un lugar compuesto también por el resto de habitantes del pueblo, que constituye un tejido comunitario imposible de dejar de lado. Entre sus habitantes, Manuel y Rafaela, vecinos de la casa, el herrero, de quien no sabemos ni su nombre, y Bones, un granjero con el que entabla amistad el narrador de la historia. Su caballo, Pérez, también forma parte de ese tejido. Un tejido en el que los animales son parte indiscutible e irremplazable. Como también son parte indiscutible e irremplazable las constantes referencias literarias -autores, obras y personajes- que va introduciendo Jesús Carrasco en su magnífica y apasionante narración.     

    Una narración surgida desde una década antes de su publicación. Una publicación que se fue cocinando a fuego lento a la sazón entre la obra Manos, de Darian Leader; un programa radiofónico de la BBC denominado El porqué de las cosas que Carrasco escuchaba durante su estancia en Edimburgo y que un día trató sobre los trabajos manuales; la novela El artesano, de Richard Sennett; y la ocupación sin adquisición de la casa de Ignacio -poniendo de manifiesto que no es lo mismo habitar una casa que poseerla-. Todo ello mientras escribía sus novelas anteriores y tomaba notas sobre todo lo ocurrido alrededor de la casa malagueña. Notas no solo tomadas in situ, sino también inspiradas en otros hechos ocurridos en Edimburgo y en Sevilla, lugares de residencia más o menos habituales de la familia. Y, por supuesto, recuerdos y enseñanzas heredadas de un padre artista, curioso y apasionado del trabajo de las manos. En definitiva, un trabajo dignísimo y apasionado que, como he escrito más arriba, llega a conmover hasta a los que somos más torpes con las manos.

    Elogio de las manos es otra magnífica novela de Jesús Carrasco. Una novela que habla sobre la dignidad de las acciones, de las personas, de los animales y de los lugares. De la innegable necesidad de integración de las personas en su entorno -en el núcleo familiar, en el hogar, en el pueblo, en la ciudad y en el mundo-, del poder que tienen nuestras manos en transformar todo lo que nos rodea -a veces, para bien; otras, para mal- y del paso del tiempo y de la inevitabilidad de la muerte de las cosas -el proceso de envejecimiento, la llegada de la caducidad, la muerte y la posterior desaparición de este mundo-. Una inevitabilidad que, sin embargo, no debe quitarnos la libertad sino darnos las alas necesarias para luchar por ella mientras todavía estemos a tiempo. Porque, como nos escribe este inteligente autor, lo contrario de la vida no es la muerte, sino el miedo. Y, si algo hay que desechar a la hora de realizar cualquier tipo de actividad manual, es, primero que nada, el miedo.       

     

jueves, 12 de marzo de 2026

La península de las casas vacías. David Uclés. Siruela. 2024. Reseña

 




    Más de una década de viajes, documentación y lectura de libros le llevó al escritor, músico y dibujante David Uclés (Úbeda, 1990) la escritura de una de las obras más novedosas, originales, aplaudidas y premiadas del panorama español contemporáneo. La península de las casas vacías se ha convertido, dos años después de su publicación por Siruela, en un fenómeno literario en nuestro país. Centenares de miles de copias vendidas, una gran multitud de premios -la lista es casi inacabable- y una futura adaptación a la gran pantalla han convertido a esta historia, a sus protagonistas y a su autor en todo un fenómeno de masas. Portadas de revistas, entrevistas radiofónicas y apariciones en programas televisivos han llevado a Uclés a convertirse en una celebridad. Tanto que llega a asustar. Esperemos que esa enorme y repentina fama no termine con un autor que, no obstante, parece tener los pies bien plantados sobre la tierra.  

    La península de las casas vacías nos presenta la historia de la familia Ardolento a través de los tres años que duró la Guerra Civil Española. Una historia y una guerra narradas con un realismo mágico que cautiva al lector. Que representa una época oscura de nuestra Historia de forma original y diferente. Realidad y realismo mágico se entremezclan con frescura para completar una obra magistral que cumple con todos los requisitos que se le deben pedir a una obra de trasfondo histórico. En primer lugar, entretiene. Y de qué manera. En segundo lugar, nos enseña. Y es que ofrece datos y relatos de la realidad de aquellos tres años. Algunos de ellos, puede que desconocidos por parte de los lectores. Tanto de los republicanos como de los sublevados. Y, en tercer lugar, nos invita a reflexionar en profundidad sobre nuestro pasado, presente y futuro. Máxime con la acertada utilización de citas de personajes históricos reales que resumen y condensan la realidad del momento histórico reflejado.

    Conmueve asistir a la práctica descomposición de la familia Ardolento. Una familia extensa que pasa de los casi cuarenta miembros de 1936 a apenas poder ser contados con los dedos de una mano una vez finalizada la contienda y durante la posterior represión emprendida por el bando vencedor. No, no todos fallecen a causa de la guerra propiamente dicha, pero el caso es que el lector debe ir despidiendo a algún Ardolento cada pocas páginas. Lo mismo ocurre con el resto de los ciudadanos de Jándula -Quesada, en realidad-, el pueblo jienense en el que se sitúa el centro de atención de la trama de la novela. Un pueblo en el que, como en el resto de Iberia, sobre todo en los pueblos, cada vez encontramos más casas vacías y más cementerios, cunetas y fosas repletas de cadáveres. Jándula representa a las mil maravillas todas las supersticiones, creencias y costumbres de la época. También, por descontado, toda la sabiduría de un pueblo que trata de vivir pese al horror de la guerra.

    La contienda se nos narra a través de diversos testimonios de personajes reales. También de la mano de tres de los miembros de la familia que deben salir del pueblo por diferentes motivos. Odisto, el cabeza de familia, se ve obligado a dejar el pueblo tras las amenazas recibidas por parte de uno de los señoritos de Jándula, Venancio. Su hijo Pablo se une a los nacionales en Extremadura y recorre media España luchando contra la república. En cambio, su hermano José sigue a los republicanos y pelea contra la expansión del fascismo por nuestro país. No va solo. Lo acompaña Jacobo, su amigo del alma (y algo más). José y Pablo se llegan a encontrar un par de veces. Cara a cara, se apuntan con sus armas y se miran con curiosidad, decepción y sentimientos encontrados. Odisto, alma en pena solitaria, representa al tercer bando. Aquel que ni sabe de política ni quiere guerra. Aquel que solo pide un campo en condiciones para poder ganarse la vida. El bando de la agricultura, la ganadería, el comercio y  la paz.

    Estos tres miembros de la familia Ardolento nos presentan, junto a los aludidos personajes reales y el narrador-Dios-omnisciente, la guerra fuera de Jándula. La del pueblo nos la presentan el resto de personajes y de nuevo ese narrador omnisciente convertido a veces en Dios y a veces en un personaje más que altera el orden de las cosas a su antojo según convenga a la narración de la historia. Que llega a dialogar con el mismísimo Franco en Toledo, ante el famoso cuadro El entierro del conde de Orgaz, de El Greco. Otro punto a resaltar de esta novela. Un narrador diferente a los conocidos. Que habla directamente al lector. Que justifica sus decisiones a la hora de contar de una manera u otra las atrocidades cometidas por ambos bandos -la novela recorre todos los grandes acontecimientos de la guerra-. Un narrador que o no juzga a nadie o juzga a todos por igual. Que se centra en implicar al lector en su reflexión. Una reflexión que se centra en el sinsentido de la guerra.

    Aunque cada personaje piensa y actúa de manera diferente a lo largo de la historia, en La península de las casas vacías sí hay algunas características que comparten la mayoría de ellos: el mal de la melancolía, como lo denomina el narrador-Dios -ante una familia que va menguando y/o ante un tiempo pasado que, sin duda, antes de la guerra fue mejor-, la defensa a ultranza de sus ideales -sean los republicanos, los nacionales o los de ese tercer bando ya referido, el del campo- y el sentimiento de culpa -porque las acciones de cada uno y hasta las palabras pronunciadas tienen consecuencias mucho mayores en el contexto en el que se enmarca la novela, y a veces conllevan hechos trágicos para uno mismo y para sus familiares, amigos y conocidos (y en Jándula se conocen prácticamente todos)-. Además, las idas y venidas de la guerra -los señoritos dominan el pueblo al principio, luego los milicianos toman el control durante casi toda la contienda y acaban sucumbiendo a su finalización- provocan verdaderos dramas: ajustes de cuentas, delaciones, discordias y resolución de viejas rencillas.   

    El mundo de la cultura sobrevuela en todo momento a lo largo de la trama de la novela. Así, encontramos en sus páginas a escritores (Unamuno, Alberti, Lorca, Rodoreda, Zambrano, Hemingway u Orwell), fotógrafos (Robert Capa o Gerda Taro), pintores (Picasso, Mallo o Zabaleta) y lugares como el Museo Nacional del Prado o la Biblioteca Nacional. Todas las manifestaciones artísticas, incluidas las artes mayores, tienen cabida en la Iberia descrita en La península de las casas vacías. Una Iberia de rica cultura, muy diversa -también desde el punto de vista idiomático, como ocurre en el capítulo titulado Las mujeres vernáculas- y complementaria. Porque nuestro país no se vino abajo por sus diferencias culturales ni por los nacionalismos sino por la intransigencia de los hunos y los hotros, como los llamó Unamuno, en referencia a esas dos Españas que, noventa años después, amenazan con matarse a palos de nuevo.                     


viernes, 23 de enero de 2026

El tiempo de las fieras. Víctor del Árbol. Destino. 2024. Reseña

 




    El sicario mexicano sin nombre regresa en El tiempo de las fieras, la segunda parte de su trilogía, que comenzó con Nadie en esta tierra (2023) y finaliza ya mismo con Las buenas intenciones (2026), para acabar un trabajo que dejó deliberadamente pendiente tres años atrás en Barcelona. El Oso Dávila, una especie de mentor de sicarios pero sobre todo un temible malnacido sin escrúpulos, lo tiene cogido por donde más le duele -lo poco que queda de su familia- y lo obliga a regresar a España, esta vez a Lanzarote, para cumplir con un encargo que ineludiblemente deberá ser finiquitado con éxito. Sí o sí. La casualidad -o no- hará que vuelva a reencontrarse con varios de los protagonistas de Nadie en esta tierra. Algunos de los cuales ya no son los mismos que fueron tres años antes. Y es que con el tiempo, las circunstancias de la vida y las necesidades particulares las personas cambiamos. Unas más que otras, eso también es cierto. 

    El mexicano, que vuelve a narrar varias partes de la novela en primera persona, contándonos cómo se hizo sicario -o, más bien, cómo lo obligaron a hacerse sicario-, se vuelve a encontrar con Julián Leal, quien vive sus últimos meses de vida consumido por un cáncer que paradójicamente lo sacó de la cárcel. Ansía acabar sus días bebiendo cerveza y escuchando la discografía completa del Boss, pero no va a poder ser. El gordo Soria acudirá a él una vez más -la última ya- por el que debe ser su último trabajo. Después de lo ocurrido tres años atrás Soria ha sido desterrado a Lanzarote, un lugar tranquilo en el que casi retirarse de la profesión de su vida. Un lugar tranquilo hasta que, de la noche a la mañana, sus tierras aparecen sembradas de cadáveres. El brutal atropello -¿accidental?- de una joven bosnia será el punto de partida de otro trepidante thriller de Víctor del Árbol que cumple con el esquema habitual de todas sus novelas.

    Una vez más, en El tiempo de las fieras nos encontramos a un ser cuya infancia fue robada de forma cruel. Dos, más bien, porque el sicario-narrador también nos cuenta su particular travesía adolescente por el desierto de las desgracias y el dolor. Y, además, está Vesna, la joven atropellada en las primeras páginas de la novela, que escapó de milagro de una auténtica cacería humana cuando apenas tenía seis años de edad. Vio morir a sus padres y a su hermano a mano de unas auténticas fieras -de ahí (en parte) el título de la novela- y solo vive por y para la venganza. Ha dedicado su vida entera a dos cosas: a esconderse de quienes la dejaron con vida y siguen buscándola para acabar con ella y a buscar la mejor manera para vengarse de ellos. Para hacerles pagar por lo que le hicieron a su familia y a ella misma. Una joven que vive de la forma más anónima posible, pero que se convierte en la sombra de aquellos que quieren matarla. Que hace de ello la única razón de su existencia.

    De nuevo, como es habitual en del Árbol, el escritor se convierte en hilador. Un hilador que enlaza historias diferentes ocurridas en un pasado que parece justificar los sucesos del presente. Un pasado que carga a los protagonistas de sus historias con mochilas más o menos pesadas pero siempre dolorosas. Un dolor que motiva en muy buena parte todo lo que ocurrirá en el futuro, que es el presente de la narración. Y es que otra de las características de las obras de este autor es que los personajes son seres sufrientes. De distintas épocas, lugares y circunstancias, además. Y es la forma en la que todos esos pasados convergen en un presente común lo que hace grandes las historias de Víctor del Árbol. Unas historias en las que se nos va dando la información, tanto del pasado como del presente, de forma que toca al lector establecer las distintas conexiones entre todas ellas. Eso sí, siempre de la mano de una narración que puede resultar caótica por momentos pero que al final siempre acaba encajando con una perfección casi matemática.      

    En El tiempo de las fieras resulta impactante cómo lo que parece ser un simple caso de atropello con fuga acaba convertido en una más que compleja trama humana (inhumana en demasiadas ocasiones), empresarial y política que afecta a distintas personalidades de varios países. Uno de esos casos de corrupción que de tanto en tanto -de forma cada vez más habitual, por cierto- explotan, se hacen públicos y escandalizan a una población que progresivamente va aceptando que cosas tan horribles ocurran con mayor asiduidad. Porque, como la realidad siempre supera a la ficción, vivimos en un mundo en el que, por desgracia, son más los empresarios sin escrúpulos y los políticos vendidos y corruptos que campan a sus anchas. Y está bien que, aunque sea en la ficción de una novela, cada cual reciba su merecido. De una u otra forma. Aunque una isla tan bonita como Lanzarote acabe teñida de sangre inocente.

    Y no, nuestro protagonista -el sicario sin nombre- no es el responsable de la mayoría de estas muertes. La isla se llena de asesinos pagados por sus amos para acabar de raíz con cualquier mínimo atisbo de prueba que pueda implicarlos. Y, paradójicamente, es ese afán de borrar del mapa a todas esas personas que pueden dinamitar, de una u otra forma, la supervivencia de los corruptos el que pone al gordo Soria en el camino del esclarecimiento de un caso que para nada le va a suponer un retiro tranquilo en su exilio canario. Un caso que va a poner de manifiesto cómo y cuánto pueden cambiar las personas en solo tres años. Incluso él mismo, capaz de hacer algo que durante los últimos treinta años jamás pensó que pudiera hacer. Y es que nadie conoce en realidad a nadie. Ni siquiera a sí mismo. Que se lo digan al gordo Soria, pero también a Virginia, antigua compañera suya y de Julián Leal, que ahora comparte el liderazgo de las empresas de su padre, Armando Ortiz. 

    Lo cual nos lleva a otra parte importante de las novelas de Víctor del Árbol: las luchas internas de sus personajes, quienes han de lidiar con dilemas morales, sopesando lo que hacen con lo que deberían hacer. ¿Todos los actos se justifican según su finalidad? No siempre, claro. Y el resultado final de esas distintas luchas internas debería convertir a sus protagonistas en buenos o malos. Si fuera posible clasificarlos de esa manera. Porque los malos pueden hacer cosas buenas y los buenos pueden hacer cosas malas. Lo que queda claro en el conjunto de la obra de del Árbol es que el mal existe en sí mismo. Por sí mismo. Y es que no siempre la maldad tiene su origen en algún acontecimiento pasado que lo acaba justificando. No, no es así de sencillo y simple. A veces la maldad surge porque sí. Y quien la practica puede ser perfectamente calificado como una fiera. Dando la razón a Hobbes en su más célebre cita.