LIBROS

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viernes, 25 de septiembre de 2015

La metamorfosis. Franz Kafka. Ediciones Brontes. 2015. Reseña





     Hace años, quizás demasiados, leí por primera vez La metamorfosis, la obra más aclamada del célebre escritor checo Franz Kafka. Sin embargo, dado que en este 2015 se cumple el centenario de su publicación, he decidido releerla. Y, como suele pasar cuando vuelves a una obra ya conocida desde tanto tiempo, he encontrado una novela diferente en algunos sentidos. Es obvio que la adolescencia hace que uno se fije únicamente en la historia narrada, sin pensar mucho más allá. Lo cual me llevó a clasificarla como una obra fantástica sin más. 

     Grave error. Y no porque no sea un relato fantástico, que evidentemente lo es, sino porque encierra en sí aspectos que pueden pasar por alto en la primera lectura. La revisión, pues, se hace necesaria. Porque, detrás de ese carácter fantástico que se observa en la superficie, descubrimos una realidad que asusta mucho más si cabe que imaginar la sensación que uno sentiría en el hipotético caso de despertar una mañana cualquiera habiéndose convertido en una cucaracha o en un escarabajo - no queda del todo claro en el relato -. Y es que, por difícil que parezca, puede haber cosas peores.

     La obra se puede interpretar de varias maneras. Las más plausibles son las siguientes: a) quizás Kafka quisiera denunciar el egoísmo humano. Gregorio sostiene a su familia económicamente y se esfuerza al máximo por procurar su estabilidad. Sin embargo, cuando se transforma en ese bicho, la respuesta que encuentra es contraria, es decir, le dan de lado y hasta lo dejan morir ; b) a lo mejor es una obra en parte autobiográfica - algo exagerada, claro - ya que Samsa, el apellido de Gregorio, es muy similar al de Kafka con el correspondiente cambio de consonantes. Lo cual explicaría la forma de sentir el mundo de hace un siglo por parte del autor; c) puede que estemos ante una denuncia social hacia el trato recibido por los individuos diferentes, que acaban aislados por un sistema que no entienden y que a la vez no les entiende; d) seguramente las tres interpretaciones citadas sean el objetivo inicial de Kafka.

     Me llamó la atención en su día la frialdad con que el narrador nos cuenta la historia. Algo que he vuelto a sentir en esta relectura. También la impotencia y a la vez resignación del protagonista, que paulatinamente va adquiriendo conciencia de su nueva situación, a la cual trata de adaptarse sin mucho éxito - como no podía ser de otra manera -. Y la sencillez del lenguaje, sin ejercicios retóricos retorcidos, contribuye a una narración directa, cruda y dura de la nueva realidad de Gregorio. Y de su familia.

     Porque la familia juega un papel básico en la historia. La madre mantiene una lucha consigo misma. Una lucha entre la repulsión y el rechazo hacia el bicho y un sentimiento maternal que no la dejan vivir en paz ante una situación tan dramática. El padre mantiene una deuda con el jefe de Gregorio, quien quiere saldarla en cuatro o cinco años. Es un padre algo vago, acomodado a una situación en la que es su hijo quien va a sacarle las castañas del fuego. Sin embargo, cuando sucede la transformación, debe buscar trabajo y mantenerse activo, lo que incluso provoca en él un cierto rejuvenecimiento. Y Greta es la hermana de Gregorio. De solo diecisiete años, es la única que en un período inicial se ocupa de él. Le da de comer y limpia su habitación. Su relación es bastante cercana, hasta que el tiempo y su trabajo - también se pone a trabajar para ayudar a su padre en el mantenimiento de la economía familiar - provocan el distanciamiento. 

     Los espacios donde transcurre la acción contribuyen a la angustia del protagonista. Su habitación es donde pasa la mayor parte del tiempo. Pequeña pero limpia y aseada en un principio, se acaba convirtiendo casi en claustrofóbica al abandonar su hermana su limpieza y cuidado y terminar convirtiéndose poco menos que en un trastero de muebles viejos y en un estercolero repleto de suciedad. La familia se reúne a comer y cenar en el comedor. El ambiente allí es muy diferente al de antes de la metamorfosis. No hay risas sino lloros. Gregorio escucha las conversaciones y va deprimiéndose al comprobar los estragos que su transformación va causando en la familia.

     La metamorfosis se ha convertido, durante su siglo de vida, en uno de los grandes clásicos de la historia de la literatura. Escrita en apenas tres semanas, entre noviembre y diciembre de 1912, se publicó en 1915, ya iniciada la Gran Guerra. Dicha publicación motivó dos polémicas previas con su editor: en primer lugar, este quería acortar su extensión para darle más carácter de relato que de novela, algo a lo que Kafka se opuso tajantemente; en segundo lugar, pese a que ambos estuvieron de acuerdo en que el texto presentara ilustraciones, disintieron en su tipo: la idea del editor era que apareciera el monstruo, a lo que también se opuso el autor. Finalmente, Kafka se salió con la suya en ambos aspectos.

     Y existe una polémica más que sigue hasta nuestros días. Y es la del título de la obra. Die verwandlung fue su título original en alemán. Su traducción literal sería La transformación. No obstante, su primer traductor al castellano debió quedarse con la misma sensación que yo tras la primera lectura - estaba, sin más, ante una obra de carácter fantástica -, lo cual le impulsó a traducirla como La metamorfosis, que es el nombre que recibe el proceso mediante el cual los seres humanos se convierten en animales, plantas o animales y que, en alemán, tiene su propio vocablo: metamorphose. Algo que se le pasó por alto al traductor y que para Jorge Luis Borges es un disparate

     Polémicas aparte, conviene revisar este clásico. Y más al cumplirse un siglo desde su publicación. Kafka, que murió a los 41 años en un sanatorio, lo merece por su vida. Una vida dedicada por entero a las letras.         

     

lunes, 21 de septiembre de 2015

Voces del gueto de Varsovia. Michal Grynberg. Alba Editorial. 2004. Reseña





     Voces del gueto de Varsovia es una recopilación de testimonios escritos por supervivientes de uno de los capítulos más estremecedores de la historia del siglo XX europeo y mundial. Hasta un total de 29 protagonistas de tan dramáticos acontecimientos desfilan por las más de 450 páginas que componen el libro. Su editor, Michal Grynberg, investigador del Instituto de Historia Judía de la capital polaca, seleccionó los textos y los ordenó cronológicamente y por temas para que los lectores pudieran contrastar las diferentes opiniones de cada uno de los narradores.

     El resultado es este relato coral, una crónica apasionada y terrible, que reconstruye la vida de los judíos de la Varsovia de la II Guerra Mundial. Desde agentes de la Policía de Orden Judía hasta miembros de la resistencia, pasando por relatos de mujeres y hasta de una niña de tan solo once años de edad, recomponen la memoria de un pueblo condenado a muerte por la infamia nazi. Se recupera, así, la identidad de una comunidad sumida en la miseria y en la desesperación, pero también tenaz y luchadora. El libro desgrana la historia de la degradación humana que padecieron más de quinientas mil personas en aquel infame gueto.

     Este desgarrador documento histórico se compone de diez capítulos, a través de los cuales asistimos a la progresiva e imparable pérdida de libertades de una comunidad acostumbrada a luchar por su supervivencia a lo largo de la historia, pero, por supuesto, nada preparada para afrontar el peor de sus martirios. La vida entre los muros narra los aspectos básicos de cómo fue su vida durante los primeros tiempos de la construcción del gueto. La solidaridad y la organización interna de las distintas asociaciones de autoayuda ocupan la mayoría de sus páginas, así como los personajes más conocidos de la comunidad y su impactante capacidad de amoldarse a las circunstancias. 

     La administración del gueto de Varsovia se ocupa del Consejo Judío o Judenrat, liderado por el ingeniero Cherniakov; de la Policía de Orden Judía, bajo la jefatura de Szerynski; de las relaciones entre la policía judía y la polaca, que casi nunca fueron del todo buenas, a no ser por repartirse el pastel del contrabando; de la prisión central de la calle Gesia, que tenía capacidad para unas seiscientas personas pero que acabó albergando a más del triple; y de las instituciones de Protección Social, que hicieron lo que buenamente pudieron ante tanta barbarie.

     Los capítulos 3 y 4, referentes a Las autoridades de ocupación y a La gran acción, ocupan un tercio del total de los testimonios. Narran la preparación y casi-consumación del intento de exterminio de la población del gueto. Son las páginas más sobrecogedoras del libro. Tanto que al lector le cuesta avanzar en sus páginas ya que debe buscar aire en otros lugares para dejar de lado tanta angustia. Se describen minuciosamente las actions, la Umschlagplatz o plaza de embarque desde la que salían los trenes destino al campo de Treblinka, la extremada crueldad de los agentes de la SS y también de los propios policías judíos, y la incesante búsqueda por parte de los pobladores del gueto de trabajo en las shops (fábricas) alemanas o de escondites en refugios, sótanos, azoteas, etc.

     El levantamiento se centra en un hito histórico: el gueto judío de Varsovia, casi sin fuerzas ni armas ni comida, aguantó hasta tres meses los asedios del mayor ejército del mundo en el momento. Pese a terminar por sucumbir ante el poderío nazi, la mayoría de los pobladores que todavía permanecían con vida después de más de tres años de encierro, demostraron su ansia de libertad y de justicia. El barrio fue literalmente borrado del mapa, y sus pocos supervivientes hubieron de permanecer encerrados en sus búnkeres durante días, semanas y meses. En el distrito ario se centra en la forma de vida clandestina de los judíos que consiguieron huir del gueto para esconderse en casa de amigos de la parte no amurallada de la ciudad. Algo que, en la mayoría de casos, costó mucho dinero, dilaciones, extorsiones y denuncias por parte de una población polaca que llegó a creer en la propaganda nazi, que aseguraba que los judíos eran los causantes de todos los males de Polonia.

     En la prisión de Pawiak es uno de los capítulos centrales del libro. Sus testimonios cuentan la falta de alimentación e higiene de los presos y de valores y escrúpulos por parte de los carceleros de las SS y de los ucranianos que les servían de ayuda en las tareas especiales. Tratos vejatorios y denigrantes, ataques con perros y palizas sin fin se convirtieron en el día a día de los presos. Recuerdos diversos componen el capítulo octavo. En él leemos testimonios de personas anteriormente antisemitas que, viendo las injusticias cometidas sobre ellos, se convierten en defensores y hasta ocultadores de judíos en sus casas; también relatos de fugados de Treblinka que vuelven al gueto para avisar a sus hermanos; y denuncias de la corrupción existente en las SS, donde algunos agentes hacían la vista gorda a cambio de algunas gratificaciones.

     La liberación describe cómo vivió cada uno de los judíos la llegada de las tropas soviéticas y el fin de la guerra. Sorprendentemente, no fueron mayoritariamente momentos de euforia, sino de aceptación de la triste realidad, de una nueva vida que debía comenzar desde cero, pero sin padres, hijos, hermanos y resto de familiares. Muchos de los supervivientes se vieron libres, pero sin familia, sin dinero ni posesiones y sin un lugar adonde ir. Que nadie pase jamás por una situación como esa. El libro finaliza con un capítulo titulado Apéndice biográfico de autores, en el que se explica la procedencia de los distintos testimonios aparecidos en las páginas anteriores.

     En definitiva, estamos ante un documento - o conjunto de ellos - de carácter histórico de primer nivel. Huelga decir que cualquier persona interesada en esta temática no debe dejar de leer un libro tan importante como este, al nivel de la magnífica Crónica del gueto de Varsovia, del historiador judeo-polaco Emanuel Ringelblum, también publicada por la misma editorial. Conocer la historia debe ayudarnos a no repetir los errores del pasado. Aunque, visto lo visto, tiene razón quien afirma que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.     

    

martes, 15 de septiembre de 2015

En la orilla. Rafael Chirbes. Anagrama. 2013. Reseña





     Un fulgurante cáncer de pulmón se llevó el pasado 15 de agosto al escritor de Tavernes de la Valldigna (Valencia) afincado en Beniarbeig (Alicante) Rafael Chirbes. Demasiado pronto. A los 66 años de edad. Nos ha dejado con unas cuantas obras de importancia, entre ellas París-Austerlitz, novela de amor homosexual que terminaba de corregir cuando le sorprendió esa maldita enfermedad y que verá la luz a principios del próximo año; Crematorio, un fiel retrato de la especulación inmobiliaria que fue llevado a la pequeña pantalla en forma de mini serie de ocho capítulos; y En la orilla, que sigue la historia de la anterior y se centra en las consecuencias derivadas de dicha especulación. Sus dos últimas publicaciones le han valido el calificativo de escritor de la crisis.

     Tanto Crematorio como En la orilla fueron premiadas con el Premio Nacional de la Crítica en 2007 y 2014 respectivamente. Además, la que aquí nos ocupa, recibió también el Premio Nacional de Narrativa y el Francisco Umbral al libro del año. Pero los galardones y demás reconocimientos no fueron precisamente el motor que empujó a escribir a Chirbes, sino la responsabilidad de denunciar la realidad contemporánea de nuestro país. Hombre de pocas apariciones públicas - las justas y necesarias -, que huía de los flashes y los focos de luz, solía dialogar en alguna cafetería de Beniarbeig con vecinos el pueblo. 

     En la orilla es una obra densa y algo complicada de leer. Desde luego, sus largos párrafos, que en ocasiones se alargan hasta más allá de doce páginas, pueden provocar en ciertos momentos agobio en el lector, que no encuentra descansos ni forma de respirar durante unos minutos que pueden hacerse casi eternos. Quizás su autor prefiriera esa forma de presentación de la obra para transmitir esa sensación de desazón de los protagonistas de la historia: gente para la que cualquier tiempo pasado fue, sin duda, mucho mejor. Su lenguaje, directo y hasta obsesivo, ayuda a aumentar dicha sensación de angustia.

     Esto no significa que se sufra leyendo el libro. Cierto es que la historia es muy dura - caer desde tan alto duele, incluso a quien lo ve como simple lector -, pero se disfruta desde el punto de vista de la narrativa. Porque Chirbes narra, describe y transmite como nadie los sentimientos, las desesperanzas, las desesperaciones de aquellos que ven que no pueden seguir con sus vidas anteriores. Y es que, como sabemos, la explosión de la burbuja inmobiliaria se ha llevado por delante a buena parte de la economía de los ciudadanos de este país. Y eso ha conllevado tragedias en multitud de familias. Todos conocemos casos. A veces, varios. 

     Esteban narra la parte central de la historia en primera persona. Cuenta su vida y la de sus familiares. Con 70 años, solo y al cuidado de su anciano padre - que padece demencia senil -, está arruinado, amargado, desolado y acorralado. Solo guarda buen recuerdo de su tío Ramón, un padre para él. Casi no habla de su madre y sus hermanos. Y odia profundamente a su padre, republicano que pasó un tiempo en prisión tras la Guerra Civil y que se convirtió en un ser retraído, apartado de la realidad y maltratador de una familia a la que consideró siempre una carga, un estorbo. Un hombre para el cual la guerra no ha terminado todavía. Como si siguiera en 1939.

     La historia familiar de Esteban es la de la mezquindad humana, la del egoísmo, la de la falta de solidaridad. Cada cual va a la suya y la familia solo importa cuando hay algún tema económico que zanjar. Algo muy común en este país, por cierto. Y la personal es la de la resignación, la rabia y las ganas de venganza. Esteban culpa a los demás de todo lo que le ha ocurrido en su vida. Abandonado por Leonor, el amor de su vida, que acabó huyendo a Madrid con su mejor amigo, se da al licor, las putas y la mala vida. Su carpintería - mejor dicho, la de su padre - le ocupa la mayor parte del tiempo, hasta que se deja liar por el rico del pueblo y acaba perdiendo todo tras el estallido de la burbuja inmobiliaria.

     La crisis le obliga a cerrar la carpintería y a despedir a sus trabajadores y a Liliana, la joven colombiana que cuidaba tanto de él como de su padre. Resulta desgarrador el testimonio de cada uno de sus trabajadores y amigos, quienes se ven, de la noche a la mañana, sin poder pagar sus hipotecas, los libros de sus hijos, los coches y hasta con dificultades para comer. Todo ello, en un ambiente opresivo y agobiante, en el que el bosque de grúas - actividad, actividad, actividad - se ha convertido en un cementerio de esqueletos de hormigón, desesperanzas y dignidades rotas. La única vía de escape que ve Esteban es el pantano, que, situado en plena marjal, es su rincón de desconexión de una realidad insoportable, insufrible. 

     Muchas son las palabras que pueden definir el ambiente, los sentimientos de los personajes y la narrativa de En la orilla. Por quedarme con unas pocas, destacaré las siguientes: crónica (la de una crisis anunciada a la que no se le prestó la atención debida hasta que fue demasiado tarde); realismo (duro, puro y crudo); derrota (la de unos protagonistas sin capacidad de reacción); desolación (la del paisaje de los pueblos y sus turísticas playas); crítica (la de la condición humana y la de los valores de la misma); hipocresía (la de aquellos listillos que se enriquecieron a base de aprovecharse de los demás  poniendo en práctica negocios en parte ilícitos y que vivieron por encima de sus posibilidades - y también de las de los demás -); intimista (porque su lectura nos desgarra al comprobar cómo los distintos personajes se ven perdidos ante sus circunstancias y sin donde agarrarse); y lucidez (la de un autor al que ya se está echando de menos).   
        

lunes, 7 de septiembre de 2015

Malas tierras. Jordi Sierra i Fabra. Alfaguara. 1994. Reseña





     Jordi Sierra i Fabra es un periodista y escritor catalán dedicado al estudio del rock y a la literatura juvenil. A los doce años, haciendo gala de una increíble precocidad - sobre todo en aquel momento, 1960 -, ya había escrito una novela de quinientas páginas. Fundó revistas de reconocido prestigio, como El Gran Musical o Popular 1, y ha escrito numerosas obras - en total, más de cuatrocientas -, de las cuales ha vendido más de diez millones de libros. Algo al alcance de muy pocos escritores.

     Su literatura se caracteriza por un estilo directo marcado por los diálogos, el ritmo, las frases cortas y cierto suspense. Algo que también se puede comprobar al leer la novela que nos ocupa: Malas tierras. He de confesar que el motivo de haber leído este libro es su portada y su sinopsis. El hecho de que aparezca Bruce Springsteen y de que parte de su trama se desarrolle en uno de sus míticos conciertos en el Palau Sant Jordi de Barcelona sirvieron para que me decidiera con rapidez.

     Se trata de una novela urbana desarrollada en la Barcelona inmediatamente posterior a los JJ. OO. de 1992. Y dos son sus puntos de partida: Barcelona, con el referido concierto del Boss en el Sant Jordi, y Madrid, donde una niña y sus padres esperan en el Gregorio Marañón un corazón que no acaba de llegar. Mientras muchos rockeros disfrutan en Barcelona, una familia agoniza en Madrid. El tiempo se detiene para unos, pero vuela para otros. La felicidad y la desesperanza corren de la mano durante las casi doscientas páginas de la novela.

     Mientras la niña alterna episodios de sueño y duermevela, sus padres no quieren separarse de ella ni un solo segundo. Porque puede ser el último de vida de su pequeña y no se perdonarían no aprovechar cada instante. Ambos viven momentos de esperanza, pero también de dolor y amargura. La situación está clara: o aparece un corazón durante la madrugada o su hija morirá. En las escenas que se desarrollan en el hospital madrileño los sentimientos están a flor de piel. Un donante es todo lo que se necesita. Tan sencillo. Tan difícil.

     Descripciones de algunas de las escenas del concierto del Boss aparte, el centro de la historia desarrollada en Barcelona está marcada por las relaciones entre los cuatro protagonistas: Cati, una joven estudiante de veterinaria que demuestra una seguridad y una madurez a prueba de bomba; Cristo, un inseguro y joven guitarrista aspirante a formar parte de una banda de rock local; Toni, que a la semana siguiente debe abandonar la ciudad para viajar a Melilla e incorporarse al servicio militar - todavía obligatorio por aquellas fechas -; y Neli, una alegre y extrovertida zaragozana que ha viajado de incógnito a la ciudad condal para tratar de ver a Bruce.

     Cati es el típico bombón que toda madre quisiera como novia de su hijo. Cristo y Toni, claro está, la quisieran como novia, pero ambos son tímidos y no se atreven a declararle su amor. Cristo cree tener más tiempo para hacerlo. Cuando su amigo se vaya a la mili tendrá su ocasión. Pero para Toni esa es su última noche: o se declara a Cati o la pierde para siempre (según cree él). Esa angustia crea situaciones tensas entre los amigos a lo largo de la noche: concierto + fiestas nocturnas.

     Y la tensión crece también porque otro personaje, secundario al principio, va cobrando protagonismo. Un protagonismo que nos anticipa una tragedia final. Y es que según avanzamos en la lectura, vemos cómo la niña de Madrid va a ser salvada por uno de los jóvenes de Barcelona. Porque ese otro personaje, recientemente divorciado y sin encontrar plan para esa noche - tras fundir su teléfono llamando a todas las chicas conocidas -, se dispone a salir a conducir como un loco por las calles barcelonesas. Alguien va a morir para que la niña madrileña viva. ¿Quién? He ahí la clave.

     La cuestión es que, en el amanecer barcelonés, el gozo, la rabia, la esperanza y la casualidad se encuentran en una encrucijada que decide el futuro de prácticamente todos los protagonistas de la acción. Los sentimientos de los chicos y chicas quedan a flor de piel y el lector, sin quererlo, busca saber quién va a morir, tomando partido por aquél o aquellos protagonistas que mejor le caen. Así es la vida en ocasiones: la desgracia de unos suele ocasionar la suerte de otros. Y la casualidad juega un papel importante en ella, mal que nos pese a todos (a veces).        

    

viernes, 4 de septiembre de 2015

Springsteen: 40 años corriendo para ganar





     25 de agosto de 1975. Bruce Springsteen y Columbia Records publican su tercer trabajo discográfico juntos. Mike Appel y John Landau, junto al propio Bruce, supervisan su grabación y producción. Solo 8 temas - con largas y magníficas introducciones instrumentales -, dos singles promocionales - Born to run y Tenth avenue freeze-out - y 39 minutos de duración bastan para poner a Springsteen en el lugar que nunca abandonaría desde entonces: la cúspide del rock and roll contemporáneo. Y eso que han pasado 40 años.

     A priori, 8 canciones y 39 minutos pueden parecer poco bagaje para un disco. Pero Springsteen y sus compañeros de la E Street Band trabajaron en él durante año y medio (enero de 1974-julio de 1975) en los Record Plant Studios y en los 914 Sound Studios de Nueva York. El resultado fue un disco épico y atemporal que aún a día de hoy emociona a quienes lo escuchan por vez primera. Un clásico que suena como nuevo a pesar de los años. Una descarga de rock and roll que la crítica acogió desde el principio con los brazos abiertos. Tanto que en 2003 la revista Rolling Stone lo colocó como el número 18 en su lista de los 500 mejores discos de la historia. Algo que, en mi opinión, se queda corto. Muy corto.

     Springsteen compuso el disco con la ayuda de un piano, no de una guitarra, y utilizó la técnica de sonido del "muro de sonido" para que sonara como Roy Orbison con Bob Dylan cantando y Phil Spector en la producción. ¿Y la portada? La portada merece mención aparte. Esa imagen tomada por Eric Meola de Bruce sosteniendo su Fender y apoyado en el hombro del saxofonista Clarence Clemons forma parte de la historia del rock. Big Man siempre fue uno de los sostenes de Springsteen. Su amistad y lealtad permanecen incluso más allá de la muerte del saxofonista el 18 de junio de 2012.

     La primera de las ocho obras maestras que componen Born to run es Thunder road. Estamos ante una canción que evolucionó tanto desde su primera versión que cuesta reconocerla. Cuando Bruce la compuso la tituló Wings for wheels, aparecían nombres de mujer como Angelina y Christina - finalmente sustituidos por el de Maria - y la estrofa final decía "is a town full of losers, and baby i was born to win" (Esta es una ciudad llena de perdedores, y nena yo nací para ganar) y no el ya legendario "it´s a town full of losers, and i´m pulling out of here to win" (Es una ciudad llena de perdedores, y yo estoy saliendo de aquí para ganar). La manida metáfora de la carretera como libertad jamás fue tan soberbiamente utilizada como en este caso. Esa armónica desgarradora simboliza a la perfección tanto la nostalgia por la juventud que se escapa como la imperiosa necesidad de cambiar de rumbo en la vida. Y el solo de saxo final de Big Man confirma ese triunfo, ese acercamiento a la tierra prometida de la que habla la canción.

     Tenth avenue freeze-out es un tema autobiográfico. Habla de cómo se va formando la E Street Band, destacando el glorioso momento en que "Big Man joined the band" (Big Man se unió a la banda). La canción suena a descarada y festiva, como no podía ser de otra manera. La mano de Steven van Zandt se nota en ese toque casi humorístico. Night es el tema más corto del álbum. Pero en sus escasos tres minutos promete escapar a toda prisa, con urgencia. La ametralladora del inicio (con la batería de Max Weinberg a la cabeza) da paso a ese saxo de Clarence, que llora y nunca descansa.

     Backstreets cierra la cara A del formato original de vinilo. Es un tema melodramático narrado con gran maestría. Otra pieza eterna, de museo. La desesperación que subyace puede ser debida a la relación del narrador con un hombre llamado Terry, junto a quien debe apartarse de la sociedad. Quizás haga referencia a una relación homosexual, pues en aquella época los amantes homosexuales debían vivir en la sombra. También es posible que simplemente sea un tema que habla de la amistad, en el pleno sentido de la palabra. El caso es que el órgano de Roy Bittan, la guitarra de Bruce y la batería de Max Weinberg nos ayudan a entender mejor a estos personajes que deben sentirse como cowboys de medianoche, siguiendo el efecto cinematográfico que Bruce buscó desde el primer momento en el disco. 

     La cara B del elepé comienza con Born to run. Al principio de esta entrada hablé de lo atemporal del álbum. Pues bien, este es el más claro ejemplo de cómo algo grabado hace cuarenta años puede sonar como actual, como algo que nunca pasa ni pasará de moda. Seis meses costó grabar un tema de cuatro minutos y medio. Cuatro minutos y medio que sirvieron para establecer el sello Springsteen para la posteridad. Esperanza, romance y carácter épico en una sola pastilla. Siguiendo la línea de Thunder road, Bruce le canta a su chica - que en esta ocasión se llama Wendy - que "tenemos que salir mientras seamos jóvenes, porque los vagabundos como nosotros, nena, nacimos para correr". Sin embargo, a diferencia de la anterior, es una canción que habla de confusión, desorientación, sentimiento de pérdida. Y no solo del propio Bruce sino de un país entero. Y es que estamos ante un disco grabado tras la guerra de Vietnam, la crisis del petróleo o el caso Watergate que acabó con el gobierno de Nixon. Es decir, en plena decadencia del mal llamado "sueño americano". 

     She´s the one es toda una declaración de amor. Y, fantástica letra aparte, el abrasador solo de saxo de Clarence y el hecho de que Bruce cante a lo Elvis la convierten en una de las mejores declaraciones de amor posibles. Meeting across the river es una canción para escuchar a oscuras y con el volumen al máximo. Es casi una nana que nos relaja y nos eleva el espíritu. Puede que pase desapercibida en las primeras escuchas del disco, pero no desmerece en absoluto del resto de las siete magníficas. Su piano nos conduce por un río del cual no queremos regresar.

     Y llegamos a Jungleland. ¿Qué puedo decir de esta maravilla? Este modesto blog debe su título a esta enorme joya. ¿Cómo puede una canción de nueve minutos dejarnos con ganas de más y con la sensación de quedarse corta? ¿Cómo puede dejarnos con los ojos llorosos, el pelo erizado y el cuerpo sudado, aunque la escuchemos tumbados en la cama en pleno invierno? Un introductorio violín triste; un piano que nos cosquillea; un saxo que nos empuja hacia arriba con fuerza inusitada; un Bruce, convertido ya en el Boss que todos conocemos, cantando a la par con melancolía y esperanza, con fragilidad y rabia; y un solo de saxo de Clarence capaz de levantar a un muerto. Un tema de diez. Muy emotivo. Redondo. La gran canción. La madre de todas las canciones. Un broche final perfecto para el disco perfecto. Para el disco.

     En definitiva, un disco optimista que nos invita a elegir nuestro futuro. El Bruce de 24 años (¡solo 24!) convertido en el Boss del rock and roll. El que cruzó por primera vez el charco para dejarnos imágenes y notas como las registradas en el legendario concierto del Hammersmith Odeon de Londres aquel 18 de noviembre de 1975. El Springsteen que eligió ser el futuro del rock no porque lo hubiera dicho John Landau sino porque era su sueño desde que, todavía más joven, imaginaba ser Elvis o Roy Orbison.